| Una imagen | F.U.C.K. | No sé muy bien si es que se me va la cabeza o realmente todo esto tiene sentido. Os sitúo. Hace unas semanas iba por la calle, en coche, y me dispuse a aparcar. A mi lado caminaba un chico que se quedó mirando. Personalmente me pone nervioso que la gente se quede mirando cómo maniobro, creo que lo hago razonablemente bien, pero me crea esa sensación incómoda comparable a eso que sentimos cuando alguien intenta leer las hojas del periódico por encima tuyo en el autobús. En fin, supuse que sólo se quería entretener durante el paseo cuestionando mi manera de introducir el coche. Pero me miraba fijamente, y feliz, me pareció que estaba más pendiente de mí que de si golpeaba al vehículo de atrás. Cuando terminé ya estaba lejos, fue un medio minuto incómodo.
Tu mente empieza a engranar, te quedas literalmente con cara de tonto durante unos instantes y te convences de que ese tío te suena de algo.
Esta misma mañana, también en coche, con lluvia, volviendo a casa, me ha tocado esperar en un semáforo, el primero de la fila. Es un semáforo largo porque tiene mucho tránsito peatonal, así que tocaba ver cruzar a todos los pobres que corrían bajo sus paraguas. En esta entretenida actividad me veía envuelto, riéndome de la mentira radiofónica de «45 minutos de música sin interrupciones» al ver que cada canción cortan para repetir el mensaje, y aparece él. Estaba lloviendo, iba con un chubasquero y apenas se le podía reconocer, pero no sólo sospechaba que era él sino que se me quedó mirando unos segundos con cara seria para al final sonreír y saludarme. Yo continuaba con mis dudas, ¿y quién cojones es este simpático tío? Andaba ya bastante mosqueado, cada vez estaba más seguro de que nos conocíamos, pero es que no tenía ni puta idea.
Finalmente, esta tarde, absorto y aburrillido en un día perro, perro, sentado frente al ordenador esperando a que un ficticio jugador de poker se decidiera, levanté la vista y me crucé con una foto. Es una de esas instantáneas que no sabes ni quién hizo ni cómo has llegado a tener. Pero que está ahí y ves a diario sin percatarte de lo que hay dentro. Es una foto donde salimos todos los de clase, de críos, sentaditos y parcialmente formales. No sé, calculo que debe ser de hace diez años, tal vez más. Y sí, una mirada fugaz y zas, ahí estaba él, ‘El Cigarro’. Tiene la misma cara que entonces. Y el mismo cuerpo rechonchito (ya sabéis, con lo de los gordos se utilizan diminutivos).
Este chico era ese amigo del alma que dura seis meses. Contados. Fuimos amiguitos, compartimos algunos videjouegos y no recuerdo que tuviésemos aficiones comunes, pero realmente no necesitábamos más que «Aquella niña me cae mal», «A mí también». No sé, me parece increíble que después de tantísimos años sin vernos sea capaz de reconocerme, yo sí he cambiado. La verdad es que siempre tuvo una memoria fotográfica acojonante, era un estudiante malo (incluso en primaria) porque nunca se esforzaba por nada, pero podía memorizar cualquier cosa y detallarla después. Enfrente del colegio había un parking y de un vistazo sabía dónde estaba cada coche y de los padres de qué alumno era cada coche, sabía las matrículas, modelo, marca… Era una especie de genio terrorífico. No fumaba, no a esa edad, y aunque nos distanciamos muchos y ahora no soy capaz de recordar su nombre, nunca le vi fumando. Le llamaban así por el segundo apellido, Cigarra, como el bichito de la fábula.
No sé, es muy raro. Es una persona a la que ni me cruzo desde hace prácticamente una década y ahora, sin Tuenti ni Facebook, reaparece como si nada. Inquietante. Espero que no me esté confundiendo y resulte ser un acosador o un asesino ex-soviético, simpático, sí, pero letal. La próxima vez intentaré ser igual de cordial, por si las moscas.
Visto en: 3º de Primaria.
Me llama mucho la atención esa fuerte imposición con la que nos educan según la cual al menos deberíamos pisar la consulta de un dentista una vez al año. He echado cuentas y (si no recuerdo mal) no voy a uno desde hace 7 años. Mi excusa es simplona, si una persona va al podólogo cuando le duele el pie lo normal es que vaya al dentista cuando tenga un problema dental. Y peor, pues generalmente las personas tendemos a no darle importancia suficiente al dolor de pies y terminamos por no ir a ningún sitio. No ponen anuncios repitiendo «Visite a su podólogo una vez al año». Es por poner un ejemplo.
Considero que un cepillado eficiente y una rutina de higiene básica es suficiente para mantener los dientes y la cavidad bucal sanos. Curiosamente parece que esto no es importante ni para los propios odontólogos, que cuando aparecen por la televisión es por un capricho de blancura radiactiva antinatural y no por caries u otros problemas. La gente quiere tener la piñata blanca como un folio antes que completamente sana. De acuerdo. Cualquier cosa mejor que aquellos dientes de oro. Si yo tengo heridas en la boca tiro de enjuagues que abrasan terriblemente la lengua hasta parecer retrasado cuando pretendes hablar, en menos de una semana se ha resuelto. Si la avería continuase terminaría pidiendo cita a un profesional.
Y esa es la clave, así como creo que con los niños pequeños se juega en otra liga y deberían visitar estas consultas más a menudo (y he de reconocer que jamás he conocido a nadie que tuviera miedo a los dentistas, ni de crío ni de adulto, si acaso al varapalo económico que supone pero que considero justificado), cuando te cepillas tres veces al día y no sueles tener problemas no existe ninguna obligación de realizarte análisis anuales o historias semejantes. En caso de haber necesitado aparato, brackets que dicen los de la prensa rosa en estos días, pues obviamente tienes que someterte a un seguimiento cuidadoso y posiblemente tengas que revisarte los dientes muy frecuentemente, exactamente igual que alguien con dolores al pisar y se está tratando con un especialista.
Pero, construyendo un post cíclico, como he dicho al comienzo, nadie va anualmente a que le miren los pies a ver qué tal anda, literalmente.
Visto en: ¡Mamá, se me ven los huesos!
Acaban de concluir los Juegos (que no deportes) Olímpicos invernales. Sí, a todos nos la ha soplado y con razón. España “se ha traído” cero medallas, ya veis, estas cosas parece que no se consiguen. A ver, no es de extrañar, nos hacen creer que somos mediterráneos; sol, playa, gorros mejicanos de paja en las fiestas (algo que no he comprendido nunca), cervecitas (en contraposición a las enormes jarras bávaras) y poquito más. Y eso que montañas tenemos unas pocas y esquiadores famosos los ha habido, pero no, somos unos paquetes en estas cosas. Y no es por fastidiar, pero hasta Kazajistán (Gran Nación) se ha llevado una, ¡y de plata!.
Viendo la clasificación me extraña ver el mal puesto de Canada, terceros. En primer lugar Estados Unidos. Hay una guasa respecto a esto y es lo que me ha hecho ver con cierta sorpresa el resultado (aparte de conocer que Canada siempre ha jugado como local en todo) y es que prácticamente el 70% del hielo de los estadios estadounidenses es canadiense. Lógicamente las regiones limítrofes disponen de agua congelada para aburrir, pero la zona central y el Sur lo compra a Canada y lo lleva en bloques mediante varios camiones frigoríficos. «¿Y cómo lo sabes?», preguntaréis los más avispados. Pues es una historia muy corta, así que ahí va, cuando tenía 15 años conocí a una canadiense estudiante de Literatura Irlandesa, de 16, pasamos un par de tardes juntos (puede que alguna más, pero nada que pueda llamarse “salir”) y aparte de sorprenderse de que yo supiese situar Toronto y Ottawa en un mapa me explicó cómo funcionaba la NHL, la cual, como tantas otras ligas, comparten entre ambos países. Se llama Kate, supe que estaba estudiando Ciencias Políticas en Boston y no tuve más noticias suyas hasta Facebook. Cotillas.
Con esto quería dejar claro que aquí EEUU hace un poco de Jamaica, isla donde el hielo lo conocen por la Coca-Cola, sólo que en esta ocasión con un resultado muy meritorio.
Si ellos pueden nosotros no vamos a ser menos. Sólo tenemos que encontrar o inventar un juego que atraiga a la gente y animarse a que se federen. Propongo las carreras de chapas sobre hielo. Ya tengo lema para la campaña de lanzamiento: Menos rozamiento, más velocidad, el mismo impacto. ¡Hazte con todas!. Porque obviamente o aquí nos echa una mano la gente de Matutano y The Coca-Cola Company o nos dan por saco. Y ya está, más divertido que el Curling y menos sexista, ¿qué es eso de ir barriendo?
Además que la superficie puede reutilizarse si tiramos de las mesas de Hockey-Mesa, valga la redundancia, otro de esos juegos que debería profesionalizarse.
¿Quién se apunta?
Visto en: Vancouver 2010.
Quiero regalaros unas palabras acerca de los viajes en el tiempo. Nunca hay que ir hacia atrás. Esto lo aprendimos todos viendo Gárgolas, la serie aquella de unos monstruos que despiertan en Nueva York siglos después. «La pregunta no es dónde estamos, sino cuándo». Desde los albores de la ciencia ficción se ha pensado que el hecho de poder viajar en el tiempo implica cambiarte de posición a la par. No he llegado a comprender por qué. Hay gente, estúpidos buenistas, que afirman que utilizarían una máquina del tiempo (ya sea una cápsula unipersonal, una nave espacial o un asiento como en la obra de Wells y la película dirigida por su nieto, yo os recomiendo las dos cosas, que no me cuesta nada y si sólo os animo a leer un libro así me lo tiráis a la cara porque no salen los Jonas Brothers para colorear), para evitar la Segunda Guerra Mundial, la muerte de Lincoln, la Guerra Civil, la desaparición del Imperio Autro-Húngaro, poder chocar esos cinco con Jesucristo o cualquier otra soplapollez (aunque lo de Jesús molaría cantidad). Me hacen especial gracia las de los héroes, no sé si piensan presentarse en Berlín en los años 30 e intentar que Hitler no gane las elecciones, como he dicho al comienzo, no sé cómo pretenden llegar a Berlín, supongo que en tren. Si fuese a tierras bíblicas y se encontrasen en el mismo sitio que ahora mismo ya sería más complicado. A lo mejor prefieren ir al día del nacimiento de Stalin y, a lo Herodes, cargarse al crío para que no desarrolle la carrera política-armada que todos conocemos. Hay que tener cojones para tener un bebé entre las manos y cepillárselo, sea quien sea. Además, yo, personalmente y le joda a quien le joda, tengo claro que la guerra constituye un medio imprescindible para hacer avanzar la cultura, si esa frase no te parece mía o no la compartes echa la culpa a otro, que a mí me la trae floja, matizaría lo de cultura y lo corregiría sustituyéndolo por tecnología, y ahora sí que no me lo discute nadie. En definitiva, una única persona, por mucha buena fe que gaste, no habría sido capaz de evitar derramamientos de sangre equivalentes a millones de litros. Es así. Ya existieron buenas personas entonces y no lo consiguieron. Y aún evitando un único hecho no tendrás la certeza de que esa explosión violenta surja, como la muerte de la mujer del viajante en la película, spoiler y tal. A esto habría que sumar la conocida consecuencia de cuidado con lo que tocas que lo mismo luego ni naces, cenutrio McFly.
Perdonad que me pierda, pero es que esta es una de esas entradas que siempre he querido escribir y tengo bastantes cosas que contar. Siempre me ha gustado creer que realmente existe una diminuta, liliputiense como los de Guliiver (otro libro de viajes, estoy que me salgo), del tamaño infinitesimal de un electrón posibilidad de que, juntando unos determinados elementos, girando unas determinadas tuercas y golpenado unos determinados componentes cual televisión de tubo de rayos catódicos podamos vernos a nosotros mismos dentro de un tiempo especificado. «Tal cosa es imposible», ¡jamás! Y pese a todo nunca he visto nada de Dr Who. De momento la única solución viable es viajar hacia el Oeste, ganando horas al reloj, pero no cuenta.
Cuando digo eso de ir al futuro no me refiero a dentro de unos siglos, no pretendo realizar saltos seculares, eso lo hacía Hari Seldon con suma elegancia, conociendo de antemano qué pasaría en cada momento tras largos cálculos psicohistóricos. No, en absoluto, nada que ver. Soy mucho más egoísta. De crío me imaginaba mi vida con 14 años. Cuando llegué a los 14 empecé a pensar cómo sería yo con 21. Ahora tengo 21 y está claro que mi cuerpo me pide saber qué me depara el futuro y nunca he tenido en cuenta lo de las cartas, y la línea de la palma de la mano pese a que vaya por la vida disfrazado de Corto Maltés.
A veces es una situación excesivamente frustrante. Desearía poder utilizar una de estas máquinas y correr hasta dentro de un pequeño puñado de años, regresar aquí y no acordarme. Sí, carece de sentido, pero sería injusto tener nociones sobre el futuro que voy a vivir, no sólo por poder acertar el Gordo de Navidad, sino que, joder, me quita emoción a mi propia vida. Esto quiere decir que a lo mejor lo he hecho ya y no soy consciente (ciertamente esto es más de Descartes, lo del mus no, el francés que no soportaba madrugar), ¿estoy viviendo mi vida o lo estoy soñando todo? Bien, creo que me seguís. Es insoportable, quiero saber. Quiero saber hasta dónde habré llevado mi vida de Rolling Stone, ¿podré por fin instalar una batería en mi casa?, para qué empresa pequeña, mediana, grande, Google trabajaré… dónde viviré (y no me refiero a “en qué casa” sino en qué lugar del mundo, que es lo que más me atormenta), con quién si es que viviré con alguien, cómo la conocí, de qué color son sus ojos verdes y cómo es posible que sea tan guapa. Quiero saberlo ya.
Visto en: Febreo de 2010, a expensas de lo que venga.
Generalmente mi horario suele asustar a las personas que se hacen llamar normales. Me acuesto tarde y me despierto relativamente tarde, a las diez o incluso un pelín más si puedo arañar minutos al despertador. Desayuno. Me cepillo los dientes en una ventana que tengo colocada en el techo (cosas de la buhardilla) mientras veo pasar uno o dos coches, ahora que he aprendido a cepillarme sin babear es un lujo, el siguiente paso es alcanzar a la gurú del cepillado, una amiga que puede contarte por teléfono cualquier cotilleo mientras se lava los dientes y entiendes perfectamente lo que está diciendo. Hago la cama. Preparo las cosas del gimnasio e intento estar allí para las once. A la una y pico ya estoy en casa agotado y duchado. Por la tarde tengo clase y por la noche “hago vida”.
Los viernes no. Por tanto hoy no. Anoche estaba realmente cansado y algo quemado con la vida, cosas que pasan, y me he despertado de malas porque los viernes por la mañana sí tengo clase. Y por la tarde hasta las ocho. Un lujo. Se me ha hecho tarde. Me he duchado con agua fría porque no había otra cosa. He comido dos tonterías y me he montado en el autobús siguiente al que suelo coger los otros días. Llego. Llego tarde, pero llego. Dispuesto a tragarme tres horas de una aburrida asignatura. Pero no había nadie. Pasillo arriba, pasillo abajo. Nadie que esté conmigo en esa asignatura. Me encuentro con una de estas leyendas vivas de las ingenierías, que lleva siete años en una carrera de tres cursos, «No, es que no hay clase, lo han cancelado porque la profesora está enferma y no sé qué. Los de tu clase se acaban de ir». Guay.
Me voy. Sigue lloviendo. Intento cogerme otra línea de autobús para que el viaje me salga gratis y por cuestión de tiempo me montó en la que tiene más tráfico de toda a esta gris capital provinciana. Monto yo y otra legión de descuidadas señoras dispuestas a sacarme un ojo con el paraguas (que, como no podía ser de otra manera, lo mantienen abierto debajo de la marquesina, son un amor). Delante de mí sube una chica, de esas que se nota que han saltado de bachiller al mercado laboral pasando por la casilla de un FP y disfruta sabiendo que, si la crisis quiere, a primeros del mes que viene podrá comprarse más ropa. Una chica normalita, la verdad. Pero no le funcionaba el bonobús, tarjeta del diablo. Tres, cuatro, cinco intentos. «Pues tiene que tener dinero, que acabo de recargarla…». Dios, parecía que iba a ponerse a llorar. Yo, haciendo gala de mi mala y poca fe me apresuro a picar y largarme ASAP. Un caballero desconocido, se ve que necesitado de amor, con gafitas y seguramente empalmado, se ofreció a pagarle el viaje. La chica, como mujer ladina que es, se lo agradeció. Un pagafantas a tiempo es maná. Ya estamos todos en el reconfortante, cálido y seco vehículo que causaría claustrofobia a una sardina enlatada. La chica le vuelve a agradecer el gesto a nuestro Técnico en Rescates de Princesas en Apuros. Él, valiente, sonríe y pregunta cómo se llama. Ella, sabia, responde que tiene novio y no quiere nada. Sí, me encanta, así son las arpías, te dejan acercarte hasta que cuando estés a su alcance puedan arrearte un sartenazo, dejarte KO y devorarte lentamente frente a su público. Él, humillado, se excusa con frases tipo, de esas que todo hombre tiene memorizadas, «No, no, si yo no quería nada». Y probablemente fuese verdad (y tal), ya hay que ser altiva y creída para, sin estar excepcionalmente buena ni llegar a bella creer que cualquier hacedor de buenas obras que se deja 37 céntimos por ti pretende llevarte a la cama esperar que le entregues tu flor, igual que hiciste con el musculitos dos cursos mayor que tú a finales de la ESO en aquella discoteca que ya cerró. No, mujer, menos lobos.
Tres señoras después, de esas que rozan los culos, piden perdón y se ríen intento hacer creíble su disculpa, «Uy, es que me caía», (no, señora, se tiraba, compre Viagra a su difunto marido, ups) se hace un interesante cambio de personal, por supuesto yo aún cabreado por haber perdido la mañana. Se baja el aspirante a héroe y la gorrona, por supuesto, ni se despide. Ahora era él quien parecía que fuese a llorar. Me arrincono, de pie, en un hueco y una mujer, ya metida en edad, empieza a gritar. Aseguraban que le habían robado en monedero (esta gente lleva billetes de 50 en el monedero, así que lo comprendí), y la momia hija de puta se me queda mirando. Si gritas y miras a una persona al mismo tiempo todo el mundo mira a esa persona pensando «Puerco ladrón, te parecerá bonito mangonear a una pobre anciana». Así, de repente, yo era el señalado, el apestado. ¡Qué genial! Antes de que yo pudiese si quiera defenderme la vieja saca del fondo de su grotescamente grande bolso una carterita, la levanta como el pescador que se hace con un atún de 70Kg y sonríe, «No, ¡aquí está!». Lástima, por unos segundos yo fui el centro de atención. No me jodas, ¿en qué piensa la gente?
Ya estaba casi llegando a casa cuando se suben dos chicas, la que se sabe guapa y su amiga fea, liderando a un escuadrón de jóvenes deficientes. Iban de excursión. 10 personas más dentro del autobús. Uno de ellos, el que más acné tenía, por cierto, su cara parecía un circuito de cross, vomitó encima de la guapa y la compañera, al ir a ver qué pasaba, recibió su ración de desayuno. Obra social, me parto. Todo el puto autobús oliendo aquella mierda. Venga, por favor.
Me bajé una parada antes de la correspondiente, y conmigo creo que casi todos, y caminé hasta casa, sudando, oliendo a lo que había potado aquí el amigo, mojado por la lluvia, acusado de ladrón y sin haber hecho nada en toda la puta mañana. Esperando que empiecen las cuatro horas de clase por la tarde. Olé.
Feliz fin de semana. Seguro que lo disfrutáis.
Visto en: Horario matutinos, mis cojones.
Compré por menos de dos duros un mando a distancia para el portátil y llegó hace una semana escasamente. Antes lo regalaban, un accesorio inútil (Front Row deja mucho que desear), ahora o pasas por el aro de 20€ o un desconocido estadounidense te vende uno nuevo por dólar y medio. Con su plastiquito y todo. Un chollo. Busqué cómo darle vida mediante un adaptador a HDMI (que cuando cambien el DisplayPort por esta conexión y se acuerden de incluir eSATA junto al FireWire 800 lo vamos a flipar) y Google insistió en que viese un vídeo donde se mostraba una explicación a cargo de un rubito de metro y medio con acento extranjero. Max. Bastante útil.
Mi primera impresión fue similar a la que tuvimos todos con el niño molón. ¿Cómo es que semejante mocoso acumula, utiliza, comprende, vacila y, en definitiva, da envidia con semejante inversión en tecnología? Busqué análisis sobre un sistema de altavoces, de esos vistosos que sólo ves en internet, y él fue el encargado de ofrecer la versión audiovisual. Ya me mosqueé. Que en Ucrania veas a gente con ordenadores de más de mil euros, televisiones de alta definición, un iPhone suena extraño, pero que lo tenga un crío ya me parece insultante, por mucho que ahora sea un ciudadano de donde las 500 millas.
Él tiene, a falta de una batería y un Rickenbacker 4001 de los sesenta o setenta enchufado a un Marshall, lo que yo considero la parte entretenida de una Room 404. Un fenómeno. Me comparo y me doy pena. A su edad yo gritaba aquello de «He was a punk, she did ballet. What more can I say?», devoraba libros de Harry Potter y dedicaba mi tiempo al hedonismo. Ahora no, ahora sólo canto las canciones de la canadiense bajita cuando salen en KISS FM.
Cuando sea pequeño quiero ser como él. Soy un herido grave, de esos 2.0. Llamad a una ambulancia.
Visto en: Youtube.
Corazones, chocolates, películas románticas… San Valentín. Con todo lo que ello conlleva. Yo lo he celebrado en el fúrbol, viendo un empatito en ese frío estadio que echa por tierra cualquier posible duda sobre la falacia del calentamiento global. Colofón final a las festividades de fin de exámenes. Como en todos los partidos (aunque esta era la primera vez que subía al José Zorrilla) se ha podido ver a la gente de prensa, con su chalequito, a pie de campo los cámaras de televisión y fotógrafos. He de reconocerlo, una chica con una cámara de fotos me puede. Matizo, hoy en día ser y creerse fotógrafo te lleva una tarde, cualquiera puede agenciarse una réflex por cuatro duros y buscar objetivos de segunda mano en eBay. Pero me puede. Una chica cualquiera con una Samsung compacta con más ruido que nueces no, por eso es una chica cualquiera, pero si a una chavala que ya sea un poquito mona y tenga algo de clase le dejas una cámara “que abulte” y un objetivo manual, sea del calibre que sea, lleva infinitos pasos de diafragma de ventaja frente a la más bella modelo (cuando modelo tiende a ángel de Victoria’s Secret, nunca cuando modelo tiende a pasarela). Suma un gorrito de lana, algo de melenita por debajo y añade cantidades de normalidad de la de antes, quiero decir, sin excentricidades modernillas. ¿No resulta sexy? Es tremendo. Una muestra.
A ver quién dice lo contrario.
Feliz San Valentín.
Visto en: Y encima Olympus, “de la casa”.
Tres búlgaros, un marroquí, un español y un puñado de irlandeses. ¿Un chiste? No, una anécdota curiosota, curiosota. Faltaban apenas horas para marcharnos camino al aeropuerto dublinés y yo estaba tirado en la cama, con la maleta lista, solo en la habitación con la televisión encendida pero sin hacerle apenas caso. Relajado. Entró un compañero de cuarto apurado, era un chaval de 13 años aspirante a rapero barriobajero aunque de ascendencia pijilla y pudiente que se había dedicado ese mes a estar de vacaciones. Una facilidad para sus padres, sin hijo durante el verano. Miró por la mesa y las literas, me saludó, y se marchó. Imaginé que se había dejado algo y quería meterlo en la mochila o en la maleta, el cargador del móvil o cualquier cosa. No le di importancia y aunque le pregunté me dijo que no era nada importante. Más relax. Pasaron unos minutos y se oyó un golpe en la puerta que me despertó de mi sueño despierto (ya me entendéis). Abrí un ojo y vi las piernas de tres hombres enormes y fuertes, hablaban raro. Se me acercó uno (el de aspecto menos peligroso) y con un extraño acento me preguntó en mal inglés dónde estaba la cámara y dónde estaba el chico. Instante después apareció la dueña de la casa pidiendo explicaciones. Yo no sabía a qué se referían y cuando esta señora, Bernie, amenazó con llamar a la policía ellos se largaron asegurando que no llamaría porque serían ellos quienes avisarían a la Garda.
Me quedé bastante extrañado y antes de salir del embobamiento apareció otro compañero de cuarto que acaba de instalarse (de hecho necesitaba mi cama) y nos preguntamos mutuamente qué pasaba. Él era de mi edad y era la primera vez que pisaba Isla Esmeralda, imaginad qué bonita su primera impresión. Yo había dejado la ropa y la toalla lista para ducharme antes de ponernos en marcha, así pues, como era costumbre, se acabó Pimp my ride y me fui al baño para, de paso, explicarle cómo funcionaba el calderín al recién llegado. Mientras me duchaba me parecieron oír voces en español, voces de dos personas adultas y otras de jóvenes. «¿Estaré flipando?», me preguntaba mientras miraba por la indiscreta ventana de la bañera la bonita tarde veraniega que había salido. Me vestí y salí del cuarto de baño, pero no se oía nada, así que volví a la habitación para terminar de meter todo en la mochila y poner ruta al autobús. Pero la mochila no está y la maleta tampoco. En la habitación estaba este compañero que seguía extrañado, un amiguete de clase que vivía cerca y un desconocido. «No sabes lo que se ha liado ahí abajo», dijo mi colega, «Este es Habar [o algo así con una sola vocal], es marroquí y me quiere pegar porque le he interrumpido en su oración. Ha venido hoy.» Lo que realmente pasaba es que este chico estaba rezando de rodillas de cara a la Meca, y la habitación que más al Este está en su casa es donde estaba mi compañero, el hombre vio la puerta de ese cuarto abierta y se coló, el otro lo vio arrodillado y pensó que estaba intentando robarle la comida que guardaba debajo de la cama. Al final se hicieron amigos, pero creo que hubo un par de hostias por el camino. Él estaba en mi cuarto para marcharnos juntos en el coche de la familia suya y mientras acercar a Habar a su colegio. Todo “normal”, excepto lo de mis maletas. «Ha venido Hans Topo con un madero y se las han llevado». Hans Topo era el nombre con el que llamábamos a nuestro coordinador, de más de 60 años, bajito, calvorota, algo barrigón pero con un saque de Ping-Pong que se caga la perra. No era una persona agradable. Bajé a la cocina a ver si alguien me podría explicar por qué mis cosas están en manos de la policía. Y más o menos se pudo. Allí estaban los miembros de las familias que nos albergaban tanto al amigo del marroquí como a mí. Las puertas del salón cerradas, algo que nunca había visto. Me advierten de que dentro está la policía, tienen mis cosas y no quieren que nadie entre. Para mí la diferencia entre coger un avión en unas horas y que me expulsaran del país al día siguiente no me parecía grave, así que llamé y abrí. Y, ciertamente, estaba Hans Topo, una pareja de policías, los tres búlgaros de antes y el jovencísimo gángster madrileño llorando. Me piden el pasaporte y que haga una lista de lo que llevo en la maleta, colaboro sin saber qué está pasando (yo creí que era algo de drogas) hasta que me explican que retienen al chaval por robo. Una pieza.
Había habido una serie de hurtos menores en algunas tiendas y había gente que había denunciado que le habían robado, cámaras de vídeo, teléfonos, dinero, etc. El botín del crío era de unos 700€, tres cámaras de fotos, dos de vídeo (una de ellas la de uno de los búlgaros) y más cositas entre las que se encontraba el teléfono móvil de su hermana, que debía estar también por allí, y todo ello pensaba venderlo. En este momento yo hice mi especial aserejé, es decir, movimientos rápidos y acompasados de llevarme una mano al bolsillo derecho del pantalón (sí, está el teléfono), al izquierdo (bien, cartera y llaves) y a los traseros (unas monedas, de esas que terminan entre cojines de un sofá). Al verme, el chico respondió un sincero, «Tranqui, a los compañeros los respeto». Quiere decir esto que a su hermana no, pero a un desconocido que le obligaba a ver House sí lo respetaba. Amor fraternal. La policía, lógicamente, me preguntó si yo sabía algo de esto, Damocles haciendo malabares sobre mi cabeza, obviamente yo lo negué todo, pero es que esa era la respuesta que esperaban. Hans Topo me miró amenazante y me advirtió con delicadeza (ninguna, pero 0 es un grado de delicadeza) que más me convenía estar diciendo la verdad si pretendía marcharme aquella noche. En un inesperado acto de valentía y cariño el chico, preocupado por mí y entre sollozos, insistió en que yo no tenía nada que ver, sino que le ayudó otro compañero. Uno de los uniformados se fue en busca del compinche y apareció un tal Bob. Era español, Roberto, imagino, pero cuyo parecido con Marley era patente, era un Bob Marley de 13 años y con sobrepeso. Este aseguró que no me conocía de nada así que revisaron el contenido de la maleta y “me soltaron”.
Sé que estos chiquillos no viajaron en mi avión (que era el que les tocaba), y ciertamente eran unos putos delincuentes que no tenían ningún motivo para ir robando nada, asquerosos delincuentes, pero el gesto de salir a dar la cara por mí del chaval que sabía que la había cagado me llamó la atención. No me lo esperaba. Eramos compañeros de cuarto, habíamos hablado bastante, pero no lo suficiente como para que yo me diese cuenta de sus aventuras ilegales ni (creo) lo suficiente como para que él me cogiese ningún tipo de cariño, que si es capaz de chorizar a su propia familia no entendí por qué quiso defenderme. Pero se lo agradecí profundamente.
Visto en: Bray.
Pues nada, ya es viernes otra vez. Y nadie sabe cómo ha sido. Debería estar estudiando. Hace un rato lo estaba, concretamente, estaba imprimiendo (desde el portátil a la impresora conectada al exhausto sobremesa y sin ningún problema, curioso) unos apuntes y unos manuales que necesitaba. Puedo tenerlos en pantalla, pero soy bastante old-school para estas historias, me va el rollo de sujetar el papel y pasar una hoja, volver a la anterior, apuntar una línea con el dedo dando a entender que es importante, volver a mirar el título de qué coño estoy leyendo… Este tipo de cositas que, en un PDF, pues, oye, que no es igual.
En estas andaba, folio por aquí, grapa por allá, cuando me vino a la cabeza un recuerdo de este verano. Yo aún estaba de becario, un día, solo en la oficina. Estaba preparando una asignatura de septiembre y en ese momento me dedicaba más a ello que a la aplicación que se suponía estábamos montando. Decidí imprimir lo que tenía de aquella asignatura por la impresora del despacho, una HP láser monocromo grotescamente grande e insultantemente rápida. Y no pude parar. Una vez lo tuve impreso me pregunté, «Coño, tío… ¿y por qué no?». Aquello para mí era como un hotel con buffet de folios y tinta. Todo el tóner para mí. Sabía que muy difícilmente fuera a terminar leyendo todo lo que puse en cola de la misma forma que sabes que 3 tostadas más te las comes por gula y no por desnutrición. Sí, en casa imprimo lo justito y desayuno más bien poco. Pero cuando se abre la veda… Me quedé sin folios, bajé a por más. Y me ventilé cerca de 700. No sé cuántos árboles son, el tejano rico estaría orgulloso. Una puta burrada. Me lo pasé pipa y lo más chachi de todo es que no tardé prácticamente nada, apenas un par de horas y eso que mientras tanto estuve buscando más papel hasta que decidí ir a pedirlo. Confieso que carecía completamente de moral y ética. Vergonzoso.
Tenemos a disposición de los alumnos una láser pequeñita. No la utilizamos más que un puñado de chavales. No va muy fina y a veces se cuelga, a veces se calienta, a veces no coge los folios y a veces sólo imprime los laterales. Nos cambian su tóner gratis. Si funcionase bien la tendríamos esclavizada. Montaríamos nuestro McGraw-Hill de tapadillo en un minuto.
Ahora que estaba tirando hojas y he visto los pocos folios que me quedaban en la bandeja, los otros pocos que tengo en la estantería y la lentitud de las máquinas de inyección de tinta he echado de menos aquella mañana veraniega donde, lo reconozco, no di un palo al agua, y pude derrochar tinta y papel a placer.
Sé que esto pasa en todas las oficinas. Yo quiero volver a estar en una y echarle morro aprovechándome de los recursos de otros para poder explicar mejor mis ideas, cual Marshall cuando descubrió el departamento gráfico. Claro que lo volvería a hacer, y claro que debería seguir empollando.
Visto en: Y de las copisterías hablaré en breve.
No ha sido una semana cómoda en ciertos aspectos. Comenzó rompiéndoseme el llavero. Tendría 4 años. Ahora queda la mitad. Afortunadamente la mitad que sujeta las llaves. Dos días después una pequeña raja en la correa de caucho del Casio decidió crecer hasta romperse. Salió otra e imitó a la primera. La pila del reloj no da mucho de sí. Cuando pita (porque pita, cada hora), lanza un grito agónico. Antes se encendía la luz al girar la muñeca, lo más de lo más, ahora se apaga la pantalla al intentarlo. Desde los 13 con él. Antes tuve otro similar. Llevo 14 años haciendo gala de la marca japonesa en mi muñeca. De repente me he sentido desnudo. Hace un par de noches mi sobremesa dijo basta. Crank, sonó. Algo en la placa no está bien. No me he atrevido a mirarlo pero la última vez que sonó así destrozó un disco duro (no sería tan duro, supongo) y ahora una de las bahías debe ser inservible. Está a punto de cumplir los nada desdeñables 7 años y es, de largo, la máquina a la que más he puteado. Desde que lo saqué de la caja. Sin parar. No ha tenido muchos descansos, ciertamente. Ha sufrido varias reparaciones y cambios pero no sé si de esta va a salir. Puede con el sistema. Poco más. Entré en shock. Hoy he salido de la ducha del gimnasio y al comenzar a vestirme he visto caer piedra a piedra cada pieza de una pulsera que me acompañaba desde hacía 5 años. Uno de los pocos recuerdos de tierras gaélicas que portaba. Desaparecieron por el sumidero del vestuario.
Todo esto me ha deprimido levemente. Todas mis cosas a las que he cogido cariño, de repente, mueren. A la vez. Destrozos inesperados que parecen fruto de un aquelarre. Conjura satánica que centra su ira en estos insignificantes objetos que a diario me facilitan tanto la vida. Temí por mi ya vetusto Nokia, que el pasado otoño llegó a su cuarta primavera. Sigue en pie cual piedra celta marcando el camino druídico. Sólo que con origen finés.
Soportaremos el vendaval. Reforzaremos nuestra muralla y persistiremos. Aunque en la retaguardia. Me resisto a perderlo todo.
Sin embargo ya ha llegado la nueva infantería. En mi familia me han convencido. Es hora de hacerse mayor. Desde esta tarde llevo en mi muñeca un reloj diferente, de los que hacen tic-tac. Suena. Es bonito, aunque no tiene termómetro ni cuenta los pasos que doy. Cambiaré la correa de mi Casio, le pondré una pila nueva y será mi compañero en el deporte, soportará mi sudor y escuchará mis tarareos del momento de la ducha. El resto del tiempo será el segundo.
Comprar piezas nuevas y montarlas en esta torre se me antoja como una pérdida económica y temporal. Sé que un disco funciona bien y el sistema operativo está intacto. Juego a la lotería con el tiempo que va a durar en pie. Pero mientras pueda seguirá trabajando, una única función, alternando llamadas a Demonoid y HD-Spain. Nada de editar imágenes. Nada de ver vídeos para no calentar el micro. Tiene que dejar sitio a uno nuevo. Me da muchísima pena y muchísima rabia. Yo escogí cada órgano de su cuerpo y ahora parece que lo más sensato es desentenderme de mi criatura. Nadie como tú movía los coches del Need for Speed. Nadie era tan eficaz con el revólver del Vice City. Nadie como tú soportaría tan bien tres fallidas y una exitosa instalación de Solaris, infinitud de Linux y otro puñado de endebles copias de OS X. Ninguno, en tu tiempo, leía esa cantidad de tarjetas, grababa tanto los más como los menos erre. Tenías una sintonizadora de televisión y viniste con un mando a distancia para los DVDs. Me has dejado experimentar siempre. Me has enseñado todo. No permitiré verte morir, viejo amigo. Llegará otro, será más joven, más rápido, más bonito y más silencioso. Y me volcaré en él. En ese recién llegado manojo de cables tan perfectamente ordenados que recordarás con pena las veces que te hacía cosquillas con un cepillo cuando limpiaba el polvo de tus ventiladores y te hacía decir «Ah…» mientras te apuntaba con una linterna. No te preocupes. Me dicen que desde el principio sabíamos que esto iba a pasar. Y así es. No puedo hacerte evolucionar, ni puedo permitir que mueras. Has de mantenerte así, con el tiempo parado, renqueante, añorando los procesos que devorabas sin miramientos y que hoy apenas puedes merendar. Yo me comprometo a partirte los trozos más pequeños con el fin de tenerte cerca cada día, muchacho. Aguanta.
Visto en: Con la voz de Paul Newman.