Categoría: Lagarto

  • Burrito

    Puede parecer que este no sea el sitio lógico para decir lo siguiente, pero no, al contrario, lo es. Tengo síndrome de absitencia de ese plato formado por una torta, queso, trozos de pechuga de pollo y verduras que se come enrollado. Creo que va para un mes, tal vez más. Quiero comer un puto burrito.

    Y repito, este es el sitio perfecto para publicar estas cosas, joder, ¡es parte de su encanto!

    Visto en: Tex-Mex.

  • Verano, No me gusta/Me gusta

    No me gusta

    • El calor
    • La falta de planes
    • El calor

    Me gustan

    • Las minifaldas, me quedan fenomenal

    Visto en: ¡31º en mayo!

  • Hacer un poquito cada día

    Creo que esto es algo que a todos nos han dicho a menudo, «Si hicieses un poquito cada día al final no te quedabas hasta las mil y llevabas todo mejor». Frases de madre, hay millares.

    Prometo que lo intentado cual niño bueno, pero no me sale. Y no sólo eso, no tiene sentido. No tiene sentido hacer media hora de cada asignatura porque para cuando me quiero poner en serio ya se ha pasado ese tiempo. Prefiero estar días sin hacer nada, o lo mínimo, y cuando queda poco tiempo estarme 15 horas del tirón, descansar un poco, despistarme con cualquier chorrada y luego volver a la carga. Mucho más cómodo que dedicarle pequeños espacios de tiempo de manera contínua. A mí me funciona desde la denostada ESO. El teórico de coche me lo aprendí la noche previa al propio examen, quedaban horas.

    Creo sinceramente que no es una opción de vagos despreocupados ni de falta de organización, sólo diferente. Si cuando eras niño te daban dos meses para leer un libro y el libro tenía 10 capítulos olvídate de leer un capítulo al día porque cuando quieras hacer el examen pertinente los detalles apenas te sonarán y parecerá que no te lo sabes. Coño, mejor calcula cuánto puedes tardar en leer un libro así y lo restas del tiempo total para saber cuándo comenzarlo.

    Te va a pillar el toro

    Jamás en la vida me ha pasado eso de llegar el día de entrega de un trabajo, práctica o examen de algo y no tenerlo completo o estudiado. Subjetiva y personalmente el sistema me funciona. Dormiré más o dormiré menos, pero si es para el día 15 yo el 15 lo tengo impreso sobre tu mesa o como me pidas que lo entregue, aunque me toque esperar en la puerta de la papelería para que abran. Me las arreglaré para tenerlo.

    En cambio ahora mismo estoy jodido, no por falta de tiempo, sino porque mañana tengo que entregar una hoja de planificación donde debería haber apuntado qué he ido haciendo de una práctica cada día. Esa práctica la comencé el sábado. Me veo obligado a mentir y rellenarlo con tonterías por no poner que realmente la he hecho casi del tirón y me duele que en ese aspecto, realmente por falta de previsión, me va a pillar el toro. Pero el programilla funcionará, que es lo importante. Y la hoja mencionada, que no es más que un sistema neofascista stalinista de control del proletariado que culminará en la Tercera Guerra Mundial (todos sabemos que esa guerra está en fase alfa), no tiene sentido, pondré uno de mis maravillosos ejemplos coronados por una aureola dorada para que lo captéis: Si tenemos una planta de fabricación de automóviles a la que queremos sacar un partido tal que facture 100 coches al mes nos da igual si va haciendo pieza a pieza cada coche y no los termina hasta fin de mes, va haciendo coches de uno en uno hasta sumar 100 al final del mes o está parada durante medio mes y luego, en lugar de trabajarse 8 horas al día en ella se trabajan 18 horas o las que hagan falta para rellenar el cupo. Sea como sea el día 30 tendremos 100 coches.

    Bueno, pues que me dejen trabajar a mi aire que yo para dentro de unas horas lo acabo, aunque me toque ir de empalmada, pero que no juzguen mi sistema de caos organizado si el resultado es el mismo. La única diferencia es que frente a imprevistos y errores no controlados ni esperados tienes mucho menos tiempo de reacción. Pero sin riesgo el premio sabe a poco.

    Visto en: El insomnio no es malo. La ojera es bella.

  • Un salón con chimenea y barra

    Llevo un par de días pensando seriamente cómo decoraría mi propia casa ,ya sea el apartamento dublinés, una gasolinera o la mansión en East Hamptons, aunque siempre pienso que me encontraría más cómodo en algo pequeño, por si hay que aspirar el suelo y tal. Bueno, y por la pasta.

    Sea como y donde sea sigo siendo una criatura caprichosa, bonita criatura del señor, pero caprichosa. Un salón grande, una tele enchufada a la Play y a un ordenador que haga de centro multimedia, un sofá y una mesita no demasiado cara para poder poner los pies encima sin remordimientos. A parte de eso, sin tétricas cabezas de animales en las paredes ni lámparas del MoMA, una chimenea y una barra con dos taburetes de bar y grifo de cerveza.

    Posible casa que okupe en el futuro

    Una fina alfombra marrón, de tacto suave, frente al fuego de la chimenea que no encendería casi nunca y la barra donde guardaría licores exóticos para mis exquisitas visitas femeninas sin tener que imitar a Tom Cruise en Cocktail, a lo Glenn Quagmire pero intentando no llegar a ese nivel de horterismo. Ah, y ventanas enormes.

    Luego llegará Natalie y no le gustará la idea, así que el sueño se quedará en vaporware onírico.

    Visto en: Se verá.

  • Acosado por un comando de scouts

    Si escucho Hoy no me puedo levantar podría decir que va dedicada a mí. Qué agujetas y qué dolor de cabeza -aunque ya se va pasando-. A ver, empezaré por el principio y terminaré por el final, adivinad vosotros solitos dónde pondré el medio. El viernes, ayer para los desubicados, tenía un cumpleaños en un pueblo cercano a Valladolid (algo más de 50km) y por no coger el coche y hacerme un rato de autovía escuchando añejas canciones de rock y con la ventanilla abierta acompañado de mi fiel amiga Sole decidí ir en tren y tirar de iPod en lugar de cedés.

    Whatever, me despierto con un esplendoroso rayo de sol que ilumina grácilmente toda la buhardilla y me meto en la ducha a ritmo de vamos-vamos-vamos. Bajo a desayunar y veo cómo la gente sigue alarmándose por la gripe de los gochos en televisión cuando por una gripe normal muere mucha más gente, Cola-Cao y a la calle. Brilla el sol y no hay tráfico, se nota que está todo cerrado. Canturreo de camino a la parada de autobús y en dos minutos aparece, ¡qué felicidad la de tener la ciudad para mí! Finaliza mi trayecto y me pongo a pasear, todavía faltan 20 minutos para que llegue el tren. Los semáforos en verde, cantos de aves al bordear Campo Grande, ancianos con el Marca en las manos de un sitio a otro y por fin, la estación.

    Se abren las puertas, zzzz. «¡Dios mío que hace toda esta puta gente aquí!» piensa mi palabrotera cabecita, «Ah, será que por el puente se van todos en tren, chachi» sigue pensando con resignación, «Pero espera: un crío, otro crío, una cría, otra cría, un crío más… ¡oemegé!»  ¿vosotros no utilizáis abreviaturas mentales o qué? Pues deja de mirarme así, ¡voyeur! «Aquí pasa algo, mucho niño poco adulto, uniformes…  mierda, llevan todos un pañuelo al cuello… ¡Boy scouts! ¡oemegé, oemegé, epic feil, mei dei, mei dei!» y ese tipo de cosas. Lo peor estaba por llegar, conocía a los monitores o dicho de una forma más alarmista, los monitores me conocían a mí. Y peor todavía, una de las monitoras es una chica a la que no querría ver en los jamás de los jamases «¡Uvedobleteéfe!». Por suerte mis meses de ingeniosas clases de maestro del disfraz impartidas por Mortadelo y Arsenio Lupin consiguieron que no me reconociesen.

    Con la mayor naturalidad del mundo y apartando niños y mochilas me enfrento a una pantalla táctil que funciona de cajero expendedor de billetes, todo un avance, como se me dan mejor las relaciones usuario-sistema que usuario-dependiente/cajero en dos clics ya tenía mi billete con descuento y todo, y sin enfadarme con nadie. Me lo guardo y me apoyo en una columna mirando los monitores esperando cuánto faltaba para que llegase el tren. No lo pone, tampoco por qué vía. Llamo a un amigo que suele coger ese tren y me dice que no es normal, me impaciento, se me cruzan varios monitores y disimulo jugueteando con el móvil. Por fin dan los datos, corro a andén cual Marco tras su madre mientras dejo atrás a las 50 almas del diablo vestidas de cuerpo –en origen– militar, aunque estos no iban a cavar zanjas sino a montar una tienda de campaña, comprar alcohol ilegalmente y fumar pitillos para parecer mayores, una excursión de primaria, secundaria y bachiller al abrigo del Manual de Los jóvenes Castores.

    Para mi sorpresa todo el comando -nótese el toque militar que le sigo atribuyendo- se bifurca y sube a otro andén -respiro-. Pero falsa alarma, vienen hacia aquí «¡Uvedobleteéfe! ¿Serán lerdos? ¿Si no saben manejarse con los carteles de una estación de tren cómo se orientarán en un bosque?» En fin, que detrás mío empiezan a colocarse hordas de niños charlatanes y juguetones con sus patatas fritas ya empezadas.

    Llega el tren, al subirme reconozco a una amiga de la infancia -debido a las mencionadas sesiones de disfrazamiento (o que ya ni se acordaba de mí) ni se percata de que soy yo- y me voy lo más alejado de la puerta para intentar poner distancia con los scouts, al fondo del último vagón. Me acomodo colocando un pie encima de asiento de enfrente y veo que los niños comienzan a ocupar posiciones cada vez más cerca de mí intencionada soledad. Casualidad del destino (o manía que me tiene alguna deidad) el monitor con quien más trato tenía -sin que yo supiese que estaba metido en cosas de estas- y la chica que mencioné líneas más arriba se sentaron muy próximos a mí, entre medias sólo tenía a una pareja de niños a los que se les notaba que no disfrutaban con eso pero cuyos padres no quieren desperdiciar un puente. Pobres.

    Pasan unos minutos y, sin saber a causa de qué, los monitores se ven obligados a poner orden, un niño sale corriendo y termina su carrera a mis pies, yo, pese a ser un inadaptado social y egoísta, decido levantarme y echar una mano al crío (que se estaba asfixiando bajo su propia mochila). Y ese fue mi error, el niño de unos seis años se levantó y se fue pero el monitor se percató de quién era pese a tener -ahora mismo- el pelo más corto y haber adelgazado bastante desde la última vez que nos vimos. El chaval, que no tiene muchas luces, se olvidó entonces de su labor (dudo que contrato) con la jauría de puercos devoradores de Pringles y se sentó justo delante mío (por lo que aumentaba la barrera visual con la chica, eso era un +1) y me contó que había un festival de la canción que congregaría a todos los grupos scouts de Castilla y León, miles, «¡Uvedobleteéfe!» y que a su edad él hacía las mismas picias y travesuras que ahora pero que no le pillaban (no sé en qué punto conseguir marihuana o hachís deja de considerarse delito para ser rebajado a travesura, pero él estaba muy orgulloso).

    Así pues, voy resumiendo que me parece que ya he escrito mucho, me dieron el viaje.

    En el cumpleaños montamos una parrillada por lo que terminamos apestando a humo -esto da dolor de cabeza- y posteriormente fuimos a un pinar a jugar al fut-tenis, que divierte pero cansa mucho, mientras dábamos cuenta de varias latas de cerveza del Lidl que si bien tienen buen sabor parece que luego te tocan un poco.

    Y, señores, si ya los grupos de socuts me caían mal después de ayer (y de ver a la chica aquella) me caen peor. Y vamos, que si no te gusta cómo de bien he escrito esta pedazo de entrada apaga y vete, a anudar cuerdas, por ejemplo.

    En otro orden de cosas, hay Madrid-Barça, yo digo 2-1 y Guti maricón, ¿nos jugamos un click?

    Visto en: Líneas Renfe.