Categoría: Lagarto

  • Toallas High-Tech

    Mi madre tiene cierto don o virtud para encontrar todo tipo de textiles novedosos. Cuando comencé a ir al gimnasio me localizó, en El Corte Inglés, unos calcetines que transpiran de verdad, puedes correr mil kilómetros con ellos que el pie suda pero el calcetín queda seco. Huele mal, pero seco. Son de la casa, Boomerang, negros con detalles blancos. Los recomiendo.

    Ahora que todo el mundo reconoce que Ponyo es mejor película que Up! y la gente se destapa interesándose más por el futurible nuevo iPhone que por las víctimas de Haití por mucho que vayan de boquilla (que es muy guay, sin duda, pero a todos estos yupis de escritura rimbombante se les ve el plumero en la tercera frase, boquitas de piñón de internet) mi madre me ha regalado una toalla que, de tener una manzanita dibujada, todos os pelearíais por poseer. El invento tiene su tiempo, toallas de microfibra. Yo nunca había tenido ninguna.

    Las había visto por televisión, los deportistas saltan desde un trampolín de decenas de metros, florituras, zambullida, primer plano del ceñido bañador de la chica húmeda saliendo del agua, toalla marca Arena mojada (¡mojada!), dos pasadas y el cuerpo seco. Dentro de créditos y promoción de ADO.

    Toalla azul

    En la web de Arena no he encontrado ninguna referencia a estas toallas pero hay varias fotos en internet, por ejemplo, la que acompaña la entrada haciéndola cuantitativamente más vistosa, ¿verdad? La mía es grande (como una toalla normal, no como las de mano que muestran en los campeonatos) y gris, porque era el color menos gay según mi querida madre y, ciertamente, no lo pongo en duda. Viene en una funda idéntica a la de la imagen y muy curiosamente, no cuesta trabajo introducirla una vez la has utilizado (puedo afirmar que este verano estuve dos horas -reales- intentando volver a meter un saco de dormir en su correspondiente funda, colocando pesos encima para sacar el máximo volumen de aire que pudiese, terminó en una bolsa grande de Eroski). La mía no es de Arena, es de una para mí desconocida ATRIUM que posiblemente sólo venda en El Corte Inglés. Funciona igual que las que se ven en TeleDeporte. Y es asombroso. De veras. Con esta toalla me seco en un periquete, de una pasada (excepto el pelo, que lo dejo secar al aire).

    Causa una sensación similar a la de estar en el vestuario de la selección de natación sincronizada. Verdad verdadera.

    Haceos con una si acostumbráis a ducharos por ahí porque no ocupa prácticamente nada, se limpia bien, se seca bien, seca bien y no es un producto de precio lujoso.

    De nada.

    Visto en: No, en mi gimnasio no nos pegamos con las toallas mojadas. O al menos nunca me han invitado a semejante show.

  • El accesorio delator

    Por Edgar Allan Poe. Bueno, realmente no, pero para mí podría ser otra historia más que meter en el recopilatorio Tales of Mistery & Imagination, que es uno de esos libros que lees en versión original y te olvidas del nombre traducido. Ya me perdonaréis los que tengáis corazón (guiño, guiño).

    Al tema, todo comenzó una fría mañana (o tarde, no recuerdo) de diciembre en un centro comercial del Norte de España. Teníamos todavía una curiosa lista de gente a la que encontrar algo que colocar bajo su abeto. Esto requería, como es lógico, entrar en diversas tiendas y mirar cositas pues, como he dicho, teníamos una lista, nos hubiese gustado tener otra con posibles regalos, pero no  eramos tan afortunados.

    Entramos en Natura, esa curiosa cadena comercial que tiene la simpática costumbre de darte la bienvenida con un oso pidiendo un abrazo. Yo iba hablando por teléfono, a mi bola, entraba y salía mucha gente así que ni me percaté de los pitidos que hicieron los aros de seguridad colocados a la entrada. Sí me di cuenta a la salida, pero no me di por aludido (yo seguí colgado del móvil).
    De ahí pasamos, si no recuerdo mal, a Bershka, donde volví a pitar y donde me tocó dar explicaciones a una dependienta. Su comentario fue extrañamente tranquilo, imagino que ya han de estar más que acostumbrados a que pase estas historias «Si pitas al entrar no pasa nada, algo que lleves de ropa o… no sé, avisa cuando vayáis a salir». Y eso hice, y volví a pitar. Me pasó también en Media Markt (donde sí me revisaron con bastante cautela para asegurarse de que realmente no me había llevado nada, aunque bromeaban preguntándome dónde había escondido la tele de plasma -algo que no ayuda a calmarte, prometido-) y en varias otras tiendas.

    Saqué en claro tres cosas. Uno, que la selección de personal de INDITEX la hace un hombre heterosexual o una lesbiana (son, por lo general, chicas comprensibles y bastante resultonas). Dos, si quieres, mangar algo en una tienda de estas es bastante sencillo aunque no pites al comienzo (y sí a la salida de la tienda) porque no se preocupan de nada cuando dices «Jobar, si es que llevo pitando todo el día, en cada tienda que entro». No tiene porqué ser verdad. Y tres, a parte de la vergüenza que se pasa (sobretodo si sólo pitas al salir) y de las explicaciones que te toca repetir, te crea una angustia y un malestar realmente incómodo.

    Ese día dejé de entrar en las tiendas y decidí quedarme por los pasillos intentando adivinar qué prenda, de repente (ya que no había ningún elemento nuevo), podía hacer saltar las alarmas.

    Días más tarde se repitió toda la escena en una tienda de regalos de Autogrill, lógicamente, también sólo a la salida. Aquí ya fue peor, porque cualquier minúscula cosita de las estanterías podía estar en cualquiera de los bolsillos. Y ojo, que a esta peña se la suda lo de que lleves días pitando.
    Para mayor sorpresa lo único que coincidía entre la vestimenta del día del centro comercial y aquél eran las zapatillas.
    En cuanto pude me fui a El Corte Inglés, donde compré las mencionadas Adidas, y les expuse el problema, las revisaron, las llevaron al detector y no encontraron nada. Su respuesta fue clara, «Si no es esto y sigues pitando es que tienes varias prendas con alguna etiqueta electrónica». No soy un enfermo que quite todas las etiquetas de la ropa nada más comprarla, sólo las que molestan y generalmente estos pequeños y alargados plastiquitos suelen fastidiar. Revisé toda la ropa y no encontré nada.

    Han ido pasando los días y ya me había despreocupado del tema hasta hoy. Acompañé a mi madre a Cortefiel (y de paso me pillé unos vaqueros y una camisa) y al atravesar el umbral algo en mí dijo «Esto va a ponerse a pitar en tres… dos…». Y justo. Otra vez decenas de ojos mirándome mientras sujetaban ridículos polos de color rosa y chalecos de lana verde. Se acercó una sonriente joven (y si las de Pull and Bear, que es ropa normal, son normalitas pero monas, las de estos establecimientos, cuya ropa se supone mejor, son verdaderamente mejores) y me vi, una vez más, dando explicaciones pese a que, en esta ocasión, ya no coincidía ni el calzado. Pregunté si podría ser algo electrónico (el reloj), algo metálico (una pulsera)… en definitva, algo que no fuese «de poner». No, estas cosas saltan únicamente con prendas, ya puedes ir armado que para estas máquinas da igual. Muy complaciente, se limitó a pedirme que avisara cuando me dispusiera a salir.

    Mi madre, santa ella, preguntó con el ceño fruncido, «¿Has metido algo nuevo en la cartera?». En mi puta vida se me hubiera imaginado pensar en la cartera, me estaba autoconvenciendo de que tenía incrustada una placa metálica en una vértebra porque ya no comprendía nada. Y acertó.

    Del, pita, pita del.

    La cartera tiene aproximadamente tres años y nunca había pasado nada. Pero tenía, en lo más bajo y profundo del compartimento de los billetes, una tela blanca bastante dura y en la que se puede leer «QUITAR ANTES DE USAR». Se puede leer cuando lo quitas, no dentro de la cartera. 3€ me costó en Pull and Bear. Pregunté a la comprensiva joven si podría ser eso. Acercó la cartera a una puerta y, en efecto, se oyó un chirrido infernal. Intentamos cortarlo allí mismo pero se resistía lo suficiente como para desistir al segundo intento, se la presté para deshabilitarlo y mi salida del establecimiento fue silenciosa.

    Es una tontería, pero respiras. No os voy a engañar. Sigo un poco con el miedo a tener que verme defendiéndome entre curritos de Eulen, pero joder, es un alivio.

    Como se ve en la foto yo ya he destrozado el interior de la cartera para sacar esta tecnología del averno. Lo voy a hacer con toda la ropa que me llegue a las manos porque, según comentó la chica de Cortefiel, es común que estas plaquitas se reactiven con el tiempo sin motivo alguno. Vamos, sólo por joder,

    Aunque todo este largo post suene a anécdota, que, en efecto, lo es, quiero que os molestéis un poco y, por vuestro bien, aniquiléis sin miramientos todos estos artilugios que podáis estar llevando encima. A no ser, claro está, que nunca hayas sabido cómo entrarle a la rubita del Zara.

    Visto en: Bip. Bip.

  • ¿Desde cuándo los Reyes son los padres?

    Primera entrada del año y vamos a ponernos las pilas dando un poco por culo. Cambia una cifra en las fechas pero, como veis, el resto del blog sigue igual (sólo que con más SPAM). La pregunta es sencilla, ¿a qué edad os dijeron que estos Magos de Oriente, según escribió Mateo, que cada noche del 5 de enero dejan regalos realmente eran vuestros padres y sus tarjetas de crédito? Vamos, cuándo os quitaron la ilusión, porque mucho de dárnoslas de duros pero en el fondo molaba imaginar que, no sabías cómo, unos seres extraños interrumpían en tu casa, dejaban los camellos por el barrio, y te regalaban algo que te gustaba. ¡Sabían tus gustos! Y, por supuesto, eran seres bondadosos, entraban en tu casa y te dejaban cosas sin llevarse nada. Ahora de Oriente igual te llega un comando balcánico, entra en casa también sin que te des cuenta, se empeña en conocer tus gustos para abrir una caja fuerte, te da (altruistamente) una gran paliza y luego se lleva un souvenir. No. Esta peña era buena. Los camellos siguen, se les habrán olvidado.

    ¿Y Papá Noel? ¿Cómo se las montaba? ¿Alguien tenía chimenea en casa? Casi nadie, pero entraba. No quiero ni pensar lo que se deja en el parquímetro este hombre.

    Por cercanía a mí me tocaba celebrar el Olentzero, que este ya daba más palo pues siempre me pareció un minero borrachuzo.

    Pues bien, si no recuerdo mal yo tenía 6 años cuando un familiar, por putear, nos soltó todo a mi hermana y a mí, ninguna sorpresa para ella, que era la lista de la familia pero sí un pequeño mazazo para un criajo como yo. Esto dio lugar a cómicos momentos en el cole cuando, después de fiestas, hablas con tus compañeros para ver si todos hemos tenido el mismo coche teledirigido, «Oye, ¿y a ti qué te han traído?, aunque ya sabes que no existen, ¿no?», a lo que respondes cabizbajo, «Sí… ya me lo contaron todo, si hasta fuimos a Toys R Us a descambiar una cosa que no funcionaba» y el otro chico cambia de cara para sorprenderse y exclamar, «No fastidies, ¿es verdad que son los padres?». Cosas de niños.

    Por este motivo en mi familia, por problemas de horario, estamos todos super ocupados, celebramos el Reyentzero, ¿y esto qué es? Darnos los regalos en Nochevieja, a medio camino de Reyes y del Olentzero. Creando escuela.

    Ahora, a lo que iba, ¿cómo os enterasteis vosotros, dulces infantes aspirantes a un nuevo balón o a una nueva Barbie con novio de pecho pelado al que afeitar la barba?

    Visto en: 1994.

  • Hallo, mijn naam Geko

    No recuerdo en qué programa concreto de Gentilicios que viven en alguna parte del mundo sacaron Dinamarca, Copenhague para ser exactos, y me quedé maravillado. Por sueldos, por la ciudad, por sueldos, por la tranquilidad, por sueldos, por subvenciones, por sueldos, por ayudas, por sueldos, por precios, por civismo. Transmitía esa sensación de… de, joder, aquello era Europa. En mayúsculas. España está guay, fiesta, bares, cañas, calorcito, tal… ¿Y qué? Dime, ¿qué? «Como en España en ningún sitio». Eso es que no has salido de aquí, así de claro, no conoces una mierda del mundo.

    luci del nord sul canale

    Como sabéis, siempre he tenido en mis planes emigrar. Sí, a ratos no me encuentro cómodo en mi madre patria (cada vez más a menudo) y a la mínima ocasión que tenga cojo un vuelo dirección Una Vida Mejor. Hasta hoy barajaba Irlanda y California (este segundo destino cobra fuerza gracias a un profesor y una empresa que todos conocéis pero que no sé cómo saldrá así que no diré nada porque si sale mal os reiréis de mí y no me hace gracia y tranquilos que ahora pongo una coma y respiráis,) pero este pequeño país ,si nos ceñimos a la península de Jutlandia, me comenzó a llamar poderosamente la atención después de ese programa televisivo. Mucho. No es para menos, se proclama como el país más feliz del mundo. Y no me extraña, según sacaron los del programa, un chaval de 15 años trabajaba repartiendo publicidad en bicicleta, una semana al mes, cotizando para la seguridad social y por 150€ al mes. Yo, siendo mayor de edad, he estado de becario para una universidad con seguro (cuyo coste me lo quitaban del sueldo) para ahorrarse la seguridad social, sin contrato, 5 dias a la semana, 4 horas al día, 300€. No me sale rentable.

    Tirando de archivo he encontrado pocas entradas relacionadas con el mencionado reino, apenas una sobre su conexión a internet, pone los pelos de punta y los dientes largos.

    Hasta aquél momento no sabía casi nada de Dinamarca ni de Copenhague, había visto a la sirenita un millón de veces, me sonaba que había algo del medio ambiente próximamente y sabía que era un país civilizado de los de verdad, de los de ir en bici y dejarla en la puerta de la pastelería mientras compras sin miedo a que un latin king se la lleve, ¿por qué? Porque allí no hay. Seguro que tampoco canis. ¿Y eso? Allí la gente estudia. De gratis.

    Si básicamente es como España pero sin gilipollas, es decir, sin 35 millones de «personas», una monarquía en una península (con excepciones tanto allí como aquí). Los tocapelotas dicen que es una mala idea porque de vez en cuando matan unas focas, el idioma es muy difícil (no sé pronunciar el título de la entrada), el clima es más frío y no hay «tanta fiesta». Permitidme, pero el número de cetáceos no es algo que me quite el sueño, me da pena, pero lo veo como un mal menor, la gente allí (por lo que dijeron) hablan bastante bien inglés y todos sabemos que es más fácil comunicarnos en inglés con alguien que no es inglés que con uno cuya lengua materna es el idioma de Lord Byron (ni que sólo tuvieran a Shakespeare de poeta) y creo que podría aprender a manejarme en danés si hiciera falta, si vivimos en Andalucía o en Canarias podemos encontrar unas temperaturas más bajas pero no creo que varíe mucho con respecto a la Meseta Norte y la zona cantábrica, finalmente, me gusta salir un sábado y tomarme tres cervezas en casa de un amigo y luego dar una vuelta, creo que eso lo puedo extrapolar allí.

    Otro tema manido es el «es que allí todo es más caro». Pues sí. Pero también «pues no». Por ejemplo, el cambio dólar-euro, si cualquier cosa de 100$ la venden a 100€ ese es el precio aquí y en toda la zona euro, casi seguro. Con las coronas danesas pasará lo mismo. Por supuesto que a lo mejor el pan es más caro, pero se compensa con lo que pagan a la gente por trabajar y dejarlos vivir.

    No lo tiene todo, pero tiene una lista de cosas que no me ofrecían antes. Me convence. Voy corriendo, nunca me enseñaron a andar.

    Visto en: København.

  • Conejo blanco

    El personaje del libro del supuesto pedófilo. ¿Y luego qué? Creo que ya he hablado sobre mi perspectiva de la vida enfocada a pequeñas metas. ¿Y luego qué? Un conejo blanco que aparece y se pierde entre los arbustos. Y lo persigues. Y lo vuelves a ver. Y vuelve a desaparecer. Y vuelves a encontrarte con él dos vidas más adelante dentro de tu propia y única existencia. Y lo vuelves a perder. Y así hasta que, nadie sabe cómo, te encuentras con el roedor en las manos, aunque ni siquiera puedes confirmar que se trate del bicho inicial. ¿Y ahora qué?

    Media vida desesperándote. La otra mitad creyéndote eso de que todo llega.

    ¿Y qué pasa cuando lo tienes?

    ¿A dónde va todo es esfuerzo aparentemente inútil que se gastó para conseguir ese algo? No lo sé. No sé si me importa porque se va y punto. Querías algo con todas tus ganas. Te despreocupas. Te levantas un día y lo tienes. Se abre y se cierra el telón. Como si faltase un acto.

    Da lo mismo lo que desearas. Lo tienes.

    No sabrás qué hacer ahora. Si es que ya lo has conseguido, joder. Cuando ya casi lo tenías olvidado… ¡pum! Ahí estaba. No importa lo que haya tardado, que es como comulgar con el «todo llega». Al final del cuento, independientemente de los años que haya durado la búsqueda y la persecución, de una manera inesperada y como si de un insulto a la lógica se tratara, llega.

    Unos acordes de piano. Un plano que se abre. Una silueta que se confunde con el fondo. Ya está. Capturaste al conejo. Pero no tienes ni puta idea de por dónde tirar ahora, ¿verdad? Aparecerá otro conejillo al que perseguir. Te encapricharás de cualquier vehículo clásico que no conducirás hasta que quede un minuto para los créditos. Pero lo conducirás. Y otra vez, y de nuevo, ¿y ahora qué?

    Haced el favor. No le deis vueltas. No pretendía contar más que uno, dos y tres.

    Visto en: .