Corredor [of a Dirty Old Man]

Acaba de comprar un pack ahorro de botellines de cerveza y no sabía qué dice ese gesto al resto del mundo de él. Suponía que era malo, suponía que era igualmente irrelevante lo que nadie pudiera llegar a imaginar, sobre él. «El litro sale bastante más barato, yo qué sé, si fuese suavizante nadie se extrañaría.» La gente que vive sola no debería beber, y la gente que bebe sola no debería vivir. Pero quién es alguien para juzgar. Si es que le sale más barato.

Hace chistes inaudibles, sobre cómo allí encima de aquél fregadero a rebosar, detrás de las cazuelas que dejó en inquilino anterior, en un agujero, vivía un hobbit. Tararea desvergonzado aquellos primeros pasajes de no sabe qué canción de los Pixies. Y escribe cuatro líneas, dibuja un bigote a la mujer del folleto de publicidad que dejaron en el buzón y habla por teléfono mientras coloca las botellitas y el resto de la compra. No sabía que al final se había llevado también aquél ridículo bote de salsa César. Se tira en la cama boca arriba, pensando a dónde iría aquél vecino. Aquél vecino. El del perro, el del otro lado del pasillo, a la izquierda saliendo del ascensor. Ese que también vive solo, con su perro, pero solo. Ese vecino que no se separa de su jersey rojo, gafas oscuras y un llavero dorado.

No sabe ni su nombre, ni cuál de esas tres de allí es su puerta. No sabe si trabaja o si algún día trabajó. No sabe ni si el perro es agradable o no. No se puede decir tampoco que el hombre se hubiese interesado por él, diría que ni tampoco por ningún otro vecino. Siempre le acompañaba un rastro extraño de olores nauseabundamente entrelazados, más fácil que fuera un quiste del perro, de esos que no levantan dos palmos del suelo. Es frío. Los vecindarios son fríos. Siempre le fue más cómodo ignorar a quienes vivían a su alrededor, igualmente fueran cálidos y sonrientes asiáticos o impávidos bielorrusos tatuados, como cualquier personaje malo de película de serie B de hace 25 años. Hace 25 años.

Los de arriba se quieren mucho. Se quieren tres veces al día, al menos. Aunque a ratos incómodo le es inevitable el acordarse de la señorita Poulain en el tejado. Sonreír cuando terminan, cuando se les oye reír y ella a veces llora. Y en la cabeza le aparecen cinco notas, doce acordes y los cipreses del delta. Ya ellos cierran sus vidas, no quieren compartir el resto: los espaguettis fríos, la pila de libros sueltos, el cargador del teléfono en el suelo. Pero, ríe, no cree que en la cabeza del vecino, detrás de las lentes de sol, bajo esa calva y en ese jersey haya habido sentimientos despertados por los golpes del cabecero en la pared de encima. Habría estado aporreando el techo, defendiendo a gritos su silencio, chocando contra sí dos tapas de sendas ollas mientras camina en círculos. O simplemente habría cogido aquél diminuto arnés marrón y habría salido, otra vez más, a la calle, cuesta arriba a ver el mundo desde su jubilada perspectiva mandando correr más al pobre bicho asfixiado.

Y se pregunta enferma y jocosamente si no sería él el asfixiado, si detrás de cada gélido saludo que comparte con el mundo no se esconde un suspiro de resquemor por una tragedia autoérotica. Un susto, un simple ‘casi’, las orejas del lobo, la vergüenza de imaginarte siendo encontrado muerto, días después, siendo comido por tu mascota inquieta y completamente desnudo. Pensamientos desviados que ayudaban a que él viese al viejo con ojos distintos cada día, siempre que de lejos le llamaba al ascensor y le decía que no esperaría, pero que ha tenido la bondad de pulsar el botón. Aquél hombre que sujeta la puerta entre suspiros de desagrado y farfulla cuando cruzas. Aquél hombre que tal vez un día hubo sido feliz. Entre caricias y almohadones, sábanas de seda. Entre risas de amigos, situaciones inverosímiles que se repetirán a cada nuevo conocido. La piel de gallina cuando el cantante alcanza y mantiene el tono de forma fascinante. La tristeza del llanto seco que produce el cerrar una maleta. La curvatura del tallo de la puta planta que ya nadie cuida. Los platos que estaba fregando cuando sonó el teléfono. El color del otro coche. Las cortinas del hospital. El mensaje en la cinta de la corona.

Se levanta de la cama para lavarse la cara. Sin muecas. Imaginarse abriendo el cajón sabiendo que no está a la vista el abridor y abrirlo para confirmar que cuesta encontrarlo. Tira dos calcetines sudados a la lavadora y abre, de hecho, una cerveza. Se pregunta si Dostoyevski hubiese escrito algo al respecto, si habría hueco en la crueldad de ‘Crimen y castigo’ para dar un marco a las ojeras de su vecino. Si hubo una princesa. Si para él habrá, si la perderá y decidirá vivir tras unas gafas de sol y dentro del jersey que tejió para él. Si bailará en las azoteas hasta que que el amanecer mire cauteloso los besos. Si es por eso por lo que este puto tipo sube siempre la cuesta cuando sale de casa. A lo mejor, pensaba, a lo mejor el viejo vecino vive amarrado a una colección de discos que ella le regaló. O a lo mejor malgasta la pensión en fideos chinos y dos chavalas que nunca se interesarán en hablar contigo mientras pagues.

Y él baja la basura con cierta esperanza de encontrarse con el vecino, con la mínima pista que le aclare algo, esforzándose en saber si se ha de ver reflejado en cada paso que da o es mejor que… ¿Qué?

Visto en: Rel #8.

La cosita del love hotel y las escorts sonrientes

Hace unos pocos años, yo estaba a punto de cumplir 21 (y el día 30 alcanzo los 25, guiño-guiño, regaladme muchas cosas, y tal), conocí a dos escorts. Una de ellas, con la que tuve más relación posteriormente, decía que nunca se acostó ni planteaba acostarse con ningún cliente, simplemente se dedicaba a acompañarlos, sonreír, repartir tarjetas y esperar llamadas. La otra, en cambio, decía que el sexo siempre era algo habitual con los clientes. A mí me parecía un mundo fascinante porque ambas eran chicas despampanantes, con sus carreras terminadas, que leían libros antes de que Crepúsculo o Grey lo hicieran molón, mucha clase. Jamás te imaginarías que, en diferentes partes del mundo, una de ella disfrutaba del morbo de conocer a un hombre cada noche y fingir que se querían. Le ponía.

Sí, a mí me parecía fascinante de verdad. Vivo en un calle donde la prostitución es común, no se esconde, y se acepta sin mucho reparo. Pero son prostitutas que, la verdad, da pena ver e imaginarse su situación. Todo lo contrario a la élite de los cuerpos que prefieren pasearse en habitaciones de hotel de lujo, desayunando Möet y cerrando joyerías. No lo necesitan, una quería hacerse con contactos de medio mundo y otra disfrutaba de verdad. Joder, tan frío e impactante que cada traman que me contaban me hacía querer saber más y más. Puedes mantener una vida completamente normal, casta a los ojos de todos, ser esa vecina con la que todos queremos quedarnos encerrados en el ascensor, de anuncio de cerveza en la que viene a tu piso a pedirte sal, la vecina a la que nunca te atreverás a decirle si quiere bajar a tomar una caña porque pudiendo estar con cualquier tío, no se iba a molestar en mirarte mucho, y resultar querer llegar a Mónaco porque un cliente va a estrenar el nuevo yate.

A ver, la hostia, me sigue pareciendo fascinante que ese mundo esté ahí, tan cerca de nosotros y a la vez tan aparentemente lejos. Soy capaz de mirar para otro lado en cada ocasión que una mujer (porque tiene una edad) se rasca la pierna subiéndose el vestido sentada en uno de esos pivotes frente al portal. Pero no fui capaz de desengancharme de sus historias de lujo, cuernos a la mujer (que, realmente, imagino que haría lo mismo en cualquier resort cubano) o, lo mejor de todo, cuando la chica contaba que lejos del típico calvo, de edad respetable y Jaguar clásico, era frecuente encontrarse con clientes de su edad que simplemente no querían tener ninguna relación. El mismo supuesto, pero pagando, pudiendo mojar las bragas de cualquier mocita de club el tío prefiere sucumbir al morbo de poner dinero de por medio y fingir un amor con IVA aparte.

Cuando me mudé a Madrid y dedicaba tardes a conocer las calles aledañas, los barrios cercanos, su arquitectura, sus tiendas y sus ‘cómo llego a casa desde aquí sin Google Maps’ reparé en un edificio negro de Chueca que ofertaba abiertamente habitaciones para intimar y marcharse, a sus puertas circula gente proponiéndote con quién pasar el rato. La escena de Léon con Portman de niña debe ser muy turbia en el mostrador de esa recepción. Siempre que paso por allí recuerdo los comentarios sobre los love hotel que me mencionaron sobre Japón.

Sí, es conocido en occidente porque las guías de viaje lo venden como una solución de alojamiento barata, pero que te cuenten con tanto detalle lo que sucede en las habitaciones, esa sensación que no se transmite más que tocándose los dedos de la mano, haciendo ese gesto de terciopelo invisible… Ay. Me parecía tan lejano. Pero resulta que no, que llevan tiempo aquí, que hasta el que dicen que es el mejor love hotel de Barcelona (no hace falta que os grite que no conviene que abráis el enlace con los niños correteando por ahí, o el jefe asomándose por encima de su taza de café) se promociona con una certificación ISO sobre higiene que yo creo que es lo mínimo exigible en estos negocios. Lo bueno de las tonterías 2.0 es que es realmente gracioso leerse las opiniones de los clientes, probablemente consultores informáticos, supongo que en Japón será igual, vayas o no con tu pareja. Y es que yo, que soy un enamorado del amor y no se cansa de vivir en una época en la que el porno está bien iluminado y prefiere pensar que disfrutan y son felices, recibí un tortazo de realidad cuando una amiga me dijo que ojalá su novio la llevase a un espectáculo de sexo en vivo en un festival erótico. Sí, sí, no me miréis así, me he desatado un poco y esta última revelación de chicas frágiles que quieren ir a mirar cómo a otra se la clavan merece una entrada algo más cochinota (que no sabría escribir), pero ayuda a entender por qué puedo llegar a publicar una sarta de anécdotas cerdas como esta.

Visto en: Colchones.

La publicidad que ya debería ser y los bocatas de mañana

Uno de los entretenimientos de la gente que nos dedicamos a ‘esto’, sea ‘esto’ lo que sea, es comparar cómo trabajamos ahora y cómo se trabajaba antes. De ahí pasar al cómo se hará en el futuro. Imaginar el futuro, pedir a gritos que lleguen nuestros jetpacks, nuestros trajes plateados con antenas y vehículos voladores. The year two thousand.

Como todos los ingenieritos, ingeniertos wannabe, ‘picatas’, gente de back, gente de front, gente que ojea la National Geographic en el Metro mientras sufre por lo que mañana le dirá el mecánico del taller, gente subvencionada por Wacom, gente de vi (que es el bueno) y gente de Emacs (que no es lo malo, sí lo peor), como todos ellos, yo quiero y aspiro a ser un Zuckerberg, un Bezos o la jubilación de Ballmer. Así que todos buscamos pertenecer a (o crear, incluso mejor) la next big thing. Os dejo, de manera altruista (pero mi cumple es este mes y ahí abajo aparecen cosas que podéis regalarme) un par de ideas que pueden ayudaros a convertiros en esos nuevos niños ricos asentados en Menlo Park, Palo Alto, Los Gatos o Aliso Viejo.

La publicidad online en los tiempos de la cool-era

La publicidad online es un engorro y una patraña. Un mal menor que aceptamos y soportamos, pero que está mal planteado de raíz. Muy mal pensado, tanto, que hasta nuestro propio organismo ha desarrollado sus anticuerpos que distinguen un anuncio a tres millas y, correctamente, lo obvia, un AdBlock en la retina. No puede decirse nada más, es un sistema fracasado. Y hay que cambiarlo. Porque debe ser eficaz (y, se sobreentiende, efectiva).

La publicidad online debe salir, con urgencia, de cualquier margen de Google (incluso el superior) y olvidarse de la paparruchada (funcional, eso sí) de las subastas de palabras en una bolsa. Adiós al tanto pagas tanto vales. No. Tenemos herramientas (de verdad) que nos permitirían presentar una publicidad que, ojo, resultaría útil. Y si eso funciona, no hay mejor publicidad.

Me explicaré. Hay que centrar las vallas publicitarias allá donde mira el ojo, tan simple como eso: Facebook. Sí, esperad, hay que hacerlo bien. Podemos consultar varias APIs y destornilladores de estrella para saber exactamente qué hará tal o cual fulano, dónde va a estar, qué va a necesitar, a qué hora, qué clima hará y si ya lo tiene.

Era de noche y, sin embargo, llovía

Un caso práctico. Es noviembre de 2013 y todo el dinero que no te has gastado en intermitentes traseros lo has destinado a llevar a una bailarina de ballet retirada a ver a Jamie Cullum en La Riviera. Y Facebook (y Google) lo saben, porque has marcado que vas a ese evento, y no hay drama ni espionaje, ojo, abandonad las paranoias de patio de colegio y panfleto de Área 51. Y se saben los horarios, y ahí está el momento, ahí la publicidad es útil. Porque sales del recinto habiéndote dejado el corazón en Photograph y quieres ver qué dicen tus amigos o subir alguna foto por la mera envidia y ahí no puede aparecer, repito, no puede aparecer un anuncio de una empresucha forzándote a comprar acciones de Apple o Yahoo (Yahoo! si me dejáis ir de guay). Porque es una fría noche de noviembre de 2013 y tú y la chica de pelo trenzado que antaño vestía tutús tenéis hambre, frío y nadie ha comentado tu estado absurdo ni tu foto de una maceta y un perro dormido a su lado. No quieres comprar acciones, nadie se despierta un día, ve un anuncio de stock options de palo y decide jugar en Wall Street. Pero, eh, sigues con frío y con hambre y tenemos las herramientas suficientes como para que Facebook sepa la hora que es, que intuya que no hemos cenado porque sabe que hemos salido de un concierto, que me localice un sitio cercano donde me va a apetecer comer algo (porque, además, ¡conoce mis gustos!) y esto lo hace mejor que cualquier Siri de medio pelo, me plante ahí un anuncio que diga «¡Todos los miércoles 30% de descuento en Sidrería Martutene! ¿Reservamos?» con una letra pequeña diciendo que consumo mínimo de 25€ y un cartelón bien grande que diga «Sidrería Martutene, 250m, 3min, calcular ruta». Y, bingo, una mínima inversión de un bar se convierte en dos clientes más la tropa que acompañe porque Facebook (o la herramienta del momento que sea) ha sabido realizar un data-mining correcto de toda la grandísima información de la que dispone. Tenemos esa capacidad, hagámoslo.

La idea no resulta tan innovadora, ojo, sólo hay que fijarse en los anuncios de las radios, no son los mismos anuncios los que aparecen en una cadena de música comercial que los que aparecen en COPE, por ejemplo, y tampoco los mismos los que aparecen en COPE retransmitiendo un partido de fútbol que los que acompañan una misa. Y ahí buscan su nicho. Y más o menos bien, van tirando. Pero es que se puede hilar más fino porque ninguno de los dos de la pareja anterior ha sido previsor y cuando salen con la barriga llena y habiendo aprovechado la oferta del descuento empieza a jarrear y la misma aplicación, que no tiene derecho a hacerse la tonta con tantos datos con los que cuenta, sabe dónde estás y lo mínimo que puede hacer es sacarte un fotograma de Lost in Translation con una preciosa Scarlett en el paraguas que te propone comprar uno para que no te vuelva a pasar, y es probable que tú ya tengas uno, dos, diez paraguas, aunque, ojo, es probable también que ayer se te olvidara uno en un vagón de la línea 5, la semana pasada se te rompió al salir de la oficina y, oye, ese tiene orejas de oso panda y no puedes decir que no a esa melena que te golpea el hombro mientras se intenta colocar la capucha. Vendido por una tienda minorista que se dedica a ofrecer ese tipo de curiosidades.

¿No debería ser así ya? No tiene sentido que Amazon insista en ofrecerme en todas las webs que tienen su cajita de affiliates una y otra vez cualquier último producto que no he comprado. Puede que ni siquiera lo quiera o no me lo pueda permitir, no es cómodo recordarlo. No voy a comprarlo. Sí, sé que puedes marcar cierta publicidad en Facebook y especificar que no quieres ver anuncios de empresuchas intermediarias entre el Dow Jones y tú, pero ni se le acerca al funcionamiento que realmente entiendo debe tener. Y, de nuevo, contamos, de sobra, con la tecnología y la gente capaz de montar algo así en pocas tardes. Contentas a los anunciantes (que son los que te pagan por aparecer) y contentas a los clientes (que son los que dan dinero a los primeros).

500_mejores_recetas_jamie_oliver.torrent

Segundo plato de la entrada, los emparedados del mañana. Si bien en los párrafos anteriores me he hartado a decir que es algo que ya se puede hacer, o, mejor, que ya debería estar hecho, esta segunda parte la veo real en una década, aproximadamente. Veréis, ¿recordáis la hamburguesa de laboratorio? Pues ya está. Esa es la clave. Crear artificialmente un producto idéntico al que podemos comprar en una tienda. Crearlo, que es fascinante. La idea que se me ha ocurrido para sacaros de pobres desgraciados, llorones y quejicas, es desarrollar (cuando se pueda) una impresora 3D que imprima comida terminada. Me explico, que los ingredientes sean artificiales, que te descargues las recetas y las imprimas colocando un plato de cerámica blanca en la salida de la bandeja del papel y rebosen manjares exquisitos. Es una locura sólo pensar en que alguien haya tenido esta descacharrante idea, sin embargo, cuidado, lo veo. Se puede ir más allá, una máquina expendedora de platos cocinados (impresos) en el momento con diferentes precios según se configure el menú. La tecnología, poco a poco está llegando ahí.

Visto en: A Cullum lo vi en el Huerta del Rey de Valladolid, pero repetiría.

Mademoiselle Dupont quisiera conocer Copenhague en bicicleta

La señorita Dupont insiste en hacer la cama, «No seas vago, venga, no lleva nada.» echando una ojeada al patio interior y la escasa luz que se cuela. «¿Ves?, con estirar un poco ya está.» y se dirige a la puerta, distraída, en la mesa botellines vacíos de Pacífico y uno a medias, su bolso, una fotografía desde Igueldo a la bahía con Santa Clara y, al fondo, Urgull, afrancesado como el bulevar, las callejuelas y alegrado siempre por los bocatas del Juantxo, que Donosti es lo que tiene. Dos tickets gastados del funicular. El aire acondicionado esparce con ruido infernal un suave aroma de la ropa que está tendida en la salita, oso de Mimosín o cabritillo de Norit da igual. Busca en la nevera su botella de agua, rosa, coreando el estribillo de aquél I Think I’m Paranoid de Garbage. La Play con el disco medio fuera aún encendida, todo lo que en la vida manual alguno recomendaría.

Coqueta y atrevida se revisa en el espejo del portal. Melena oscura aquí, goma que tira a gris marengo, ese negro afeminado, allá, y la sonrisa juguetona, curiosa e hipnótica en su sitio. Tan preciosista, tan de manual, tan inquietante, tan veraz. Las gafas, de pasta fina y su, su, su, su, sus dudas infinitas salen por la puerta con la fiereza y el hambre de aquellos leones que mordisqueaban cristianos en circos romanos.

Apenas llega a la siempre concurrida Dos de Mayo y, por lo que más quieran, no disparen a esos hipsters absortos en sí mismos, uno de ellos corrige a un músico que ahora es Volgogrado lo que no hubo de invadir. Y Daoiz se pone celoso cuando se acerca y no es él quien decora el borde de sus ojos, ya la mira con reparo mientras Velarde curiosea y escudriña sus curvas y ella, cauta mas atenta, sólo desea que alguien traiga a Proust, que se lo come. Guajira, cuánto Marcelo para un solo castor.

El calor abrasa y ella, linda, baja por San Bernardo ojeando unas fotos de Ushuaia, «Y me falta un Santaolalla.» se murmura cuando casi se tropieza en el instante en que alguien más tonto y torpe le pisa sin querer los cordones color lila de sus VANS azuladas algo más desgastadas por detrás. Se apoya en el parachoques de un impoluto Jeep CJ amarillo frente al Ministerio de Justicia para atarse con doble lazada esa maraña violeta.

Continúa su paseo pizpireta, feliz en apariencia, contundente, estudiando los pilonos de la maqueta frente a ella y justificando cada decisión de materiales cuestionando los colores, encaprichándose del detalle minúsculo más absoluto y viva la divina vanidad y el consumismo por amor. La decisión excluyente, la pijotería extrema compartida y la única nube blanqueando un precioso cielo azul uniforme en el cielo del centro de Madrid que se filtra por los cristales italianos de unas RayBan de moderno, no va más. Dupont tuerce y sube por Pez sufriendo Stendhal al pensar en un aterrador futuro en el que ella es, simplemente, feliz en una redacción y hay un A380 esperando moverla por el mundo. Duomo y Panteón, torres del San Remo y Guggenheim. No sé quién habrá sido el transgresor que ha decidido ambientar The Passenger con Bartók y Bizet. Atardece en el vagón y ya son tres las cervezas que han caído, los catálogos de complementos de moda y el long-board que ha aparecido junto a la barra. Una botella de vodka con forma de calavera que se inventó un Cazafantasmas.

Y se derrumba y se emociona y se entristece y se cuelan las tinieblas apoyadas en una jarra congelada y se destruye esa fortaleza, esa mirada tiembla. Sonríe complaciente, «Que aquí no pasa nada.» e intenta alegrarte de vuelta mientras inclinas la cabeza como el vagabundo de Disney que no comprende nada a la dama. Ahora es el Alone in Tokyo de Air añadiendo intriga, exculpando mensajeros, esbozando los sollozos de madrugada.

Termina el túnel y el traqueteo acompaña la siesta del metro, si miras por la ventana de la izquierda, de nuevo, la pareja de antes esperando. El sombrero blanco del tipo del contrabajo, la misma salpicadura de sangre. Una chavala entra y mira a Dupont, lleva una camiseta de tirantes con un dibujo de Basquiat. Se cae el plano del museo. El reflejo vagamente visible con la iluminación de los fluorescentes dentro del tren es suficiente para acariciarse el pelo y colocarlo después de jugar con él. Nada peligrosa. Recogida. Tímida. Fugaz. A pesar de lo raro.

Visto en: Rel #7.

Las memorias de las vidas en los ojos de los otros

Cuando la parisina Betsy Drake le recomendaba LSD al único marido que tuvo y quien intentaría utilizar la droga (aún legal en este marco) para combatir depresiones y otros traumas psicológicos, ya había gente que habría escrito textos como éste. Y no vamos a hablar de por qué Cary Grant se divorció de ella después de ver que el ácido 25 de Hofmann no le resultaba. Podría, vamos, que me enciendo y suelto datos algo aleatorios y a veces quedo bien si termino con un guiño. Que sí, que la California de los 60 (y, me apuesto unas cañas, la actual también) molaba mucho con sus clínicas de rehabilitación y las VolksWagen T1 moviendo surferos costa arriba y costa abajo. Eran los 60. Y hasta en Europa nos crecimos entre ye-yés y Dr. Who.

Sí os voy a soltar un rollo que, forzando un poco el tema, tiene que ver con pupilas. Pero no dilatadas por los ‘tripis’. De las pupilas de los ojos de la gente que no conoces de absolutamente nada, pero de quienes te imaginas pequeños instantes de su existencia. Me explico, que no me seguís el juego. Bien, tú haces tu vida normal, con tu familia a la que quieres y a la que ves de vez en cuando, o todos los días, o nunca porque igual ni siquiera los quieres, te cruzas en el ascensor con una asiática en chandal paseando un cocker jadeante, pides vez en la frutería porque mañana viene no sé quién y pretendes tirarte el pisto de tío sano y quieres que te vea haciéndote un zumo de naranja. Saludas al autobusero, sin ganas. Levantas las cejas apenas sin mirar a la mujer de la oficina de abajo y, en definitiva, tienes tu rutina. Cómoda, desquiciante, acogedora, da igual. Vale, todos situados.

Un día esa rutina se rompe. Y haces algo que formaba parte de tu rutina anterior. Vuelves a pasar por el barrio por donde creciste, han puesto un par de semáforos y han cerrado el kiosko aquél. Ahora esa esquina es un bar. ¿Desde cuándo se puede aparcar aquí, es zona verde? Y ahora. Ahora estás. Ahora ves, después de unos meses o años, a un chaval que siempre te cruzabas, que siempre iba en patines, con quien nunca has hablado, un tío que te llamaba la atención por seguir llevando el pelo tazón. Y os miráis, y pensáis lo mismo: «Ah, hostia, el tío este, mira tú, qué tiempo». Pero no queda ahí, te fijas, con cierto descaro y ves que sin patines es mucho más bajito y que mientras él no termina de saber si a ti te queda bien la barba o no tú descubres un tatuaje en su brazo y todo se para, sin conocerlo de nada te imaginas al crío que siempre sospechaste que era mayor que tú sentado en su cama, probablemente después de discutir con su pareja, sacando los pies de los patines oscuros que llevaba y calzándose unas Converse de imitación. El mismo calzado que, en tu cabeza, vistió el día en que una aguja atravesó muchas veces y muy rápido su piel hasta pintar aquella forma. Y ahí lo ves, tumbado en una camilla, su brazo sujeto por las manos que visten guantes blancos de látex, a través de una cristalera que muestra pendientes y motivos del Pacífico sur, iluminada por neones, con la puerta a la izquierda.

Pa. Ese segundo termina y ya os habéis cruzado y no pierdes más tiempo en imaginar cómo habría sido la vida de ese desconocido por quien, realmente, no tienes tampoco cariño alguno, pero le has dedicado ese esfuerzo instantáneo, él no sabe nada de ti tampoco, no sabe ni qué has imaginado si es que has pensado algo y mucho menos sospecha que alguien terminará escribiendo sobre ello. Y tu cabecita tampoco le da importancia. Y sigues caminando aunque sólo te hayas desplazado un par de metros en todo este proceso. Vuelves a los Dalek, al No te quieres enterar, a los Beach Boys, a que la silla de esa tienda de muebles modernos es una imitación tosca de aquella cuadradota de Le Corbusier y a que la dependienta que está recogiendo una lámpara no ha tenido su mejor día al hacerse esa trenza de serpiente en la melena. Feliz cumpleaños.

Visto en: Suiza, mediados de siglo.

Yo escribiré cuando tú bailes

El pasado jueves resbalé con la moto, una Vespa PX 200 del ’99 bautizada como The Townshend, en la glorieta de Rubén Darío, que es una rotonda de una de las zonas guays de Madrid. Terminé en el hospital con una fisura en el pie, muchos moratones, abrasiones, heridas abiertas y una clavícula rota. Poco, muy poco, me ha durado el capricho. Pero el del taller se va a alegrar. Esta anécdota, la del piñazo, a priori irrelevante, sirve como entradilla para que entendáis porqué, debido a la baja, ha aparecido un numeroso grupo de personas (no) pidiendo que escriba, que ahora iba a tener tiempo y ninguna excusa. Y es verdad.

Me aproximo a esto con cariño y lejanía, como si fuese un bar cercano que siempre ha estado ahí, donde el camarero te conoce perfectamente y donde has echado muchas horas, muchas risas y muchos llantos, pero que sabes que no puede ofrecerte más cosas. Con nostalgia. Y, ojo, eso está bien. No quieres que cierre ese bar, por la pena, porque es tuyo, porque has invertido mucho tiempo y esfuerzo en él.

Recuerdo, de crío, en no sé qué curso del colegio, una frase que decía que, en España, no se escriben libros porque no se leen y, a la vez, no se leen porque no se es escriben. Es la típica chorrada de Lengua y Literatura que juega a meterte el miedo en el cuerpo y a hacerte creer que si lees más eres más listo, como una ecuación matemática. Cuando nos da por pensar ya vemos que no hay ninguna relación directa entre cantidad de lectura e inteligencia. Peligrosamente también implica que si escribes mucho eres mejor que el resto. Pero que Anastasia siga follando con Christian. Y ya está.

No es por falta de temas, porque, mismamente, podría ponerme aquí a desarrollar un ensayo sobre algo tan aparentemente trivial y tonto como enrollar manualmente el papel higiénico. Eh, todos lo hemos hecho. Y es una chapuza. Y te preguntas cómo será la máquina que se encarga de ello, si hace girar el canuto de papel o éste permanece inmóvil mientras un brazo giratorio se desplaza a su alrededor, abrazándolo con el papel, primero una capa, luego otra, tal vez ambas a la vez. Quién sabe, tal vez ese mismo brazo va corrigiendo su posición cada décima de segundo. Hay que aclarar esto. Están pasando cosas chungas con esto. Igual hay gente que está muriendo con esto. No. No es por temas. Es por nostalgia.

Me da mucha rabia la gente de unos treinta años, bienio más bienio menos, que habla maravillas de los putos ochenta, los 80. Aquella década de heroína y música pésimamente producida que comenzó con el fallecimiento de Bonzo sólo dos años después del de Moon. No podía salir nada bueno de ahí. Y no quiero decir que todo tiempo pasado fuera mejor, sino que, por una vez, quiero decir lo contrario.

Cuando esta gente habla de esa década, de esos peinados y esas fotos vistiendo un chandal verde con reflectantes amarillos (ropa de yonki, que diríamos ahora), y dice que ojalá pudieran volver allí lo dicen con nostalgia, con mucha nostalgia, pero sabiendo que en el fondo no desean revivirlo ni siquiera superficialmente. Ni por los muertos por el SIDA ni, sobretodo, por las comodidades a las que ahora sí están acostumbrados: ya sea todo el conocimiento del mundo en segundos en la palma de la mano, poder escoger millones de opciones de ocio incluyendo las de cualquier país globalizado, los coches cómodos y seguros que apenas sufren problemas mecánicos, la democratización de la fotografía, ver que el 12-1 a Malta no queda en nada si miramos a Casillas y a Iniesta o, incluso, la carne de Kobe. Los videojuegos eran más difíciles, sí, pero ahora puedes jugar contra tu hermano que está viviendo en Edimburgo y os visita con cierta frecuencia gracias a las aerolíneas low-cost porque ahora volar en avión ya no es un acontecimiento especial.

La nostalgia nos engaña. La nostalgia nos hace venir a este bar. A este recuerdo de hace unos años donde no escribía dos post seguidos sin meter un ergo. Ni los 80 ni la Buhardilla tienen culpa de nada, en realidad. La comunicación ha cambiado y, aunque estoy disfrutando mucho escribiendo esto y recordando el bullicio que se generaba en mi alcantarilla underground, no sé si dejé de escribir porque no se leía o si se dejó de leer porque no se escribía. Pero he escrito sabiendo que se leerá. Cada tap del teclado. Sigue siendo una sensación maravillosa lo de escribir porque haya gente que quiera leerte y no lo de escribir porque yo lo necesite.

No sé cuánto pasará hasta el siguiente click en el botón azul de publicar, pero tal vez haya concluido mi reposo y mi rehabilitación. Tal vez se haya pasado de moda el buey Kobe y las bicis sin frenos ni cambios. Tal vez una factura desproporcionada del taller. Tal vez haya aprendido a colocar bien los hombros, recta la espalda, como en un vals vienés. Ese compás 3/4 tan marcado.

Visto en: 50 Shades of Geko.

Igual

Igual que cuando llega, como ahora, esa sensación de domingo por la tarde. Igual es porque el asesino del libro de Paul Auster se llama Paul Auster o igual es porque lo único que quise hacer con Dubliners de Joyce fue terminarlo. Igual hacía una década que no escuchaba entero éste LP que suena. Igual es que nunca se me hubiera ocurrido decir que las mangas de Blancanieves eran abollonadas hasta que me lo tuviste que explicar. Igual es que me acaban de poner un Bogart y, la verdad, aún no he sabido bautizarlo. Igual el ‘timing’ de todo esto me está jodiendo la merienda, que es agua. Igual mi arte para lo creepy ya ha llegado a su más alto nivel. Igual es que me has hecho más Geko de lo que me sentía desde hace años. Igual es que mi egoísmo está a igual nivel que la maestría anterior. Igual que los agudos de este tema instrumental. Igual es que no he sabido agradecer que no me cruzaras la cara cuando he pisado las hierbas del jardín en el que nadie me ordenó meterme cuatro veces, cinco, tal vez seis. Igual era la media sonrisa acompañada de un «¡Orozco!» las dos veces que me recogí el pelo. Igual Kit Harington. Igual que el temblor en la mano al saber que su nombre era una flor que estaba… no recuerdo dónde y, él, Manuel. Igual que haber tenido que aprender qué es un geranio. Igual es la paradoja de que hablaras hasta tener sueño y todo ésto venía de una pesadilla. Igual es tu repulsión hacia esa porquería llamada kalimotxo. Igual la cordobesa. Igual que cuando te atreviste a soltar un no sé qué en el hombro y otro tal detrás de la oreja. Igual que cuando miras diciendo «Pues, tío, la has cagado.» y agarras un Tomahawk. Igual era Tailandia. Igual que taparme la cara con el pelo porque me conoces tan bien. Igual por juguetear con un boli y una etiqueta de Mahou. Igual que enredar, pero era otra palabra. Igual es que nunca te puse «Cosas que hacer en Islandia» pero sí hablamos de «Amantes del Círculo Polar», que sólo conocía por Amaia y Xabi, y tal. Igual es que la regla aquella que siempre me dijiste que no tenía sentido nunca tuvo sentido. Igual es una camiseta de Jack Daniels. Igual que debí contestar todo, entonces. Igual que cuando preferiste el Rojo Fuego y yo no tenía favorito, pero confieso que el Amarillo, con Pikachu detrás todo el rato me parecía el más mono. Igual es la escayola o igual es la silicona. Igual fue la croqueta que quedó sola. Igual es el tiempo que hace que no pisas una playa. Igual las viejas de la cola de la estación de buses. Igual tu cara de rechazo cuando te explicaba la sensación de velocidad desde el puño hasta el cuello. Igual la tela que tuvieron que cortar. Igual el semáforo parpadeante indicando preferencia o igual el intermitente que no puso el coche aquél y la sonrisa de la madre aquella. Igual que todo esto te resulta impresentable. Igual lo es. Igual es el reflejo de tu impactante melena. Igual es que te gustó el correo que parafraseaba a Hemingway y continuaba diciendo que nunca me he acercado a «El viejo y el mar» y soy poquito de San Fermines. Igual fue el momento en que dijiste que era una pena que tuviese esto tan abandonado. Igual la sonrisa con la que acompañaste aquella firma, sí, justo, la de ahora. Igual «Lolita» de Nabokov. Igual Lulú. Igual las tortitas en lugar de crêpes. Igual los golpes en el hombro por cada disculpa. Igual era aquello del amor propio y no el otro que dijiste. Igual un huargo. Igual ‘tu’ Sara. Igual es una historia de las que oía Patricia. Igual lo bien que pones todo en su sitio. Igual lo que lo necesitabas. Igual es que no me permito estar interesado si fuera fácil. Igual el vestido de princesa que nunca vestiste. Igual que decir ‘pequeñaja’.

Visto en: @.

El encanto de los guantes para conducir

Los que me conocéis (ahm, a estas alturas apostareía que todos) sabéis que me acerco al mundo del automovilismo y ‘la moto’ más desde un punto de vista romántico y clásico que meramente funcional: ir de un lugar a otro, es decir, ir de un lugar a otro pero intentando que sea de la manera más lovely que se pueda y tildando de soso de los cojones a cualquier otro que no lo vea así.

Bien, pues no sólo sigo igual, ahora me han solicitado que vaya un pasito más. Preparando el examen de circulación del carnet A2 (última de las tres pruebas) el profesor se extrañó de que la moto se calase al ir a parar de manera que me pidió que condujera sin guantes o probase con unos más finos a ver si era eso o el propio vehículo. La moto está en el taller por un problema con el embrague y yo salí con una idea que había tenido en la cabeza desde hacía años (probablemente antes de conducir coches) y que inexplicablemente se había quedado oculta en una caja hasta este instante: hacerme con unos guantes para conducir. Sé que suena extravagante pero voy a hacer hincapié en que es algo de lo más natural, más aún si, como decía, tenemos una idea romántica y bobalicona acerca de máquinas de más de una tonelada que mal usadas matan a gente. La cajita que se encuentra frente al copiloto se llama guantera por algo, glovebox.

Afortunadamente para mi enfermizo ego, tras la película Drive sólo la chaqueta hortera se ha puesto de moda entre los hipsters, pasando desapercibido el detalle preciosista de la conducción de Ryan Gosling con el corte clásico de este tipo de guantes, ese que incluye un agujero justo en el dorso de la mano además de los orificios para los nudillos. Será cosa de Meteoro, que me esforcé en dejarlo grabado en la retina. Y eso que, yo, no soporto llevar guantes. Nunca me ha gustado y no creo que nunca me guste. En invierno, si hace frío, me cruzo de brazos con las manos cerradas muy fuerte o meto las manos y buena parte de la muñeca en los bolsillos tirando hacia abajo del pantalón, pero en una moto no soy tan gilipollas como para no tener miedo de caerme y rozarme hasta sangrar.

Los guantes de moto, así como toda la ingente cantidad de ropa y accesorios para motoristas es cualquier cosa menos elegante. Es práctica porque está pensada para un fin que cumple bastante bien: abriga y protege, pero sus colores chillones escogidos para mejorar la visibilidad del piloto raras veces resultan apetecibles al ojo, apenas las dos o tres ocasiones que ponen a un famoso a vender algo (Ewan McGregor. Siempre.), que no es reflejo de la realidad. Algo similar sucede con los cascos sólo que, al contrario, la sobriedad y la falta de dibujos y colores absurdos hace que se coticen menos y su precio baje considerablemente siendo idéntico modelo. Gracias.

Jinba ittai

Como era de esperar yo ya me he puesto en la búsqueda de unos guantes que me permitan circular en ambos vehículos a sabiendas de que, por mucho que se empeñe el personaje de Ryan, conducir un coche con guantes sólo queda bonito si éste es descapotable. Unos que no resulten muy cantosos mientras circulo, que me protejan la mano en caso de accidente y que no me causen mucho calor. Muy probablemente los ELMA de ciervo. Muy a juego con un casco Ruby y gafas.

Visto en: Le Mans. Por ejemplo.

¿Cuánto hace que no descubres una web molona?

Yo mucho, seguro. Tiene una explicación muy sencilla: por un lado que navego a tiro fijo y, por otro, que nosotros ya no creamos webs, creamos servicios. Y, bueno, llega a molestarme bastante. La gente ya no se apasiona igual, supongo. Todos somos unos dejados.

En mi caso, en casa, la única opción que he escogido para mantenerme al día de más o menos todo se limita a internet. Sin televisión y sin radio o periódicos. Quiero decir, paso mucho tiempo en este medio (que, al mismo tiempo, me permite pagar mis facturillas de chico grande) y echo tremendamente en falta la sorpresa. Mucho. El hecho de que antes abrieras un navegador y tuvieses una página de inicio como Google que te obligase a buscar algo facilitaba que terminases en garitos pixelados de lo más divertidos (o tristes, que podía ser incluso mejor). La visión general de las ocho webs más consultadas está bien para acceder a los cuatro sitios de siempre y, al mismo tiempo, bloquea esa radicalización del deseo de encontrar algo mejor, algo que no esté en tu zona segura de navegación.

Hablo por mí (naturalmente) y digo que la última vez que encontré una página cuyo contenido me interesase de verdad, de pasar horas en ella y esperar con ganas las siguientes actualizaciones coincide con la última vez que notaba aquello de las mariposas en el estómago y contaba los minutos que habían pasado desde el último beep del móvil. Hay algo muy jodido en mi cabeza.

La ruptura de la comunidad ha sido, también, clave en este asunto. Pues aunque somos las mismas personas y tenemos la opción de hablarnos de cualquier pijada como en aquél no tan lejano en el tiempo antaño, la comunicación hace tiempo que no la centramos en nada y, bueno, tampoco compartimos nuestros pobres descubrimientos más allá de aplicaciones para móviles de moda durante una semana o tumblrs infinitos sobre temas ya masticados y saboreados hasta dejarlos líquidos e insípidos.

Las mariposas y el beep mataron el dospuntocerismo.

Visto en: Un sábado a la noche.

Cuando alcanzas y superas a tus héroes

Sí, aquí viene uno de esos post de hacerse mayor ya tan desfasados, como todo el asunto de blogs personales, pero bueno, es mi cálido reducto. Y hoy ha sido un día agotador en lo laboral pero motivador en lo personal. Me ha dado por lo ultrasano, de repente, he comprado merluza y me la he cenado. He comprado vainas (judías verdes que dicen de Vitoria para abajo) y me he preparado con ellas la comida de mañana. Y hasta he vuelto a correr (las agujetas me harían ganar un concurso de baile-robot). La culpa de esto último la tiene uno de los libros que estoy leyendo ahora por las mañanas, y digo uno no por ir de guay (que eso ya lo deberíais dar por supuesto) sino porque he desarrollado, repentinamente, la habilidad para leer varios libros a la vez, algo que antes ni me hubiera planteado: Uno para el metro, uno para antes de dormir y otro para cuando tenga ratos vacíos que no sepa con qué rellenar y me dé pereza hacer cualquier otra cosa. El de por la noche es un tomo grandísimo, entretenido, curioso y pésimamente traducido al castellano (una auténtica pena), Nueva York de Rutherfurd, que me regalaron hace año y… bueno, ya tocaba. El de los ratos muertos empezó siendo la colección de Corto Maltés (la que venden en cofres) pero ahora mismo es The Language of Mathematics (intenté comenzar Moby Dick, una edición chulísima que compré en la FNAC de Callao [PUTO PIJO (sí, pero está a dos minutos de mi casa)] en la sección de libros guiris y me costó menos de trece pavetes, pero la he dejado para cuando termine Nueva York). Y, finalmente, el que ha dado pie a este post es un librito realmente pequeñajo, ideal para el transporte público, escrito por nuestro amado Murakami, What I talk about when I talk about running (siete eurillos en la misma sección de la misma tienda) y ni idea de la traducción porque el original está en japonés y no conozco casi nada de ese lenguaje, pero podría hacerme aún más el molón y decir que han patinado con tal cosa o han abusado de tal otra. Pero tampoco hay que malasañear tanto, quiero seguir pareciendo adorable.

Amazon debería pasarme unos céntimos por los enlaces anteriores, ¿verdad? No importa. Murakami habla de sí mismo en una situación concreta: correr. Sus motivaciones, sus aspiraciones a lo largo de las maratones en las que ha participado o la música que prefiere escuchar mientras corre, de cómo cambia la carrera dependiendo del estado de ánimo y otros asuntos personales que han acompañado su vida paralelamente a la escritura y a su afición por las largas distancias y el triatlón. Vamos, el típico libro autobiográfico que le imprimen al típico deportista de élite cuando está a dos telediarios de la retirada, pero expresado desde el punto de vista de un amateur de casi casi sesenta años que empezó a correr a los treinta y pico. Cada dos por tres recurre al tema de las metas personales (constantemente, de hecho) pero tanto de las voluntarias como de las que casi sin darnos cuenta alcanzamos y superamos. Y aquí, buenas noches y bienvenidos, es donde comienza el post.

Nuestro primer héroe, creo que para todos los tíos (con tíos me refiero a humanos con pilila) es nuestro padre. Después nuestros primos mayores y, finalmente algún profesor. Para las tías no lo tengo tan claro, pero imagino que debe ser similar. Hay gente que endiosamos, que nos quedamos boquiabiertos cuando hacen tal o cual cosa, desde dominar un instrumento (algo que no estoy seguro que sea realmente posible, excepto las castañuelas, en serio, parad con eso), competir en carreras de coches para aficionados (y ganar) o cosas mucho más mundanas como arreglar el molesto ruido de un electrodoméstico, la ventanilla del coche o cualquier otro recuerdo de infancia. Mi padre siempre será mi mayor héroe, no sólo porque me gane al ajedrez, sino porque es mi padre. Ya he comentado en más de una ocasión que tengo auténtica fascinación por mis padres y que, pese a haberlo vivido en primera persona, me parece increíble lo que han hecho y la aparente facilidad con la que nos dan todo a mi hermana y a mí. Héroes los dos, naturalmente. Pero, por lo que sea, llega un momento en el que dejas de fascinarte por las habilidades de la gente, de que tampoco es tan difícil cocinar bien (y sano) de que aquél compañero de instituto tan atlético corría mucho pero que con esfuerzo no ves tan complicado alcanzar sus marcas (de entonces), que rejugando aquella pantalla no resulta tan difícil como la veías de enano, que esa persona que parecía un auténtico fiera en tu primer curro probablemente ahora sea incapaz de comprender realmente cómo funciona tal o cual cosa.

Todo natural, por supuesto, afortunadamente, a poco que hagas (bien) con tu vida, te pasas el día aprendiendo cosas y absorbiendo información, datos, procedimientos y poniendo lavadoras. Y de repente viene el miedo. Cuando piensas en la gente para la que eres (si la hay) o para la que serás (si la hubiera) un héroe: críos que se fascinan porque marcas desde la línea de tres y les explicas cómo funciona un videojuego de verdad, por ejemplo. Luego vienen las decepciones, cuando ese crío tenga fuerza y sepa colocar la muñeca o comprenda un simple sistema de físicas à la Box2D o similar. Entonces, en ese momento, llegará la decepción. Y será horrible.

Visto en: Todo aquello de Belle & Sebastian al principio.