Pájaros en las trenzas de serpiente

Ingresar en la San Telmo para gobernar el mundo. Mantener el brillo en la melena hasta que James Dean pierda la pose en el Spyder. Todas las Saras del mundo pendientes de una tiza blanca. Todas las monturas oscuras de las gafas que se limpian en una camiseta de Jack Daniel’s dos tallas más grande y tú. Tú, muerta de asco en la vida. Desgastando emepetrés y gifs de Lana del Rey, ‘flawless’. Y pájaros desdibujando trayectorias de colores por encima de cualquier princesa Disney. Imagino que sigue mirando a la pared aquél lobo. Un camarero en frac, secando las copas a mano no se compara en nada a una nevera portátil acomodada en el maletero de un descapotable americano que nunca condujiste. Un rayo de sol alumbra y hace destellar los cromados del parachoques. Apenas fueron 200 kilómetros en llanuras con un gran río y sin castores mordiendo troncos, haciendo diques, golpeando la presa con las colas. No, ni una sola nube, cosa extraña tanta tormenta. Siempre una sonrisa, una queja, una mirada, un golpe seco. De repente un brazo pintado, son mariposas, son revoltosas, son inquisitivas, son infinitas. Como de costumbre: paredes blancas, un gorrión apoyado en la barandilla del balcón y una copia ya avejentada de varios libros antaño prohibidos. Ahora café recién hecho en una taza de porcelana, junto a un lazo que estuvo sujeto al extremo de tu cabello. Y ojalá tener un caballo y que los vecinos no fumen y siempre a mano un abrebotellas. Cae un pétalo del florero sobre un folio donde tachaste un poema.

Una sequoia centenaria que nos dio sombra mientras fingías que tú leías. Todo en la costa opuesta a esa hermandad secreta que te pusieron. Una libreta repleta de dibujitos a pluma de troncos de árboles. Un Charlie Brown enfadado compite con Calvin por el último sandwich de Nocilla. Ruido de una bici, el ciclista con uno de esos estúpidos jerséis de portada de la Pitchfork. Y era ceniza.

Visto en: 2013.

Corredor [of a Dirty Old Man]

Acaba de comprar un pack ahorro de botellines de cerveza y no sabía qué dice ese gesto al resto del mundo de él. Suponía que era malo, suponía que era igualmente irrelevante lo que nadie pudiera llegar a imaginar, sobre él. «El litro sale bastante más barato, yo qué sé, si fuese suavizante nadie se extrañaría.» La gente que vive sola no debería beber, y la gente que bebe sola no debería vivir. Pero quién es alguien para juzgar. Si es que le sale más barato.

Hace chistes inaudibles, sobre cómo allí encima de aquél fregadero a rebosar, detrás de las cazuelas que dejó en inquilino anterior, en un agujero, vivía un hobbit. Tararea desvergonzado aquellos primeros pasajes de no sabe qué canción de los Pixies. Y escribe cuatro líneas, dibuja un bigote a la mujer del folleto de publicidad que dejaron en el buzón y habla por teléfono mientras coloca las botellitas y el resto de la compra. No sabía que al final se había llevado también aquél ridículo bote de salsa César. Se tira en la cama boca arriba, pensando a dónde iría aquél vecino. Aquél vecino. El del perro, el del otro lado del pasillo, a la izquierda saliendo del ascensor. Ese que también vive solo, con su perro, pero solo. Ese vecino que no se separa de su jersey rojo, gafas oscuras y un llavero dorado.

No sabe ni su nombre, ni cuál de esas tres de allí es su puerta. No sabe si trabaja o si algún día trabajó. No sabe ni si el perro es agradable o no. No se puede decir tampoco que el hombre se hubiese interesado por él, diría que ni tampoco por ningún otro vecino. Siempre le acompañaba un rastro extraño de olores nauseabundamente entrelazados, más fácil que fuera un quiste del perro, de esos que no levantan dos palmos del suelo. Es frío. Los vecindarios son fríos. Siempre le fue más cómodo ignorar a quienes vivían a su alrededor, igualmente fueran cálidos y sonrientes asiáticos o impávidos bielorrusos tatuados, como cualquier personaje malo de película de serie B de hace 25 años. Hace 25 años.

Los de arriba se quieren mucho. Se quieren tres veces al día, al menos. Aunque a ratos incómodo le es inevitable el acordarse de la señorita Poulain en el tejado. Sonreír cuando terminan, cuando se les oye reír y ella a veces llora. Y en la cabeza le aparecen cinco notas, doce acordes y los cipreses del delta. Ya ellos cierran sus vidas, no quieren compartir el resto: los espaguettis fríos, la pila de libros sueltos, el cargador del teléfono en el suelo. Pero, ríe, no cree que en la cabeza del vecino, detrás de las lentes de sol, bajo esa calva y en ese jersey haya habido sentimientos despertados por los golpes del cabecero en la pared de encima. Habría estado aporreando el techo, defendiendo a gritos su silencio, chocando contra sí dos tapas de sendas ollas mientras camina en círculos. O simplemente habría cogido aquél diminuto arnés marrón y habría salido, otra vez más, a la calle, cuesta arriba a ver el mundo desde su jubilada perspectiva mandando correr más al pobre bicho asfixiado.

Y se pregunta enferma y jocosamente si no sería él el asfixiado, si detrás de cada gélido saludo que comparte con el mundo no se esconde un suspiro de resquemor por una tragedia autoérotica. Un susto, un simple ‘casi’, las orejas del lobo, la vergüenza de imaginarte siendo encontrado muerto, días después, siendo comido por tu mascota inquieta y completamente desnudo. Pensamientos desviados que ayudaban a que él viese al viejo con ojos distintos cada día, siempre que de lejos le llamaba al ascensor y le decía que no esperaría, pero que ha tenido la bondad de pulsar el botón. Aquél hombre que sujeta la puerta entre suspiros de desagrado y farfulla cuando cruzas. Aquél hombre que tal vez un día hubo sido feliz. Entre caricias y almohadones, sábanas de seda. Entre risas de amigos, situaciones inverosímiles que se repetirán a cada nuevo conocido. La piel de gallina cuando el cantante alcanza y mantiene el tono de forma fascinante. La tristeza del llanto seco que produce el cerrar una maleta. La curvatura del tallo de la puta planta que ya nadie cuida. Los platos que estaba fregando cuando sonó el teléfono. El color del otro coche. Las cortinas del hospital. El mensaje en la cinta de la corona.

Se levanta de la cama para lavarse la cara. Sin muecas. Imaginarse abriendo el cajón sabiendo que no está a la vista el abridor y abrirlo para confirmar que cuesta encontrarlo. Tira dos calcetines sudados a la lavadora y abre, de hecho, una cerveza. Se pregunta si Dostoyevski hubiese escrito algo al respecto, si habría hueco en la crueldad de ‘Crimen y castigo’ para dar un marco a las ojeras de su vecino. Si hubo una princesa. Si para él habrá, si la perderá y decidirá vivir tras unas gafas de sol y dentro del jersey que tejió para él. Si bailará en las azoteas hasta que que el amanecer mire cauteloso los besos. Si es por eso por lo que este puto tipo sube siempre la cuesta cuando sale de casa. A lo mejor, pensaba, a lo mejor el viejo vecino vive amarrado a una colección de discos que ella le regaló. O a lo mejor malgasta la pensión en fideos chinos y dos chavalas que nunca se interesarán en hablar contigo mientras pagues.

Y él baja la basura con cierta esperanza de encontrarse con el vecino, con la mínima pista que le aclare algo, esforzándose en saber si se ha de ver reflejado en cada paso que da o es mejor que… ¿Qué?

Visto en: Rel #8.

Mademoiselle Dupont quisiera conocer Copenhague en bicicleta

La señorita Dupont insiste en hacer la cama, «No seas vago, venga, no lleva nada.» echando una ojeada al patio interior y la escasa luz que se cuela. «¿Ves?, con estirar un poco ya está.» y se dirige a la puerta, distraída, en la mesa botellines vacíos de Pacífico y uno a medias, su bolso, una fotografía desde Igueldo a la bahía con Santa Clara y, al fondo, Urgull, afrancesado como el bulevar, las callejuelas y alegrado siempre por los bocatas del Juantxo, que Donosti es lo que tiene. Dos tickets gastados del funicular. El aire acondicionado esparce con ruido infernal un suave aroma de la ropa que está tendida en la salita, oso de Mimosín o cabritillo de Norit da igual. Busca en la nevera su botella de agua, rosa, coreando el estribillo de aquél I Think I’m Paranoid de Garbage. La Play con el disco medio fuera aún encendida, todo lo que en la vida manual alguno recomendaría.

Coqueta y atrevida se revisa en el espejo del portal. Melena oscura aquí, goma que tira a gris marengo, ese negro afeminado, allá, y la sonrisa juguetona, curiosa e hipnótica en su sitio. Tan preciosista, tan de manual, tan inquietante, tan veraz. Las gafas, de pasta fina y su, su, su, su, sus dudas infinitas salen por la puerta con la fiereza y el hambre de aquellos leones que mordisqueaban cristianos en circos romanos.

Apenas llega a la siempre concurrida Dos de Mayo y, por lo que más quieran, no disparen a esos hipsters absortos en sí mismos, uno de ellos corrige a un músico que ahora es Volgogrado lo que no hubo de invadir. Y Daoiz se pone celoso cuando se acerca y no es él quien decora el borde de sus ojos, ya la mira con reparo mientras Velarde curiosea y escudriña sus curvas y ella, cauta mas atenta, sólo desea que alguien traiga a Proust, que se lo come. Guajira, cuánto Marcelo para un solo castor.

El calor abrasa y ella, linda, baja por San Bernardo ojeando unas fotos de Ushuaia, «Y me falta un Santaolalla.» se murmura cuando casi se tropieza en el instante en que alguien más tonto y torpe le pisa sin querer los cordones color lila de sus VANS azuladas algo más desgastadas por detrás. Se apoya en el parachoques de un impoluto Jeep CJ amarillo frente al Ministerio de Justicia para atarse con doble lazada esa maraña violeta.

Continúa su paseo pizpireta, feliz en apariencia, contundente, estudiando los pilonos de la maqueta frente a ella y justificando cada decisión de materiales cuestionando los colores, encaprichándose del detalle minúsculo más absoluto y viva la divina vanidad y el consumismo por amor. La decisión excluyente, la pijotería extrema compartida y la única nube blanqueando un precioso cielo azul uniforme en el cielo del centro de Madrid que se filtra por los cristales italianos de unas RayBan de moderno, no va más. Dupont tuerce y sube por Pez sufriendo Stendhal al pensar en un aterrador futuro en el que ella es, simplemente, feliz en una redacción y hay un A380 esperando moverla por el mundo. Duomo y Panteón, torres del San Remo y Guggenheim. No sé quién habrá sido el transgresor que ha decidido ambientar The Passenger con Bartók y Bizet. Atardece en el vagón y ya son tres las cervezas que han caído, los catálogos de complementos de moda y el long-board que ha aparecido junto a la barra. Una botella de vodka con forma de calavera que se inventó un Cazafantasmas.

Y se derrumba y se emociona y se entristece y se cuelan las tinieblas apoyadas en una jarra congelada y se destruye esa fortaleza, esa mirada tiembla. Sonríe complaciente, «Que aquí no pasa nada.» e intenta alegrarte de vuelta mientras inclinas la cabeza como el vagabundo de Disney que no comprende nada a la dama. Ahora es el Alone in Tokyo de Air añadiendo intriga, exculpando mensajeros, esbozando los sollozos de madrugada.

Termina el túnel y el traqueteo acompaña la siesta del metro, si miras por la ventana de la izquierda, de nuevo, la pareja de antes esperando. El sombrero blanco del tipo del contrabajo, la misma salpicadura de sangre. Una chavala entra y mira a Dupont, lleva una camiseta de tirantes con un dibujo de Basquiat. Se cae el plano del museo. El reflejo vagamente visible con la iluminación de los fluorescentes dentro del tren es suficiente para acariciarse el pelo y colocarlo después de jugar con él. Nada peligrosa. Recogida. Tímida. Fugaz. A pesar de lo raro.

Visto en: Rel #7.

Festival de nebulosa

Nos pintaron un as en los cascos y nos metieron directos en la lluvia. Llegaba a ratos el olor a combustible y a humo en mitad de aquél agónico silencio. Ni los pájaros juntaron jamás el valor necesario para interrumpir esa incipiente enfermedad mental; interrumpir esa ficticia calma armada con millones de sospechas en decenas de millas a la redonda. Apenas nos quedaba agua que convertir en sudor, sin radio, sin contacto. Sin esperanza.

Entrar y salir. Así nos lo vendieron meses atrás. Rápido, fulminante, letal. Parece que ésta es la buena. Todos estamos más nerviosos, más cansados, más desesperados, más flacos. Más viejos. Más locos. Entrenados para disparar sin criterio ante cualquier atisbo de movimiento desconocido. No se cuestiona nada. Se obedece. Se ejecuta. Arde. Somos los buenos. Siempre. Entrar y salir. Remontar el río de noche, desembarcar con las armas cargadas y el oído afinado. Munición, mucha. Amigos, hermanos. Conocidos a un lado y a otro. Pocos. Los necesarios. Un grupo óptimo. O nosotros, dicen, o ellos. Salvajes.

No debíamos pasar de la próxima bifurcación. Eso es que estamos cerca de sus nidos. Se supone que debemos acordarnos de nuestras familias, de nuestras mujeres, novias, nuestros vecinos, de los niños y de los ancianos. Por ellos estamos aquí. No sé en qué carajo piensan mis desquiciados compañeros, yo soy incapaz de centrarme en otra cosa que no sean las conejitas que nos trajo Playboy y a quienes nos follamos a cambio de protección. Las locales prefirieron el dinero. Es una guerra, no me toquéis los cojones con pecados.

Si no nos damos prisa nos van a abrir el culo. Para ironizar al máximo, seguramente lo hagan con armas diseñadas por nosotros y balas producidas en nuestras fábricas. Ven a defender la paz mundial, sucia guarra de Lennon. Con suerte te ahuecarán la cabeza a ti también. Héroe de salón. No. No es agradable, ¿y? Nadie dio opción de elegir. Es pura naturaleza, te adaptas al medio… o haces que tus ejércitos y tus armas sean las más fuertes. Nosotros hemos empezado por lo segundo, a ver qué tal. Joder. Deberíamos parar por aquí. El silencio es ensordecedor.

No se ve una puta mierda. Una puta mierda. Nada. Han empezado matando la luz. Así, con decisión. Me pongo nervioso. Me pongo enfermo. Tenemos que hacer algo, vamos, joder. No podemos quedarnos a esperar, se nos han acabado las pastas de té para los invitados. Ojalá digieran bien el plomo. No lo soporto. Vamos. Salgamos. Preparemos la mayor sangría jamás vista a este lado del Pacífico. No podemos temer a más cosas. Sólo quedamos nosotros y esas absurdeces no las hacemos. Mariconadas. Quiero aniquilar a esos hijos de puta. Salid.

¡SALID! Todos. Sucias. Furcias. Guarras. Putas coloradas. No hemos venido hasta las mismas puertas del infierno para que nos hagáis esperar tocando al timbre. Recibid a vuestros verdugos con más alegría, cerdas amarillas. Niñas. Jodidas alimañas que fantaseáis con la idea de tener hijas sólo porque así habrá más hembras que poder violar. Enfermos. Yo matarife, tú cadaver. Entiende mi idioma, cabrón. Empezad a fumar pronto, os hemos traído fuego. No habrá misericordia. Quiero mi sadismo con patatas grandes, señorita. Vamos a desfogarnos con vuestras madres, ¿os apetece? No, tendréis hermanas pequeñas, ¿verdad? Entonces que empiecen a correr. Más que las balas. No me llames demente. El turismo sale caro. Es como robar las toallas del hotel. Un pequeño extra que nos conceden. Llorad vuestras lágrimas asiáticas, ¡que se mezclen en este puto río con vuestra jodida sangre!

Vamos, vamos, vamos. Quiero dejar constancia de la más cruenta imagen capaz de imaginar un ser humano, por tener la decencia de llamaros humanos y no monstruos. Os traspasaré mis pesadillas. Una a una. Se acabó el dormir y el amar. Necesito tabaco. Tabaco, tabaco, tabaco. Aquí. Sí. Mechero. Así. Mejor. Vamos, salid, moveos, dadme el placer de ver vuestra cara atravesada por mi bang-bang. Sexo duro para mi perturbada mente. ¿Sabéis cantar o estáis demasiado ocupados chupando la polla a vuestro decrépito líder? Sé que eso os gusta. No la vais a volver a meter en caliente porque serviréis de carnaza para los putos pececillos de puto río, joder. Ni para eso valdríais, putos animales. Rezad si sabéis, a mí me servía, luego me dieron un arma. Exacto, para que no reces tú. Sal ya, joder. Sé que estás observándonos.

Vamos a agacharnos, hace un huevo de minutos que deberían estar aquí. No hay nadie. Les encantan hacernos venir de camping al mismísimo averno. A hacer amigos matemáticos, ¿cómo? Fácil, si eliminas a todos los enemigos, al final sólo quedan los buenos. Tengo un cerebro jodidamente enfermo, sí, pero tengo un puto cerebro y un alma. Más de lo que estas criaturas de la selva pueden decir. Simplemente son hábiles con los rifles y buenos escondiéndose. Cobardes. Quemaremos todo. Todo. Dad la bienvenida al sistema de calefacción del futuro. Os lo meteremos por vuestro amarillento culo. Es lo que os gusta aunque luego vayáis de machotes violando crías en los putos campos de arroz. Sórdidos y jodidos animales. Disfrutaréis lo mismo que yo mientras morís. El placer por el placer, el dolor por el placer.

Ya ha pasado casi una hora. Nos han vendido. Es agotador. Voy a lanzarme ahí, yo solo, y volarles la cabeza hasta que acaben conmigo, vamos a por uno y nos cargamos un millón. No salen las cuentas. Mi solución es dejar de contar. Hostias, joder, vamos, salgamos ahí de una puta vez. Lo único que puede pasar es que palmemos. Una preocupación menos. Sí, si no vienes te mato yo, aquí y ahora, esas son tus opciones. Avisa a los demás. Todo listo, abajo y fuera. A la cabeza, siempre a la cabeza si es fácil, al pecho si dudan, que lo recuerden. Mujeres también, si lloriquean que vayan los primeros, a ver si siguen tan blanditos, cuando matas a un par de ellos se vuelve rutina. Que no se quejen, joder, no han venido a vivir una jodida experiencia multicultural. Esas mismas mujeres y niñas matarían a nuestras hermanas si les dan la orden y una opción, es nuestro caso, pero no conocemos a sus familias. Antes de que les pase a las vuestras, jodamos las suyas. A veces creo que el señor puso cejas en la cara sólo para que nos fuera más fácil apuntar. Si a estas alturas tienen esa inseguridad les puedo hacer el favor de matarlos yo mismo. Lo haría con cariño y se ahorrarían caminar unos metros. No me ofrecen más que animadoras de instituto. Hippies.

Instrucciones dadas, los putos chinos lo saben. Sé que lo saben. Y siguen sin hacer nada. Tienen tantos cojones como paciencia. No los soporto. No quedará ninguno. No debieron haber nacido. Malditos follaniñas. Ojalá os duela. Me ocuparé de que vuestras familias no conozcan más que el odio. Y cuando lo conozcan, los mataremos como a vosotros, ¿me oís? Sé que sí. Cerdos, cerdos. Os aseguro que no habrá selva suficiente en la que esconderse. Matadme ya si no queréis comer mi plomo a kilos. Es el aperitivo que recibiréis. Bestias.

Ahí están. Eso es. Ahí arriba. ¡RÁPIDO, JODER! ¡Corred, al suelo, no dejéis de disparar! Sí… ¡SÍ! Lo prometido es deuda, ¿eh? Aquí nos tenéis, ratas, putas ratas. Lo pedíais, ya sois nuestros. ¡Aguantad! Vamos, vamos, es mi ambiente, pidamos unas copas y ahoguemoslos con ellas. Una muerte agónica. Erótica. ¡ABAJO! No entiendo qué puta idea te ha pasado por la cabeza, quédate siempre abajo, inútil suicida. Sigamos unos metros, disparad a todo, sin piedad, sin miedo, sin preguntas. No dejéis de disparar hasta que la tormenta de proyectiles se convierta en el festival de nebulosa más bello que ningún puto asiático ha visto nunca. Bien, ahora sí, no debemos andar lejos de los nenes grandes. Oh, sí. Vamos a acabar con estos putos nidos de amarillos. ¡ABAJO, JODER! ¿Qué cojones no entiendes? Abajo, hijo de puta. Dios. Uno menos. Dos menos. Tres. Seguid cayendo. Bien, tenemos que… No… Joder. Seguid vosotros, joder. No importa. Siempre hacia dentro. ¡Seguid! Aguantaré. Olvidadme. Corred. Os cubro… No podrán. Sucias… Bestias… No. Os debía un infierno.

Visto en: Rel #6.

El humano selenita

Habréis oído esta historia cientos de veces pero no por eso deja de ser cierta. En un futuro no muy lejano ni muy cercano sucedió lo que nadie se atreve a narrar. Aunque nos chirríen los oídos cuando recordamos lo que pasará hay que reconocer la existencia de aquél pobre chico. Su triste historia no debe dejarse para antiguos libros que pueblan olvidadas estanterías de roble.

La idea era una locura incontrolada, ¿para qué llevar a una joven a la Luna? y, peor, ¿para qué hacerlo con la joven en cinta? La «Misión Embrión», como fue llamada por los diferentes medios, sin duda fue un impulso para la cada vez menos exitosa NASA. Consistía sencillamente en crear vida fuera de nuestro planeta. Ver cómo se desarrolla cada minuto del experimento y monitorizar cada latido, de la madre que quedaba en segundo plano y, sobre todo, del bebé que aguardaba a la salida en su interior. Acompañados por una matrona y un sólo austronauta formaron la primera tripulación, y hasta ahora única, que ha llevado a cabo un parto en gravedad cero y a miles de kilómetros de algo semejante a un hogar. Como probablemente ya sepáis se pensó el proyecto para que la mujer pariese en la Estación Internacional donde les esperarían otros cosmonautas y dispondrían de todo el material necesario para finalizar el parto con algo de normalidad, pero las cosas se torcieron. La ya olvidada madre soltera, que aceptó involucrarse en tan arriesgada misión poniendo en peligro su vida y la del joven, rompió aguas mientras caminaba, la nave hizo escala en nuestro satélite para que ella fuese la primera embarazada en dar un paseo por el Desierto de la Tranquilidad (mientras se emitirá en directo por todas las televisiones del mundo, canales temáticos de internet y periódicos interactivos, como seguramente vísteis).

Esto obligó a abandonar la caminata y cobijarse rápidamente en el módulo. Según los ginecólogos todavía quedaban un par de semanas para llegar a este punto y dan vacías explicaciones sobre su error arguyendo no haber contado con la presión y el calor generado al atravesar la atmósfera. Inútiles.

Sorprendentemente el parto irá de maravilla y aunque no se emitió en totalidad por petición expresa de la ya ahora madre todos pudimos escuchar los primeros llantos de vida que dará el que, ahora sí, es el primer humano extraterestre. Éxito para la agencia.

O eso quisieron vender. Una vez hubo regresado la expedición de la Misión Embrión los programos de radio y televisión se rifarán a cualquiera de los participantes para una entrevista o un simple saludo, siendo más notables los esfuerzos económicos que realizaron las cadenas que consiguieron hablar con todos a la vez ya que la propia NASA tenía muy controladas las apariciones en medios de cualquier miembro del equipo. Al final dio lo mismo pues repetían la misma historia una y otra vez en uno y otro show. El bebé nunca llegó a verse por televisión, los periódicos debían solicitar imágenes al banco de datos de la NASA y las descripciones de la radio eran vanales, como toda descipción de un recién nacido, vaya.

Vivió sus primeros días en un transbordador, lo mudaron a una incubadora especialmente diseñada para la ocasión y su madre veía a través de una vitrina cómo otras mujeres con mascarilla y guantes cuidaban a su hijo y al mismo tiempo impedían todo contacto entre ellos, nada que no estuviese estipulado por contrato previamente.

La araña de tela de araña

Dicen que un viejo cuenta un viejo cuento que, dicen, habla de una araña tejida con tela de araña, con dos botones de una chaqueta color burdeos por ojos. Una muchacha pálida de nombre Eva fue quien, siempre según el viejo cuento que cuenta el viejo, se esforzó tanto en conseguir unir los hilos de tal forma que la araña de tela de araña tuviese forma de araña.

Una mañana Eva se despertó y vio que la araña de tela de araña no estaba en su estantería. Porque ni siquiera era su estantería. La niña no sabía dónde estaba. Miró a un lado y a otro buscando algo que le pudiera ser común, pero esa no era su habitación. Ni siquiera era su cama ¿dónde había dormido? ¿Cómo había llegado allí?¿Dónde estaban sus cosas? Y lo más importante ¿había perdido a su querida araña?

Se bajó de la cama y no supo qué hacer, la mesa estaba vacía, al lado había un armario enorme… Debajo de la cama no había nada. No sabía si buscarla o salir de allí.

Si crees que Eva buscó en el armario ve a la página 4.
Si crees que Eva salió de la habitación ve a la página 2.

Lieutenant Bleu

Nunca mencionó su nombre, Azul Francés era su apodo. Le gustaba el mar, desde pequeño. Nació entre remos y un embarcadero de alguna parte de la costa inglesa en el último tercio del siglo XIX. No le resignaba ni le malhumoraba quedarse allí horas, de la salida del sol a su puesta. Conoció el mar como pocos lo hicieron jamás.

Se enroló muy joven en el servicio militar, lógicamente en la marina pues es en el agua en el medio en el que más cómodo se sentía. Tenía 15 años. Sus padres lo vieron correcto pues ya era un hombre y no podía hacer mucho en casa, su padre le ayudó a comenzar, era profesor de escuela y le enseñó a leer, escribir, sumar… su madre, en cambio sufrió al ver cómo se marchaba de casa tan pronto, dejaba a su hermana de 7 años sin un defensor ni un modelo de referencia. La mujer comprendió pronto que eso era lo que realmente le llenaba y al fin y al cabo era un buen oficio.

Prometió escribir a casa todas las mañanas y por supuesto que lo hizo. No tenía vida fuera de los navíos, por esta razón volvía a casa a pasar unos días siempre que podía, pero aquél niño fue creciendo.

La frecuencia de sus postas se redujo a una por mes, las visitas a una al año, cada vez aceptaba destinos más lejanos y peligrosos. Su vida se complicó.

Acostumbrado a estar solo y aislado en su vida sólo contó con un amigo fiel, Martin Eden, novelista californiano trotamundos con el que coincidió en tierras canadienses y que solía escribir sobre las aventuras de Bleu, incluyendo su muerte.

Las últimas noches de Bleu al cargo de su tropa en Indochina, luchando contra los asiáticos a favor de los franceses que dan nombre a su mote.

Esa precisa noche se encontraba allí, iba a ser la última batalla y debía alentar a sus hombres pues morir siempre es fácil, en una situación así matar también es sencillo, pero has de enmarcarlo, de buscarle un sentido, de caer con honor y hacer ver que no combates por nada, al contrario: eres un héroe y un patriota.

Estaba acurrucado en su tienda, con los ojos cerrados adivinando qué era lo mejor que podía decir, concluyó que su propia experiencia, abultada con los años, podría inspirar a los jóvenes que levantarían armas y harían todo lo que dijese. Más aún al ser apenas un puñado de siete hombres los ingleses que le acompañan, una familia más que un pequeño pelotón de valientes. Si tras la batalla cantan victoria y no son aniquilados podrán seguir adelante y reunirse con los franceses para conseguir una ayuda. Y así fue como Martin lo recogió en su obra Balada de la sal:

«Soldados, puede que sea nuestra última noche juntos. Llevamos meses en el mismo barco y lamentablemente hemos visto caer a varios amigos y compañeros nuestros.

Soldados, he de deciros que en estos meses habéis tenido un comportamiento ejemplar y ha sido un honor llegar con vosotros hasta aquí. Pero hay un paso más, porque siempre hay un paso más.

Soldados, amigos, ¿sabéis lo que ocurrió en Perú?, ¿en Siberia? ¿Conocéis cómo escapé de Kununurra? No, no sabéis nada de mí. No sabéis ni mi nombre, ni si tengo familia o me espera alguien en casa, ni siquiera podéis decir si tengo hogar. Sólo mi rango y un color, soldados. Y no os ha hecho falta más.

Soldados apelo a vuestra fe en mí, ya me lo habéis demostrado en más ocasiones. ¿Por qué luchamos? Por vivir, por hegemonía, por nuestros amigos franceses, ¡por Inglaterra! ¡Y que Dios salve a la Reina y la acoja en su gloria!

Soldados, esta noche daremos todos ese gran paso, la coronación, la heroicidad. Nos encumbraremos si dejamos de llorar, ¡porque somos hombres británicos y moriremos como tal!

Que este cálido desierto verde será quien nos vea perecer en la magnífica tarea de ser los valientes que viajaban a Hanói. Limpiad de vuestras mentes la falta de ayuda, centrad vuestros fusiles en sus almas y olvidaos de la piedad, pues aquí no la conocen.

No vendrán nunca a rescatarnos. No vendrán a buscarnos. No vendrán. No estamos a más de tres horas del cielo, pese a que nos rodea semejante infierno gris. Añorad a vuestras esposas, recordad el pelo de vuestros hijos y la comida en el hogar. Mataréis por esa memoria, ese imborrable recuerdo familiar. La gente se enterará de que estuvimos solos, rozamos la gloria. Moriremos con honor. Por la Reina, por Inglaterra, por nosotros por vuestros hijos. Por un teniente que no jugaría si no supiese perder y que hoy vuelve a vestir de azul.»

Visto en: Rel #3.

Un cuento por San Valentín

Jucika siempre tuvo problemas con su capacidad de atención, una gran faena el distraerse con facilidad. Llevaba sus estudios a remolque, le costaba estar al día con todo lo de la facultad y tendía a dejarse olvidadas las gafas por los rincones. Llevaba un año en Praga, tiempo suficiente para conocer su recorrido con pocos desvíos, no como para haber enraizado con fuerza.

Como todas las mañanas cruzaba el puente de Carlos con su bicicleta de paseo dirección a su casa en la calle Jalovcová sorteando turistas y músicos, el ritmo permitía disfrutar de la brisa del río Moldava y fijarse en los caminantes, fijarse en sus caras era una mala costumbre heredada de un ineficaz sistema que le impedía concentrarse en el trayecto. Los imaginaba hablando dentro de su cabeza, «Mira ese calvorota, ja, seguro que va pensando “ya es primera pero tengo la cabeza fría”… uy, y aquella señora… qué abrigo “¿muchacha te ríes de mis visones?”, ja, pues sí. Ey, ¿y aquél?, vaya, sí que tiene una cara guap- ¡OH!» Jucika se frotó los ojos y miró al rededor, se había formado un corrillo de gente que miraba con desaprobación. Continúa leyendo Un cuento por San Valentín

Del color del oro

Granos. Eso era todo lo que le preocupaba, sus granos. Más exactamente la carencia de ellos. La tierra ya no es lo que era y el cultivo no germina como debiera. Ed M. Teagarden no tenía más. Lo más parecido a un amigo que consiguió en la vida se llamaba Winchester y lo heredó de su abuelo.

Tenía su juventud, pero con eso no se come en los primeros sesenta de Arkansas. Con trigo sí.

Ese día estaba especialmente débil, pues aunque sus brazos eran fuertes (en parte debido a que día sí día también paseaba con su Jhon Deere) hacía veinte años de la muerte de su padre y cinco de la de su madre.

No le dolía ninguna de las dos. Le dolía la incomprensión. Continúa leyendo Del color del oro