Categoría: Lagarto

  • Un lagarto tiene que hacer lo que un hombre tiene que hacer

    Parecerá una tontería pero haber alcanzado la Edad-Jordan (es decir, 23) me ha hecho madurar con unas cuantas hostias finas. Así, en semanas. Fin de las tonterías. La primera, la más matemática, que estoy más cerca de los 30 que de los 15. Y yo cada dos por tres recuerdo cosas de cuando tenía 15 años, de 4º de la ESO, que no miento si digo que me parece que está muy cercano en el tiempo.

    Otro dato que me ha hecho entender que «voy para maduro sexy» ha sido completamente cromático. El número de camisetas oscuras disminuye mientras el número de camisas blancas aumenta en el armario. Y este puede que sea el más significativo de cara a la galería. El siguiente paso es tomarme en serio los anuncios de L’Oreal en los que Hugh Laurie receta cosméticos para ligarse a una modelo en un descapotable. Yo empezaré con el coche.

    Estos son simplemente dos tontos ejemplos de un montón que, sin que me vaya dando cuenta, me señalan con el dedo y me marcan el camino para arriba. Y ahora no me cabe duda de que he de seguir ese camino y quitarme la bobada, dejar de remolonear y coger (siempre con cierto miedo) la lista de cosas que he ido dejando para ElGekoNegro del futuro, comenzar a vaciar la pila «de mayor».

    Calendar

    Digo con cierto miedo pero, de una vez por todas, con decisión. Muchas de las cosas que he ido postergando podría haberlas llevado a cabo anteriormente pero por el motivo que sea (probablemente fobia a esa responsabilidad) las he ido empujando y echando a una lado con la intención de recuperarlas después. Ese momento es ahora. Podéis llamarme gallina y cobarde porque de verdad que a muchas de ellas no me he enfrentado por miedo (aunque me excusara en otras historias).

    Siempre hablo de irme a vivir fuera y con frecuencia descargo información de diferentes embajadas o me meto en periódicos locales para buscar ofertas de trabajo, pero ahí se quedan hasta que se limpia la caché y nunca más se supo, una imagen flotando encima de mi cabeza dentro de una burbuja, como en una viñeta de un cómic. Basta ya. Cortemos la baraja y juguemos en serio. Tengo la suerte de trabajar en algo que no me da demasiado por saco, no me apasiona (aunque podría) y me estoy acostumbrando a ello. Me acostumbro a unos ingresos a finales de mes, a unas reuniones donde todos hablan mucho y nadie concreta nada y, sobretodo, a quejarme por ello pero no hacer realmente nada al respecto. Soy un afortunado por poder tomar decisiones más o menos importantes y hasta participar en contratos (validando presupuestos) e incluso instruyendo gente con cursos sobre lo que la empresa cree que es «mi materia». Todo esto sin haber acabado la maldita carrera. Esa es otra. Por supuesto que trabajo porque quiero ya que, afortunadamente, mis ingresos no son fundamentales, pero qué duda cabe que ayudan en casa y personalmente me hace sentir más responsable, conmigo mismo y con los demás.

    Tengo la sensación de llevar más tiempo terminando la carrera que realizándola. Tanto es así que la semana pasada me crucé con un profesor y, en lugar de preguntarme por su asignatura (la mitad de lo que me queda), me pidió quedar una tarde para irnos de cañas. Y, cierto, esos profesores son los que marcan, que he aprendido muchísimo con él y ni siquiera se preocupa de que asista a clase, es de agradecer, no presiona, sabe que estoy currando y todo eso, pero aún así, me gustaría más porder decirle que le invito a una cerveza porque he terminado ese capítulo de mi vida. Un episodio largo pero autoconclusivo. Son cosas que, con 23 años, pesan.

    Otro tema en el aire es el de hacerme rico y famoso con internet. Como varios de vosotros, vaya. Y no me refiero al email de ING de cada fin de mes con el asunto «Su nómina ha sido ingresada». Lo de famoso no lo sé, puede que aún haya pegatinas en Andalucía con mi cara tachada, cuando me preguntan afirmo llamarme Juanjo y a correr. Por si acaso. Hay gente muy loca en todas partes. Sí, sí, en todas partes, en todas y cada una de las provincias de todas las comunidades autónomas de España. Eso. Lo de ser rico se jodió cuando Google se cansó de mí (y a la larga yo de sus limosnas, asunto del que debería hablar). Cada dos por tres buscos servicios facilones que me ahorrarían unos minutillos o me entretendrían unas horillas mientras estoy delante de cualquier dispositivo con pantalla capaz de mostrar más de 4 colores simultáneamente. Y no los encuentro. Me toca sacarme las castañas del fuego con cosas que termino compartiendo por ahí u olvidando en un USB. Otras veces son ideas, proyectos más grandes que requieren pizarra y folios pero no pasan de garabatos en una libreta. Aprovechando que la buena gente de Bluehost me debía un .com gratis, acabo de registrar el nombre de dominio de la que espero que sea una fructífera y próspera empresa (o vaya usted a saber qué) de las que no cotizan en bolsa para mantener el lado humano y entrañable. Os mantendré informados al respecto de esta aventurilla que, de momento, es una barata forma de calmar mi diagnosticado y notable Husinger. Si lo he hecho (aparte de porque tengo en mente una idea que creo que puede salir bien, o al menos entretenerme mientras lo construyo y con suerte servirme como proyecto de fin de carrera) ha sido porque también en este plano de mi vida necesitaba dar un golpe en la mesa y dejar de apuntarle líneas vacías en un post-it a mi yo del mañana. Simple.

    Hay, por supuesto, otros muchos temas que no dependen sólo de mí y que también he ido atrasando esperando que se vuelvan positivos por sí solos, la esperanza es lo último que vendemos. Como tampoco me quiero cargar de trabajo y creo que ya estaría pero que muy bien si consigo encauzar todo lo anterior para agosto del año próximo (fecha que he calculado como deadline contando con todo lo que tengo que aprender y preparar y que, de repente, me parece excesivamente próxima) voy a seguir dejándome deberes para más adelante confiando en que, si no se resuelven solos, no haga falta resolverlos.

    Os preguntaréis si es necesario que escriba este post. Post que es, a todas luces, feo. Y la respuesta es sí, porque si bien es cierto que aporta poco al blog, consigue que ordene mis pensamientos, y ese es el primer punto que creo conveniente para poder ordenar mi vida. Paso a paso.

    Visto en: Chicago Bulls.

  • Shakira desnuda y Piqué follando video porno

    Y ahora que he captado toda vuestra atención, la entrada, que nada tiene que ver con el título. Miento, obviamente, y es que Shakira tituló a un álbum como «Pies descalzos» y es de lo que pretendo hablar. ¿Por qué? Porque no me gusta. Y como aquí uno se viene a quejar, pues dicho y escrito.

    Pies en una zambullida en el agua

    Una de las expresiones que nunca he llegado a comprender de los humanos, porque debo ser lerdo, es «Muy cómodo, como si no llevara nada». ¿Os ha venido la imagen de Flanders esquiando? Lo siento. Fuera bromas y hablando completamente en serio, porque ya digo que igual tengo un problema gordo, ¿estáis cómodos desnudos? ¿Descalzos?. «Eso depende del terreno». Meh. La arena de la playa quema, las piedrecitas se clavan desde la planta del pie hasta las pestañas de los ojos, el cosquilleo incómodo del roce de objetos que desconocemos. Todo. Todo eso. No puedo con ello. Lo digo claramente, a mí me dejas descalzo en medio de cualquier sitio y sería incapaz de caminar con normalidad. Incluso en el suelo de casa, conocido de sobra, que no arde, que no pincha, que no roza. Me parece algo contranatura ya que, seamos serios, si la evolución ha querido que las plantas de los pies fueran mutando desde pezuñas hasta pies humanos, restando resistencia, habilidad y dureza a la extremidad, ha sido para que llevemos calzado. El zapato, como los calzoncillos, hacen que podamos movernos con cierta seguridad y, sobretodo, comodidad. No me cabe en la cabeza que en países avanzados como Nueva Zelanda lo corriente sea ir descalzo, como tampoco me lo parece pasearse por una calle cercana a una playa sin ninguna protección en los pies más que una pulserita de hilo descolorida, o jugar al fútbol sin siquiera calcetines. No me cabe en la cabeza que haya personas que digan que es más cómodo.

    Tengo auténticos problemas con esto, realmente no sé caminar descalzo, ni desnudo. Y lo jodido es que estoy convencido de que es lo normal y lo que todos debemos esperar. No vamos a trepar a un cocotero, no vamos a atravesar dunas con fardos en la cabeza. Soy incapaz de encontrarme cómodo en esas situaciones en las que no llevo nada. Me parece un atraso.

    A propósito, con motivo de mi cumpleaños, que es el 30 de septiembre [REVISAD LISTA DE REGALOS ADJUNTA AL PIE DEL BLOG], una persona que me tiene en buena estima ha tenido a bien regalarme unas Converse. Gracias.

    Visto en: ¿Pornotube?

  • Una batalla en Evermore

    Meto quinta dirección Valhalla. Imagino sobre mí las mayores atrocidades que conseguirían empalmar la flácida polla británica del impresentable Aleister Crowley. Pero no siento ningún dolor. Busco el más destructivo, violento y doloroso de los conjuros que sé puedes encontrar en cualquiera de sus negros y cotizados grimorios sin mayor éxito que parrafadas blancas y blandas sobre el bien, el mal, cuernos y tridentes. Acelero a velocidades que se saltan la multa para frenar en prisión. En la radio espero encontrar ese tritono, ese desgarrador y siniestro diabolus in musica que despierte aún más el pequeño trozo de Belcebú que todos llevamos y no deja de martillear la puerta de mi pecho. Dejo que salga. Dejo que me mate.

    Es lo que quiero. Es lo que busco. Es lo que ansío. Es la rabia más viva que explota en versos prosaicos armados con dagas apuntando a la cabeza de la serpiente. Fugaces destellos en el filo de las armas. Sin efectos, sin rascacielos al fondo. Un bajo continuo, un ronquido alimentado por gasolina, una mirada fija. Mis dedos, agarrotados, sudorosos pero fríos. Mi expresión, desquiciada. Movimientos rápidos de colores fluorescentes guiados por el más válido aspirante a Elrohir que portan sus cuchillos sobre un fondo oscuro. Se mueven. Se mueven. Se mueven. Se cruzan. Chocan. Caen. Suben. Atacan al dragón. Despiezan la alimaña. Me divierte ese caos. Deseo la guerra total desde el nihilismo más primario. Quiero perder. Una bala en mi cabeza, una lanza en la caja torácica, ¡la flecha impregnada en belladona clavada en el talón del guerrero griego!

    Capuletos. Tienen que extinguirse. Julieta. Frente al coche. No te va a doler. No me va a doler. Ares y Marte están deseosos de ver mi esternón fracturado. No hay causas justas. Se lo voy a dar. Es mi guerra. Desde mi torre. Sin mi ejército. Ya pasó el terror. Ya se ha ido el miedo. Ya apenas queda hastío y desazón. He matado a la losa de la apatía y los escombros que ha generado decorarán mi tumba. Quiero hacerlo ya. Esa vara de acero cortando mi cuello. Un detalle inesperado que perfore mi frente o rasgue mi laringe hasta fenecer a causa del aborrecimiento, mudo, desesperación y locura. Llevo el combustible y la exaltación es tal que prenderé mi cuerpo en breve utilizando el ardor de mis venas como acelerante. No va a quedar nada. Nunca.

    La luz del túnel no la quiero ni ver. No hay arrepentimientos. Vía libre hasta el averno. No impediré mi caída a los brazos de la oscuridad eterna. Aspiro a esa condena, naufragando por Aqueronte. De los Arcanos Mayores ya he sido el noveno, luego tres menos y fue el peor, volví al nueve sin pensar consecuencias pero del seis queman las llagas en la piel aunque mute en forma y mente. ¿Dónde está el 13? El botón rojo. La vigésima carta. La soga al cuello con una panorámica de como todo alrededor es destruido. El orgasmo más cerdo desde unos ojos vidriosos que llevan más de dos décadas despidiéndose.

    Un rostro velazquiano de mirada mezquina enmarcado en roble. El riff grave y distorsionado que nunca pudo escupir Kurt. Me quedan dos olimpiadas y meses. Ese sentimiento enclaustrado de cólera y vesania que nace con aspiraciones de convertirse en Goatse y se va viendo reprimido hasta alcanzar el nivel de un puto masaje perianal. La frustración manifiesta más elegante que nunca he sabido disimular. Amores confiados. Recuerdos destruidos. Placeres guillotinados. Sangre veloz. Más piso el pedal. Velocidad inicua.

    Una casa pequeña, un viaje de meses, un portátil compartido, un Ibiza blanco que se cruza. De repente, el incendio. Combustión, llama, brasa, hoguera y, de ahí, un hogar que era. Purificación. Humo. Toxicidad. Me excita. Reflejos de chispas que salen disparadas de la lumbre se ven en mis ojos mientras sonrío y se alarga mi sombra, en continuo movimiento. Estoy ardiendo y nada me hace feliz. Estoy estancado en la más sincera podredumbre espiritual. Estoy de rodillas en la más repugnante y purulenta mar de agonía. El humo no asfixia. Y no hay demonio en mí capaz de subir la marea.

    Visto en: -.

  • De la noche que hiciste West Side Story y todos se levantaron de su asiento para aplaudir

    Puede sonar a pastelada pero ya sabéis qué leéis. Creo que he ido lo justo al teatro como para saberlo apreciar, no me apasiona pero en ocasiones me cautiva que haya podido sobrevivir a tantas cosas que, imagino, nacieron con firmes opciones de darle muerte: el cine, la radio, la tele o el más gótico y violento de los rocks. Mis padres son aficionados y hasta eran abonados del Teatro Calderón de Valladolid, supongo que es como ser socio de un equipo de fútbol, pero sin pasar frío y sin insultar a nadie (que se agradecería).

    He tenido una relación curiosa con el teatro y es que siempre me cogían para las funciones escolares en primaria, por lo visto depende del comportamiento, si te portas mal no sales, si te portas regular eres un árbol (un árbol que en el escenario dice «¡Soy un árbol!», no sea que su padre, grabando algo que irá a un VHS, no sepa de qué es el disfraz que ha hecho su señora) y si te portas bien y das pocos problemas te ponen en primera fila de combate. Y a mí no me gustaba, ni ser el prota del cuento de navidad (donde hacía de abuelo y la chica que me medio gustaba de abuela, me tuvieron que teñir el pelo con un spray) ni de padre de Blancanieves (la madrastra, la esposa de éste, era la misma niña, yo ya no sabía si los organizadores lo hacían por algún motivo oculto). Le cogí asco al teatro. No me gustaba ensayar. Ni aprenderme las frasecillas estúpidas. Pero no hace falta decirlo, era mejor que clase.

    Unos pocos años después salí de extra en un cortometraje que nunca he visto y que la IMDb (cuya B ponen en minúscula) decía que esta bastante malo, salía un chaval del Club Megatrix que ni recuerdo y una parte se rodó en mi colegio. Paren, a primera, otra. Una experiencia aburrida.

    Lo que propongo estoy seguro que ya existe, puro teatro amateur, salir del trabajo en una ciudad de adopción (importante, que no dejes colgados a tus colegas o tu familia por subirte a un escenario) y hagas un rato el pelele, sin vergüenza ninguna, conjunto a otras personas que saben que dan el mismo repelús que tú con esos disfraces a medias y esa voz que apenas sirve para gritar las comandas de una hamburguesería sucia. Sí, quitarte los miedos, coger un guión, ponerte en la equis marcada con cinta aislante en el suelo mientras sudas por la luz del foco (que lleva y sostiene un compañero tuyo) y gritar.

    Me imagino que esto debe ser muy típico en grandes ciudades con muchísima trayectoria teatral detrás, leáse Nueva York, Londres o Huesca. «Hola, soy nuevo y quería apuntarme al grupo de teatro». Pum, kilo y medio de folios: Hamlet, Romeo y Julieta, tontería infumable de Tenesse Williams que conocemos por Los Simpson y, por encima de todas ellas, mi favorita, la única obra que lees, escuchas o ves y sabes que quieres interpretar: West Side Story.

    No sé si habéis visto Cats, para los que no, bien, es un muermo, un coñazo con un valor tan inflado que me produce ardores. ¿Los Miserables? Es como cualquiera de las pelis, pero con algo más de musicalidad. ¿Pero Bernstein? Joder, lo clava, no me gustan los musicales, son de niñas, el último que vi, Hoy no me puedo levantar, me gustó pero es que se lo puse fácil. Ahora, ¿portorriqueños contra criajos en Manhattan? Bueno, puede estar bien, pero así de primeras… Y no, nunca lo he visto, ¿eh? Pero tengo el disco rayado en Spotify. «The most beautiful sound I’ve ever heard, María». Maruca. Te cagas. Te cagas doce en una habitación en América. ¿Quién no querría ser Anton? ¿Quién?

    Broadway. Esplendor. Pero bajemos de las nubes, no quiero vender hasta la última entrada del Victoria Eugenia, quiero un techo alto y un cassette. Un director descaradamente gay, que fume con filtro, gordo, trasnochado, que se entusiasme y se coloque una boa al cuello mientras nos coloca en nuestro sitio y grita que no: Que no y que no. Un lugar al que ir los martes por la noche, con tus «colegas del teatro» a ensayar y hacer el mono para olvidarte de los putos problemas cotidianos. Una típica memez extrasensorial. Una deliciosa y a ratos ridícula memez. No hay un más, un grupo de teatro amateur. Con lo que se tiene que ligar ahí. Y hasta con tías.

    Semanas de ensayos, de memorizar textos, de «Ahora entras tú, ¿y luego quién va? ¿Pero dónde está mi capuchino? Ah, y luego vas tú, monina, que te me escapas. Ais…». Un rato de nervios y hale, a hacer como que nos pegamos mientras the bullets flying. Salir ahí, cansarse hasta desfallecer, romperse las cuerdas vocales, desentonar, quedarse satisfecho, darse la vuelta y ver a tus vecinos asiáticos aplaudiendo como unos putos descerebrados. Eso es lo que quiero.

    Visto en: OK by me in America.

  • Seven Evil Exes

    Pese a la fama de underground, que me encanta, creo que hay temas que es necesario no tratar en este blog para no descubrirme mucho, si bien creo que, dentro de un orden, es algo demasiado mainstream y eso me resulta peligroso. Esto me obliga a crear ilusiones, juegos de luces, engaños y sombras cada vez que intento tratar alguna cosa concreta, de manera que al final tan sólo un puñado de gente (que es a quienes iba dirigida esa entrada) captan parte del mensaje, en casos concretos, a una única persona. Por este motivo, para no cifrar ni obligar a leer entre líneas, voy a ser algo más claro, pero a medias. Valentía cobarde.

    El protagonista de la historia no quiere salir a la luz así que, por simpatía (y porque me sale de las pelotas, que soy quien maneja los hilos de esta trama) lo llamaremos Scott. Como Scott Pilgrim. Scott es más que un buen amigo mío, no seáis crueles.

    El bueno de Scott, como toda la gente más o menos normal de su edad, que es la mía, terminó conociendo a una chica a quien, por continuar con la historia, llamaremos Ramona, por Ramona Flowers. Por supuesto, Ramona Flowers es una de esas diosas jóvenes que ni siquiera sé cómo pudo fijarse mínimamente en alguien como Scott, algo más joven y socialmente menos… «encajable», el hecho confeso de que ella sienta atracción por los nerds, geeks, y demás personas que distinguen Marvel de DC debe ser pista clave para llegar al cierre del caso. Se llevaron bien. Congeniaron. Iba pasando del tiempo y Scott y Ramona forjaron una amistad. La típica historia de chico conoce a chica unos cuantos pares de miles de escalones por encima de ella, chica cuenta su vida a chico, ambos intercambian penas y, por lo que sea, la gente del mismo círculo de ellos empieza a preguntar, «¿Pero pasa algo entre estos dos?, ¿él se ha lanzado ya?, ¿no debería hacerlo ella que es mayor?». Pero aquí no pasa nada hasta que, como no podía ser de otro modo, Scott, nuestro Pilgrim, se despierta un día, se asoma a la ventana, no sabe qué hora es, pero sabe que ve a Ramona con distintos ojos, y cree que debe armarse de valor para que ella, al menos, esté al corriente de que al pobre chicuelo le gusta. Y, como siempre, cuando todo apunta a que algo saldrá más el destino tiene guardado un As en la manga que nunca utilizará porque, en efecto, saldrá mal. Ramona, con miedo y sorpresa, decide que esto no puede ser, porque pondría en juego la valiosa amistad tallada por ambos con esmero. De modo que Scott mete sus cosas en el macuto, igual que en la película coge una botella de Coca-Cola Zero y tira para casa a contar sus penas al Wallace de turno, el contrapunto cómico (en este caso el compañero de habitación gay).

    Scott Pilgrim y Ramona Flowers

    En este frame del film que he capturado para vosotros, para que pongáis cara a los personajes si no habéis leído las diferentes aventuras o no habéis visto la película, se ve a Scott (Michael Cera) pensando en Ramona (la increíblemente guapa Mary Elizabeth Winstead, quien puede presumir de tener una de las sonrisas más bonitas del cine reciente y a la que no he perdido de vista desde que apareció de animadora en aquella entretenida película de Tarantino, Death Proof). El problema de Ramona en la ficción no es otro que sus siete exnovios malignos (disculpad si el término no es el utilizado en España, pero tanto los cómics como la película los tengo en versión original y sin traducciones o subtítulos). El Scott original debía derrotar, no sólo pelear contra ellos, a las parejas anteriores de la chica, Ramona. Y vaya si lo hizo. Al principio, lógicamente, por ella, porque quería tener una mínima oportunidad de que aquello, de una manera u otra, funcionase. Después de unas cuantas palizas, gritos y broncas, terminaría haciéndolo por él, empujado en cierta medida por el comentado Wallace, un ligón. Aquí lo veíamos en la historia primigenia (capturado de un PDF) enfrentándose al primer exnovio.

    Scott peleando contra uno de los exnovios

    Pues de una manera similar al Scott de tinta y trazo fino pero sin Rickenbacker 4003 (ya conocéis mi obsesión por este modelo de bajo eléctrico) con acabado Fireglo, el Scott de carne y hueso perseveró y fue ganando pequeñas a la par que descaradas batallas, diminutas, guerra de guerrillas en la que cada metro ganado era, sin ningún género de duda, un motivo de celebración (únicamente a nivel personal). El problema, es que nuestra Ramona, también podía colocar entre medias toda la distancia que quisiera, haciendo de aquello una empresa infinita. El acercamiento iba siendo notable y al cabo de un tiempo Ramona decidió que, por qué no, tal vez debiera dar una oportunidad a este Scott, ¿el mayor problema? Al igual que se ha explicado antes, si algo apunta a que va a salir mal, saldrá mal, pero ahí estaba Scott para enarbolar una bandera que decía, sin tapujos, «Espera, que yo no soy como los anteriores y creo que ya ha quedado demostrado». Y durante unos días, maravillosos, felices, soleados, cálidos y realmente espectaculares, Scott tenía más parecidos con Goku que con ningún otro personaje, ¿por qué? Fácil, porque iba en una nube. Ya entendéis. Vino, rosas y Mancini de fondo. ¿Qué puede salir mal? se preguntaría Blake Edwards.

    No lo sé. Scott no lo sabe. No lo supo. Y se lo preguntó y me lo preguntó. «¿En qué he fallado?». Es una auténtica tortura, es una dinámica muy negativa, es una putada de las grandes, quitémonos de gilipolleces. No sabe por qué, no sabe cómo, ni siquiera cuándo, pero sabe que aquello que tantísimo esfuerzo le costó conseguir, ha decidido que no quiere ser. Y no sabéis cómo está el pobre Scott, después de quitarse de encima a todas las adversidades, el castillo de naipes cae, carta tras carta, frente a la mirada impotente de los ojos marrones oscuros de Scott.

    Scott, de nuevo, habla con Wallace, que puedo ser yo (o cualquiera de vosotros) que actúa a modo de Pepito Grillo, recurriendo a la pragmaticidad más necesaria: «Haz lo que menos te duela, tío». Si bien, Scott Pilgrim no es una diminuta hormiguita más que sirve a su reina en este hormiguero al que llamamos Tierra. Él confía que, si lo hizo una vez, no hay nada que le impida repetir la hazaña. Él se siente culpable y no sabe por qué, él quiere recuperar el cariño que durante unos meses tuvo y, todo, porque está convencido de la valía de Ramona Flowers quien, para empeorar más el asunto al tristón de Scott, a estas alturas del cuento no tiene problema en intentar conocer otra gente y, también, otra relación o lo que sea, mientras intenta mantener con todas sus fuerzas la amistad con Scott, algo que ella valora con fuerza. En este punto muchos mirarán a Scott con cierto hastío y desesperación, no es más que un cabezota, pero creedme, si insiste en insistir, ejem, es porque está plenamente convencido de que Ramona, la a ratos sonriente y a ratos asustada Ramona, es por mucho, una de esas personas que se cruzan en la vida de cada uno no más una vez. Scott sabe que Ramona tiene ese toque especial. Scott sabe que merece la pena, joder. Y que hay un muro, de hormigón reforzado con acero, vigilado constantemente, sin Checkpoint Charlie en construcción por donde saltar la alambrada como la Alemania dividida. Pero esa misma Alemania enseñó a Scott que los muros, precisamente los de alambre de espino y guardias armados, son los que terminan cayendo.

    Scott Pilgrim, insignificante, quiere insistir. Ramona Flowers, al contrario que en la ficción, donde su historia termina bien, sólo quiere que desista pues, al fin y al cabo, tampoco es cómodo para ella, menos después de decir a Scott que, si lo que apenas llegó a empezar se terminó, no fue por él, que no se culpe, que fue ella quien no estaba preparada para nada y menos arriesgando la mencionada amistad.

    Conocéis a Scott (y bastante bien), conocéis a Ramona, y os aseguro que destaca con brillantez en muchos campos. Scott me ha pedido consejo, como cafre que soy, estoy a favor en que insista. Quiero dar un voto de confianza al pensamiento colectivo, por favor, ¿qué debe hacer Scott para salir del fango y dejar de lloriquear? Os aseguro que agradece vuestras respuestas. Más de lo que creéis.

    Visto en: Toronto.