El absurdo drama de los ‘spoilers’ de los argumentos

El reciente día 14 finalizó la séptima temporada de la serie Cómo conocí a vuestra madre, han preparado un doble capítulo que lanza al aire nuevas preguntas mientras contesta otras. Como putita chillona que soy, una vez terminada cada una de las dos partes lo he pregonado en diferentes medios y he recibido comentarios de todo tipo y un par de tijeras voladoras que he tenido que esquivar. Parece que «No hay derecho a que nos destroces el final».

Dorpsomroeper / Town-crier

Mi respuesta a este tipo de cosas siempre es igual: no tienen ninguna importancia. Todos los de mi generación sabíamos que Darth Vader era el padre de Luke antes de ver Star Wars. Y todos hemos visto la trilogía (¡las trilogías!) sin ningún problema, incluso varias veces, conociendo de antemano el giro argumental y ese drama familiar de una galaxia muy, muy lejana. Sólo hay que ponerle perspectiva temporal, cuando las televisiones se marquen largas semanas de reposiciones de la serie los que se acerquen a ella por primera vez ya sabrán que la madre es tal o cual personaje. Es más, cualquier tráiler de cualquier película cuenta el argumento completo en dos minutos y medio y aún así pagamos dinero en el cine por ver una película.

Si seguimos una serie no es sólo por el cómo terminará, sino por todas las bromas relacionadas con capítulos anteriores (sobretodo en una serie como ésta) y disfrutar de los personajes. ¿Acaso si supiésemos desde el principio quién es la madre (el mayor misterio de la trama, obviamente) de los chavales no la veríamos? Para nada. Aún conociendo todos los detalles esperaríamos cada semana para guardarnos veinte minutillos y poder disfrutar de las historietas de estos tíos.

La gente se toma muy mal no descubrir por ellos mismo qué es lo que sucede. Parece que prefieren ponerse en la cara esos extraños objetos de cuero que llevan los caballos para que no se asusten y caminen recto sin miedo, impidiendo ver los laterales. Recuerdo cuando emitieron en la BBC la tercera y última aparición de Sherlock, tanto Facebook (amigos británicos cuyas actualizaciones me aparecen impepinablemente) como Twitter u otros medios no dejaban de soltar morralla sobre el episodio, no fue un fastidio leer lo que ponía (al fin y al cabo, a poco que siguieran la historia original, el personaje principal fallecía sólo de manera momentánea pues Doyle lo resucitó, cosa que ya sabemos desde hace casi un siglo). No me reventaba el alma el hecho de enterarme de cositas, lo que me jodía, simple y llanamente, era no haberlo visto aún, no como estas personas que escribían según iban viendo el episodio en la televisión.

Otro ejemplo claro son los premios de los concursos. Cuando alguien se lleva un buen pellizco en un concurso de la televisión (siempre que no se emita en directo) anuncian con anterioridad que en tal fecha se verá a un concursante llevarse cientos de miles de euros, por poner un ejemplo. Aparece en periódicos, webs de televisión, noticieros de la cadena etc, todo con intención de elevar el número de espectadores (y subir la tarifa publicitaria de la cadena en esa franja horaria). Tarde tras tarde tú viendo el dichoso programita pensando si será hoy cuando aparecerá una persona que acierte todas las preguntas y resulta que, cuando esa persona aparece, te enteras de ello por muchas y variadas fuentes antes de por el mismo concurso. Sin dramones.

Visto en: Barney se casa con Robin, Ted vuelve con Victoria (el día en el que ella se iba a casar, pero la dejará porque dijeron que conoció a la madre de sus hijos de otra manera) y el niño se llama Marvin Wait-for-it Eriksen.

Códigos QR en los boletos de lotería

Voy a contar una idea que propuse en mi anterior oficina a mediados del verano pasado y que echaron por tierra por ser demasiado quijotesca (que no lo creo). Veréis, siempre que voy a casa de mis abuelos termino comprobando a través de la web específica cosa que desde el teléfono móvil es bastante tediosa. Bueno, le di dos vueltas rápidas al tema y llegué a la conclusión de que podríamos aprovechar las cámaras de los dispositivos móviles con conexión a la red para ver si están premiados con un simple escaneo. Es lo que hacen las administraciones de lotería, sólo que cambiando el código de barras propio por una de esas feísimas imágenes (que, incluso personalizadas, siguen siendo feas), problema mucho menos importante si en lugar de un boleto clásico, con imagen y florituras, nos dan el papelito de resguardo (mismo valor monetario pero nulo valor estético, de vergüenza).

Bueno, ya sabéis por dónde van los tiros, necesitamos crear un código QR que enlace con la web de resultados y nos verifique si hemos sido afortunados o no sin tener que introducir los datos (fecha, número, fracción y serie) a mano como en la imagen de ejemplo,

Ejemplo de comprobación

Pues venga, manos a la obra, vamos a cualquier generador de códigos QR un churro de texto que luego pueda desmenuzarse de manera que los de las loterías nos digan cuánto hemos ganado. Lo ideal sería parametrizar a las claras la dirección así que tendríamos que tener colaboradores en Hacienda que pudiesen adaptar el funcionamiento del portal permitiendo atacar el comprobador con algo como http://www.loteriasyapuestas.es/mod.resultados/mem.comprobarBoleto?juego=Loteria_Nacional&fecha=20120512&numero=12345&fraccion=1&serie=12, o, lo que es lo mismo,

Código resultado

Falta el último paso, añadir el dibujito generado dinámicamente en su correspondiente trocito de papel,

Décimo final con código

Visto en: Sanildefonsadas.

Las flechas de las cajas de mudanza

En mi aún corta vida he sobrevivido a más de media docena de mudanzas y el encontrarnos con cajas embaladas del último o el penúltimo cambio es algo habitual en nuestra familia. Cualquiera que haya pasado por algo similar sabrá la risa (y vergüenza) que suponen esos momentos, los familiares cercanos terminan guardando algunas de estas cajitas de las cuales todas las partes se olvidan hasta que reaparecen años después. Si os habéis fijado en las típicas cajas de mudanza (o en las cajas grande de paquetería, lo mismo me da) suelen incluir, en el mejor de los casos, una iconografía específica que ayuda a los operarios, nosotros, a saber cómo debemos manipular la caja para no dañar el contenido; si podemos apilar más de dos o tres cajas, si se puede arrastrar o inclinar y, finalmente, las flechitas.

Siempre he tenido un problema con esas flechitas y, aprovechando el reciente día del libro y que lo que estoy leyendo actualmente (The Design of Everyday Things, de segunda mano en Amazon Reino Unido y que por tanto puede sonaros haberlo visto en mi pedigüeña lista que acompaña la caja de comentarios) se mete de lleno en el tema de la señalética y disposición de los elementos y las facilidades o inconvenientes que los propios humanos nos creamos cuando debemos interactuar con otros objetos.

Si vemos el dibujo tachado de un monigote característico empujando por el suelo un bulto lo identificamos correctamente con que no debemos arrastrar la caja. Es rápido, sencillo y eficaz. Por sí sola una flecha no indica nada. Primero, porque es una flecha, símbolo que indica direcciones, no posiciones. Esto ha llevado a que cada fabricante de cajas que he visto pasar por casa haya dispuesto de diferentes flechas decoradas de las más variadas formas para intentar hacer entender qué era arriba y qué era abajo, la más visual, a mi juicio, era algo similar a lo que os pinto aquí debajo:

Icono representando las flechas y ejemplo sobreimpreso cutremente en una caja

Te haces a la idea de que las flechas miran hacia el techo porque, generalmente, siempre hay más espacio del techo al objeto que del objeto al suelo. Como vemos, en casi todos los casos, la flecha por sí sola dice tan poco que es el entorno el que le da un cierto sentido al mensaje, tanto es así que podemos encontrarnos (como me ha pasado a mí en la última caja que he visto) ocasiones en las que la flecha podía desaparecer completamente de la lista de dibujos. Un ejemplo lo he encontrado en Flickr y da bastante risa.

UP, de musique nonstop

Si dibujamos una flecha y aún así nos vemos obligados a poner que la flecha mira hacia arriba escribiendo, «Arriba», algo gordo falla. La flechita de los cojones, vamos. Mi duda es, ahora que ya está todo el planteamiento realizado, ¿por qué seguimos dibujando flechas que nadie conoce exactamente su mensaje correcto? En el ejemplo de la foto, lo que realmente da información sobre cómo debe colocarse está escrito a mano. Fatal.

Vale, ya está bien de quejas, aquí presento mi solución que, como imagino, ya existirá por ahí pero aún no he tenido el placer de encontrármela. Todos sabemos cómo es una silla y qué parte de la silla se apoya en el suelo. Si vemos el dibujo tumbado al revés sabremos identificar que la caja está colocada incorrectamente. Sigo con las magníficas creaciones digitales, que hoy lo he cogido con ganas y me ha dado hasta por hacer la versión masculina y femenina:

Silla y persona. Chulo, chulo, oiga.

Pues ya está, creo que sería algo claro y que no deja a nadie pensando si la flecha indica que debe estar de una u otra manera porque, obviamente, no hay flecha. Deja de ser necesario incluir palabras junto con la simbología (adiós a las traducciones) y hace que la gente se fije porque, al menos, es distinto. Esta ha sido mi contribución de hoy por un mundo mejor. Espero la hayan disfrutado y gracias por viajar con nosotros en una noche de luna como esta.

Visto en: Felices futuras mudanzas a todos. Guiño, guiño.

La relación entre civismo y economía

Aprovechando mi reciente viaje a Nueva York quiero dejar por escrito unas situaciones (curiosidades que no llegan a anécdotas) que tienen lugar en el Manhattan. Vienen al pelo por el tema de los disturbios generados por la huelga general que hemos vivido (soportado) durante el día de hoy.

Es tu ciudad, respétala

Si hay algo que llama la atención del Midtown Manhattan, la zona que más me pateé, es lo sorprendentemente limpio que está todo teniendo en cuenta el poquísimo número de papeleras que hay por las calles. Contamos con millones de personas por las calles, millones, y la gente tiene la decencia suficiente como para intentar dejar las aceras y los parques relativamente limpios. Un parque, con cientos de personas, a reventar, y lo cuidan. Todos imaginamos el resultado de meter a un grupo de siete amigos con unos zumos en una plazuela desierta. Y es sencillo ver porqué, si no ves a nadie tirar la basura al suelo, te da más palo hacerlo si es que tienes intención. Si, además, al hacerlo la gente te mira mal o incluso te llama la atención con un cabreo claro, dejas de hacerlo. Es la mayoría, no un abuelo que llama la atención a nadie y puede ganarse un susto por atreverse a hacer lo que cree que debe. Supongo que esto viene de la cantidad de gente foránea que se instala en la ciudad y pretende mantener lo que se encontraron con la mayor calidad posible. Los turistas vamos allí a dejar nuestro dinero, tanto el tío que vende perritos calientes en la calle como el museo de turno quieren que su zona esté lo más limpia posible. Y la gente lo sabe.

Oiga, esta persona está molestando

Esto me llamó mucho la atención y estoy convencido de que por aquí sería muy difícil de ver. Primer caso, Madison Square Garden, NY Knicks contra Indiana Pacers. Un hombre (no un crío) rocía con cerveza a los espectadores cercanos porque le parecía algo gracioso. Los agentes de control avisan a los de seguridad y el público aplaude a éstos cuando aparecen y, sobretodo, cuando se lo llevan. En cualquier estadio de aquí se hubiese unido otro anormal a la fiesta espumosa para hacer más ruido, más tonterías, y, al final, conseguir que los de alrededor lo pasen mal. ¿El punto de vista económico? Pues que si cobras 200$ por entrada y pretendes que la gente vuelva (crear afición), tienes que conseguir que se lo pasen lo mejor posible, si un desgraciado te va a arruinar la noche, se corta de raíz, ni avisos ni amonestaciones, fuera del estadio.
Un caso más radical pero igualmente efectivo lo viví en una manifestación de Occupy Wall Street. Aquí dicen que es el 15M de allí, pero nada que ver, pintan flores en el suelo con tizas de colores y la gente está con los niños sin que rulen porros ni levanten la voz. Para empezar, allí a las manifestaciones se va con un tambor y una vela, sin megáfono, flipadlo porque yo me quedé de piedra. La policía estaba al tanto y escoltaba la marcha, ¿pasaba algo? No, ninguna confrontación, al contrario, los integrantes de la manifestación solicitaron a los agentes que se llevasen a un individuo que estaba levantando la voz más de lo deseable y tenía intención de abroncarse con cualquiera. Sin patadas a las papeleras, sin pedradas a los edificios, sin llamas ni escombros. Y, ojo, que los periodistas iban detrás haciendo fotos igualmente. Que tengan motivos como la economía para quejarse no quiere decir que sus protestas sean, para nada, violentas.

La policía no acojona (porque no quiere)

La mayor curiosidad de todas. La policía y los bomberos (que en algunos casos son cuerpos creados sólo por voluntarios). Yo no sabía qué esperarme de la policía de Nueva York, pero los agentes de calle con los que me encontré no tenían nada que ver con lo que me imaginaba. Para empezar, no vi a ninguno devorando donuts. Allí no se hacen respetar porque la gente ya los respeta. No tienen que imponer nada porque los ciudadanos dan por hecho que los van a ayudar. Y vale, es como se supone que funciona, pero joder, te llama la atención el hecho de que funcione. Si aquí, en cualquier parte, tienes miedo de buscarte cualquier multa por cualquier chorrada porque sabes que te la colocarán a la mínima, son odiosos, yo he tenido muy malas experiencias con los policías españoles. Nunca he sentido que esta gente esté para protegerme, los he visto siempre engreídos, un perdonavidas con carnét. Allí son, literalmente, héroes. Los primeros que vienen a preguntarte si te has perdido cuando te ven con un mapa, los primeros que se echan unas risas con un niño que está saliendo de un colegio, si es que les falta ayudar con la compra a una anciana cruzando una calle, joder, que parecen policías de Fisher Price. Y todo es fácil de entender: ten la mejor experiencia posible (y vuelve con más dinero de tu país a gastarlo en el mío).

Nunca había encontrado algo así. No hablo de España, hablo de todos los lugares que he visitado. Incluso aquí no hablo de Nueva York (que es inmenso) sino de una parte de Manhattan (aplicable también a Lower Manhattan, que es donde se encuentra Wall Street). Es todo una fantasía, todo una idealización, pero les funciona. Se portan bien para que tú te portes bien y así todos somos felices. Me dio mucha envidia. Comprenden que necesitan trabajar para vivir, y se ponen todas las facilidades que pueden para que todos puedan trabajar, entre ellos, esa es la puta clave que aquí no queremos ver. Nunca he sido partidarios de las huelgas (además, en mis años de estudiante serio, como coincidió con el gobierno del PSOE, no se forzaron las huelgas estudiantiles que yo veía en la tele durante el gobierno de Aznar, que caía una cada trimestre). Nunca he creído que paralizar una parte del país, reducir drásticamente su economía de manera puntual (y la violencia que se deriva de la masificación de cafres con un día libre y, aparentemente, el visto bueno de la sociedad para destruir todo tipo de enseres urbanos públicos o privados) sirva para reflotar esta misma economía mientras nos autoengañamos con una estúpida guerra de clases. Pero bueno, esto es subjetivo y no vengo a inculcar nada. Vengo a dejar por escrito esos detalles de mi viaje. Unos pocos momentos que, al vivirlos, no me los podía ni creer. Si cuidásemos mejor todo lo que tenemos por aquí y ponemos una pegatina de «Cuida y respeta tu ciudad» junto a cada graffiti chorrón creado con pintura de mala calidad, junto a cada símbolo político mal pintado ya sea de flechas y yugo o de a mayúscula en un círculo, si recordásemos que las calles son nuestras, sí, y por tanto tenemos que mantenerlas bien bonitas, a lo mejor podríamos entender qué quiere decir ese manido I Love NY. Ellos están orgullosos de su ciudad porque la entienden como suya y todos participan en mantenerla y ayudar a que crezca, sobretodo teniendo tan presente el ataque a las Gemelas. Nosotros tenemos que darnos motivos para estar orgullosos de nuestras ciudades, y copiarles ese civismo con el que actúan cuando vienen mal dadas. Porque está muy claro que el sistema (que se han inventado, cosa que de rebote deja sin argumentos a los antisistema más puristas) les funciona. Y es para quitarse el sombrero, al menos en esa parte de la isla.

Visto en: Midtown.

Libros (de verdad) de segunda mano

Caballeros, buenas noches. Os podéis sentar por ahí. Sí, apartad eso y… sí. Veréis, tengo un problema. Me gusta tener libros. Como objeto físico, como una colección de páginas numeradas, como unos cuantos cientos de gramos de papel. Y es caro. ¿Cuál es el precio de una novela en España? No sé, una burrada. Además, comprar un libro no tiene encanto. Cuando los compro aquí suele ser en El Corte Inglés, ¿el motivo? Uno de ellos me pilla cerca de casa y el otro cerca de la oficina, además, suelen tener una basta colección. Como suelen ser regalos, me los envuelven con un mínimo de maestría y un mínimo de interés, aún así el resultado mejora por mucho cualquiera de mis mejores intentos por envolver cualquier cosa.

Ya empiezan a quedar lejos los regalos navideños, pero oye, feliz año a los del fondo. Creo que uno de los éxitos de estos Reyes, Papa Nöeles, Olentzeros, lo que celebréis, ha sido el Kindle. Se siguen diciendo muchas y muy buenas cosas de él. Una cosa está clara, la gente, ahora, lee más. Y todos lo terminan recomendando. Yo he tenido uno en mis manos y la verdad es que es una pieza de hardware relativamente maja, no es la hostia, pero, es una cosita bastante llamativa. Pero no me sirve, la verdad. Leo bien en él, y me parece cómodo tener una colección de libros tan a mano, o que pueda servirte para hacer otras cuatro pijaditas concretas, pero no me termina de llamar. Creo que, para un caso tan concreto como el mío, mi sistema es mejor. Porque se adapta a mí, obvio, que es a quien me interesa que le funcione.

Si he escrito esta entrada es, simplemente, porque la semana pasada dejé a medias un libro y no tengo ningún remordimiento. ¿Cuál? Este, Where wizards stay up late. Y, ojo, que es un libro interesante en cuanto a contenido, pero que está narrado de una manera aburrida desde mi punto de vista, llegué a algo más de la mitad y, joder, sólo les falta indicar cuándo iban a cagar o qué marca de café desayunaban cada mañana. Me di cuenta de que llevaba un par de semanas paseando el librito de acá para allá pero nunca me paraba a leer como antes. Lo dejé, cogí otro de los tantos que tengo pendientes, Tough guys don’t dance, y en una semana y media me he ventilado una quinta parte leyendo sólo en los 20 minutos de trayecto de bus de cada mañana. Para mí, es felicidad.

Books ...

Compro los libros en la tienda británica de Amazon. Compro los libros usados, cogí uno para probar y ahora rara es la vez que me intereso por los nuevos. Un libro usado tiene, es mi opinión, unas cuantas ventajas frente a un libro nuevo.

  • Precio. Cada libro me suele salir por dos libras con envío, vamos, que ni me lo pienso si estoy seguro de que quedará bien en la estantería y parece mínimamente interesante. Si resulta un coñazo, joder, no ha sido ninguna inversión desproporcionada.
  • Sigue oliendo a libro. Y tiene las páginas oscurecidas y probablemente una hoja doblada (cosa que encuentras en uno nuevo con cierta frecuencia) pero lo coges y… ¡huele a libro!
  • Usado, no destrozado. Una vez dejé un libro a un compañero de clase, en segundo de la ESO. Me lo devolvió lleno de post-it con preguntas acerca de la trama, me pareció curioso. En otra ocasión presté un libro (El Quijote) a una amiga de mi hermana, discutieron y nunca volví a saber de ella ni, obvio, de mi libro. No he vuelto a prestar un libro. Creo que la gente no los cuida, no les da importancia. Ahora, cuando esta gente pone que el estado es casi nuevo hazte a la idea de que parecerá que lo acaba de sacar de la tienda, ni un rasguño
  • El catálogo es más amplio. Si el libro ha llegado a editarse, lo tendrás disponible. Fin. Si ya no se distribuye en librerías, en el mercado de segunda mano sí. Y, generalmente, por cuatro perras.
  • Haces amigos. Esto es un puto caso particular así que no le hagáis mucho caso, pero me parece entrañable. Compré un librito, la biografía de Tony Hawk. No me llegó ni a una libra con envío. Se lee muy fácil, trae fotos, nada más comenzar ya te habla del 900. En la primera hojita el libro tenía el nombre de un chaval, busqué en las páginas amarillas actuales y di con el tío. Le comenté que tenía su libro. Es un chico estadounidense que vendió su libro a un particular y no sabe cómo terminó en una librería de Bristol que opera a través de Amazon (donde lo compré yo).

No vengo a evangelizar a nadie, pero creo que, ahora que hay tantas discusiones chorras sobre libro electrónico sí o libro electrónico no, poniendo como dato más relevante el precio o la facilidad para adquirir libros, se nos debería escuchar a los que hemos tomado la vía del medio, que no nos preocupamos de manchar las hojas o apoyar el libro en cualquier sitio, de que si lo dejamos olvidado en un remoto lugar que no recordamos no habremos perdido más de 3 euros. Aparte de que cualquier aparato electrónico es muy goloso para los raterillos de palo y nadie roba libros, o, si lo hacen, es simplemente por putear. Está claro que el mayor inconveniente que tiene mi sistema es el idioma, que o te acostumbras a leer en inglés o estás más que jodido, pero hoy en día todos tenemos capacidad para leer en este lenguaje aunque pensemos que no. Cierto que con un Kindle puedes consultar un diccionario al momento, pero ahora mismo y en cualquier instante a ver quién es el tonto que no puede mirar en el móvil o en un ordenador cercano qué significa tal o cual expresión que no conseguimos sacar por el contexto. Está claro que si no estás acostumbrado a leer porque no te gusta leer vas a tener el mismo problema siempre tanto en castellano como en cualquier otro idioma, porque no te gusta leer. Y punto. No leerás más ni con el libro de papel, ni con el electrónico, ni con los resúmenes de la Wikipedia. Olvídate porque no es para ti, y no es ni bueno, ni malo, ni mediopensionista.

Yo llevo un par de años y pico con esto y mi inglés ha mejorado, gasto muy poco dinero y salvo para casos concretos donde necesito últimas ediciones (libros técnicos revisados), encuentro perfecto los libros ya leídos pues, al igual que muchas otras cosas de segunda mano, no dan asco ni son peligrosas.

Diet Mountain Dew, baby, New York City

El día 13 de marzo vuelo hacia «la capital del mundo». Mi primera vez allí, es el regalo de bodas que hago a mis padres por su vigesimoquinto aniversario de bodas. Para esto sirve el matrimonio. Tengo ganas. Una semana en Manhattan. ¿Os imagináis que ligo? En la oficina han abierto las apuestas, debería compincharme con alguien para sacarme unos duros. Ya he apuntado dos o tres librerías que me gustaría visitar, una de ellas tiene un amplio catálogo de segunda mano. No he titulado este parrafito así sólo para poder colocar un gancho como Lana del Rey desnuda, Lana del Rey follando, Lana del Rey tetas, u otras cosas que tantas visitas me proporcionarán de modernetes salidillos, sino, también, para decir que el precio de la tecnología allí (que no es una ganga, pero “salimos ganando” al comprar de manera local con moneda local) me ha hecho plantearme la idea de adquirir un Kindle, el modelo más absurdamente barato que encuentre, en alguna tienda física. Y me lo planteo simplemente por el hecho de que me gustaría tener uno y trastear con él, luego supongo que terminaría cediéndoselo a mi madre, que le sacaría más partido que yo, y posando mi capitalista mirada en otro juguete más nuevo, más chachipiruli, que sea tan diferente, tan natural, tan divertido y especial, tan adorable, tan perspicaz… tan ocurrente, tan singular, tan él, tan seguro, tan casual, tan sorprendente, tan superguay.

Visto en: Penguin o Bloomsbury, por ejemplo.

Vinilos y surcos mentales

Desde hace semanas estoy realmente obsesionado con el trabajo de Dieter Rams y la culpa es de las entrevistas a Erik Spiekermann y la trilogía filmográfica firmada por Gary Hustwit (mientras espero que alguien suba a Demonoid el último tercio). Yo antes era una persona normal, pijotera, pero normal. De esas películas, el documental sobre Helvetica está sorprendentemente bien, la de diseño industrial comienza bien, con Rams, quien ya conocía de oídas gracias al tipógrafo ahí enlazado cuyo trabajo me ha tocado seguir y quien se declaraba fan del diseñador de Braun, y continúa ojeando por encima el trabajo de su heredero natural Jonathan Ive. Bueno, si os interesa, comprad el DVD (NANA NANA, NANA NANA, ¡BATMAN!).

Braun es una empresa que, para mí, siempre había pasado desapercibida. Sus afeitadoras me parecen (sin haberlas probado, lo que es un juicio completamente injusto) una serie B comparadas con las de Phillips. Lo poco que recuerdo son batidoras y tostadoras, nada que llame mi atención. Cuando me comencé a sumergir en el mundo de Dieter Rams (quien diseñó una serie de productos para la marca alemana en los 60 y 70 y que hoy en día sigue permitiéndose el dudosos lujo de llevar pantalones cortos y americana) me encontré con uno de los artilugios musicales más bonitos y llamativos que jamás podría haber imaginado, un tocadiscos, o giradiscos, o plato o como prefiráis llamarlo ahora. Este de la imagen es un ejemplo de uno de los modelos más sencillos del catálogo que nos dejó en herencia bajo la patente de Braun.

No es mi favorito, podemos encontrar algunos de ellos en el Tumblr que le han montado (no todo son gatitos ni líderes coreano en ese portal, afortunadamente) y me encantan. Tanto como para haber buscado ya algún modelo asequible de segunda mano. Releed la frase anterior, omitid lo de asequible, continuad con el post. Lo retro se paga mejor que lo nuevo a estrenar, tanto es así que el iPod de 30GB cuya pantalla tiene unos arañazos y la clavija del Jack sigue estropeada va a serme más rentable que un plan de pensiones. Calculo que en 2030 lo podré vender por medio millón de gigaeurólares. Recuerdo con cariño el episodio de Cowboy Bebop en el que se las ven y se las desean para encontrar un reproductor de vídeo Beta, Habla como un niño.

Este año no he escrito lista, no hace falta, no dejo de pedir, soy el capitalismo personificado. No compro nada por motivos meramente económicos, no si me hace falta o no, simplemente porque no lo puedo pagar. Pero joder, os aseguro que, de ser rico, no sería uno de esos horteras que se compran un Hummer y camisas de firmas exclusivas que no saben conjuntar. Sería de agradecer.

¿Y a qué viene esta paranoia sonora aderezada con una pequeña introducción al diseño industrial? Simple. Me he encontrado por ahí a la venta en una tienda con el vinilo de Band of Joy, junto con unas reediciones de Metallica, he recordado la colección de mi padre (las discografías completas de King Crimson, Led Zeppelin, Pink Floyd… ahm… Emerson, Lake & Palmer, Yes, por supuesto, algo suelto de Simon & Garfunkel… Deep Purple… joder, así he salido yo, ya sabéis). Y la música digitalizada está bien, un .mp3 guarro o los 256kbps de Spotify Premium en el bus que pagas religiosamente profeses la religión que sea. Es muy cómodo, no tienes que pensar en qué disco está grabado tal o cual tema o si era de este o aquél artista porque, en la mayoría de los casos, buscas la canción y ahí está, inmediatamente, como magia. Y joder, está genial, es un puto inventazo, inapelable.

Ahora. Llegas a casa, ¿vale? A tu casa, tú solo, o mejor, te espera tu pareja que ha salido algo antes que de costumbre o no ha pillado tanto tráfico. Y vas a la estantería, selecciones con precisión el vinilo que contiene los singles de Gorillaz, pinchas la aguja, suena ese característico “Gsh…”, giras la ruleta del amplificador y vas a la cocina, preparas algo fácil de cena al ritmo que marca el ex-componente de los grandes The Clash que acompañan al de Blur. Tu novia [imaginaria] sonríe con ese «I’m happy!». Y sí, sería prácticamente igual si conectásemos nuestro teléfono súperinteligente a un altavoz o una microcadena. Pero es que toca cenar y coges dos putas velas y regulas la intesidad de la luz y suena una una guitarra con acordes de sobra conocidos y es ella quien se lanza con «Di, diriririri, and here’s to you, Mrs. Robinson!» cuando tú aún estás bajando la tapa del plato y le devuelves la sonrisa que antes te había regalado. Giras el dial para bajar el volumen sintiéndote el mejor pincha de la historia de la música popular y cuando te quieres dar cuenta el condor ha pasado y estás disfrutando del puto mejor risotto que jamás hubieras imaginado siquiera degustar. ¡Joder!

Visto en: Fantasías de aguja con punta de diamante.

Rapsodia de un Hércules olvidado

Jingle all the way. Y qué tipico en Navidad es llevar a los críos al circo, al cine o a donde les apetezca mientras pasean. Por eso emplazan las ferias en vistosos rincones que llaman la atención del ojo del niño, con su pelo revuelto, la bufanda de lana y una piruleta enorme en la mano.

Tiovivos, norias, artículos de broma. Niebla, chocolate caliente. Luces, muchas luces de colores que se cuelan entre la iluminación naranja que entristece las avenidas. Música en la calle, «A Belén, pastores». Prisas, sonrisas, «No importa, por 10 euros más no nos vamos a andar complicando, tiene el capricho». Paquetes, papeles, ojos fascinados que saltan de un regalo a otro, de un escaparate a otro. Ay, los niños. Todo por los putos críos. Como montar en las atracciones de pega.

Disney wannabe

Enfrente de la oficina han montado un “Tren de la bruja”, o como lo llaméis en vuestro barrio, con todos los elementos kitsch que la mentalidad de un infante puede asumir, «Un mundo ideal, un mundo en el que tú y yo podamos decidir cómo vivir sin nadie que lo impida». Y venid, que yo os quiero mostrar ese fantástico mundo. Desde el punto de vista de un pequeñajo como yo he sido (y recuerdo) y desde el mío propio actualmente (como en el momento en el que hice la foto). No cuela. Ese es el resumen. Si tienes 3 años sí, porque tus padres te cogen de la mano con todo el cariño de su corazón, porque son personas que te quieren y desean lo mejor para ti y para tus hermanos si tienes, que quieren protegerte y están dispuestos a ridiculizarse para que veas a los personajes más reconocibles de la infancia. Es cierto que ahora Rayo McQueen se identifica antes que Bambi o Mudito, pero obviemos el salto generacional. De crío, la primera vez hasta lo disfrutas, hay tantas cosas en las que fijarte que ese [naturalmente] cíclico recorrido termina siendo escaso, tu curiosidad insaciable pide más vueltas, memorizarlo todo, asombrarse y añadir a los ojos marrones del niño más bonito del mundo ese brillo especial que no se paga con dinero (dejamos de lado el precio de la entrada, por favor, seguidme el juego).

Esa fijación tan exquisita favorece que el despierto chaval vea ese mismo tren con ojos de escepticismo la siguiente vez. «¿Por qué mis papás dicen que Eurodisney es inaccesible si hay atracciones como esta con relativa frecuencia?, ¿por qué los ojos de ese Pinocho no son exactamente iguales que los que aparecen en toda la película?, ¿y aquella Daisy con ese vestido?». En efecto. Y los niños no son tontos, se dan cuenta, pero joder, el viaje aún les resulta divertido, montemos de nuevo. Y si los enanos se pispan, obviamente, los adultos (que fueron esos niños) también.

¿Entonces, más de un mes sin actualizar esto y te marcas esta entrada mediocre? Sí. Buenas noches. Es broma. Ahora llega lo mejor. El artista. Desconozco el origen de los feriantes y, por supuesto, cómo una persona llega a dedicarse recorrer el mundo con una atracción así, ir solicitando permisos municipales y montando y desmontando su puesto de trabajo llueva o truene. La única explicación que quiero ver es la de la herencia, que lo ha hecho tu abuelo, posteriormente tu padre y tú crees que ya no sabes hacer otra cosa. No sé hasta qué punto se ve lo deprimente de mi pensamiento. Cuando estuve en primaria compartí clase con un niño asiático, apenas fueron tres semanas, no recuerdo ni su nombre. Sus padres vivían y trabajaban en un circo. Allí se conocieron y allí decidieron hacer su vida. Como consecuencia, este chaval iba rotando de colegio en colegio acorde con los lugares donde se estableciera el circo en cuestión. Aunque la materia en todas partes era en teoría idéntica, ni un profesor considera que todos los textos lectivos tienen la misma importancia ni lo intenta enseñar en el mismo orden que todos los demás. Por mucho empeño que pusiera aquél jovenzuelo comprendo que su mejor salida fuera no salir, permanecer en la farándula más sacrificada. No me gusta en circo.

Una de estas personas, un “Trotamundos Cum Laude”, y quien más cariño consigue que le profese y, sin duda, quien hace que esta entrada tenga sentido, es la persona encargada de pintar las atracciones. Comentaba líneas arriba las notables diferencias entre los artistas de la compañía de animación más importante de la historia y los dibujos resultantes e inconexos que encontramos en una atracción así. Por supuesto, eso sin entrar en temas de licencias y derechos que, supongo, se incumplirán y quedarán impunes.

Imaginad, por favor, la vida de esta persona. Supongamos que es varón, con familia. Una persona que, de pequeño, soñaba con ser artista, un fuera de serie, un genio de la pintura, un Dalí, un Velazquez, Sorolla, gritar con Munch y besar a Klimt. Su carrera, que nunca llegó a ser prometedora, se tuerce. Podía terminar en un taller pintando sirenas voluptuosas en las puertas de los camiones, haciendo murales publicitarios o cambiar radicalmente de empleo para perdonarnos la vida participando en un insufrible y doloroso anuncio de Media Markt. En esta miseria un amigo de un amigo suyo que nunca le cayó muy bien le propone crear una composición para un proyecto que está empezando, este amasijo visual termina convirtiéndose en un portmanteau gráfico plagiando a otros aderezando la mezcla de la masa con un ligero toque personal. Y a vivir, en esa tristeza de esperar a que otro conocido decida pedirte un favor porque le harás precio de amigo. Mientras tu hijo te mira con desaprobación porque entiende que lo que haces es robar el trabajo de otro. Un puto drama, de esos de los que se nutre el cine patrio, con chonis (y su perenne chicle en la boca) que aspiran a trabajar en un supermercado y llaman “ricas de mierda” a las empleadas del Corte Inglés que pueden costearse un VW Polo con el que irse de vacaciones al Sur de Francia o una cena con su novio, encargado de una librería especializada en viajes. Sin drogas.

Quien deja el pabellón realmente alto no ha salido al escenario todavía, es el héroe de todos los grafiteros de atracciones, el fulano que escribe frases sin sentido y las atribuye a famosos que da igual que no se parezcan. Hay una diferencia enorme con el primer caso. Antes, si el niño no reconocía instantáneamente a Hércules, todo el sistema se tambaleaba, y daba igual que debajo pusiera Hércules, Heracles o José David, porque al niño le daría igual. Sin embargo, una vez que esa personita aprende lo de la eme con a: ma, la cosa cambia. Porque empezará a conocer y a identificar a personajes famosos (más allá del rey en las monedas). Por eso hay una persona encargada de pintar a Michael Jackson junto un bocadillo de habla que rece «¡Nunca he girado tanto como en el saltamontes manco!». De lejos no es más que una persona con sombrero y guantes, cuando te arrimas a ver qué nos quieren hacer creer que dice ese dibujo intentamos adivinar quién es y finalmente leemos lo de Jaco. Luego nos pasa igual con un pobre Marlon Brando extrañamente hinchado que, por el traje, debíamos suponer que intentaron sacar del Padrino.
Una persona sin preocupación. «Ceci n’est pas une pipe» decía nuestro compañero Magritte. «Esto no es Marlon Brando», parece querer pintar realmente el despreocupado artista callejero que llegó a donde está por error, porque él quería pasar sus horas en una oficina pero su vida se torció con el divorcio de sus padres y unas malas influencias.

Visto en: Plaza de Zorrilla.

Viajar solo

Toc, toc, ¿se puede? Bueno, paso, ¿eh? ¿Hola? Creo que me sentaré ahí. Verá, eh… a ver, me he enterado que voy a tener puente en diciembre, el de la Constitución y tal, ya sabe, y bueno, he estado preguntando por ahí qué hacer, porque me gustaría ir a algún sitio, sí, ya entiende, «siempre quise ir a L.A., dejar algún día esta ciudad, cruzar el mar en tu compañía». Pero nada, no hay manera, no hay opción de que nadie pueda acoplarse a mis planes, por dinero, por trabajo o por estudios. Y es, digamos, un puto asco.

Pasajero esperando al tren

He estado mirando en internet, ¿sabe? Hay bastante información sobre viajar solo. Casi todo, usted disculpe, son gilipolleces para solteros y, sobretodo por lo que he visto, solteras desesperados por pillar cacho en vacaciones: cruceros, escapadas románticas con desconocidos. Sí, un espectáculo en el que no quiero participar. No me atrae, no me motiva, me resulta bastante deprimente, ¿no lo ve así? No, espere, deje que me explique. Sí, a ver, yo no soy (aún) un desquiciado pasteloso exasperante que aspira a pasar su vida con alguien siempre que se alguien se cruce ya mismo en su camino. Por dios, es que es demencial. No quiero tener nada que ver con eso. Entonces, bueno, ¿por qué no me voy yo solo por mi cuenta? Principalmente, sí, ¿cómo dice? sí, sí, yo mismo respondo, principalmente porque no me llama la atención esa idea. En un viaje compartes experiencias, ¿qué sentido tiene visitar un lugar si al final del día no tienes a ningún compañero de aventuras con quien hablar de ello? No me va el rollo mochilero, triste trotamundos, no, de verdad que no lo veo. ¿Es normal?

¿Qué hago yo en medio de Londres, o Berlín o Katmandú más solo que la una? Fuera bromas, lo de Katmandú lo veo, pero por tonterías esotéricas más propias de aventuras de Corto Maltés y su Samarkanda literaria. Tendría sentido si fuera por algún motivo que justifique todo y no diera opción ni espacio a duda alguna, como una mudanza o un asunto laboral, pero por favor, hablamos de turismo, ¡yo solo! Todo para aprovechar unas vacaciones largas. ¿Usted lo ha hecho alguna vez? Oh, no, no me mire así, seguro que conoce a alguien pirado… ¿eh? sí, vale, aparte de mí, pero no es el caso, decía, fijo que conoce de casos de algún tarado que se ha atado una sudadera Reebok a la cintura y se ha plantado el solito con una vieja Kodak a recorrerse el mundo en un fin de semana.

Sólo le pido que comprenda mi miedo, que yo estaría encantado de curiosear a mi aire por Forbidden Planet o no pensármelo dos veces a la hora de comprar la mayor pijada y horterada imaginable únicamente porque no hay ningún otro cerebro cercano que pueda juzgarme o reprocharme nada. Pero seamos caudillos, ¿qué?, oh, vamos, era un chiste, ¿sí?, no me joda, gilipollas ñoño, sí, ¿y?, no hay huevos, pues no se ría, que vale… A lo que iba, subnormal, que, por ejemplo, sin un colega a mano que haga un sutil gesto con la cabeza para informar del rubiazo monumento que nos vamos a cruzar, creo que los viajes no me gustan. Pesado, que sí, que ya sé que existe gente que se hace el Camino de Santiago por su cuenta y riesgo, pero yo para eso pago 200 dólares al día y me voy a Bután, al Monasterio del Tigre, a rezar en un acantilado. No busco paz interior, ni expiar mis pecados, ni encontrarme a mí mismo, ni probar sustancias raras. Quiero irme, por ahí, de normal, conocer otros lugares, y no sé si hacerlo yo solito o dedicar esos días a arrepentirme y convencerme de que he tomado una decisión correcta, sea cual sea, mientras me entretengo con otra actividad. Cerdo, pero sí, eso por ejemplo.

Y bueno, no ha dicho nada, ¿qué me recomienda? ¿Debería volverme aún más loco y lanzar un dardo a un mapa para conocer mi nuevo destino? ¿Perdón? Ah, no, no, era una forma de ha… Sí, Ryanair, por ejemplo, bueno, ¿qué más da? Que si hago la mochila, vamos. ¿Lo está apuntando todo? No, no, no me diga eso de que se ha terminado mi turno porque… eh, ¡espere!, ¡cretino!

Visto en: Psicotravel.

Punica granatum

Soy el peor devorador de granadas del mundo. Pero me encantan y es temporada. En casa tenemos un granado (el compositor no, su bisnieto mago que conozco en persona y que durante un tiempo vivió en mi cuarto tampoco) y, cosas de la naturaleza, ha dado granadas. Deliciosas. Excepto dos, que eran las más bonitas por fuera. Una bella metáfora de la vida, ¿no? La típica guapa de postín que resulta estar podrida por dentro, ¿no? Rodeada de otras muchas chicas del montón pero que guardan un interior asombroso, ¿no? Ya sé que a nadie le gusta esta coletilla, ¿no?

Granada abierta con granos esparcidos

Es un fruto espectacular. Maravilloso. La granada es la quintaesencia del packaging en la naturaleza. Es el puto no va más del mundo del empaquetado. El hecho de tener una hermana [que me quiere] diseñadora es que te hace estudiar este tipo de materias (que de lejos son gilipolleces pero desde dentro asustan al más Norris de nosotros). ¿Hay algo en el mundo que venga mejor envuelto que los granos de una granada? Suena a pregunta chorra de monólogo del Club de la “Comedia”. Pero lo cuestiono sinceramente, el recubrimiento, la protección y el envase de su manjar es una joya al alcance de pocas frutas y mucho menos, empresas. Una plátano, por ejemplo, la piel del plátano lo protege pero se reblandece con facilidad y el extremo que separa la pieza del tallo es particularmente blando. No se puede comparar. Aparte, la forma del árbol y, por supuesto, las flores, son estéticamente más llamativos en el caso del granado.

La granada es una fruta inteligente. Extremadamente inteligente. Intenta esparcir sus semillas para que sobreviva la especie (más granados) y vamos que lo consigue. He comenzado diciendo que soy una pésima persona comiendo granadas. “Una pésima” no, la peor. Las semillas de las granadas, los granos, en mi caso, menos en un plato o en mi aparato digestivo terminan en todas partes, ¡el sistema funciona a la perfección! Es cierto que aún no he visto a absolutamente nadie capaz de comer todos los granos de una pieza de estas frutas (alguno siempre se va de excursión). Mi caso es más alarmante. Quiero decir, si dejamos a un invidente enfermo de Parkinson haciendo equilibrios encima de una pelota grande de goma cortando el pelo a un Terrier os aseguro que ese perro tendrás más posibilidades de ganar un concurso de belleza canina que yo de comerme más de la mitad de los granos de una granada. Y, lo mejor, aunque sólo tuviera una tijera de jardín de infancia que apenas corta papel de escaso gramaje, tardaría menos que yo con mi tarea, a la que puedo dedicar, fácilmente, veinte minutos, como un señor (un señor inútil, pero un señor). Hay a quien esto le da pena (no yo, dan por hecho que no hay solución si dejamos de lado el encierro psiquiátrico, lo de desperdiciar esos granos) y me mira con odio. «¡Estás malgastando recursos naturales!». No va a acabar muy bien este post pero ese tema del aprovechamiento me la sopla. A mí me gustan las granadas, con lo que ello conlleva para el fruto y las manchas del suelo.

Visto en: Wikipedia, que yo ni idea de cuál era el nombre científico de la frambuesa. Ah, ni del granado.

La percepción de los objetos según su poseedor

O de la estúpida manía de los humanos de ser humanos. Y no piedras. O árboles. O cascadas que van a dar a una playa frondosa de verdor como los ojos de la chica con la que te cruzaste ayer. No. Humanos. Repugnantes en su mayoría.

Veréis. Últimamente me han llamado materialista (y modernillo de pose). Y la primera mitad de esas cosas lo soy hasta la médula. No estoy descubriendo un nuevo mundo. A ratos no lo soy, es igual. Sigamos. Se ha despertado en mí una ligera ira, un punto de aspereza, un borde por limar o un purulento grano que alguien debe explotar cuando me he enterado de que una persona (que manda huevos pero, sin conocerlo personalmente, me causa una repulsión enorme sin que él tenga constancia de ello ni culpabilidad) conduce una Triumph. Los sujetadores no (o no es el caso, más bien), una moto.

¿Problema? Supongo que tenéis la memoria suficiente como para recordar que adoro esa marca británica (como tantas otras sólo por proceder del mismo país que Led Zeppelin o Dr Who) llamada Triumph, que desde hace década y algo se está reinventando con fuerza apostando por la calidad y el diseño, desempolvando bocetos y entrevistas con Steve McQueen. Siendo concretos la Triumph Bonneville y siendo específicos su terminado denominado T100. Desde que supe que esa persona en concreto montaba una Triumph (no exactamente de la gama clásica, según tengo entendido) siempre que veo una moto con ese sello rectangular y ese rabito alargado de la R me echo a temblar y a maldecir. No soporto a estas motos, ni a quienes las conducen, por obra y gracia de haber nacido humano. Me siento peor al reconocer que ni el vehículo ni quien lo construye tiene culpa ninguna sobre la no-relación entre esta persona y yo. Pero joder, se me crea ese incomodísimo nudo en la garganta. «Con lo que vosotras habéis representado para mí». En efecto, me siento avergonzado, traicionado y ridiculizado por una estúpida moto.

Pensadlo. Me crearía la misma sensación que si alguien intenta atracarme a punta de pistola y desenfunda una Jericho 941. «¿En serio? ¿De todos los modelos, de todas las marcas, de todos los países vas a intentar matarme con la 941 de Jericho de Israel? Por favor, roba un Winchester, compra un Colt, prometo que esperaré aquí, pero no me humilles amenazándome con esa pistola». Es lo que me faltaría. Como si todas las estúpidas posesiones (¡que no tienes!) se volvieran contra ti en un instante desalentador. Frío. Y no digo que quiera una pipa, ni que de verdad me quedaría arrodillado esperando que el sicario decorase el muro del callejón con mis entrañas. Pero le daría vueltas al tema en mi tentativa de fuga.

Supongo que lo mismo ha pasado con el Seat León, sin que Seat quisiera se ha convertido en un coche pensado para canis (motivo por el que publicita con empeño cada nueva revisión y sabor del Ibiza). En mi caso Triumph se ha convertido en una marca para gente que no me cae bien. Un día vas a por un vestido con volantes, precioso, que encaja perfectamente con los carísimos zapatos de tacón que hace mil años que no te pones. El día que te decides a comprar ese vestido aparece tu vecina, cuyo perro mea las ruedas de tu coche, vistiendo, sin pena ni gloria pero qué más da, el puto vestido que tenías entre ceja y ceja… Entre ceja y ceja. Una bala.

Visto en: Jupiter’s Travels