Yo vi jugar a la Real en Turista

Para cuando haya terminado de escribir esto la Liga (formal y pedantemente LFP BBVA) habrá dado comienzo y alguno de sus partidos, como el primer Eibar – Real Sociedad en esta categoría, ya tendrán asignados un 1, un 2 o una X en la Quiniela [añado, ha sido un 1, cagonsós.].

Desde el miércoles pasado hasta ahora mismo (más uno que añadiré esta noche y donde probablemente siga escribiendo este post que no sé si llegará a salir del iPad) no habré parado de coger trenes de diferentes tipos. Metros, AVE (una de esas maravillas españolas que se mantiene de puta coña gestionada por uno de esos desastres españoles), tren nocturno [añado, en cuya litera no quepo ni sentado ni tumbado.] en el que espero encontrar a una chica francesa que se dirige a Viena para protagonizar una trilogía y hasta un TGV de dos pisos que no ha resultado estar muy bien pensado para los que medimos más de 1’85m. Toda una aventura romántica para los que almacenamos libros de Jack London y cenamos pizza en su plaza frente al puerto de Oakland. No me miréis así, cutres, que para algo viaja la gente. Hay que lucirlo.

¡Ay! Bonita y relativamente económica [añado, el “restaurante” del tren nocturno es más barato que el de un cine, las terrazas de la Plaza de San Ildefonso o cualquier pub chic, pero más caro que la taberna de tu vecino, ‘El Bar Ato’.] forma de mover mi culo de Madrid a Barcelona, a Figueras (o Figueres, cualquiera que fuere el bueno y el formal o el correcto en cualquier idioma) y vuelta a Barcelona y vuelta a Madrid. Además, con el tren te ahorras la violencia aeroportuaria y las tarifas de entrada y salida de estos centros de internamiento tan modernamente diseñados.

En AVE viajaba en Turista. En el TGV viajaba en Classe 2. En el nocturno no hay opciones [añado, ni enchufes ni mucho menos wifi.]. Ahora empieza la miga sobre la que ya has pensado más de una vez. Recuerdo bien de crío que a primera clase se le llamaba Primera y a segunda clase se le llamaba Segunda. Sin ningún tipo de alboroto social. ¿Quieres más? Paga más. Vivir en Beverly Hills lo imagino mucho más caro que en una zona deprimida de Los Ángeles (lo que nosotros llamaríamos sin mucho problema un barrio de gitanos). Afortunadamente la diferencia entre viajar (en tren) en una categoría o en otra no es comparable a la diferencia entre una mansión con piscina escalonada, climatizada y con focos y una chabola de un poblado, pero es que tampoco se puede comparar con un piso medio donde escuchas a tus vecinos y tienes turnos para limpiar la escalera por muy luminoso y bien situado que sea.
La cosa cambia mucho en viajes en avión (¡y hasta en autobús!) donde más allá de darte unos cacahuetes y un periódico se te permite fantasear con entrar en el Mile High Club con alguna que otra garantía. (Estoy patinando mucho pero es que nunca he vivido lo que pasa detrás de las cortinas de cabina una vez se despega.)

¿Por qué este eufemismo? ¿Por qué Turista y por qué Business? ¿Por qué los turistas no pueden viajar en Primera y por qué los que van a hacer negocios (porque parece que el turismo aquí no es uno) no pueden viajar en Segunda si seguimos esa semántica estricta? ¿Qué mierda es esa? Si no tenemos problema en definir Primera y Segunda aunque lo maquillemos en los contratos como BBVA y Adelante (trauma que, ojo, sí tienen en Inglaterra con Premier y Championship), si hemos venido a pasárnoslo bien, si los franceses pasan de la corrección política y te ponen Classe 2 en su alta velocidad, ¿a qué jugamos nosotros?

Jope. Parece mentira que haya podido escribir tantas líneas sobre un comentario de cola de puerta de embarque. ¿No es maravilloso? Pues mandad besos a Jaume PALITO [añado, de este vagón Linklater no saca ni un cortometraje.]. Buenas noches.

Visto en: Litera 81.

Cocina y software

Que haya dos entrada en menos de un día me asusta tanto que se me aceleran las pulsaciones (de teclas). Sin querer hablar de la relatividad del tiempo ya hace casi dos años que cocino para mí, por y para mí. Casi dos años eligiendo ingredientes, comparando dificultad (facilidad, realmente) de platos y recetas, comprándome algún que otro artilugio que apenas he utilizado (tampoco nada estrambótico, no tengo pasapuré) e intentan impresionar a los compañeros de oficina (o a los cuatro monos que me siguen en Instagram). La inmediatez del móvil mató el texto largo y las cuentas PRO de Flickr.

Cocinar parece ser una tarea que todos tenemos asumido que deberemos aprender a hacer. Por subsistir o por conquistar a aquellos ojos color cerezo. Yo empecé por curiosear, continué por intentar mantener mi vida a salvo de Mc Donalds y terminaré por la mirada. Y hoy mismo me he dado cuenta de que es un proceso que ya había vivido. Cocinar es desarrollar software pero que, además, huele y sabe bien.

Hace mucho, mucho tiempo hablé del gozo que producía construir tus propias herramientas y entretenimientos (caray, van a hacer 6 años de aquello, bien) y en este caso se aplica todo ello exactamente igual. Igual. Aprender a cocinar, y me refiero a hacer cuatro chorradas pero que dos de ellas sean chorradas elegantes, como un pollo a la mostaza y miel sobre una base de puré de patatas. Y se aprende por repetición, por haber hecho saltar mucho agua de la cazuela hasta que se tiene controlado el tiempo y puedes quedarte unos siete minutos en el sofá mientras superas el récord del juego de turno. Esto es similar a cuando tenía una lista de favoritos enorme con enlaces a Stackoverflow y que releía murmurando «Ay, es verdad, siempre igual.» Hasta que deja de ser siempre.

Y está bueno. Y te gusta. Y me encantan mis platos porque son míos, del mismo modo que me encandilan mis aplicaciones web de juguete porque son mías. Coño, mis creaciones. Han salido de mí. Les he dedicado mimo. Es una gozada. Por supuesto que reviso el código de Cómo Hace (que apenas tiene año y poco) y cambiaría las tres cosas que tiene, empezando por la API de Yahoo! Weather que nos ha ido dejando tirados a todos. Pero me saca una sonrisa. Sé que la primera vez que hice unas setas me quedaron terriblemente sosas, pero es que sabían a setas (yeah, I know) y no podía estar más satisfecho.

Ahora la crítica, esa gente que dice que prefiere comer en un bar (o comida precocinada) todos los días porque el tiempo que dedican a cocinar vale más que lo que pagan por sus filetes empanados o Whoppers, no sé, esa gente que imprime tan poco mimo a algo tan trascendental como la alimentación. ¿Cómo es en su trabajo? ¿Cómo es en algo que le apasiona? Sí, a mí me gustan los programas y libros de cocina, desde cómo funciona el restaurante más pijo y exquisito del mundo a David de Jorge pasando por las barrabasadas más suculentas de América.

My kitchen corner - cottonblue

Cocinad. Quereos. Fallad, quemad sartenes, probad especias, ved Ratatouille veinte veces y derrochad aceite. Frustraos y bajad al chino a por fideos o atacad las latas de atún de la despensa. O eres un triste desangelado que no gusta del comer, o te lo vas a pasar pipa sorprendiéndote de la de platos que intentas hacer y lo rico que está tu porquería. Yo voy a ir apuntando los ingredientes para hacer galletas de chocolate. Y que no os engañen, salvo en las tiendas de muebles, una cocina debe estar desordenada, como el cajón de las pilas del salón.

Visto en: Fogones.

La cosita del love hotel y las escorts sonrientes

Hace unos pocos años, yo estaba a punto de cumplir 21 (y el día 30 alcanzo los 25, guiño-guiño, regaladme muchas cosas, y tal), conocí a dos escorts. Una de ellas, con la que tuve más relación posteriormente, decía que nunca se acostó ni planteaba acostarse con ningún cliente, simplemente se dedicaba a acompañarlos, sonreír, repartir tarjetas y esperar llamadas. La otra, en cambio, decía que el sexo siempre era algo habitual con los clientes. A mí me parecía un mundo fascinante porque ambas eran chicas despampanantes, con sus carreras terminadas, que leían libros antes de que Crepúsculo o Grey lo hicieran molón, mucha clase. Jamás te imaginarías que, en diferentes partes del mundo, una de ella disfrutaba del morbo de conocer a un hombre cada noche y fingir que se querían. Le ponía.

Sí, a mí me parecía fascinante de verdad. Vivo en un calle donde la prostitución es común, no se esconde, y se acepta sin mucho reparo. Pero son prostitutas que, la verdad, da pena ver e imaginarse su situación. Todo lo contrario a la élite de los cuerpos que prefieren pasearse en habitaciones de hotel de lujo, desayunando Möet y cerrando joyerías. No lo necesitan, una quería hacerse con contactos de medio mundo y otra disfrutaba de verdad. Joder, tan frío e impactante que cada traman que me contaban me hacía querer saber más y más. Puedes mantener una vida completamente normal, casta a los ojos de todos, ser esa vecina con la que todos queremos quedarnos encerrados en el ascensor, de anuncio de cerveza en la que viene a tu piso a pedirte sal, la vecina a la que nunca te atreverás a decirle si quiere bajar a tomar una caña porque pudiendo estar con cualquier tío, no se iba a molestar en mirarte mucho, y resultar querer llegar a Mónaco porque un cliente va a estrenar el nuevo yate.

A ver, la hostia, me sigue pareciendo fascinante que ese mundo esté ahí, tan cerca de nosotros y a la vez tan aparentemente lejos. Soy capaz de mirar para otro lado en cada ocasión que una mujer (porque tiene una edad) se rasca la pierna subiéndose el vestido sentada en uno de esos pivotes frente al portal. Pero no fui capaz de desengancharme de sus historias de lujo, cuernos a la mujer (que, realmente, imagino que haría lo mismo en cualquier resort cubano) o, lo mejor de todo, cuando la chica contaba que lejos del típico calvo, de edad respetable y Jaguar clásico, era frecuente encontrarse con clientes de su edad que simplemente no querían tener ninguna relación. El mismo supuesto, pero pagando, pudiendo mojar las bragas de cualquier mocita de club el tío prefiere sucumbir al morbo de poner dinero de por medio y fingir un amor con IVA aparte.

Cuando me mudé a Madrid y dedicaba tardes a conocer las calles aledañas, los barrios cercanos, su arquitectura, sus tiendas y sus ‘cómo llego a casa desde aquí sin Google Maps’ reparé en un edificio negro de Chueca que ofertaba abiertamente habitaciones para intimar y marcharse, a sus puertas circula gente proponiéndote con quién pasar el rato. La escena de Léon con Portman de niña debe ser muy turbia en el mostrador de esa recepción. Siempre que paso por allí recuerdo los comentarios sobre los love hotel que me mencionaron sobre Japón.

Sí, es conocido en occidente porque las guías de viaje lo venden como una solución de alojamiento barata, pero que te cuenten con tanto detalle lo que sucede en las habitaciones, esa sensación que no se transmite más que tocándose los dedos de la mano, haciendo ese gesto de terciopelo invisible… Ay. Me parecía tan lejano. Pero resulta que no, que llevan tiempo aquí, que hasta el que dicen que es el mejor love hotel de Barcelona (no hace falta que os grite que no conviene que abráis el enlace con los niños correteando por ahí, o el jefe asomándose por encima de su taza de café) se promociona con una certificación ISO sobre higiene que yo creo que es lo mínimo exigible en estos negocios. Lo bueno de las tonterías 2.0 es que es realmente gracioso leerse las opiniones de los clientes, probablemente consultores informáticos, supongo que en Japón será igual, vayas o no con tu pareja. Y es que yo, que soy un enamorado del amor y no se cansa de vivir en una época en la que el porno está bien iluminado y prefiere pensar que disfrutan y son felices, recibí un tortazo de realidad cuando una amiga me dijo que ojalá su novio la llevase a un espectáculo de sexo en vivo en un festival erótico. Sí, sí, no me miréis así, me he desatado un poco y esta última revelación de chicas frágiles que quieren ir a mirar cómo a otra se la clavan merece una entrada algo más cochinota (que no sabría escribir), pero ayuda a entender por qué puedo llegar a publicar una sarta de anécdotas cerdas como esta.

Visto en: Colchones.

Las memorias de las vidas en los ojos de los otros

Cuando la parisina Betsy Drake le recomendaba LSD al único marido que tuvo y quien intentaría utilizar la droga (aún legal en este marco) para combatir depresiones y otros traumas psicológicos, ya había gente que habría escrito textos como éste. Y no vamos a hablar de por qué Cary Grant se divorció de ella después de ver que el ácido 25 de Hofmann no le resultaba. Podría, vamos, que me enciendo y suelto datos algo aleatorios y a veces quedo bien si termino con un guiño. Que sí, que la California de los 60 (y, me apuesto unas cañas, la actual también) molaba mucho con sus clínicas de rehabilitación y las VolksWagen T1 moviendo surferos costa arriba y costa abajo. Eran los 60. Y hasta en Europa nos crecimos entre ye-yés y Dr. Who.

Sí os voy a soltar un rollo que, forzando un poco el tema, tiene que ver con pupilas. Pero no dilatadas por los ‘tripis’. De las pupilas de los ojos de la gente que no conoces de absolutamente nada, pero de quienes te imaginas pequeños instantes de su existencia. Me explico, que no me seguís el juego. Bien, tú haces tu vida normal, con tu familia a la que quieres y a la que ves de vez en cuando, o todos los días, o nunca porque igual ni siquiera los quieres, te cruzas en el ascensor con una asiática en chandal paseando un cocker jadeante, pides vez en la frutería porque mañana viene no sé quién y pretendes tirarte el pisto de tío sano y quieres que te vea haciéndote un zumo de naranja. Saludas al autobusero, sin ganas. Levantas las cejas apenas sin mirar a la mujer de la oficina de abajo y, en definitiva, tienes tu rutina. Cómoda, desquiciante, acogedora, da igual. Vale, todos situados.

Un día esa rutina se rompe. Y haces algo que formaba parte de tu rutina anterior. Vuelves a pasar por el barrio por donde creciste, han puesto un par de semáforos y han cerrado el kiosko aquél. Ahora esa esquina es un bar. ¿Desde cuándo se puede aparcar aquí, es zona verde? Y ahora. Ahora estás. Ahora ves, después de unos meses o años, a un chaval que siempre te cruzabas, que siempre iba en patines, con quien nunca has hablado, un tío que te llamaba la atención por seguir llevando el pelo tazón. Y os miráis, y pensáis lo mismo: «Ah, hostia, el tío este, mira tú, qué tiempo». Pero no queda ahí, te fijas, con cierto descaro y ves que sin patines es mucho más bajito y que mientras él no termina de saber si a ti te queda bien la barba o no tú descubres un tatuaje en su brazo y todo se para, sin conocerlo de nada te imaginas al crío que siempre sospechaste que era mayor que tú sentado en su cama, probablemente después de discutir con su pareja, sacando los pies de los patines oscuros que llevaba y calzándose unas Converse de imitación. El mismo calzado que, en tu cabeza, vistió el día en que una aguja atravesó muchas veces y muy rápido su piel hasta pintar aquella forma. Y ahí lo ves, tumbado en una camilla, su brazo sujeto por las manos que visten guantes blancos de látex, a través de una cristalera que muestra pendientes y motivos del Pacífico sur, iluminada por neones, con la puerta a la izquierda.

Pa. Ese segundo termina y ya os habéis cruzado y no pierdes más tiempo en imaginar cómo habría sido la vida de ese desconocido por quien, realmente, no tienes tampoco cariño alguno, pero le has dedicado ese esfuerzo instantáneo, él no sabe nada de ti tampoco, no sabe ni qué has imaginado si es que has pensado algo y mucho menos sospecha que alguien terminará escribiendo sobre ello. Y tu cabecita tampoco le da importancia. Y sigues caminando aunque sólo te hayas desplazado un par de metros en todo este proceso. Vuelves a los Dalek, al No te quieres enterar, a los Beach Boys, a que la silla de esa tienda de muebles modernos es una imitación tosca de aquella cuadradota de Le Corbusier y a que la dependienta que está recogiendo una lámpara no ha tenido su mejor día al hacerse esa trenza de serpiente en la melena. Feliz cumpleaños.

Visto en: Suiza, mediados de siglo.

El encanto de los guantes para conducir

Los que me conocéis (ahm, a estas alturas apostareía que todos) sabéis que me acerco al mundo del automovilismo y ‘la moto’ más desde un punto de vista romántico y clásico que meramente funcional: ir de un lugar a otro, es decir, ir de un lugar a otro pero intentando que sea de la manera más lovely que se pueda y tildando de soso de los cojones a cualquier otro que no lo vea así.

Bien, pues no sólo sigo igual, ahora me han solicitado que vaya un pasito más. Preparando el examen de circulación del carnet A2 (última de las tres pruebas) el profesor se extrañó de que la moto se calase al ir a parar de manera que me pidió que condujera sin guantes o probase con unos más finos a ver si era eso o el propio vehículo. La moto está en el taller por un problema con el embrague y yo salí con una idea que había tenido en la cabeza desde hacía años (probablemente antes de conducir coches) y que inexplicablemente se había quedado oculta en una caja hasta este instante: hacerme con unos guantes para conducir. Sé que suena extravagante pero voy a hacer hincapié en que es algo de lo más natural, más aún si, como decía, tenemos una idea romántica y bobalicona acerca de máquinas de más de una tonelada que mal usadas matan a gente. La cajita que se encuentra frente al copiloto se llama guantera por algo, glovebox.

Afortunadamente para mi enfermizo ego, tras la película Drive sólo la chaqueta hortera se ha puesto de moda entre los hipsters, pasando desapercibido el detalle preciosista de la conducción de Ryan Gosling con el corte clásico de este tipo de guantes, ese que incluye un agujero justo en el dorso de la mano además de los orificios para los nudillos. Será cosa de Meteoro, que me esforcé en dejarlo grabado en la retina. Y eso que, yo, no soporto llevar guantes. Nunca me ha gustado y no creo que nunca me guste. En invierno, si hace frío, me cruzo de brazos con las manos cerradas muy fuerte o meto las manos y buena parte de la muñeca en los bolsillos tirando hacia abajo del pantalón, pero en una moto no soy tan gilipollas como para no tener miedo de caerme y rozarme hasta sangrar.

Los guantes de moto, así como toda la ingente cantidad de ropa y accesorios para motoristas es cualquier cosa menos elegante. Es práctica porque está pensada para un fin que cumple bastante bien: abriga y protege, pero sus colores chillones escogidos para mejorar la visibilidad del piloto raras veces resultan apetecibles al ojo, apenas las dos o tres ocasiones que ponen a un famoso a vender algo (Ewan McGregor. Siempre.), que no es reflejo de la realidad. Algo similar sucede con los cascos sólo que, al contrario, la sobriedad y la falta de dibujos y colores absurdos hace que se coticen menos y su precio baje considerablemente siendo idéntico modelo. Gracias.

Jinba ittai

Como era de esperar yo ya me he puesto en la búsqueda de unos guantes que me permitan circular en ambos vehículos a sabiendas de que, por mucho que se empeñe el personaje de Ryan, conducir un coche con guantes sólo queda bonito si éste es descapotable. Unos que no resulten muy cantosos mientras circulo, que me protejan la mano en caso de accidente y que no me causen mucho calor. Muy probablemente los ELMA de ciervo. Muy a juego con un casco Ruby y gafas.

Visto en: Le Mans. Por ejemplo.

¿Cuánto hace que no descubres una web molona?

Yo mucho, seguro. Tiene una explicación muy sencilla: por un lado que navego a tiro fijo y, por otro, que nosotros ya no creamos webs, creamos servicios. Y, bueno, llega a molestarme bastante. La gente ya no se apasiona igual, supongo. Todos somos unos dejados.

En mi caso, en casa, la única opción que he escogido para mantenerme al día de más o menos todo se limita a internet. Sin televisión y sin radio o periódicos. Quiero decir, paso mucho tiempo en este medio (que, al mismo tiempo, me permite pagar mis facturillas de chico grande) y echo tremendamente en falta la sorpresa. Mucho. El hecho de que antes abrieras un navegador y tuvieses una página de inicio como Google que te obligase a buscar algo facilitaba que terminases en garitos pixelados de lo más divertidos (o tristes, que podía ser incluso mejor). La visión general de las ocho webs más consultadas está bien para acceder a los cuatro sitios de siempre y, al mismo tiempo, bloquea esa radicalización del deseo de encontrar algo mejor, algo que no esté en tu zona segura de navegación.

Hablo por mí (naturalmente) y digo que la última vez que encontré una página cuyo contenido me interesase de verdad, de pasar horas en ella y esperar con ganas las siguientes actualizaciones coincide con la última vez que notaba aquello de las mariposas en el estómago y contaba los minutos que habían pasado desde el último beep del móvil. Hay algo muy jodido en mi cabeza.

La ruptura de la comunidad ha sido, también, clave en este asunto. Pues aunque somos las mismas personas y tenemos la opción de hablarnos de cualquier pijada como en aquél no tan lejano en el tiempo antaño, la comunicación hace tiempo que no la centramos en nada y, bueno, tampoco compartimos nuestros pobres descubrimientos más allá de aplicaciones para móviles de moda durante una semana o tumblrs infinitos sobre temas ya masticados y saboreados hasta dejarlos líquidos e insípidos.

Las mariposas y el beep mataron el dospuntocerismo.

Visto en: Un sábado a la noche.

Cuando alcanzas y superas a tus héroes

Sí, aquí viene uno de esos post de hacerse mayor ya tan desfasados, como todo el asunto de blogs personales, pero bueno, es mi cálido reducto. Y hoy ha sido un día agotador en lo laboral pero motivador en lo personal. Me ha dado por lo ultrasano, de repente, he comprado merluza y me la he cenado. He comprado vainas (judías verdes que dicen de Vitoria para abajo) y me he preparado con ellas la comida de mañana. Y hasta he vuelto a correr (las agujetas me harían ganar un concurso de baile-robot). La culpa de esto último la tiene uno de los libros que estoy leyendo ahora por las mañanas, y digo uno no por ir de guay (que eso ya lo deberíais dar por supuesto) sino porque he desarrollado, repentinamente, la habilidad para leer varios libros a la vez, algo que antes ni me hubiera planteado: Uno para el metro, uno para antes de dormir y otro para cuando tenga ratos vacíos que no sepa con qué rellenar y me dé pereza hacer cualquier otra cosa. El de por la noche es un tomo grandísimo, entretenido, curioso y pésimamente traducido al castellano (una auténtica pena), Nueva York de Rutherfurd, que me regalaron hace año y… bueno, ya tocaba. El de los ratos muertos empezó siendo la colección de Corto Maltés (la que venden en cofres) pero ahora mismo es The Language of Mathematics (intenté comenzar Moby Dick, una edición chulísima que compré en la FNAC de Callao [PUTO PIJO (sí, pero está a dos minutos de mi casa)] en la sección de libros guiris y me costó menos de trece pavetes, pero la he dejado para cuando termine Nueva York). Y, finalmente, el que ha dado pie a este post es un librito realmente pequeñajo, ideal para el transporte público, escrito por nuestro amado Murakami, What I talk about when I talk about running (siete eurillos en la misma sección de la misma tienda) y ni idea de la traducción porque el original está en japonés y no conozco casi nada de ese lenguaje, pero podría hacerme aún más el molón y decir que han patinado con tal cosa o han abusado de tal otra. Pero tampoco hay que malasañear tanto, quiero seguir pareciendo adorable.

Amazon debería pasarme unos céntimos por los enlaces anteriores, ¿verdad? No importa. Murakami habla de sí mismo en una situación concreta: correr. Sus motivaciones, sus aspiraciones a lo largo de las maratones en las que ha participado o la música que prefiere escuchar mientras corre, de cómo cambia la carrera dependiendo del estado de ánimo y otros asuntos personales que han acompañado su vida paralelamente a la escritura y a su afición por las largas distancias y el triatlón. Vamos, el típico libro autobiográfico que le imprimen al típico deportista de élite cuando está a dos telediarios de la retirada, pero expresado desde el punto de vista de un amateur de casi casi sesenta años que empezó a correr a los treinta y pico. Cada dos por tres recurre al tema de las metas personales (constantemente, de hecho) pero tanto de las voluntarias como de las que casi sin darnos cuenta alcanzamos y superamos. Y aquí, buenas noches y bienvenidos, es donde comienza el post.

Nuestro primer héroe, creo que para todos los tíos (con tíos me refiero a humanos con pilila) es nuestro padre. Después nuestros primos mayores y, finalmente algún profesor. Para las tías no lo tengo tan claro, pero imagino que debe ser similar. Hay gente que endiosamos, que nos quedamos boquiabiertos cuando hacen tal o cual cosa, desde dominar un instrumento (algo que no estoy seguro que sea realmente posible, excepto las castañuelas, en serio, parad con eso), competir en carreras de coches para aficionados (y ganar) o cosas mucho más mundanas como arreglar el molesto ruido de un electrodoméstico, la ventanilla del coche o cualquier otro recuerdo de infancia. Mi padre siempre será mi mayor héroe, no sólo porque me gane al ajedrez, sino porque es mi padre. Ya he comentado en más de una ocasión que tengo auténtica fascinación por mis padres y que, pese a haberlo vivido en primera persona, me parece increíble lo que han hecho y la aparente facilidad con la que nos dan todo a mi hermana y a mí. Héroes los dos, naturalmente. Pero, por lo que sea, llega un momento en el que dejas de fascinarte por las habilidades de la gente, de que tampoco es tan difícil cocinar bien (y sano) de que aquél compañero de instituto tan atlético corría mucho pero que con esfuerzo no ves tan complicado alcanzar sus marcas (de entonces), que rejugando aquella pantalla no resulta tan difícil como la veías de enano, que esa persona que parecía un auténtico fiera en tu primer curro probablemente ahora sea incapaz de comprender realmente cómo funciona tal o cual cosa.

Todo natural, por supuesto, afortunadamente, a poco que hagas (bien) con tu vida, te pasas el día aprendiendo cosas y absorbiendo información, datos, procedimientos y poniendo lavadoras. Y de repente viene el miedo. Cuando piensas en la gente para la que eres (si la hay) o para la que serás (si la hubiera) un héroe: críos que se fascinan porque marcas desde la línea de tres y les explicas cómo funciona un videojuego de verdad, por ejemplo. Luego vienen las decepciones, cuando ese crío tenga fuerza y sepa colocar la muñeca o comprenda un simple sistema de físicas à la Box2D o similar. Entonces, en ese momento, llegará la decepción. Y será horrible.

Visto en: Todo aquello de Belle & Sebastian al principio.

La efe

La letra efe es rara. F. No llega a E. Ni a A. Tiene un glifo, con f, curioso. Llevo toda la tarde, en la oficina, pensando en la dichosa letra. Efe, efe, efe. Ha sido una tarde aterradora, extrañamente productiva, gracias al cielo. O algo. Efe. Cuando empezamos a escribir todos intentamos tener la misma caligrafía, la que nos enseñan en la escuela, la que mantienen muchos abuelos, la de la A minúscula, redondita, con circulito. La de la O, minúscula también, que, lejos de ser un simple redondel, se decora con un detalle en su parte superior derecha. Naturalmente, todos nos damos cuenta de que no se puede seguir el ritmo del dictado de tu seño de primaria si te dedicas a terminar cada letraja, por eso la o es un cículo y la i termina siendo indistinguible del signo dos puntos. La efe cambia mucho. Desde un ocho inclinado y algo abierto por el centro a una te tumbada, con un pequeño sombrerito. Ayer vi una efe preciosa. Una efe minúscula, inicial de la palabra feliz. Estaba a medio camino entre aquél ocho infantil y esa te desganada que indica que ya somos demasiado mayores como para preocuparnos por hacer cosas bonitas, «y, bueno, sí, pero se entiende, ¿no?». Aquella nota de «[…] feliz no cumpleaños!» estaba escrita por una chica, generalmente tienen una caligrafía más legible y preciosista. Más coqueta. La letra efe destacaba.

Siempre me he intentado esforzar en hacer una efe fácilmente entendible, quiero decir, cómoda de escribir pero que no requiera releer para saber qué pone. La efe tiene un sonido feo. Ffffffeo. La efe es la culpable de que a los Franciscos se les llame Pacos. Y a las Josefas, Pepis. Sin personalidad como las bilabiales, sin fuerza como la Ce cuando es Ka. Feliz, felicidad, empiezan por efe, por lo que se entiende que es una letra agradable. Pero también lo hace furcia. O follar. Esas, como palabras, no son bonitas. Hace un tiempo, no sé, un año, dos, tres o incluso algo más, adoraba la puta efe. La adoraba de verdad. Sólo veía cosas buenas en ella, era singular, era bonita, era cercana, era comprensible dentro de su polimorfismo. Era alegre. Alegre de gol de tu equipo de Fútbol, alegre de divertido y agudo soplido equivocado de un crío en una Flauta, alegre de repentina luz que se enciende en una zona oscura al acercarte a una Farola, alegre de ver las complejidades y que terminaran resultando Fáciles, alegre de recordar el viaje de Bachillerato en Florencia, alegre de verano en un Festival, alegre de soñar con vivir en San Francisco, alegre del sonido que se escapa cuando pronunciamos Triumph, alegre de Fantástico. Alegre de inundarte con sus Fotos.

Ahora que vuelvo a echar un ojo a esa notita y descubro alguna efe más en ella me quedo pensando, no, continúo pensando, que a ver qué hago con esas ahora Fatídicas Fotos. Que a ver cómo Funciona. Jodida efe, estás en todas partes, que me expliquen cómo te lo has montado, porque menuda Faena. Una pequeña chispa de esperanza que se vislumbra al Final, y es que, antes, hace un tiempo, no sé, un año, dos, tres o incluso algo más, cuando ponía una dichosa efe en la barra de direcciones, ya ves tú qué tontería, el navegador tiraba para Flickr u otra concreta web que me leía con Filosofía. Será culpa de Instagram, supongo, que ahora cuando me posiciono en esa misma barra y pulso esa misma tecla esto arrea hacia sus dueños, Facebook. Dándome a entender que cualquier otro lado sería malo, no, Fatal. Y esa es la chispa, tal vez no un cambio de sentido, pero sí un Freno. Al menos evita lo que parecía un descarado Funeral.

«¡Feliz, feliz no cumpleaños!». Qué cojones. Eso es algo alegre. También. Al menos ahora lo parece. Pues mira, oye, Fenomenal. A ver si dura así para siempre. Ay, perdón, Forever.

Visto en: …D, E, F, G, H…

Me he leído el blog

Niños, el verano de 2012 fue un verano algo raro para vuestro padre. No llevaba mucho tiempo en Madrid y su cabeza seguía inquieta, intentando ubicarse, preguntándose qué es lo que realmente quería. Y a lo largo de ese caluroso agosto tuvo la idea de releer todo el material que ya había publicado. Tal cual. Yo, que nunca he sido un tío de crear ni mantener borradores, me encontré hace mes y algo con media docena de títulos de post con su correspondiente parrafito introductorio. Sin nada más. Y me pregunté qué me pasaba y qué me había hecho desplazarme a otros métodos de comunicación más directa, rápida (inmediata, de hecho) y tan estéticamente pobre como puede ser Facebook, Instagram o Twitter. Ha sido fácil de calcular, todo esto viene desde el momento en que empecé a utilizar un teléfono con tarifa de datos que me permite desarrollar ciertos temas on the fly sin la aparente pesadez de sentarte a pensar qué quieres escribir. En resumen, todo apuntaba a que no escribía nada decente desde agosto de 2010 (dos años, hijos).

Es cierto que ha habido un movimiento similar al que he llevado yo acabo por parte de todas las personas que me animaban a seguir escribiendo al menos tres veces por semana (algo que ahora me parece inalcanzable). También las empresas, pues desde que Google se fulminó su servicio de Reader (que permanece catatónicamente encamado hasta que el matarife degolle su cuello cual cochino en San Martín) me despegué de otros blogs que solía leer hasta el extremo de entrar en únicamente dos sitios cada dos o tres días introduciendo los primeros caracteres de la URL en la barra de navegación de Chrome. Y esto hace tiempo que dejó de ser frío para parecerme helador.

Ha habido motivos personales, los reconozco, que me han llevado a separarme voluntariamente tanto del blog como de ciertas personas que conocí a través de él. A diferencia de un curso del colegio o incluso de la facultad, aquí no pasan nueve meses y con la llegada del verano no los vuelves a ver, sino que siempre vas teniendo referencias y por pura comodidad he evitado bastantes… situaciones que podrían haberme molestado. Han sido unos meses jodidos. Varios meses. Y ni siquiera sé por qué hablo en pasado, la verdad, me estoy creyendo mejor de lo que soy en este aspecto, pero hostia, alguien se lo tiene que creer, ¿no?

Retomemos. Agosto del 2010. Un Lagarto Abuhardillado ya contaba con unos lustrosos cuatro años a sus espaldas y un tráfico que, si bien nunca ha despuntado (y me considero afortunado por ello, cada vez más), resultaba interesante. Aquí comenzó todo eso de quedar con amigos y que cada uno, en cada uno de los cuatro lados de la mesa, nos encontrásemos mirando nuestros teléfonos mientras las cañas y el servilletero se preguntasen qué habíamos ido a hacer. Todo este problema de la sobreinformación, de que podemos enterarnos en segundos de cualquier cosa que suceda en Sumatra o en La Rioja, con imágenes y vídeos en alta definición, pero una información pésima, volátil, extremadamente caduca y meritoriamente olvidable. Consuelo de tontos, pero no soy el único en esta situación. Me tuve que encontrar para saber cómo era yo antes de aquello. Y empecé por el principio. Mes a mes, post a post. Naturalmente muchos me los he saltado del tirón. La mayoría de las entradas del comienzo me han sacado más de una sonrisa, «Tío, hay que ver lo equivocado que estabas» o, al contrario, «Tío, ojalá hubiese leído esto antes». Ha habido momentos complicados, posts densos que ni siquiera recordaba haber escrito y que me han sorprendido muy gratamente. Ni siquiera sé cómo diantres fui capaz de escribir alguna de esas cosas, no por falta de valentía, sino por puro valor literario. Quiero decir, me ha tocado estudiar poemas peores. Poemas de artistas que, supongo, en algún momento serían la hostia, pero poemas de mierda al fin y al cabo.

Content is king

El contenido es el rey. El rey. Y, en la mayoría de casos (exceptuando citas, vídeos u otras cosas y chorradas) el contenido lo generaba yo. Pero de nada sirve esforzarte en crear el mejor periódico del mundo, con la tipografía más legible que puedas imprimir en ese papel que tiene el grosor perfecto para ser manejable pero no romperse ni plegarse como los demás, con unas fotografías que ilustran las noticias realmente impactantes sin llegar al morbo y unos cuerpos de texto tan mágicamente maquetados que en ningún momento te perderás al cambiar de una columna a la siguiente, unos artículos de opinión que despiertan curiosidad e interés en cualquiera que ojee sus páginas y unas noticias contrastadas y veraces expresadas en un lenguaje comprensible a la par que preciosista y directo cuando ha de serlo (pero ante todo respetuoso) con una selección de publicidad exquisita donde no encontrarás ni ofertas de cruceros ni sórdidos bailarines… si nadie lee periódicos ya. Si nadie va más allá del titular y, en su versión web, los comentarios generados que sirven como resumen irónico y lacónico de lo que el articulista quería expresar.

Y aquí entramos en el debate centenario de que no se lee porque no se escribe o no se escribe porque no se lee. Creo que, en mi caso, se juntaron ambas. Naturalmente si yo no escribo nadie lee, por descontado, pero ese salto hacia otras plataformas hizo que todos dejásemos bastante de lado esto (me incluyo, de nuevo) por tanto el retomarlo siempre producía pereza, y aunque se escribiese (menos y alarmantemente peor, ahora ya comprobado) la gente ya se encontraba distraída con otras cosas, y por tanto, no se leía, no se comentaba, y yo no escribía. Nada reprochable y todo completamente lógico pues, al final de cuentas, que esto es lo que cuenta, no éramos más que los mismos tíos hablando entre nosotros sobre las mismas cosas, pero en otros medios. En otros soportes. Del telégrafo al teléfono y de ahí a Skype, si queréis. Curiosamente, cuanto menos he escrito ha sido cuanto más contacto real he tenido con vosotros. Se ha producido un acercamiento que, antes, hubiera sido impensable o, al menos, altamente dudoso (por mi propia mentalidad). Con algunos he cenado, con algunos he comido, con otros me he ido de cañas. Con otros… Ahora no importa, mientras sea feliz. No es que la culpa sea de Whats’App, pero casi, si hace un tiempo éste blog era prácticamente el único nexo entre varias personas y el tipo que escribe, poco a poco esa distancia virtual terminó en apretones de manos y hasta en esperas en aeropuertos. Todo aquello que necesitaba escribir lo contaba a las personas que sabía que iban a darme una solución al problema o simplemente a quienes pudiera interesarles. Rapidez.

Después de leer las mil quinientas entradas (1501, con esta), se me hace reconfortante ver que, aunque escriba peor, aunque eche de menos a muchas personas (no simples comentaristas) que solían leerme, reírse, criticarme, cuestionarme o hasta emocionarse con mis textos: la auténtica recompensa de un blog que en su momento no supe apreciarlo pues siempre parecía que estaría ahí, después de todo, lo que más añoro es escribir relatitos. Cuentos de algunas hojas. Más que eso, la capacidad para hacerlo. Recuerdo que varios de ellos, la mayoría, los escribía del tirón. Algo que me asombra. No me veo, ni me reconozco, capaz de hacer algo así ahora. Un cuento como el de San Valentín, que en aquél momento parecía una buena idea, lo escribí en cosa de dos o tres horas entre las doce de la madrugada y las cuatro. Recuerdo esa noche con cierta claridad.

Nunca antes había tenido tanta razón aquello de «Tú antes molabas». Pero, como en una serie de televisión, la primera temporada resultó llamativa pero tampoco extraordinaria, las dos o tres siguientes mantuvieron un interés notable alcanzando el sobresaliente en episodios (posts) concretos y todo lo que vino después lo ves (lees) por inercia y rutina, sin ningún interés real, mirando el reloj cada poco tiempo, sin saber cuándo dejarás de seguir el hilo de la trama, si ya sabéis que vuestra madre es la hermana del tío Barney.

Visto en: Un Lagarto Abuhardillado (by CBS).

Las azoteas de Madrid y sus inexistentes gatos maullando a la luna llena

Hace más de mes y medio me mudé a Madrid. Es algo que la mayoría de vosotros ya sabía, como siempre queda algún despistado que hace bien en no conocer mi vida al dedillo, lo pondré al día. Nunca he sido un admirador de la villa Madrileña, de hecho, siempre me ha parecido un pueblo exageradamente extenso, nada más. En el tiempo que llevo viviendo aquí tampoco ha cambiado mucho mi percepción de ella, es una localidad manejable pero falta de carisma. Quiero decir, no es icónica, si pensamos en el mapa de dibujos animados donde se ve Europa siempre pintan la Torre Eiffel en París con el Arco del Triunfo, el Coliseo en Roma, el Big Ben y el resto de Westminster o el London Eye en Londres o la Puerta de Brandeburgo en Berlín. Estatua de la Libertad, Times Square, Empire State Building, Chrysler… Golden Gate en San Francisco, Capitolio y Casa Blanca en Washington, Opera House en Sidney. No hay nada visualmente referencial en la ciudad de Madrid, y es culpa de los mismos madrileños, algo que afortunadamente llevan unos poquísimos años intentando cambiar porque a un guiri no le dice nada la imagen de Tío Pepe ni un cartelón de Schweppes. Finalmente pintan una plaza de toros (que ni siquiera es la de las Ventas) y sangría y olé. San Sebastián y la barandilla de La Concha, Sevilla y la Giralda, en La Coruña la Torre de Hércules, Agbar y la Sagrada Familia en Barcelona, Artes y Ciencias en Valencia o lo que fue Numancia en Soria. Aquí se rebajan ellos mismos a un oso (que dicen que es osa) y un arbolito. Sobra decir que la cantadísima mírala, mírala, pinta más bien poco. Carece de un skyline reconocible.

Madrid Skyline  de Juroba en Flickr

Le falta chispa a Madrid. Sorprendentemente le sobra materia prima para encontrarlo, entre Austrias, Debods, Retiros, torres de Florentino, Kios… O, por ejemplo, el magnífico servicio de metro, que aunque cueste más dinero que antes no me parece, y hay quien me matará por esto, caro. Caro es el de Nueva York, que cuesta dos dólares y medio y, como en las películas, gotea, humea, huele mal y tiene mendigos y borachos dormidos dentro. Pero lo hacen todo a medias aquí, entre Princesas, Goyas, Españas y Preciados. Un buen servicio a un precio razonable con una oferta cultural amplísima a mano que vive a la sombra de un Corte Inglés. Y tal y como está la economía, no es, para nada, algo malo.

Encaminando el post, sabéis que me gustan los áticos, buhardillas (obviamente), y básicamente cualquier vivienda que no tenga vecinos encima. Por inercia y pijoterismo intenté buscar algo así en el centro de Madrid. Y lo hay, sobretodo de Sol para abajo, pero son construcciones arcaicas, sin aire acondicionado y que no me daban suficiente confianza (y las que sí, por supuesto, se me iban de precio doblando o triplicando el máximo que me había marcado). Días después de sumergirme en la divertida y rápida rutina de Madrid y empezar a pausar mis propios movimientos volví a rascarme la barba meditabundamente a sabiendas de que seguía echando en falta algo: la altura. Vivo en un chiquitajo piso de 45 metros cuadrados (cuando mi anterior habitación, la añorada y original buhardilla que da nombre a esto, alcanzaba los 60) al que he bautizado «Mansión Wayne de provincias» y es un tercero con ascensor. No es suficientemente alto, hay dos más por encima. Afortunada y curiosamente, la oficina donde trabajo es un quinto y último piso con acceso a la terraza. Y no suben nada más que los fumadores. Y no lo entiendo (salvo por el sol y el calor). Así que en mi cruzada a favor del disfrute de los flequillos y las canas de los edificios me interesé por esos dos hoteles de al lado de mi calle que son famosos por dejarte subir a la azotea y tomarte algo. A mí me pareció un chiste, pero debe ser así, si vas a una azotea de Manhattan, en la Quinta, pides un Fitzgerald (que resulta estar bueno y da esa imagen de distinción, de Gran Gatsby, lógicamente, que no es que aporten muchas bebidas) y la pose te sale por 15 dólares más el 8% de impuestos locales de la ciudad de Nueva York y la propina que se entiende como obligatoria. Quiero decir, estás pasando una velada viendo el Empire y el Chrysler, que son cosas molonas. En los hoteles de aquí, al parecer, los precios son similares (algo más en Madrid después del cambio Euro-Dólar) pero, sin embargo, y esto lo que me ha jodido, no hay oferta. Comparando, Nueva York es una ciudad más fría que Madrid, por lo que, a priori, la idea de subir a una vigésima o trigésima planta a que te dé el aire no parece muy atractiva, tal vez, más al sur de Manhattan, lo de utilizar la escalera de incendios para montar una fiestecita en lo que sería un sexto parezca mínimamente más razonable. Pero aquí no hay nada de eso. Y me jode. Porque es algo que mola.

Hace un par de semanas aproveché para meter el germen de la idea de disfrutar de la última hora de la tarde en la azotea de la oficina. Si son tan molones como para tener las mesas de ping pong, no creo que les cueste mucho subir con una Coca-Cola ahí arriba en lugar de bajar al ruidoso bar de enfrente. Es una tarea difícil, sólo a dos personas les ha parecido bien de entrada. Lejos de desistir, al llegar al portal hablé con el portero para preguntarle si se podía subir. No. Y menos con gente. «Que si quieres subir para hacer unas fotos, pues todavía, un ratito…». Y es que yo no sé qué peligro ven en ello, si los del balconing son los de los países ricos. Me llevé un chasco. Tanto sol desaprovechado, tanta melena recortada por los rayos de luz natural a la basura, tanta chica sonriente haciendo malabares en tacones que nadie sabe por qué se ha puesto apoyada en la barandilla muriéndose de ganas por hacer como que baila.

Y vosotros, que os lo vais a perder, estáis todos invitados. No pierdo la esperanza de poder disfrutar de una brisa algo menos contaminada que la del nivel del suelo con música suave y una luna brillante al fondo. Le falta ese despertar a la ciudad.

Visto en: Gran Vía.