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Lagarto

La casa del árbol

Permitid que siga abusando de los recuerdos de épocas más despreocupadas. Años donde lo peor que podía pasar era no ver el episodio de Power Rangers o de las Tortugas Ninja de un día y tener que esperar a hablar con los compañeros de clase para que te lo contaran. Una vida plácida y envidiable que no se sabe apreciar hasta años después. O eso o sólo me acuerdo de los momentos vibrantes y bonitos. No sé, últimamente estoy de un sentimentaloide ñoño que igual que cogen para ir de gira con Alex Ubago.

La verdad es que dentro de nuestro vandalismo ilustrado: dejarnos caer por una colina, terminar a balonazos o pedradas sin saber cómo había empezado nada, éramos un poquito americanos. No hacíamos volcanes para el eterno proyecto de ciencias porque no teníamos ciencias, ni proyecto, y lo único que sabíamos de volcanes era que en una isla donde la gente va de vacaciones hay uno inactivo; pero teníamos, oh afortunados benjamines, una casa en un árbol. No era originalmente nuestra, la encontramos ya «construida».

La construcción, no os creáis, era lo más pordiosero imaginable. Tablas clavadas el el tronco para poder acceder a una superficie irregular con clavos oxidados sin techo ni nada, y una única pared. Nada como las de los ewoks con pasillos. No, esto eran restos de una choza peligrosamente destartalada donde subíamos a pasar los ratos muertos, que no eran tantos, en esas tardes de los primeros años de Primaria. Allí subíamos juguetes, no recuerdo muy bien el motivo porque para bajarlos recurríamos a los beneficios de la gravedad, y perdíamos ropa. Como el techo era meramente testimonial recurrimos a protegernos de la frecuente lluvia con nuestros propios jerseys entrelazados en las ramas de aquél grueso árbol, cuya especie no recuerdo porque siempre se me ha dado mal todo lo que fuese biología, botánica, química o relaciones sentimentales. Lógicamente esto duró el tiempo que va desde que lo haces hasta que tu madre se entera.

Una tarde llegamos allí y habían subido un coche de carreras, de metal, muy chulo, que no reconocíamos. Nosotros, por tomarnos aquello como una gran ofensa y una invasión al territorio que, por puro derecho y azar era nuestro, destruimos aquél regalo de los abuelos a un niño a base de simples lanzamientos y carreras por circuitos poco aptos. Putos animales que éramos. Al día siguiente todo el árbol estaba tomado por chavales un curso mayores que nosotros. Ya estaba la guerra perdida.

La última vez que paseé por allí habían talado el árbol. Hijos de puta. Ni siquiera se ve desde Street View. Y hace más de una década que no veo a la gentecilla aquella con la que trepaba allí arriba.

Visto en: Guipúzcoa.

3 respuestas a «La casa del árbol»

Mi casa en el árbol, en realidad, era un hueco entre la pista de tenis (mi abuela vive en una urbanización con estas cosas) y los arbustos de la esquina. Vamos, que no estaba alta pero no se veía desde la pista, gracias a los pinos que cubrían esa valla, y no se veía desde la calle, gracias al arbusto. Y como era rendondito, dejaba un hueco bastante amplio. Sobretodo para tres crías. Conseguimos ir a merendar, y hasta a comer o cenar, pero nunca nos dejaron cumplir nuestro gran plan: ¡dormir allí!

También hacíamos casitas con las sillas de la piscina y las toallas. Cuando yo era pequeña molaba muchísimo: muchos tíos y tres niñas. Había tantas toallas para arramplar que la casita tenía suelo, techo y puertas. Conforme aumentaba el porcentaje de críos y se cabreaba el jardinero por estar moviendo tantas sillas, reuníamos menos toallas y sólo nos daba para el techo.

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