Categoría: Pensando en alto

  • Refugios espirituales

    Antes, siempre tenía dos fuentes de inspiración: el alcohol y mi refugio espiritual, o yo lo llamo así.
    El alcohol porque parte de mis mejores ideas surgían así, supongo que como Edgar Allan Poe, y muchos de vosotros, pero como lo estoy dejando poco a poco, veo que un día esta vía de acceso a mi subconsciente terminará cerrando.

    Como decía, y me pongo nostálgico, el resto suele venir de mi «refugio espiritual». Que no es más que la azotea de un hipermercado, así de simple y triste pero es que soy muy urbano. Desde allí he hecho alguna que otra buena foto, y sobre todo, en esa esquina del párking del centro, he pensado, sobre muchas cosas.
    Desconozco si vosotros tenéis o no algo parecido, un rinconcito donde vayáis a encontraros a vosotros mismos, en serio todo esto tiene que estar sonando fatal, pero es así… yo lo hago.

    A veces subo ahí simplemente por estar, y me molesta que haya otro. Estoy y punto, sin hacer nada, me relaja: la suave brisa que azota la melena, el sonido tan gracioso de los pitidos de un claxon en las rotondas cercanas, notar cómo esos sonidos parecen tan lejanos allí arriba, esbozar una sonrisilla al ver que un tío no puede aparcar bien o no encuentra la salida, sentirme vivo… fundirme con el aire tan contaminado de aquí… pensar si soy el único que posee su refugio.

    Visto en: Un lagarto refugiado

  • Twitter, poniendo fin a vidas gafapastas

    Creo que tengo una vida social bastante ajetreada, entre clases, billares, cervezas y partidos de fútbol en los bares, nunca me he considerado un gafapasta que desperdicia su vida al completo delante de un monitor. Sí me considero freak, y mucho, con mis sesiones de Star Wars de verme la trilogía original del tirón, y otras freakthings.

    Considero que tengo amigos, buenos amigos, y amigos reales, a los que veo casi todos los días, y nuestra relación no se basa en una conversación mediante mensajería instantánea.

    En cambio, un gafapasta sin amigos… no.

    Twitter es un servicio, como la prostitución (¿sic?) que te permite dejar claro que estás haciendo cada minuto, un ejemplo.

    He llegado al nivel 15 del tetris y tengo ganas de mear (17:34)
    No aguanto las ganas de mear (17:38)
    Me he meado, pero he llegado al nivel 20 (17:42)

    ¿Quién coño necesita eso? En serio, quién tiene la ferviente necesidad de expresar cada momento de su vida y mostrárselo al mundo? ¡Pues un gafapasta sin amigos, claro!

    A ver, no sé si me explico, los psicólogos de los ’90 aparecieron en las ciudades porque la gente no hablaba con sus amigos, y necesitaban soltar lo que hacían, han hecho, sus planes, en definitiva -casi como un blog- hablar con alguien. Pero, si su mejor amigo vive en otra ciudad y de él sólo conoce su nick del Dungeons… está apañado el hombre. No puede coger el teléfono y decir, «Ey, quedamos, tomamos unas birras y te cuento lo que me ha pasado, tío, vas a llorar de risa».

    No os preocupéis lectores gafapastosos, Twitter os salvará.

    Visto en: La gente es impredecible (ja)

  • Especímenes de gimnasio

    Basado en Fauna de biblioteca, es decir, es una copia del post, pero cambiando el ambiente y los sujetos.

    Pringados sudadores.

    El poco selecto club al que pertenezco, aquel en el que todos los que vamos hacemos los que un tío con la palabra monitor pegada a la espalda nos dice que hagamos, vamos religiosamente todos los días y nos lo curramos como si nos fuese la vida en ello de verdad, con la ingenua idea de que algún día seremos más delgados, más fuertes, más ágiles más arios.

    Los Pro.

    La élite, también conocidos como los inquilinos, personas que viven por y para el deporte, que utilizan instrumentos sólo vistos en televisión, o ponen la cinta de correr al máximo, por más de treinta y cinco segundos. Puedes llegar temprano, pero ya habrá algún inquilino dentro, puedes irte tarde, pero los inquilinos se quedarán. Nunca compitas contra los pro.
    Por suerte, nunca son atletas completos, uno no corre 40 kilómetros y luego levanta 100 kilos con cada mano.

    Tienen su lado simpático, y es que resuelven las dudas mejor que los propios monitores, saben qué ducha está jodida en cada momento, qué máquina no puedes utilizar por ser demasiado alto porque tiene un res-.kjhe-tor estropeado o cuáles son las mejores cremas para que no te roce la ropa… y te la enseñan.

    Los fugaces, o los del período.

    Son los más simpáticos, aparecen muy de cuando en cuando, se dan una gran paliza, y desaparecen… hasta el mes próximo. Su meta es tener la conciencia tranquila, decir «ya está, sigo yendo al gimnasio».

    Los ligones.

    Sobre todo chicos, están una hora dando la brasa a la pobre santa, ejem, que aguanta el chaparrón y defiende su territorio del macho en celo. Son cómicos, se cabrean con una facilidad pasmosa si intentas pedirle por favor el material que supuestamente está utilizando. Generalmente responden con un «Â¿no ves que estoy hablando?», y es cierto, por eso lo hago, por joderte, además, es cierto… sólo hablas tú, ella se resigna a mandarte la mierda con voz baja.

    Los de la operación kilo.

    Por lo general, mujeres rebosantes de felicidad y celulitis y hombres repletos de cerveza en sus barrigas que aprovechan la etapa «libre» que hay entre la época de las torrijas y la época de los chiringuitos, son como algunos animalillos, sólo viven una parte del año, la demás, se la pasan comiendo, con la esperanza puesta en que ese único lunes que ponen un pie ahí sirva para adelgazar los kilitos que les sobran.

    Los viejos mirones.

    Personalmente, los peores. Todos saben a lo que vienen, su única función es recrearse observando cómo una jovencita, que puede ser su hija, la amiga de su hija o incluso su nieta, disfruta con un poco de ejercicio. Sonríen a las chicas con descaro. Sus mentes enfermas gozan con ellas, las pobres les devuelven una mirada ladina cuando se cruzan. Mientras ellos cogen la pesa más grande que haya y encubren el esfuerzo de levantarla una única vez para hacerse los fortachones, y esconden los anillos.

    Los chicos-mujer.

    Son, de lejos los más graciosos. Bajitos, con curvas y prendas ajustadas que realcen sus caderas. No tienen complejos, ni vergüenza, lo que en parte, les enhorgullece. Se apuntan a todas las actividades femeninas, hacen pilates, aeróbic, ciclismo y otras cosas de doblarse sobre sí mismos. La única pega que ponen es que no pueden entrar en los cursos de premamá. Suelen ser simpaticones.

    Los que se pican.

    Si tu comienzas un ejercicio al mismo tiempo que otro, lo llevas jodido, chaval.
    Corriendo, pones la máquina a 7, ellos la ponen a 7.1. En bici, pones dureza 5, ellos: 6. Ejercitando músculos, levantas una cantidad X, ellos X+1, siempre lo inmediatamente superior.

    Visto en: Las neuronas, que se regeneran.

  • Guía básica para sacar buenas fotografías

    Leo desde Google Reader el feed de Cristalab, me parecen buenos y sus artículos y explicaciones se siguen de forma fácil.

    Se atreven con una Guía básica de fotografía… algo entre tonto y «de relleno», pero seguro que a mucha gente le viene que ni pintao, fijo.

    He estado ojeándola, sin leerla atentamente, hasta llegar al punto que trata de la Luz:

    2.2 Luz frontal

    Después de esto, ya no quiero hacer buenas fotos.

    Visto en: Cristalab

  • Lo orgásmico que resulta escribir en libros de texto

    En serio, házme caso y coge un boli, preferiblemente de los de bola, tipo Bic y así, que deslicen bien. Ahora abre cualquier libro de texto, de los de E.S.O. o Bachillerato o lo que sea.

    Seguro que lo has hecho miles de veces más.

    La prohibición.

    «Hijo, no escribas en el libro, que se estropea», «los ejercicios los hacéis en el cuaderno, no pintéis los libros». ¿Por qué? Vale, se estropean y ni quedan bonito, pero es necesario apuntar cosillas, incluso del tipo José por María.
    Hemos de reconocerlo, la prohibición le da un punto erótico que flipas, mis libros han acabado mal. Recuerda Eva y la manzana.

    El deslizamiento.

    Ésta es la mejor parte, la forma en que el boli simplemente va sobre el papel satinado de los libros, no se parece en nada a como lo hace en un folio normal. Escribes algo, y te pide más, más letras, más palabras, más frases… más velocidad, el bolígrafo corre y corre, como un Tony Hawk con su tabla se desliza felizmente entre los márgenes. Y tú disfrutas.

    El garabato.

    Llega el momento de terminar lo que quiera que escribes, pero no quieres, te sientes como un adicto a la heroína, tu cuerpo te pide que sigas, que no levantes el boli del papel. Tienes que hacer algo para quitarte el mono, ya superarás luego el síndrome de abstinencia. Piensas, piensas rápido, y concluyes, dibujas un garabato.

    Visto en: A veces estudiar agrada.