De lo que hablo cuando hablo de correr

Sí, calla, lo sé, que sí. Hostias, que sí. De Murakami, sí. Pero a mí no me sirvió. Murakami empezó a correr porque, además de pasarse todo el día sentado, fumaba tres cajetillas de tabaco al día. 60 cigarrillos. Empezó su famoso diario de carreras y terminó disfrutando de la propia experiencia de correr.

Yo he empezado a correr y lo he abandonado un par de veces en mi vida. Ahora llevo una racha de continuar varios meses seguidos tomándomelo con cierta seriedad (si bien a veces pasan dos o tres semanas sin que me calce las deportivas, no dejo de pensar que debo hacerlo). Y yo, esta vez, no lo empecé a hacer por mera estética sino por salud mental: lo de abrir las ventanas de la cabeza y lanzar desde allí la televisión como si The Who estuviera emborrachándose en un hotel. Se ha dado una casuística que ha ayudado mucho a que pueda ser constante con esta papanatada: el punkipop y una ruta cómoda (un rectángulo de 4, 6, 8 ó 10km de longitud, según me apetezca correr). Esta mañana, siendo sábado, me he despertado antes de las 8 y me he bajado a hincar el diente al de los 10 kilómetros. He marcado un tiempo espantoso, pero tan sólo a mí me importa eso.

Hay una persona en la oficina a quien veo solamente un día a la semana, el profesor de inglés (startups, tíos, dos horas de conversación y gramática que disfruto como un enano), que me permite, por su forma de ser, tener una cercanía mucho más palpable que con otra gente. Pese a que se note un ligero salto generacional (pues es aproximadamente una década mayor que yo) nos entendemos de maravilla y hemos descubierto tener inquietudes similares; motos clásicas, viajes al sureste asiático y una repulsa muy grande por la educación. Y él, además, sale a correr con mucha frecuencia. Vale, sí, él me pule en cualquier tipo de ejercicio atlético.

La semana pasada estuve confesándole lo que vengo a explicaros aquí a vosotros: debí haber empezado a correr antes. Él, como cualquier persona, asentía sin mucho asombroso. Hasta que le expliqué qué me ha enseñado lo de hacer el gilipollas en pantalones cortos. Me ha enseñado a esforzarme. Y ahí, sí, sabía perfectamente qué iba a decir a continuación.

Cuando yo era un niño pequeño, hasta el fin de la E.S.O., aprobaba las asignaturas del cole sin casi ningún esfuerzo. En 4º, último curso, sí que noté que los resultados no eran como en los años anteriores y no di ninguna importancia a ello porque tampoco me alarmaba mucho. Pero llegó Bachiller. Dos cursos horribles, con suspensos y quebraderos de cabeza porque ahora no funcionaba nada de lo que había estado haciendo previamente. La frustración de ser una persona que apenas necesitaba leer de qué iba algo para poder bordar un examen sobre ello a convertirme en una persona simple y llanamente incapaz. Mientras, otros chavales que anteriormente parecían cenutrios y verdaderamente bobos salían adelante manteniendo la compostura. Pensad en todo ese orgullo. Lo que hacía, por no saber qué hacer, fue no hacer nada. Naturalmente yo creía que estaba estudiando más, pero no era, ni por asomo, lo suficiente. Una vez terminada esa pesadilla tuve la suerte de realizar con cierta dignidad gran parte de la carrera. Y pensé que nunca más tendría esa sensación.

Lógicamente, este peso ha vuelto. Cuando empecé a correr sufrí mucho, mis músculos gritaban y mi cara no sabía expresar otro gesto que no declarase públicamente dolor, pero, por cabezonería, me obligué a continuar un poco más ya que apenas había recorrido unos cientos de metros. Y, por descontado, la segunda mitad de ellos los hice caminando. Correr durante diez minutos seguidos parecía una labor imposible. Fui alternando canciones y calles hasta poder superar esa barrera que, si bien resulta insignificante para mí fue una auténtica hazaña: Me había esforzado. Tal vez, a fin de cuentas, lo de esos kilos de más me hayan salvado la vida.

Aprendí a esforzarme de verdad por algo, no a autoengañarme creyendo que me esfuerzo. Y esto me ha ayudado muchísimo. Es lo que los chavales que de pequeños apenas podían sumar dos y dos habían aprendido mientras yo me dedicaba a estar por ahí y esperar a que las cosas siguieran fluyendo. Pocas cosas tan peligrosas como la comodidad.
Sobra decir que ese comportamiento lo he ido arrastrando y aplicando en casi todos los aspectos de mi vida: en lugar de aprender a tocar la guitarra aprendía a defenderme con dos o tres canciones y, cuando creía que era suficiente y que me costaba mucho hacer algo más, lo abandonaba. No quería ver que no era capaz y, por tanto, no lo intentaba.

El libro de Murakami lo he leído varias veces. No es común que lea algo más de una vez. Hay libros que me han gustado muchísimo que sé que nunca releeré, como el Quijote. De Murakami ya hay dos obras que he releído, si bien este no ha sido por su calidad o por haber movido mi alma a un estado superior, ha sido porque no lo entendí, porque lo leí y salí a correr y no noté nada. Se lo presté a un amigo y todo surgió efecto en él. «Este libro ha sido una puta varita mágica que funciona con todos menos conmigo.», pensaba. Tiempo después, corriendo, lo entendí, no me gusta correr: sudas, duele, el tiempo te puede hacer volver a casa empapado, te adelanta gente a quien odias de inmediato, a los demás se les nota una cuadrícula bien marcada en el vientre…, sin embargo me gusta sentir que mejoro en algo. Y que, naturalmente, ese esfuerzo sí tiene recompensa.

Visto en: Castellana.

2014 lies down on Broadway

Recuerdo que me fascinaba escribir. Ay, no sé qué haré con esto con el tiempo. Ha aguantado, arrastrándose, el año natural 2014 (salvo descalabro de todo el tinglado de aquí a dentro de una decena de días). Creo que eso suman unos ocho años. OCHO. PUTOS. AÑOS. La mitad de ellos de deriva, sí, pero eh, ha estado aquí cuando lo he necesitado. Y los tres locos que quedéis ahí, imagino que también.

Probablemente la gente sensata recuerde este año como el de la vuelta de Genesis que anunciaron en verano. Que ha sido un año movido en muchos aspectos, pera vamos a priorizar: el rock progresivo aquí va delante de cualquier cosa. Y los trajes de Peter Gabriel son referencia para muchas mierdas carnavalescas. Yo, que no soy sensato, recordaré 2014 desde un subjetivo egoísmo. Qué menos, vaya.

2013 fue, para mí, un año aburrido, pesado, y si hay algo que una persona no puede permitirse es ser pesado. Un año tampoco. No tuvo emoción, ni retos laborales importantes ni Cenicientas a quien probar la talla del pie. Sí tuvo, en cambio, un accidente de moto del que ya ni quiero hablar. Menuda chapuza de año, caray. Quienquiera que lo hubiese diseñado debería pasarse por su respectiva escuela a pedir explicaciones.

Y partiendo de esa situación anodina comenzó 2014. Y comenzó con una mudanza a un piso de mi misma calle, pero con balcones. Luz. La mudanza, ojo, se realizó aún en 2013, pero no voy a permitir que un tecnicismo me joda una bonita historia. Un cambio, por definición, ya hace que algo sea diferente, y es lo que necesitaba. Como necesitaba aún más también cambié de trabajo. Y, ahora sí, metí la cantidad adecuada de emoción y quebraderos de cabeza que necesitaba. Era finales de marzo, comenzaba la primavera y ya tenía una vida completamente diferente. Qué genial todo, vaya.

Da rabia decir que, ahora serio, mientras veo a mí alrededor cómo mucha gente está realmente destrozada yo me he divertido mucho este año, he aprendido una barbaridad este año, he crecido mucho este año (y ya tocaba), he salido mucho este año, he perdido peso este año, he vuelto a jugar al baloncesto después de… demasiados años: algún curso de la E.S.O., he perdido peso y he sido capaz de correr 8km en unos 40 minutos cosa que no imaginaba que ningún año consiguiese hacer. Este año he conocido gente que realmente ha aportado valor a mi vida. Este año he estado con chicas estupendas que se han olvidado de mí antes de lo que me hubiera gustado y he estado con chicas horribles que, bueno, ¡hola!
Este año he escuchado discos que no había saboreado por estúpido con anterioridad. 2014 lo recordaré siempre como el año en el que pisé California, el año en el que tuve una reunión con ingenieros de Google y la NASA. El año en el que hice un videojuego en un fin de semana. El año en el que volví a pedir un Fitzgerald en un bar. Este ha sido el año en el que por fin le he pillado el punto a cocinar lentejas. 2014 sin hummus no tiene sentido para mí. El año en el que me hubiera encantado viajar más. El año en el que volví a intentar leer Moby Dick con espantoso resultado. El año en el que he puesto cebolla caramelizada y pimienta a cada ensalada.

2014 me ha gustado. ElGekoNegro que fantaseaba con su futuro debería decirle a quien sea que lleve el timón ahora que ha llegado a un puerto donde merece la pena atracar la nave. Y que gracias. Feliz año, feliz Navidad, disfrutad. Coño. Y, si tenéis hora y media suelta, pues ya sabéis dónde está el cordero.

Visto en: 2014.

Escaleras de incendios con vistas al Pacífico

Durante años, Guinness, aquella cerveza negra del país donde todo es verde, utilizó como publicidad una frase que, si bien parece de abuela, terminó en las cabezas de todos los nietos: «Good things come to those who wait.» Hay decenas de anuncios y hasta un artículo en la Wikipedia con toda la campaña. A mi juicio, mejor que el carismático tucán que la anunciaba anteriormente. Hace referencia a los aproximadamente dos minutos que se tarda en preparar una pinta y ésta esté lista para beber. Dos minutos que, en un pub, se hacen largos. Quizá el spot más recordado de esta campaña sea el de los surferos que cuentan olas hasta saber cuándo viene la que es perfecta y se convierten en jinetes que cabalgan el agua.

A mí, que sigo con cierta curiosidad todo lo que rodea a la marca de St. James’s Gate, ese anuncio me encantaba cuando lo lanzaron y echo de menos la seriedad que emanaba. Era algo religioso: si te portas bien te pasarán cosas buenas. Y, hablando de surferos, así pasé unos días en California.

Hace poco más de tres meses cambié de empleo por el principal motivo por el que lo hace todo el que se gana la vida pintando botones que al pulsarlos envían datos y luego pasan cosas, o se cae todo el sistema de alquiler de bicicletas nuevecito: por aburrimiento. Y diría una chorrada como que la primera mitad de 2014 ha sido benévola para mí, pero no voy a quitarme mérito para asignárselo a la astrología y quién dijo miedo habiendo hospitales. El proyecto que desarrollo se realiza con la colaboración de varias empresas y organismos de esos que te hacen flipar mucho (Google o NASA) y hace unas semanas se vio la necesidad de tratar algunos temas allí, por lo que tuve la oportunidad de trabajar en la zona de San Francisco, Berkeley y Oakland o asistir a una reunión en las oficinas de Google con vistas a la bahía hace apenas unos días. Aún me cuesta escribirlo sin ponerme nervioso. Hasta aquí lo referente a lo laboral.

Retomando la premisa de Guinness, vaya, no contaba con tener el gustazo de hacer algo así y si me veía bajando por la parte fotografiada de Lombard Street sería porque habría engañado a mi novia para descubrirlo (soltad el aire, que no, que no tengo novia). Pero, como dije, un poco de la noche a la mañana me planté allí y tuve la opción de pateármelo durante un par de días en los que aproveché para hacer todo lo turísticamente obligatorio. Y hacedme un favor y escuchad Hellhole Ratrace (, ) del primero de Girls mientras seguís leyendo.

Es mi segunda visita a Estados Unidos y la primera en la que he tenido contacto continuo con gente de allí que me ha permitido mucho más saber cómo se trabaja y cómo se vive en uno de los países que, a mí, tanto me atraen, al menos en una cara y pequeñísima parte como es la bahía. Os dejo apuntes sueltos sobre esta magnífica y acelerada experiencia. Si tenéis dudas sobre alguno, os explico lo que queráis en los comentarios, que igual así añado anécdotas.

  • Está lejos, la vuelta es un aburrimiento.
  • Ya lo dije hace tiempo, no me gusta estar descalzo.
  • ¿Qué narices es eso de pasar del Ford F150 al Prius o, aún más raro, al Tesla?
  • La gente es extrañamente confiada.
  • Hay muchas personas que adoran San Sebastián pero que a duras penas aciertan a ponerlo en un mapa.
  • Si dicen que van a hacer algo, por muy tonto que sea, van a hacer esa tontería,
  • Las dietas macrobióticas y el café cultivado de no sé qué manera está acabando con las hamburguesas de héroes y los Starbucks.
  • Pregunté en un supermercado dónde estaba la Coca Cola y me dijeron que no tenían porque no era sana. Sí, pregunté por la Zero, les dio igual.
  • Me pidieron el carnet cuando pedí una cerveza en una terraza de Sausalito.
  • En esa misma terraza había dos parejas de Bilbao.
  • Si se te va la mano con la bici es fácil caerte al agua desde el Golden Gate, o a la carretera con los coches circulando (ayer vi que lo pretenden arreglar un poco).
  • Los taxistas se quejan de Uber, pero no gritan mucho.
  • El precio de la carrera de los taxis me pareció barato.
  • Tacos, tacos, tacos, tacos, tacos, tacos.
  • La gente dice que no se baña porque está fría pero cuando me lo propuse me advirtieron de que había tiburones.
  • El siguiente pueblo después de Sausalito se llama Tiburon.
  • Las oficinas de Google son como esos artículos que circulan a veces sobre cómo son las oficinas de Google.
  • Esos artículos no mencionan lo callados y aburridos que resultan.
  • No probéis un Negroni si no os gusta el vermú.
  • Entienden que puedes ir desde España sin que te guste el vino.
  • Les cuesta comprender que necesiten persianas porque no han de proteger su intimidad si los de fuera no miran hacia adentro.
  • Si Nueva York está en pie a las 7, en esta costa amanecen a las 4.
  • Sí ven el Mundial.
  • Tacos.
  • Hice mal un cambio de sentido con la bici y me vi pidiendo ayuda a la embajada.
  • Los vecinos estaban más cabreados que el policía, pero sólo el policía me insultaba.
  • Las cervezas que hacen allí son suaves. Las cervezas que llegan allí son caras.
  • Me ofrecieron LSD y me pareció el único sitio del mundo donde deberían ofrecerlo.
  • VW Westfalia Camper.
  • Eso de que te chocas con una chica al salir de la tienda y se caen las naranjas para que puedas disculparte mientras una voz alerta de las ofertas en pimientos amarillos y termináis intercambiando teléfonos y quedando para cenar sucede.
  • Recordad que la gente es muy confiada y ya he repetido que tacos.
  • Twin Peaks.
  • Cuando íbamos caminando por Berkeley y Oakland nos preguntaban si estábamos bien y si se nos había estropeado el coche.
  • Subir algunas cuestas de San Francisco andando responde tímidamente a lo anterior.
  • Escaleras de incendio con vistas al mar.
  • «This has nothing to do with L.A.»
  • La verdad es que para decir que estás en la calle Ávila te quedas donde estás.
  • Llevad protección solar.
  • Puedes ir de hipster, que irás de hipster europeo, y es que al menos sabemos vestir un poquitín.
  • Loco, qué haces con la fixie, anda, baja.
  • Yo diría que se puede nadar hasta Alcatraz.
  • Faltan Vespas. Sobran Golfs.
  • El mayor océano del mundo.
  • Es la polla.

Visto en: San Francisco, Oakland y Berkeley.

Arriba

Back in business, bitches! Y los 25 me han sentado rematadamente mal. Lo peor de cumplir un cuarto de siglo, ay, es que se te acumulan las cosas pendientes del TO-DO antes de los 30 y, además, te das cuenta con mayor pavor que el tiempo se acorta. Porque no hace nada que cumplí 20 y eso significa que dentro de nada llegará el temido deadline psicológico. En fin, todos conocéis lo que me gustan las listas. (Mira a los oyentes esperando que alguno grite «¡Y las tontas!» para poder continuar.)

Si bien no he sido realmente consecuente con, fiel a y buen amigo del tío que antes escribía aquí, sí me parece que no ha ido del todo mal. Correcto, lo sé, no ha ido exactamente como mi subconsciente me quería ver. Pero no está todo perdido si me pongo manos a la obra. Ahora bien, como todo yo, mis circunstancias han condicionado el resultado. Que es una forma ‘ortegaygassetística’ de decir que, bueno, viendo el panorama algo jodido y a mí dentro de una apacible comodidad donde no me salpicaba mucho la mierda, me bajé el cuello del abrigo de Corto Maltés y eché el amarre en el puerto un poco más de lo que hubiese debido.

Girl from the North Country

Es asombroso cómo Bob Dylan ha compuesto una canción que semánticamente viene al pelo para casi cada momento. Después de cincuenta y pico años guitarreando y soplando armónicas debe estar acostumbrado a que vayan metiendo con calzador cualquier letra, título, ritmo o acorde en todo tipo de medio. Gracias, tío. En fin: Norte.

¿Qué mierdas quiero decir con esto? Ya va, pasa las palomitas. Decía que me faltan historias. Historias de las de contar. Historias de las de sentirte orgulloso, de las de salvar niños en un incendio, de construir tu propio artilugio raro que da vueltas y sirve para[…], de despertarse en Albacete y no recordar cómo se ha llegado allí ni porqué tu amigo va disfrazado de bebé. Supongamos algo que no de vergüenza ajena y que, realmente, tampoco mucha gente realiza. Yo he escogido ir arriba. Ir al Norte. Os dejo un dibujo.

Mapa con la ruta en Google Maps

Bonito, ¿verdad? Madrid – Irún – París – Luxemburgo – Copenhague – Estocolmo – Alta (Noruega). No es exactamente la ruta que aparece en el mapa, pero sirve para quedarse con la big picture. De Malasaña al Ártico. La vuelta querría hacerla descendiendo por el oeste, así que bajaría por Oslo. Algo menos de 5000km. Para que os hagáis una idea, la Ruta 66 son 4000 y no está asfaltada como debe ser. En diez días y si no se me ha olvidado tachar ceros, 500km al día. Una cifra asequible para cualquiera de nosotros si no tuvieses un depósito de 8 litros y una velocidad máxima de algo más de 95 km/h para no quemar el motor de dos tiempos que ya ha demostrado ser capaz de todo. Ya, ya, no lo había mencionado, quiero ir con The Townshend. ¡Ahora sí es una historia para contar!

Recorro aproximadamente 15 kilómetros al día con ella, si no estoy cansado y el tráfico ayuda I elongate[d] my lift home, pero nunca me he ido ‘de ruta’ que es como los [dichosos] moteros utilizan para decir que no van de casa al trabajo y fuera del núcleo urbano. En dos ocasiones, repito, dos ocasiones, la he paseado por autovía y reconozco que disminuía mi hombría cada vez que tenía que lidiar con un camión en una de esas radiales de la capital. Ah, sí, y un par de huesos rotos con caras visitas al taller decorando el regalo. No estoy preparado aún para una aventura semejante, pero tampoco pretendo zarpar mañana. (Se atusa el cuello del abrigo de Corto Maltés.)

La tontería (o hazaña si eres un periodista que me quiera entrevistar, pon hazaña) sale por unos cuantos fajos, empezando por poner en punto la moto, que aún le quedan unos detalles, y terminando por los peajes que guían al Círculo Polar. Para que esto no quede en palabras, en tinta electrónica sobre la pantalla de un Kindle, en LEDs iluminados de un MacBook Pro Retina o uno de esos Samsung desechables, me he creado una orden en el banco para reservar en otra cuenta, automáticamente, 60€ al mes. Eso hace, en 3 añitos, 2000 y pico euros. Habría que contar intereses que eso produjera, por supuesto. Y, si queréis colaborar, me lo decís. Además, en caso de que todo este plan se vaya a pique, podré dedicar ese dinero a financiar mis caprichos de runner de manera que acentúe el hecho de rondar la treintena. Espero que haya un club privado y hagan tarjetitas.

¿Por qué al Ártico? Empecé a interesarme por Kiruna (Suecia) hace algo más de dos años, sin motivo aparente, hablé con gente que había estado y todos respondían que era una pérdida de tiempo siquiera intentar llegar allí. En verano coincidí con dos suecos empleados de Spotify y les pregunté acerca de lo mismo, aparte de la comparación necesaria entre turismo en España de sol y cerveza en la playa y la poco apetecible idea de dar de comer a renos, tampoco me animaron a ir en ningún momento. «No es tan bonito.» Después, y siguiendo con mi cabezonería, llegó Medem y aunque yo no tenía mucha idea del origen del temazo (en serio) de La Oreja de Van Gogh, marca. Lo sé, una película española y tal, pero, confiad, ésta es buena. A eso hay que sumar que ya ha habido locos con cacharros más modestos que han accedido a la parte más septentrional de Europa. Originalmente planeaba conducir hasta Mongolia, no hay explicación, pero soñé repetidas veces que después de prepararlo y partir, moría. Además de una manera absurda y al poco de salir, recién arrancada la aventura. Retomé mi interés por el frío. Acojona demasiado plantearse realizar el trayecto en invierno aunque cuentes con la postal de la aurora boreal, habrá que coger cariño al sol de medianoche. Pensad en todos los momentos mágicos que regalaré al Instagram del momento.

Estaréis echando algo en falta, ¿y la chica? ¿De verdad pretendes hacerlo sin compañía? No es algo que tenga decidido, no es algo que tenga siquiera pensado, no es algo de lo que haya hablado con nadie, no es algo que haría si tuviese pareja.

Visto en: I ride a GS scooter with my hair cut neat.

Yo escribiré cuando tú bailes

El pasado jueves resbalé con la moto, una Vespa PX 200 del ’99 bautizada como The Townshend, en la glorieta de Rubén Darío, que es una rotonda de una de las zonas guays de Madrid. Terminé en el hospital con una fisura en el pie, muchos moratones, abrasiones, heridas abiertas y una clavícula rota. Poco, muy poco, me ha durado el capricho. Pero el del taller se va a alegrar. Esta anécdota, la del piñazo, a priori irrelevante, sirve como entradilla para que entendáis porqué, debido a la baja, ha aparecido un numeroso grupo de personas (no) pidiendo que escriba, que ahora iba a tener tiempo y ninguna excusa. Y es verdad.

Me aproximo a esto con cariño y lejanía, como si fuese un bar cercano que siempre ha estado ahí, donde el camarero te conoce perfectamente y donde has echado muchas horas, muchas risas y muchos llantos, pero que sabes que no puede ofrecerte más cosas. Con nostalgia. Y, ojo, eso está bien. No quieres que cierre ese bar, por la pena, porque es tuyo, porque has invertido mucho tiempo y esfuerzo en él.

Recuerdo, de crío, en no sé qué curso del colegio, una frase que decía que, en España, no se escriben libros porque no se leen y, a la vez, no se leen porque no se es escriben. Es la típica chorrada de Lengua y Literatura que juega a meterte el miedo en el cuerpo y a hacerte creer que si lees más eres más listo, como una ecuación matemática. Cuando nos da por pensar ya vemos que no hay ninguna relación directa entre cantidad de lectura e inteligencia. Peligrosamente también implica que si escribes mucho eres mejor que el resto. Pero que Anastasia siga follando con Christian. Y ya está.

No es por falta de temas, porque, mismamente, podría ponerme aquí a desarrollar un ensayo sobre algo tan aparentemente trivial y tonto como enrollar manualmente el papel higiénico. Eh, todos lo hemos hecho. Y es una chapuza. Y te preguntas cómo será la máquina que se encarga de ello, si hace girar el canuto de papel o éste permanece inmóvil mientras un brazo giratorio se desplaza a su alrededor, abrazándolo con el papel, primero una capa, luego otra, tal vez ambas a la vez. Quién sabe, tal vez ese mismo brazo va corrigiendo su posición cada décima de segundo. Hay que aclarar esto. Están pasando cosas chungas con esto. Igual hay gente que está muriendo con esto. No. No es por temas. Es por nostalgia.

Me da mucha rabia la gente de unos treinta años, bienio más bienio menos, que habla maravillas de los putos ochenta, los 80. Aquella década de heroína y música pésimamente producida que comenzó con el fallecimiento de Bonzo sólo dos años después del de Moon. No podía salir nada bueno de ahí. Y no quiero decir que todo tiempo pasado fuera mejor, sino que, por una vez, quiero decir lo contrario.

Cuando esta gente habla de esa década, de esos peinados y esas fotos vistiendo un chandal verde con reflectantes amarillos (ropa de yonki, que diríamos ahora), y dice que ojalá pudieran volver allí lo dicen con nostalgia, con mucha nostalgia, pero sabiendo que en el fondo no desean revivirlo ni siquiera superficialmente. Ni por los muertos por el SIDA ni, sobretodo, por las comodidades a las que ahora sí están acostumbrados: ya sea todo el conocimiento del mundo en segundos en la palma de la mano, poder escoger millones de opciones de ocio incluyendo las de cualquier país globalizado, los coches cómodos y seguros que apenas sufren problemas mecánicos, la democratización de la fotografía, ver que el 12-1 a Malta no queda en nada si miramos a Casillas y a Iniesta o, incluso, la carne de Kobe. Los videojuegos eran más difíciles, sí, pero ahora puedes jugar contra tu hermano que está viviendo en Edimburgo y os visita con cierta frecuencia gracias a las aerolíneas low-cost porque ahora volar en avión ya no es un acontecimiento especial.

La nostalgia nos engaña. La nostalgia nos hace venir a este bar. A este recuerdo de hace unos años donde no escribía dos post seguidos sin meter un ergo. Ni los 80 ni la Buhardilla tienen culpa de nada, en realidad. La comunicación ha cambiado y, aunque estoy disfrutando mucho escribiendo esto y recordando el bullicio que se generaba en mi alcantarilla underground, no sé si dejé de escribir porque no se leía o si se dejó de leer porque no se escribía. Pero he escrito sabiendo que se leerá. Cada tap del teclado. Sigue siendo una sensación maravillosa lo de escribir porque haya gente que quiera leerte y no lo de escribir porque yo lo necesite.

No sé cuánto pasará hasta el siguiente click en el botón azul de publicar, pero tal vez haya concluido mi reposo y mi rehabilitación. Tal vez se haya pasado de moda el buey Kobe y las bicis sin frenos ni cambios. Tal vez una factura desproporcionada del taller. Tal vez haya aprendido a colocar bien los hombros, recta la espalda, como en un vals vienés. Ese compás 3/4 tan marcado.

Visto en: 50 Shades of Geko.

Igual

Igual que cuando llega, como ahora, esa sensación de domingo por la tarde. Igual es porque el asesino del libro de Paul Auster se llama Paul Auster o igual es porque lo único que quise hacer con Dubliners de Joyce fue terminarlo. Igual hacía una década que no escuchaba entero éste LP que suena. Igual es que nunca se me hubiera ocurrido decir que las mangas de Blancanieves eran abollonadas hasta que me lo tuviste que explicar. Igual es que me acaban de poner un Bogart y, la verdad, aún no he sabido bautizarlo. Igual el ‘timing’ de todo esto me está jodiendo la merienda, que es agua. Igual mi arte para lo creepy ya ha llegado a su más alto nivel. Igual es que me has hecho más Geko de lo que me sentía desde hace años. Igual es que mi egoísmo está a igual nivel que la maestría anterior. Igual que los agudos de este tema instrumental. Igual es que no he sabido agradecer que no me cruzaras la cara cuando he pisado las hierbas del jardín en el que nadie me ordenó meterme cuatro veces, cinco, tal vez seis. Igual era la media sonrisa acompañada de un «¡Orozco!» las dos veces que me recogí el pelo. Igual Kit Harington. Igual que el temblor en la mano al saber que su nombre era una flor que estaba… no recuerdo dónde y, él, Manuel. Igual que haber tenido que aprender qué es un geranio. Igual es la paradoja de que hablaras hasta tener sueño y todo ésto venía de una pesadilla. Igual es tu repulsión hacia esa porquería llamada kalimotxo. Igual la cordobesa. Igual que cuando te atreviste a soltar un no sé qué en el hombro y otro tal detrás de la oreja. Igual que cuando miras diciendo «Pues, tío, la has cagado.» y agarras un Tomahawk. Igual era Tailandia. Igual que taparme la cara con el pelo porque me conoces tan bien. Igual por juguetear con un boli y una etiqueta de Mahou. Igual que enredar, pero era otra palabra. Igual es que nunca te puse «Cosas que hacer en Islandia» pero sí hablamos de «Amantes del Círculo Polar», que sólo conocía por Amaia y Xabi, y tal. Igual es que la regla aquella que siempre me dijiste que no tenía sentido nunca tuvo sentido. Igual es una camiseta de Jack Daniels. Igual que debí contestar todo, entonces. Igual que cuando preferiste el Rojo Fuego y yo no tenía favorito, pero confieso que el Amarillo, con Pikachu detrás todo el rato me parecía el más mono. Igual es la escayola o igual es la silicona. Igual fue la croqueta que quedó sola. Igual es el tiempo que hace que no pisas una playa. Igual las viejas de la cola de la estación de buses. Igual tu cara de rechazo cuando te explicaba la sensación de velocidad desde el puño hasta el cuello. Igual la tela que tuvieron que cortar. Igual el semáforo parpadeante indicando preferencia o igual el intermitente que no puso el coche aquél y la sonrisa de la madre aquella. Igual que todo esto te resulta impresentable. Igual lo es. Igual es el reflejo de tu impactante melena. Igual es que te gustó el correo que parafraseaba a Hemingway y continuaba diciendo que nunca me he acercado a «El viejo y el mar» y soy poquito de San Fermines. Igual fue el momento en que dijiste que era una pena que tuviese esto tan abandonado. Igual la sonrisa con la que acompañaste aquella firma, sí, justo, la de ahora. Igual «Lolita» de Nabokov. Igual Lulú. Igual las tortitas en lugar de crêpes. Igual los golpes en el hombro por cada disculpa. Igual era aquello del amor propio y no el otro que dijiste. Igual un huargo. Igual ‘tu’ Sara. Igual es una historia de las que oía Patricia. Igual lo bien que pones todo en su sitio. Igual lo que lo necesitabas. Igual es que no me permito estar interesado si fuera fácil. Igual el vestido de princesa que nunca vestiste. Igual que decir ‘pequeñaja’.

Visto en: @.

La gente que se presenta al carnet de moto

A diferencia del carnet de coche, y feliz año nuevo a vosotros también, que parece una imposición lógica por parte de la sociedad y una fecha a enmarcar en la vida de todos (como tu primer beso, tu boda, tu primer polvo, la muerte de un ser querido, el nacimiento de alguien etc, etcétera, et cœtera, & y otros etceterísmos) el carnet de moto es algo a lo que uno se apunta por capricho, salvando el caso de los aspirantes a maderos que lo hacen para tachar una casilla requerida en una oposición. Esto es jodido de entender en un momento en el que, sobretodo a la gente joven, nos viene mal lo de gastarnos los cuartos: o mi percepción de la realidad me engaña o hace unos 7 o 10 años la cantidad de chavalitos en ciclomotores y motocicletas de plastiquete era mucho, mucho más llamativa, por su vistosidad cutrilla y por su sonido exagerado. Pero sí, capricho. Pues al fin y al cabo hay que seguir dando salida al estocaje de nuevos iPhones y nuevos Galaxies (probablemente ‘Galaxys’) que es el único teléfono que la gente que lo compra decididamente y no por promoción o descarte, lo compra por despecho y aún no consigo que me entre en la cabeza, lo cual es comprensible porque, primero, no te permitirán actualizarlo de manera que su vida útil comienza con una sentencia de muerte y, segundo, los hacen exageradamente grandes.

Soy un caprichitos y, perdonad que no me haya molestado en buscarlo, pero imagino que todos sabéis que hace exactamente un año me apunté en una autoescuela para sacarme el carnet A2, y tengo miedo de que cuando publique esto el carnet no se llame así. Con todo el ajetreo de mudanza, cambio de vida, prima de riesgo y robots en Marte lo fui dejando durante mucho tiempo. Allí, en Valladolid, aprobé milagrosamente y a la primera el teórico (pues me limité a hacer un puñado de tests la noche anterior) y comencé con las prácticas hasta que empezó a hacer bueno y me vine a Madrid. Después de un jaleo de papeles, cuando dejó de hacer bueno en Madrid conseguí homologar todo (las tasas y el examen, realmente) y apuntarme a la autoescuela que está más cerca de la Mansión Wayne de Provincias según Google Maps. Fui a dos prácticas, me repateaba que tuviese una hora de metro por trayecto para llegar al circuito y me dejé convencer por mi comodidad alegando que ya en noviembre tampoco era plan ponerse a ver si lo sacamos o no, que como capricho que es, prisa no hay ninguna. Me voy dejando de rollos y os planto el tema directamente. Ahora que tengo los ahorrillos para poder gastar en una moto (de segunda mano y apta para ser destrozada con cierta alegría) sin rezar a todo el santoral cristiano y a las deidades hindúes porque no haya ningún movimiento extraño en el curro, me ha dado por volver a pedir prácticas y quitarme de encima este asunto en cuanto pueda).

Vespa ss180 por mennyj

Curiosamente, lo que más me pone nervioso del asuntillo es el tipo de gente que va a prácticas de moto conmigo. Y es otra de las diferencias con el tema del coche, nadie está en la obligación de conducir motos (vale, coches, tampoco, pero me entendéis) por lo que la gente que viene a estas historias son personas que realmente quieren estar en estas historias. Y se alejan, por mucho, de la clase de gente con la que a mí me gusta hablar de motos (que es un tema recurrentemente cani, y jode). Encontramos desde críos, seguramente mayores que yo, la verdad, de los de camiseta interior blanca de tirantes y casco propio abierto que, por mucho que me joda, hace mil virguerías con la puta moto y te deja a ti y a tu precaución a la altura del betún. Pensaréis que no pasa nada porque es la clase de persona que termina abriéndose en dos contra un guarda-raíl en cuanto te despistas en la carretera. Y lo peor es que no, para nada, pues, al final, lo que cuenta en el examen aparte de la habilidad en parado es cómo manejas el vehículo cuando vas acojonantemente rápido. Pero acojonante de acojonar, de peligroso (es la parte que peor me sale). Los propios profesores no hacen otra cosa que animar a todas las personas a ‘dar gas’ sin miedo en la parte rápida y a frenar con brusquedad al final del acelerón. Hay que reconocer que estas movidas de ruido y humo repentino son divertimento de manual para «los fitis», pero para mí y para un reducidísimo grupo de personas más no.

Todo esto es algo que se nota cuando hablas de la moto que te gustaría querer (ya que, a diferencia del coche, de nuevo, no quieres ‘un coche’, sino que aquí ya sueñas con el modelo concreto o incluso el preparador al que le solicitarás tal o cual retoque). Mi concepto del motociclismo se aleja mucho de las carreras de grandes premios, o Grandes Premios, como se escriba, aunque se me escapa una sonrisilla con esa imagen clásica de competiciones que culminan con un podio a pie de pista y un señor sudoroso con gorra y bigote arropado por otros dos cafres que también se han jugado la vida, y que lleva en su cuello una corona de flores. Ya sabéis, aquellas épocas donde la competición en sí era tan peligrosa que nadie se planteaba en absoluto el ridículo daño en comparación que podían hacer las tabacaleras anunciándose. Motociclismo de viajes épicos entre continentes perpetrados por pilotos con una escasísima preparación y un presupuesto nulo que apenas tienen ilusión y una llave inglesa con la que intentar reparar todos los pequeños trances que les surjan. Glamour dentro de la suciedad de la grasa, sin telemetrías ni morirse de ganas de ‘tocar rodilla’ en cada curva. Motociclismo de manta enrollada en el macuto. Puro disfrute a marcha relajada en una compañía reducida al máximo. Y, la verdad, pensaba que en este mundillo (dentro de él) encontraría gente así, interesada por cosas así y no sólo en si Yamaha ha sacado ‘una mil nueva’.

Cafe Racer por Sam Zhang Photography

Y como por este pianobar cada vez pasa menos gente, aprovecho para lanzar mis inquietudes al aire, más pronto que tarde, y saber si, ya que estamos y hoy me toca escribir, alguno de los pocos pero exquisitos lectores apoltronados que se dejan ver al fondo se animaría, en el futuro, a una excursioncita similar. Ya me decís.

Visto en: Este sitio.

La pose de la etapa de los cereales de marca

Una de Capitán Obvio, pero que tiene su miga y es conveniente (creo) recordarlo. Esto de vivir por uno mismo es toda una experiencia, sobretodo, porque en el mayor de los casos también vives para ti mismo. ¡Es único! Sin duda es una etapa de mi vida que debo aprovechar y de la cual me he dado cuenta hace más bien poco tiempo, cosa de semanas. Yo lo he bautizado como «la etapa de los cereales de marca». El nombre lo dice absolutamente todo.

Cuando comencé a vivir de mí mismo y en mi propio espacio quedé expectante intentando intuir por dónde podrían venir las balas y, durante los primeros dos o tres meses vivía literalmente dentro de una hojita de cálculo e intentando ser lo más minucioso posible en ella. No se puede decir que fuera algo enfermizo, pero sí le otorgaba una grandísima importancia. Tiempo después, el suficiente como para poder prever los gastos venideros, cuando ya creía tener la sartén por el mango, comencé a soltarme poco a poco hasta llegar al momento actual. No hablo sólo de economía (pues la economía doméstica, en la mayoría de los casos, no es más que sumar un mucho de una vez y restar un poco muchas veces hasta la siguiente suma), hablo de lo que se extiende de la economía pues, una vez tenido sujeto el tema de las cuatro perras de cada mes, si añadimos la mezcla adecuada de administración y caprichos alcanzaremos un modo de vida desahogado y de lo más placentero a la vez, ese en el que puedes decantarte por los cereales en base a su renombre y no a su nombre. Todo esto, por supuesto, desde el punto de vista de un puñetero pijo de la hostia como aparento ser y, peor, soy.

Todo se basa en pequeños trucos que, aparte de dar ambiente y hacerte sentir mejor por pura estética, te suben un poquito en la escala social de tu vecindad (o algo así). Son cosas como darte cuenta de que tienes unas latas de cerveza en el frigorífico por tener, para cuando viene alguien y quieres invitarle a que tome algo, lo mismo que el surtido Cuétara que, de niño, sólo veías en la mesita del salón cuando venía algún familiar concreto. ¿Tomas cerveza en casa? Siguiendo con el ejemplo. En mi caso concreto veía que sólo bebía, como he dicho, cuando venía alguien o, en tres ocasiones, viendo un partido de la Real Sociedad por streaming. ¿Qué he hecho? Comprar botellines, ¿por qué? Por puro glamour, por pura imagen, por puro ego, por pura sonrisa del que llega a la Mansión Wayne de provincias y le sale una chispita en los ojos al ver las jarras de cervezas siempre en el congelador y sentirse extrañamente entretenido y disfrutando del simple gesto de utilizar un abridor en lugar de urgar con la uña en el tirador de la lata. Por supuesto que los botellines son más caros que las latas, el vidrio (reciclado) se paga mejor que el latón. ¿Qué pasó con mi adicción a la cafeína? Se sigue alimentando de baratas latas de Coca-Cola Zero. Sin drama.

La magia de estos caprichos, de quedarte con el queso bueno y no con el queso, de darte el gusto cada semana de coger dos o tres ingredientes de cocina que sabes que son de la máxima calidad porque, por algún motivo, te has molestado en buscar y conocer lo mejor, en conocer quién hace el queso del Auchan y cómo, de disfrutar de las diferencias entre un embutido tradicional que te hace babear con el primer aroma una vez abierto el envoltorio envasado al vacío y el sobrecito de lonchas de algo que cogía antes por costumbre. Son detalles, algo más caros, pero que ahora me puedo permitir, no sé si dentro de otro medio año lo podré seguir haciendo, no sé cuándo me veré obligado a dar fin a esta etapa de Chocapic y pose. Caprichos de apenas cinco euros más a la semana que no te hacen sentir desgraciado cuando abres el frigo, el armarito de las especias o la maleta porque ahora puedes permitirte visitar Londres despreocupadamente con la excusa de tener un amigo allí.

Y, es que, manda cojones, a ratos se nos olvida que todo este tinglado que nos hemos montado de la sociedad, la vida y su convivencia, lo de pasar tiempo por aquí, de nada sirve si no disfrutamos, y se disfruta mejor con lo mejor, y su disfruta mejor buscando lo mejor, aprendiendo a conocerlo, sorprendiendo a los demás. Sacudiéndonos los complejos ridículos de pobre escondidos bajo la caspa siempre que podamos permitirnos detalles con nosotros mismos, ya sea un salchichón exquisito, una edición especial de Moby Dick editada por Penguin con un tacto extraordinario, la aplicación móvil de moda o sabiendo apreciar la alpaca en lugar de la lana. Creyéndote un dandi.

Visto en: Malasaña, Camden y alrededores.

La efe

La letra efe es rara. F. No llega a E. Ni a A. Tiene un glifo, con f, curioso. Llevo toda la tarde, en la oficina, pensando en la dichosa letra. Efe, efe, efe. Ha sido una tarde aterradora, extrañamente productiva, gracias al cielo. O algo. Efe. Cuando empezamos a escribir todos intentamos tener la misma caligrafía, la que nos enseñan en la escuela, la que mantienen muchos abuelos, la de la A minúscula, redondita, con circulito. La de la O, minúscula también, que, lejos de ser un simple redondel, se decora con un detalle en su parte superior derecha. Naturalmente, todos nos damos cuenta de que no se puede seguir el ritmo del dictado de tu seño de primaria si te dedicas a terminar cada letraja, por eso la o es un cículo y la i termina siendo indistinguible del signo dos puntos. La efe cambia mucho. Desde un ocho inclinado y algo abierto por el centro a una te tumbada, con un pequeño sombrerito. Ayer vi una efe preciosa. Una efe minúscula, inicial de la palabra feliz. Estaba a medio camino entre aquél ocho infantil y esa te desganada que indica que ya somos demasiado mayores como para preocuparnos por hacer cosas bonitas, «y, bueno, sí, pero se entiende, ¿no?». Aquella nota de «[…] feliz no cumpleaños!» estaba escrita por una chica, generalmente tienen una caligrafía más legible y preciosista. Más coqueta. La letra efe destacaba.

Siempre me he intentado esforzar en hacer una efe fácilmente entendible, quiero decir, cómoda de escribir pero que no requiera releer para saber qué pone. La efe tiene un sonido feo. Ffffffeo. La efe es la culpable de que a los Franciscos se les llame Pacos. Y a las Josefas, Pepis. Sin personalidad como las bilabiales, sin fuerza como la Ce cuando es Ka. Feliz, felicidad, empiezan por efe, por lo que se entiende que es una letra agradable. Pero también lo hace furcia. O follar. Esas, como palabras, no son bonitas. Hace un tiempo, no sé, un año, dos, tres o incluso algo más, adoraba la puta efe. La adoraba de verdad. Sólo veía cosas buenas en ella, era singular, era bonita, era cercana, era comprensible dentro de su polimorfismo. Era alegre. Alegre de gol de tu equipo de Fútbol, alegre de divertido y agudo soplido equivocado de un crío en una Flauta, alegre de repentina luz que se enciende en una zona oscura al acercarte a una Farola, alegre de ver las complejidades y que terminaran resultando Fáciles, alegre de recordar el viaje de Bachillerato en Florencia, alegre de verano en un Festival, alegre de soñar con vivir en San Francisco, alegre del sonido que se escapa cuando pronunciamos Triumph, alegre de Fantástico. Alegre de inundarte con sus Fotos.

Ahora que vuelvo a echar un ojo a esa notita y descubro alguna efe más en ella me quedo pensando, no, continúo pensando, que a ver qué hago con esas ahora Fatídicas Fotos. Que a ver cómo Funciona. Jodida efe, estás en todas partes, que me expliquen cómo te lo has montado, porque menuda Faena. Una pequeña chispa de esperanza que se vislumbra al Final, y es que, antes, hace un tiempo, no sé, un año, dos, tres o incluso algo más, cuando ponía una dichosa efe en la barra de direcciones, ya ves tú qué tontería, el navegador tiraba para Flickr u otra concreta web que me leía con Filosofía. Será culpa de Instagram, supongo, que ahora cuando me posiciono en esa misma barra y pulso esa misma tecla esto arrea hacia sus dueños, Facebook. Dándome a entender que cualquier otro lado sería malo, no, Fatal. Y esa es la chispa, tal vez no un cambio de sentido, pero sí un Freno. Al menos evita lo que parecía un descarado Funeral.

«¡Feliz, feliz no cumpleaños!». Qué cojones. Eso es algo alegre. También. Al menos ahora lo parece. Pues mira, oye, Fenomenal. A ver si dura así para siempre. Ay, perdón, Forever.

Visto en: …D, E, F, G, H…

Me he leído el blog

Niños, el verano de 2012 fue un verano algo raro para vuestro padre. No llevaba mucho tiempo en Madrid y su cabeza seguía inquieta, intentando ubicarse, preguntándose qué es lo que realmente quería. Y a lo largo de ese caluroso agosto tuvo la idea de releer todo el material que ya había publicado. Tal cual. Yo, que nunca he sido un tío de crear ni mantener borradores, me encontré hace mes y algo con media docena de títulos de post con su correspondiente parrafito introductorio. Sin nada más. Y me pregunté qué me pasaba y qué me había hecho desplazarme a otros métodos de comunicación más directa, rápida (inmediata, de hecho) y tan estéticamente pobre como puede ser Facebook, Instagram o Twitter. Ha sido fácil de calcular, todo esto viene desde el momento en que empecé a utilizar un teléfono con tarifa de datos que me permite desarrollar ciertos temas on the fly sin la aparente pesadez de sentarte a pensar qué quieres escribir. En resumen, todo apuntaba a que no escribía nada decente desde agosto de 2010 (dos años, hijos).

Es cierto que ha habido un movimiento similar al que he llevado yo acabo por parte de todas las personas que me animaban a seguir escribiendo al menos tres veces por semana (algo que ahora me parece inalcanzable). También las empresas, pues desde que Google se fulminó su servicio de Reader (que permanece catatónicamente encamado hasta que el matarife degolle su cuello cual cochino en San Martín) me despegué de otros blogs que solía leer hasta el extremo de entrar en únicamente dos sitios cada dos o tres días introduciendo los primeros caracteres de la URL en la barra de navegación de Chrome. Y esto hace tiempo que dejó de ser frío para parecerme helador.

Ha habido motivos personales, los reconozco, que me han llevado a separarme voluntariamente tanto del blog como de ciertas personas que conocí a través de él. A diferencia de un curso del colegio o incluso de la facultad, aquí no pasan nueve meses y con la llegada del verano no los vuelves a ver, sino que siempre vas teniendo referencias y por pura comodidad he evitado bastantes… situaciones que podrían haberme molestado. Han sido unos meses jodidos. Varios meses. Y ni siquiera sé por qué hablo en pasado, la verdad, me estoy creyendo mejor de lo que soy en este aspecto, pero hostia, alguien se lo tiene que creer, ¿no?

Retomemos. Agosto del 2010. Un Lagarto Abuhardillado ya contaba con unos lustrosos cuatro años a sus espaldas y un tráfico que, si bien nunca ha despuntado (y me considero afortunado por ello, cada vez más), resultaba interesante. Aquí comenzó todo eso de quedar con amigos y que cada uno, en cada uno de los cuatro lados de la mesa, nos encontrásemos mirando nuestros teléfonos mientras las cañas y el servilletero se preguntasen qué habíamos ido a hacer. Todo este problema de la sobreinformación, de que podemos enterarnos en segundos de cualquier cosa que suceda en Sumatra o en La Rioja, con imágenes y vídeos en alta definición, pero una información pésima, volátil, extremadamente caduca y meritoriamente olvidable. Consuelo de tontos, pero no soy el único en esta situación. Me tuve que encontrar para saber cómo era yo antes de aquello. Y empecé por el principio. Mes a mes, post a post. Naturalmente muchos me los he saltado del tirón. La mayoría de las entradas del comienzo me han sacado más de una sonrisa, «Tío, hay que ver lo equivocado que estabas» o, al contrario, «Tío, ojalá hubiese leído esto antes». Ha habido momentos complicados, posts densos que ni siquiera recordaba haber escrito y que me han sorprendido muy gratamente. Ni siquiera sé cómo diantres fui capaz de escribir alguna de esas cosas, no por falta de valentía, sino por puro valor literario. Quiero decir, me ha tocado estudiar poemas peores. Poemas de artistas que, supongo, en algún momento serían la hostia, pero poemas de mierda al fin y al cabo.

Content is king

El contenido es el rey. El rey. Y, en la mayoría de casos (exceptuando citas, vídeos u otras cosas y chorradas) el contenido lo generaba yo. Pero de nada sirve esforzarte en crear el mejor periódico del mundo, con la tipografía más legible que puedas imprimir en ese papel que tiene el grosor perfecto para ser manejable pero no romperse ni plegarse como los demás, con unas fotografías que ilustran las noticias realmente impactantes sin llegar al morbo y unos cuerpos de texto tan mágicamente maquetados que en ningún momento te perderás al cambiar de una columna a la siguiente, unos artículos de opinión que despiertan curiosidad e interés en cualquiera que ojee sus páginas y unas noticias contrastadas y veraces expresadas en un lenguaje comprensible a la par que preciosista y directo cuando ha de serlo (pero ante todo respetuoso) con una selección de publicidad exquisita donde no encontrarás ni ofertas de cruceros ni sórdidos bailarines… si nadie lee periódicos ya. Si nadie va más allá del titular y, en su versión web, los comentarios generados que sirven como resumen irónico y lacónico de lo que el articulista quería expresar.

Y aquí entramos en el debate centenario de que no se lee porque no se escribe o no se escribe porque no se lee. Creo que, en mi caso, se juntaron ambas. Naturalmente si yo no escribo nadie lee, por descontado, pero ese salto hacia otras plataformas hizo que todos dejásemos bastante de lado esto (me incluyo, de nuevo) por tanto el retomarlo siempre producía pereza, y aunque se escribiese (menos y alarmantemente peor, ahora ya comprobado) la gente ya se encontraba distraída con otras cosas, y por tanto, no se leía, no se comentaba, y yo no escribía. Nada reprochable y todo completamente lógico pues, al final de cuentas, que esto es lo que cuenta, no éramos más que los mismos tíos hablando entre nosotros sobre las mismas cosas, pero en otros medios. En otros soportes. Del telégrafo al teléfono y de ahí a Skype, si queréis. Curiosamente, cuanto menos he escrito ha sido cuanto más contacto real he tenido con vosotros. Se ha producido un acercamiento que, antes, hubiera sido impensable o, al menos, altamente dudoso (por mi propia mentalidad). Con algunos he cenado, con algunos he comido, con otros me he ido de cañas. Con otros… Ahora no importa, mientras sea feliz. No es que la culpa sea de Whats’App, pero casi, si hace un tiempo éste blog era prácticamente el único nexo entre varias personas y el tipo que escribe, poco a poco esa distancia virtual terminó en apretones de manos y hasta en esperas en aeropuertos. Todo aquello que necesitaba escribir lo contaba a las personas que sabía que iban a darme una solución al problema o simplemente a quienes pudiera interesarles. Rapidez.

Después de leer las mil quinientas entradas (1501, con esta), se me hace reconfortante ver que, aunque escriba peor, aunque eche de menos a muchas personas (no simples comentaristas) que solían leerme, reírse, criticarme, cuestionarme o hasta emocionarse con mis textos: la auténtica recompensa de un blog que en su momento no supe apreciarlo pues siempre parecía que estaría ahí, después de todo, lo que más añoro es escribir relatitos. Cuentos de algunas hojas. Más que eso, la capacidad para hacerlo. Recuerdo que varios de ellos, la mayoría, los escribía del tirón. Algo que me asombra. No me veo, ni me reconozco, capaz de hacer algo así ahora. Un cuento como el de San Valentín, que en aquél momento parecía una buena idea, lo escribí en cosa de dos o tres horas entre las doce de la madrugada y las cuatro. Recuerdo esa noche con cierta claridad.

Nunca antes había tenido tanta razón aquello de «Tú antes molabas». Pero, como en una serie de televisión, la primera temporada resultó llamativa pero tampoco extraordinaria, las dos o tres siguientes mantuvieron un interés notable alcanzando el sobresaliente en episodios (posts) concretos y todo lo que vino después lo ves (lees) por inercia y rutina, sin ningún interés real, mirando el reloj cada poco tiempo, sin saber cuándo dejarás de seguir el hilo de la trama, si ya sabéis que vuestra madre es la hermana del tío Barney.

Visto en: Un Lagarto Abuhardillado (by CBS).