No sé si conocÃa a gente o cuánto tiempo llevaba viviendo allÃ, pero no me daba la impresión de estar desubicado. Camino calle arriba serpenteando entre la gente, que por lo visto madruga mucho, y corro unos 150m controlando bastante bien los cruces y el sentido de la circulación, que allà va al revés. Camino un poco y me quedo mirando una Vespa roja, de unos 150cc, que puede tener fácilmente 35 años ahora, unos cuarenta y algo en el presente, esto es, mi futuro. Vuelvo a pensar lo mismo, «Â¡Genial!», pero no hago nada, me quedo esperando. Sin entender por qué echo a correr por donde habÃa venido, acelero un poco más y me paro en una floristerÃa que ya estaba abierta, digo simplemente «Una de esas» con un mejorado inglés, demostrándome que mi nivel de conocimientos botánicos sigue tan bajo como siempre pero que al menos con el idioma de la isla he mejorado. Y otra carrerita hasta la moto. No está. El yo protagonista se queda con cara de gilipollas. Imagino que habÃa hecho todo eso por una chica, vamos, espero (tal vez estuviese intentando conquistar a la moto). Y asà es, aparece por la esquina una chica rubia, muy irlandesa, con un abrigo negro largo y botas rojas, a juego con la montura, ¿acaso puede ser más sexy? Pues sÃ, en la cubierta delantera de la moto alguien, no sé si ella, habÃa esbozado un violÃn. Y eso ya me terminó de perder, a mÃ, al que lo ve, no al yo que lo vive. Me ofrece un casco, me siento detrás suyo, un beso en la mejilla y me advierte de que ya nos vamos.
Por el camino me habla. Por Navidad pretende irse con sus padres, que no estará por aquÃ. Pongo cara de lamentarlo. Me refiero a ella como Kimberly. Al verlo no me gustó, ¿Kimberly? Hay nombres bonitos con K, los derivados de Katherine están muy bien: Kate, Kathleen… incluso Caty, con lo repipi que suena. Pero bueno, no me iba a quejar por eso. Era muy guapa y parecÃa sonreÃr por casi todo. Chica diez debÃa suponer. Continúa hablando sobre su viaje a la casa familiar. Asegura que no le atrae la idea, «muchÃsimas horas de avión, aunque allà estén casi en verano, no me apetece nada». Para, si por el tiempo de aquà y la vestimenta de la gente, asà como la aparente proximidad de fechas navideñas estamos en octubre, noviembre o muy primeros de diciembre… ella es del hemisferio Sur. No de Irlanda.
Continúa hablándome, curiosamente yo la entiendo perfectamente, cualquiera que haya montado en moto sabe que eso asà tal cual es imposible a no ser que vayas a 30km/h, y habÃamos salido a alguna especie de autovÃa, pero bueno, los errores de la FÃsica no se aprecian de igual forma en los sueños. Me pregunta sobre mi moto, que si le falta mucho para salir del taller, y cómo van las heridas. Pues nada, por lo visto tengo moto y sigo siendo igual de torpe, piñazo por necesidad. Por mucho que me mire la cara, aunque más chupada y pese a tener el pelo corto (para lo que yo entiendo por corto), no habÃa notado ningún otro cambio, ni cicatrices a mayores ni nada, pero bueno, tampoco apuntaré este error.
Llegamos a una zona llena de edificios nuevos. Me bajo, ella me come la boca, me atreverÃa a decir que gratuitamente (la expresión del tÃo, vamos, yo, es de chiste) y promete venir a recogerme luego. «Chico, +1, en todo».
De la bandolera saco una tarjeta que me abre una puerta de cristal, vuelvo a utilizar esa tarjeta dos pisos más arriba como identificación RFID. La tarjeta es blanca, completamente, no se ve chip por ningún lado, sólo plástico. Muy Bond.
Dos tÃos me saludan y uno de ellos, que es negro, se me acerca: «Hola tÃo, te he cogido el correo, creo que ese sobre marrón es la factura de la Triumph. Recuerda que en veinte minutos tenemos revisión de seguridad. ¿A las doce donde siempre?», a lo que respondo, «SÃ, claro, gracias por todo, tÃo. Café que no falte», sonrÃo y el se va tarareando algo. Tres sorpresas, sà tengo amigos ahÃ, o al menos un simpático compañero de trabajo, mi moto es una Triumph y me dedico a algo relacionado con la seguridad, esto último es lo que más me extraña.
Abro las cartas mientras el yo espectador se pregunta por qué no me las envÃan a casa y me voy por donde se habÃa ido mi compañero con unos papeles de la mano. Resulta que «lo de seguridad» era nuestro curro. No me enviaban cartas a casa porque trabajaba en una empresa de mensajerÃa y, por lo visto, me era más cómodo unificar los envÃos y los paquetes recibidos allÃ. Mi compañero y yo nos dedicábamos a realizar las copias de seguridad y el mantenimiento del hosting de la web de la empresa. Él y yo. Trabajábamos y vivÃamos casi del mismo modo que en IT Crowd pero aún con menos relación con los demás excepto alguna secretaria que se resignaba a jubilarse que nos visitaba para contarnos su vida, tal vez hablaba de sus gatos.
Esta parte del sueño pasó muy deprisa y sólo recuerdo que el lenguaje de las bases de datos utilizado ahà no lo habÃa antes, y que se guardaba todo en discos holográficos con una limpieza acojonante. Nos pasamos el rato charlando más que trabajando debido a que todo estaba bastante mecanizado y nos limitábamos a revisar cada cierto tiempo si se cumplÃan unos requisitos. Curiosamente nos habÃan subido el sueldo ese mes por méritos al mantener la web a flote pese a una caÃda de un servidor o algo asÃ. Lástima que no me llegué a enterar de lo que ganaba realmente.
Acto siguiente estoy esperando a Kimberly mientras miro algo en el teléfono, mágicamente me ha aparecido en la mano porque se habÃa quedado en la cocina, pero bueno. Es un programa de televisión, un late-night, y el presentador es Berto, debÃa llevarlo encima como un videopodcast o asÃ. Al final aparece,con otro abrigo -incrementar errores-. Está feliz. Sus padres quieren que vaya con ella a Australia. ¡Australia!, «Â¡Tengo una novia surfista!». Me pregunta si recuerdo que «Cuando mi abuelo se fue de aquà hace tanto tiempo ya sabes que impidió a mi madre venir, no le gusta Irlanda, yo me pude acercar a conocerlo y ahora, con mi trabajo en el club de Jazz y estando asentada a la espera del nuevo violÃn no me apetece volver para quedarme allÃ, sólo vente a pasar unos dÃas. Dejaremos aquà la Vespa de mi padre y seguro que a los tuyos no les importa». Tate. Es violinista y toca en un club de Jazz. Se nota que es un sueño, es increÃble.
Deduje, como espectador, que su abuelo emigró a Australia y que sus hijos crecieron allÃ, la curiosidad o la aventura de Kimberly la trajo de vuelta saltándose una generación y no tengo ni idea de cómo, acabó conmigo.
Me lleva a mi casa y le pido que se quede. Acepta -pinta bien, ejem-. Cocinamos cuatro chorradas que tenÃa en el frigorÃfico, de forma que queda vacÃo, y malcenamos tirados en el sofá viendo la tele. Nos reÃmos, yo, como observador del pasado, no comprendo el programa en el que parecen chocar luces de colores al ritmo de la música. Se pone a jugar a una especia de Guitar Hero, lo gracioso es que lo hace con un bajo de verdad (reconocà el modelo, un Fender Jazz Bass, bastante feo, la pintura descascarillada mejoraba su aspecto), por lo que se deduce que yo tocaba el bajo en mis ratos libres. Y según apuntó ella con la púa, era una delicia verla tocar vestida con un pijama short con el pelo recogido en una coleta, al fondo de mi apartamento tenÃa una baterÃa. Literalmente yo no hacÃa ni puto caso, sólo la miraba a ella. Asà que mi mente se reveló: «TÃo, tÃo, vale, tienes a una chica de revista por la que estás dispuesto a matar y morir, pero joder, ¡que tienes una baterÃa!». Ni aún asÃ. Terminamos de jugar, yo perdÃ, ella disfrutó, yo fingà que me picaba, me cazó el farol, sonrió. Dejó el Fender en el suelo -que por cierto estaba muy limpio- y con un control muy extraño de la pared bajó la intensidad de la luz.
Me desperté, y no he tirado ni una sola foto en todo el sueño. De cualquier manera, ¿donde he de firmar?
Visto en: Oniric’s World, ciudad de ensoñaciones.
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