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Relatos cortos de tintero

El humano selenita

Terminó con la presentación y nadie formuló ninguna pregunta, solamente se miraban, sorprendidos por la temática, cómo no fueron capaces de pararse a pensar en cómo sería sentirse único en su especie, una vida diseñada a medida que se deslavazaba con el tiempo. Tal vez estuviesen cegados y por falta de fe pensaron que la madre moriría antes de conseguir dar a luz en unas condiciones tan adversas e impropias a las que el cuerpo humano nunca se acostumbrará.

Con vergüenza un hombre viejo inquirió a la universitaria qué tenía que ver todo con los años en la facultad. Ella, que estaba preparada, se sabía la respuesta de memoria, «Pues verá, es sencillo ver la similitud de las áreas tratadas, no sólo por el marco, sino por cómo un humano de medio metro y menos de 4kg con las defensas al mínimo puede viajar a una velocidad de vértigo durante 384.400 km sin sufrir ningún daño». Esto no parecía convencer mucho al valiente preguntón, mas sin duda su compañero afirmó con la cabeza que la chica estaba en lo correcto y se animó a hablar, «¿Cuántas probabilidades había de que conocieras en persona a Ernest M. Botsford y de que se atreviese a hablar sobre todo ello? No muchas, desde luego, enhorabuena por ese pequeño logro, pero dime, si tú tuvieses la opción de intentarlo, ¿no lo harías?, ¿no te sentirías tentada a crear y desarrollar vida allá donde los transbordadores lleguen? Nada de colonias de insectos, vida con mayúsculas, asumir los riesgos de que, por el camino, se estropee todo, pero imagínate, conseguir un ser humano de Marte… ¿No te resulta fascinante?». Ella ya no entendía nada, o era él quien no quería entender, los problemas se repetirían aunque cambies el lugar. Intentó explicarle de nuevo que, con los mismos riesgos y con los mismos resultados la vida de la persona marciana sería similar a la de Ernest. El hombre negó con la cabeza y preguntó con indiferencia si ella creía que su tesis no valía para nada, viendo que no contestaba se adelantó a decir que en más de veinte años nunca nadie se molestó en estudiar cómo sería el comportamiento de un apátrida espacial, de cómo tratar un tema tan absurdamente novedoso como la suma de un nacimiento y la Luna. Con Marte no debería pasar lo mismo, evitó decir que Ernest fue un error, o que la gestión posterior a la borrachera de portadas lo fue, reconoció que, tal vez, mantener la paga y administrarla mediante terceros sin a penas contacto con el chico no había sido una idea brillante. Concluyó con un esperanzado mensaje en el que confiaba en crear una base fija en Marte, no donde nacieran niños pero sí donde habitasen humanos durante un tiempo más que largo.

Convenció al resto del jurado para condecorar a esa tesis con la máxima nota posible y ofreció a Ernest borrar su pasado e inventarse uno nuevo desde cero, algo que, tras meditarlo brevemente, rechazó. Por consiguiente se cambió su lugar de nacimiento a la Luna, pero especificando la dirección del departamento de la NASA encargado de la Misión Embrión.

Recaudó fondos suficientes para hacer su propio bio-pic, que resultó un éxito de taquilla pero no dejaba de ser una mala película, mientras su pareja optó y consiguió un puesto que le obligaba estar a caballo entre Cabo Cañaveral y diversas oficinas del CERN, se especializó en psicología cosmonauta, comprobando si los aspirantes a habitantes del espacio sufrirían algún tipo de problema psicológico allá arriba.

Desde la NASA se instó al gobierno para que acelerase el proceso con el que sacar una ley que impidiese a la prensa tratar a los astronautas y familiares como personas públicas, de modo que si lo hacen serían bajo responsabilidad de ellos mismos, sin ningún vínculo con la Agencia Espacial y sus operaciones.

Visto en: Rel #5.

6 respuestas a «El humano selenita»

La historia, bien molona, como dice Ellohir, muy a lo Asimov. El fallo ha sido querer darle un final, que no era narrable en cinco páginas. Si quieres cinco páginas, lo dejas abierto, si quieres final, te hace falta el doble, para que no parezca que se corta abruptamente y el final va un poco pegado como un pegote. Pero me ha gustado, eh?

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