La última meta

Al lío, ¿por qué trabajamos? Naturalmente, sí, necesitamos el dinero con el que pagar facturas a final de mes y pizza cada dos fines de semana. Pero no me sirve. Quiero más. Está bien, igual el tema económico no es el mejor punto de vista. ¿Para qué nos levantamos cada mañana? No, demasiado general. Supongo que un enfoque más claro sería así: ¿cómo te gustaría gastar el tiempo cuando te jubiles? Dejemos de lado situaciones socieconómicas adversas.

Cuando era pequeño imaginaba cómo sería mi yo adolescente; de adolescente, mi yo universitario; finalmente, mi yo independizado y llegando a la orilla de los 30 años. Y he de confesar que tal vez ese reflejo que imaginaba de mí me ha servido como modelo me he basado deliberadamente en lo que mi yo del pasado quería que fuese. Algunas cosas sí son así, algunas no tienen nada que ver con lo que tenía en la cabeza en ese momento. Desde entonces, sin embargo, no he pensado más allá. Digamos, más o menos, que ya está todo hecho. Te acomodas en esta situación de trabajo estable y a este ritmo de vida que te permite ver a tus padres cada ciertas semanas, tomarte unas cañas entre semana, asistir a conciertos. La puta vida. Qué más pedir. Eres un maldito privilegiado. Hasta planeas viajes exóticos.

¿Y qué? ¿Y después qué? ¿Es así durante el resto del camino? Por supuesto, hay muchísimas cosas entre medias. ¿Familia? Puede ser. ¿Mudanzas? Seguro. ¿Montar de una vez el dichoso grupo? Poco probable, pero ahí está la guitarra enchufada al amplificador. Y tengo un puñado de infames canciones escritas, para cuando me dé el ramalazo DIY. Pero me refiero a después.

Que, ojo, todo eso está muy bien, es perfecto. Es perfecto, sobretodo, para mí, que, como decía, cuando era un renacuajo tenía una idea bastante acotada de lo que quería ser, al menos en cuanto a vida de oficina. Teniendo un perfil profesional razonablemente definido como tengo ahora, y habiendo estado esto marcado previamente por mí mismo, puedo decir que ha sido cómodo. O, al menos, más cómodo que para todos aquellos que se plantan con 25 años en el sofá de su casa sin saber realmente a qué se quieren dedicar. Menudo vértigo.

Imagino que es difícil dar con ello, pero todos ansiamos algo que esperamos poder alcanzar al final. Y yo no empecé a pensar en ello hasta hace algo menos de un año. Fue hablando con mi jefe actual sobre su sueño de poder cultivar viñedos para tener su propio vino. Siendo él quien controle y regule todo el proceso (además de apasionado del tema, es ingeniero agrónomo), desde la selección del terreno hasta el corcho que cierra la botella y la pegatina que la envuelve. Ya tiene mirados un par de sitios por ahí. Naturalmente esta meta es, ante todo, un pozo sin fondo económico que los que no bebemos vino no somos capaces de apreciar. (Hablo en plural por no sentirme yo sólo el tonto.)

Y cuando me lo contó desperté. Pues claro que sí. Como el anciano de Up y el Santo del Ángel. Y, por supuesto, veo a gente encantadísima con su rutina y su única meta es mantenerla, nada de pirámides ni otras obras faraónicas que los recuerden. Algo totalmente válido. Pero, ya sabéis, yo quiero cosas. Quiero un taller mecánico.

No un taller donde un tío anónimo me venga con una ventanilla que «se queda ahí, ni sube ni baja y se mueve pa’un lao, ¿saes?», me gustaría ser parte de CRD. De hacer cosas que yo quiera hacer, para otros y para mí. Un espacio donde llevar mis vehículos (ignorad el plural) y en los que ponerlos a punto, retocarlos, mimarlos y, por qué no, donde hacer barbacoas e invitar a dos amiguetes para ensayar las cancioncillas que escribí.

Visto en: Hucha.

De lo que hablo cuando hablo de correr

Sí, calla, lo sé, que sí. Hostias, que sí. De Murakami, sí. Pero a mí no me sirvió. Murakami empezó a correr porque, además de pasarse todo el día sentado, fumaba tres cajetillas de tabaco al día. 60 cigarrillos. Empezó su famoso diario de carreras y terminó disfrutando de la propia experiencia de correr.

Yo he empezado a correr y lo he abandonado un par de veces en mi vida. Ahora llevo una racha de continuar varios meses seguidos tomándomelo con cierta seriedad (si bien a veces pasan dos o tres semanas sin que me calce las deportivas, no dejo de pensar que debo hacerlo). Y yo, esta vez, no lo empecé a hacer por mera estética sino por salud mental: lo de abrir las ventanas de la cabeza y lanzar desde allí la televisión como si The Who estuviera emborrachándose en un hotel. Se ha dado una casuística que ha ayudado mucho a que pueda ser constante con esta papanatada: el punkipop y una ruta cómoda (un rectángulo de 4, 6, 8 ó 10km de longitud, según me apetezca correr). Esta mañana, siendo sábado, me he despertado antes de las 8 y me he bajado a hincar el diente al de los 10 kilómetros. He marcado un tiempo espantoso, pero tan sólo a mí me importa eso.

Hay una persona en la oficina a quien veo solamente un día a la semana, el profesor de inglés (startups, tíos, dos horas de conversación y gramática que disfruto como un enano), que me permite, por su forma de ser, tener una cercanía mucho más palpable que con otra gente. Pese a que se note un ligero salto generacional (pues es aproximadamente una década mayor que yo) nos entendemos de maravilla y hemos descubierto tener inquietudes similares; motos clásicas, viajes al sureste asiático y una repulsa muy grande por la educación. Y él, además, sale a correr con mucha frecuencia. Vale, sí, él me pule en cualquier tipo de ejercicio atlético.

La semana pasada estuve confesándole lo que vengo a explicaros aquí a vosotros: debí haber empezado a correr antes. Él, como cualquier persona, asentía sin mucho asombroso. Hasta que le expliqué qué me ha enseñado lo de hacer el gilipollas en pantalones cortos. Me ha enseñado a esforzarme. Y ahí, sí, sabía perfectamente qué iba a decir a continuación.

Cuando yo era un niño pequeño, hasta el fin de la E.S.O., aprobaba las asignaturas del cole sin casi ningún esfuerzo. En 4º, último curso, sí que noté que los resultados no eran como en los años anteriores y no di ninguna importancia a ello porque tampoco me alarmaba mucho. Pero llegó Bachiller. Dos cursos horribles, con suspensos y quebraderos de cabeza porque ahora no funcionaba nada de lo que había estado haciendo previamente. La frustración de ser una persona que apenas necesitaba leer de qué iba algo para poder bordar un examen sobre ello a convertirme en una persona simple y llanamente incapaz. Mientras, otros chavales que anteriormente parecían cenutrios y verdaderamente bobos salían adelante manteniendo la compostura. Pensad en todo ese orgullo. Lo que hacía, por no saber qué hacer, fue no hacer nada. Naturalmente yo creía que estaba estudiando más, pero no era, ni por asomo, lo suficiente. Una vez terminada esa pesadilla tuve la suerte de realizar con cierta dignidad gran parte de la carrera. Y pensé que nunca más tendría esa sensación.

Lógicamente, este peso ha vuelto. Cuando empecé a correr sufrí mucho, mis músculos gritaban y mi cara no sabía expresar otro gesto que no declarase públicamente dolor, pero, por cabezonería, me obligué a continuar un poco más ya que apenas había recorrido unos cientos de metros. Y, por descontado, la segunda mitad de ellos los hice caminando. Correr durante diez minutos seguidos parecía una labor imposible. Fui alternando canciones y calles hasta poder superar esa barrera que, si bien resulta insignificante para mí fue una auténtica hazaña: Me había esforzado. Tal vez, a fin de cuentas, lo de esos kilos de más me hayan salvado la vida.

Aprendí a esforzarme de verdad por algo, no a autoengañarme creyendo que me esfuerzo. Y esto me ha ayudado muchísimo. Es lo que los chavales que de pequeños apenas podían sumar dos y dos habían aprendido mientras yo me dedicaba a estar por ahí y esperar a que las cosas siguieran fluyendo. Pocas cosas tan peligrosas como la comodidad.
Sobra decir que ese comportamiento lo he ido arrastrando y aplicando en casi todos los aspectos de mi vida: en lugar de aprender a tocar la guitarra aprendía a defenderme con dos o tres canciones y, cuando creía que era suficiente y que me costaba mucho hacer algo más, lo abandonaba. No quería ver que no era capaz y, por tanto, no lo intentaba.

El libro de Murakami lo he leído varias veces. No es común que lea algo más de una vez. Hay libros que me han gustado muchísimo que sé que nunca releeré, como el Quijote. De Murakami ya hay dos obras que he releído, si bien este no ha sido por su calidad o por haber movido mi alma a un estado superior, ha sido porque no lo entendí, porque lo leí y salí a correr y no noté nada. Se lo presté a un amigo y todo surgió efecto en él. «Este libro ha sido una puta varita mágica que funciona con todos menos conmigo.», pensaba. Tiempo después, corriendo, lo entendí, no me gusta correr: sudas, duele, el tiempo te puede hacer volver a casa empapado, te adelanta gente a quien odias de inmediato, a los demás se les nota una cuadrícula bien marcada en el vientre…, sin embargo me gusta sentir que mejoro en algo. Y que, naturalmente, ese esfuerzo sí tiene recompensa.

Visto en: Castellana.

2014 lies down on Broadway

Recuerdo que me fascinaba escribir. Ay, no sé qué haré con esto con el tiempo. Ha aguantado, arrastrándose, el año natural 2014 (salvo descalabro de todo el tinglado de aquí a dentro de una decena de días). Creo que eso suman unos ocho años. OCHO. PUTOS. AÑOS. La mitad de ellos de deriva, sí, pero eh, ha estado aquí cuando lo he necesitado. Y los tres locos que quedéis ahí, imagino que también.

Probablemente la gente sensata recuerde este año como el de la vuelta de Genesis que anunciaron en verano. Que ha sido un año movido en muchos aspectos, pera vamos a priorizar: el rock progresivo aquí va delante de cualquier cosa. Y los trajes de Peter Gabriel son referencia para muchas mierdas carnavalescas. Yo, que no soy sensato, recordaré 2014 desde un subjetivo egoísmo. Qué menos, vaya.

2013 fue, para mí, un año aburrido, pesado, y si hay algo que una persona no puede permitirse es ser pesado. Un año tampoco. No tuvo emoción, ni retos laborales importantes ni Cenicientas a quien probar la talla del pie. Sí tuvo, en cambio, un accidente de moto del que ya ni quiero hablar. Menuda chapuza de año, caray. Quienquiera que lo hubiese diseñado debería pasarse por su respectiva escuela a pedir explicaciones.

Y partiendo de esa situación anodina comenzó 2014. Y comenzó con una mudanza a un piso de mi misma calle, pero con balcones. Luz. La mudanza, ojo, se realizó aún en 2013, pero no voy a permitir que un tecnicismo me joda una bonita historia. Un cambio, por definición, ya hace que algo sea diferente, y es lo que necesitaba. Como necesitaba aún más también cambié de trabajo. Y, ahora sí, metí la cantidad adecuada de emoción y quebraderos de cabeza que necesitaba. Era finales de marzo, comenzaba la primavera y ya tenía una vida completamente diferente. Qué genial todo, vaya.

Da rabia decir que, ahora serio, mientras veo a mí alrededor cómo mucha gente está realmente destrozada yo me he divertido mucho este año, he aprendido una barbaridad este año, he crecido mucho este año (y ya tocaba), he salido mucho este año, he perdido peso este año, he vuelto a jugar al baloncesto después de… demasiados años: algún curso de la E.S.O., he perdido peso y he sido capaz de correr 8km en unos 40 minutos cosa que no imaginaba que ningún año consiguiese hacer. Este año he conocido gente que realmente ha aportado valor a mi vida. Este año he estado con chicas estupendas que se han olvidado de mí antes de lo que me hubiera gustado y he estado con chicas horribles que, bueno, ¡hola!
Este año he escuchado discos que no había saboreado por estúpido con anterioridad. 2014 lo recordaré siempre como el año en el que pisé California, el año en el que tuve una reunión con ingenieros de Google y la NASA. El año en el que hice un videojuego en un fin de semana. El año en el que volví a pedir un Fitzgerald en un bar. Este ha sido el año en el que por fin le he pillado el punto a cocinar lentejas. 2014 sin hummus no tiene sentido para mí. El año en el que me hubiera encantado viajar más. El año en el que volví a intentar leer Moby Dick con espantoso resultado. El año en el que he puesto cebolla caramelizada y pimienta a cada ensalada.

2014 me ha gustado. ElGekoNegro que fantaseaba con su futuro debería decirle a quien sea que lleve el timón ahora que ha llegado a un puerto donde merece la pena atracar la nave. Y que gracias. Feliz año, feliz Navidad, disfrutad. Coño. Y, si tenéis hora y media suelta, pues ya sabéis dónde está el cordero.

Visto en: 2014.

Aprender a disfrutar de la comida, o, bueno, algo de eso de ñam, umm, qué rico

De pequeño siempre miraba con cierta suspicacia a la gente que está en un bar o en un restaurante comiendo sin compañía. Algunos parecían clientes habituales por el trato que tenían con el camarero, otros se veía que habían entrado a comer ahí porque llevaban prisa. Posteriormente con la democratización del teléfono móvil y el ordenador portátil (luego iPads y demás cacharros) esta gente aprovechaba su tiempo de la comida para trabajar, leer prensa, pasar de una foto a otro de Facebook anodinamente o caer en uno de esos titulares que desde hace unas semanas parecen llamarse ‘clickbait’, antes, simplemente, listas chorras. Lo más excéntrico para mí, aunque ahora me resulte cotidiano, es la imagen de hombre trajeados o mujeres con vestidos que hablan a través de unos auriculares en una mesa para uno.

Así, lo de ver gente alimentándose sin hacer absolutamente nada más fue un cuadro que desaparecía paulatinamente del museo de la calle. A mí me da vergüenza ir a cualquier sitio social sin compañía, sea a comer, sea a un concierto, cine o a un partido de cualquier deporte. De forma que las cuatro veces que he ido a comer me he acompañado de un libro por la imagen que quiero vender de mí y por la inmediata evasión que proporciona, nada que no se consiga con un teléfono actual, por cierto.

A base de vivir solo y cocinar para mí me he dado cuenta de que he estado haciendo el tonto: No encuentro muchos placeres mejores al de comer y no hacer absolutamente nada más. En el puro sentido de disfruto, en los últimos meses me he esforzado en mejorar mi dieta y en cocinar los platos mejor, consultando recetas diferentes para el mismo producto, intentando descifrar porqué motivo me conviene realmente comer tal o cual cosa (por supuesto, el brócoli sigue vetado en mi alimentación, mi vida y, si tuviese la opción, de la naturaleza). Naturalmente, idiota de mí, cuando como en casa suelo comer viendo alguna serie que no me exija mucha atención ni se haga eterna, el equivalente a poner Los Simpson cuando comes en casa de tus padres. Por otro lado, si como en la oficina como con compañeros, de manera que mantienes siempre una conversación que te distrae de lo realmente importante: el paladar.

Es demasiado arisco y extraño que, en un grupo de gente que queda para comer, uno de ellos demuestre su egoísmo incomprendido centrándose en lo buena que está la comida. Sí que hay una persona de mi círculo cercano que tiene un punto de vista idéntico en cuanto al placer de comer, menos mal. También hay, por supuesto, gentuza que muestra descaradamente su poco amor por la vida y el disfrute.

El proceso, por lo que he visto en la única cata de vino en la que he participado, es bastante similar a la degustación de esta bebida (que, lo siento, no me gusta, pero me atrae enormemente toda la ingeniería que rodea el proceso de fabricación). Requiere un poco de concentración, mínima, de verdad, y ¡boom! Ahí están los sabores.

ratatouille

El último ejemplo lo he vivido en esta misma mañana, que al ser domingo toca desayunar. Ha sido algo tan simple como un Cola Cao y unas tostadas con mantequilla (aquí me la ha sudado lo sano, pero es que el séptimo día descansó, y tal). Sin ojear revistas, sin forzar el scroll de Twitter y sin curiosear desde el balcón la vida de los viandantes. Hacía tiempo que un Cola Cao nunca me hacía disfrutar así.

Es una de las cosas más agradecidas que podemos hacer con nuestro cuerpo, y a poco que aprendamos a cocinar, también de las más baratas (siendo otra, por ejemplo, ducharse sin prisa ¡y que tardes lo mismo! o que te apetezca pasear 8km). A esto falta sumar el gozo que produce que otra persona alabe lo que cocinas, pedirle que se concentre en lo que se lleva a la boca (no penséis en penes, hacedme el favor) y que también esa persona se lleve un buen rato aprendiendo a disfrutar de la comida sin ninguna puta distracción. Hacedlo si no lo hacéis, os cambiará la mentalidad por un ratito.

Visto en: Sé que Ratatouille no es la mejor película de Pixar, pero sí mi favorita.

Yo vi jugar a la Real en Turista

Para cuando haya terminado de escribir esto la Liga (formal y pedantemente LFP BBVA) habrá dado comienzo y alguno de sus partidos, como el primer Eibar – Real Sociedad en esta categoría, ya tendrán asignados un 1, un 2 o una X en la Quiniela [añado, ha sido un 1, cagonsós.].

Desde el miércoles pasado hasta ahora mismo (más uno que añadiré esta noche y donde probablemente siga escribiendo este post que no sé si llegará a salir del iPad) no habré parado de coger trenes de diferentes tipos. Metros, AVE (una de esas maravillas españolas que se mantiene de puta coña gestionada por uno de esos desastres españoles), tren nocturno [añado, en cuya litera no quepo ni sentado ni tumbado.] en el que espero encontrar a una chica francesa que se dirige a Viena para protagonizar una trilogía y hasta un TGV de dos pisos que no ha resultado estar muy bien pensado para los que medimos más de 1’85m. Toda una aventura romántica para los que almacenamos libros de Jack London y cenamos pizza en su plaza frente al puerto de Oakland. No me miréis así, cutres, que para algo viaja la gente. Hay que lucirlo.

¡Ay! Bonita y relativamente económica [añado, el “restaurante” del tren nocturno es más barato que el de un cine, las terrazas de la Plaza de San Ildefonso o cualquier pub chic, pero más caro que la taberna de tu vecino, ‘El Bar Ato’.] forma de mover mi culo de Madrid a Barcelona, a Figueras (o Figueres, cualquiera que fuere el bueno y el formal o el correcto en cualquier idioma) y vuelta a Barcelona y vuelta a Madrid. Además, con el tren te ahorras la violencia aeroportuaria y las tarifas de entrada y salida de estos centros de internamiento tan modernamente diseñados.

En AVE viajaba en Turista. En el TGV viajaba en Classe 2. En el nocturno no hay opciones [añado, ni enchufes ni mucho menos wifi.]. Ahora empieza la miga sobre la que ya has pensado más de una vez. Recuerdo bien de crío que a primera clase se le llamaba Primera y a segunda clase se le llamaba Segunda. Sin ningún tipo de alboroto social. ¿Quieres más? Paga más. Vivir en Beverly Hills lo imagino mucho más caro que en una zona deprimida de Los Ángeles (lo que nosotros llamaríamos sin mucho problema un barrio de gitanos). Afortunadamente la diferencia entre viajar (en tren) en una categoría o en otra no es comparable a la diferencia entre una mansión con piscina escalonada, climatizada y con focos y una chabola de un poblado, pero es que tampoco se puede comparar con un piso medio donde escuchas a tus vecinos y tienes turnos para limpiar la escalera por muy luminoso y bien situado que sea.
La cosa cambia mucho en viajes en avión (¡y hasta en autobús!) donde más allá de darte unos cacahuetes y un periódico se te permite fantasear con entrar en el Mile High Club con alguna que otra garantía. (Estoy patinando mucho pero es que nunca he vivido lo que pasa detrás de las cortinas de cabina una vez se despega.)

¿Por qué este eufemismo? ¿Por qué Turista y por qué Business? ¿Por qué los turistas no pueden viajar en Primera y por qué los que van a hacer negocios (porque parece que el turismo aquí no es uno) no pueden viajar en Segunda si seguimos esa semántica estricta? ¿Qué mierda es esa? Si no tenemos problema en definir Primera y Segunda aunque lo maquillemos en los contratos como BBVA y Adelante (trauma que, ojo, sí tienen en Inglaterra con Premier y Championship), si hemos venido a pasárnoslo bien, si los franceses pasan de la corrección política y te ponen Classe 2 en su alta velocidad, ¿a qué jugamos nosotros?

Jope. Parece mentira que haya podido escribir tantas líneas sobre un comentario de cola de puerta de embarque. ¿No es maravilloso? Pues mandad besos a Jaume PALITO [añado, de este vagón Linklater no saca ni un cortometraje.]. Buenas noches.

Visto en: Litera 81.

Escaleras de incendios con vistas al Pacífico

Durante años, Guinness, aquella cerveza negra del país donde todo es verde, utilizó como publicidad una frase que, si bien parece de abuela, terminó en las cabezas de todos los nietos: «Good things come to those who wait.» Hay decenas de anuncios y hasta un artículo en la Wikipedia con toda la campaña. A mi juicio, mejor que el carismático tucán que la anunciaba anteriormente. Hace referencia a los aproximadamente dos minutos que se tarda en preparar una pinta y ésta esté lista para beber. Dos minutos que, en un pub, se hacen largos. Quizá el spot más recordado de esta campaña sea el de los surferos que cuentan olas hasta saber cuándo viene la que es perfecta y se convierten en jinetes que cabalgan el agua.

A mí, que sigo con cierta curiosidad todo lo que rodea a la marca de St. James’s Gate, ese anuncio me encantaba cuando lo lanzaron y echo de menos la seriedad que emanaba. Era algo religioso: si te portas bien te pasarán cosas buenas. Y, hablando de surferos, así pasé unos días en California.

Hace poco más de tres meses cambié de empleo por el principal motivo por el que lo hace todo el que se gana la vida pintando botones que al pulsarlos envían datos y luego pasan cosas, o se cae todo el sistema de alquiler de bicicletas nuevecito: por aburrimiento. Y diría una chorrada como que la primera mitad de 2014 ha sido benévola para mí, pero no voy a quitarme mérito para asignárselo a la astrología y quién dijo miedo habiendo hospitales. El proyecto que desarrollo se realiza con la colaboración de varias empresas y organismos de esos que te hacen flipar mucho (Google o NASA) y hace unas semanas se vio la necesidad de tratar algunos temas allí, por lo que tuve la oportunidad de trabajar en la zona de San Francisco, Berkeley y Oakland o asistir a una reunión en las oficinas de Google con vistas a la bahía hace apenas unos días. Aún me cuesta escribirlo sin ponerme nervioso. Hasta aquí lo referente a lo laboral.

Retomando la premisa de Guinness, vaya, no contaba con tener el gustazo de hacer algo así y si me veía bajando por la parte fotografiada de Lombard Street sería porque habría engañado a mi novia para descubrirlo (soltad el aire, que no, que no tengo novia). Pero, como dije, un poco de la noche a la mañana me planté allí y tuve la opción de pateármelo durante un par de días en los que aproveché para hacer todo lo turísticamente obligatorio. Y hacedme un favor y escuchad Hellhole Ratrace (, ) del primero de Girls mientras seguís leyendo.

Es mi segunda visita a Estados Unidos y la primera en la que he tenido contacto continuo con gente de allí que me ha permitido mucho más saber cómo se trabaja y cómo se vive en uno de los países que, a mí, tanto me atraen, al menos en una cara y pequeñísima parte como es la bahía. Os dejo apuntes sueltos sobre esta magnífica y acelerada experiencia. Si tenéis dudas sobre alguno, os explico lo que queráis en los comentarios, que igual así añado anécdotas.

  • Está lejos, la vuelta es un aburrimiento.
  • Ya lo dije hace tiempo, no me gusta estar descalzo.
  • ¿Qué narices es eso de pasar del Ford F150 al Prius o, aún más raro, al Tesla?
  • La gente es extrañamente confiada.
  • Hay muchas personas que adoran San Sebastián pero que a duras penas aciertan a ponerlo en un mapa.
  • Si dicen que van a hacer algo, por muy tonto que sea, van a hacer esa tontería,
  • Las dietas macrobióticas y el café cultivado de no sé qué manera está acabando con las hamburguesas de héroes y los Starbucks.
  • Pregunté en un supermercado dónde estaba la Coca Cola y me dijeron que no tenían porque no era sana. Sí, pregunté por la Zero, les dio igual.
  • Me pidieron el carnet cuando pedí una cerveza en una terraza de Sausalito.
  • En esa misma terraza había dos parejas de Bilbao.
  • Si se te va la mano con la bici es fácil caerte al agua desde el Golden Gate, o a la carretera con los coches circulando (ayer vi que lo pretenden arreglar un poco).
  • Los taxistas se quejan de Uber, pero no gritan mucho.
  • El precio de la carrera de los taxis me pareció barato.
  • Tacos, tacos, tacos, tacos, tacos, tacos.
  • La gente dice que no se baña porque está fría pero cuando me lo propuse me advirtieron de que había tiburones.
  • El siguiente pueblo después de Sausalito se llama Tiburon.
  • Las oficinas de Google son como esos artículos que circulan a veces sobre cómo son las oficinas de Google.
  • Esos artículos no mencionan lo callados y aburridos que resultan.
  • No probéis un Negroni si no os gusta el vermú.
  • Entienden que puedes ir desde España sin que te guste el vino.
  • Les cuesta comprender que necesiten persianas porque no han de proteger su intimidad si los de fuera no miran hacia adentro.
  • Si Nueva York está en pie a las 7, en esta costa amanecen a las 4.
  • Sí ven el Mundial.
  • Tacos.
  • Hice mal un cambio de sentido con la bici y me vi pidiendo ayuda a la embajada.
  • Los vecinos estaban más cabreados que el policía, pero sólo el policía me insultaba.
  • Las cervezas que hacen allí son suaves. Las cervezas que llegan allí son caras.
  • Me ofrecieron LSD y me pareció el único sitio del mundo donde deberían ofrecerlo.
  • VW Westfalia Camper.
  • Eso de que te chocas con una chica al salir de la tienda y se caen las naranjas para que puedas disculparte mientras una voz alerta de las ofertas en pimientos amarillos y termináis intercambiando teléfonos y quedando para cenar sucede.
  • Recordad que la gente es muy confiada y ya he repetido que tacos.
  • Twin Peaks.
  • Cuando íbamos caminando por Berkeley y Oakland nos preguntaban si estábamos bien y si se nos había estropeado el coche.
  • Subir algunas cuestas de San Francisco andando responde tímidamente a lo anterior.
  • Escaleras de incendio con vistas al mar.
  • «This has nothing to do with L.A.»
  • La verdad es que para decir que estás en la calle Ávila te quedas donde estás.
  • Llevad protección solar.
  • Puedes ir de hipster, que irás de hipster europeo, y es que al menos sabemos vestir un poquitín.
  • Loco, qué haces con la fixie, anda, baja.
  • Yo diría que se puede nadar hasta Alcatraz.
  • Faltan Vespas. Sobran Golfs.
  • El mayor océano del mundo.
  • Es la polla.

Visto en: San Francisco, Oakland y Berkeley.

Cocina y software

Que haya dos entrada en menos de un día me asusta tanto que se me aceleran las pulsaciones (de teclas). Sin querer hablar de la relatividad del tiempo ya hace casi dos años que cocino para mí, por y para mí. Casi dos años eligiendo ingredientes, comparando dificultad (facilidad, realmente) de platos y recetas, comprándome algún que otro artilugio que apenas he utilizado (tampoco nada estrambótico, no tengo pasapuré) e intentan impresionar a los compañeros de oficina (o a los cuatro monos que me siguen en Instagram). La inmediatez del móvil mató el texto largo y las cuentas PRO de Flickr.

Cocinar parece ser una tarea que todos tenemos asumido que deberemos aprender a hacer. Por subsistir o por conquistar a aquellos ojos color cerezo. Yo empecé por curiosear, continué por intentar mantener mi vida a salvo de Mc Donalds y terminaré por la mirada. Y hoy mismo me he dado cuenta de que es un proceso que ya había vivido. Cocinar es desarrollar software pero que, además, huele y sabe bien.

Hace mucho, mucho tiempo hablé del gozo que producía construir tus propias herramientas y entretenimientos (caray, van a hacer 6 años de aquello, bien) y en este caso se aplica todo ello exactamente igual. Igual. Aprender a cocinar, y me refiero a hacer cuatro chorradas pero que dos de ellas sean chorradas elegantes, como un pollo a la mostaza y miel sobre una base de puré de patatas. Y se aprende por repetición, por haber hecho saltar mucho agua de la cazuela hasta que se tiene controlado el tiempo y puedes quedarte unos siete minutos en el sofá mientras superas el récord del juego de turno. Esto es similar a cuando tenía una lista de favoritos enorme con enlaces a Stackoverflow y que releía murmurando «Ay, es verdad, siempre igual.» Hasta que deja de ser siempre.

Y está bueno. Y te gusta. Y me encantan mis platos porque son míos, del mismo modo que me encandilan mis aplicaciones web de juguete porque son mías. Coño, mis creaciones. Han salido de mí. Les he dedicado mimo. Es una gozada. Por supuesto que reviso el código de Cómo Hace (que apenas tiene año y poco) y cambiaría las tres cosas que tiene, empezando por la API de Yahoo! Weather que nos ha ido dejando tirados a todos. Pero me saca una sonrisa. Sé que la primera vez que hice unas setas me quedaron terriblemente sosas, pero es que sabían a setas (yeah, I know) y no podía estar más satisfecho.

Ahora la crítica, esa gente que dice que prefiere comer en un bar (o comida precocinada) todos los días porque el tiempo que dedican a cocinar vale más que lo que pagan por sus filetes empanados o Whoppers, no sé, esa gente que imprime tan poco mimo a algo tan trascendental como la alimentación. ¿Cómo es en su trabajo? ¿Cómo es en algo que le apasiona? Sí, a mí me gustan los programas y libros de cocina, desde cómo funciona el restaurante más pijo y exquisito del mundo a David de Jorge pasando por las barrabasadas más suculentas de América.

My kitchen corner - cottonblue

Cocinad. Quereos. Fallad, quemad sartenes, probad especias, ved Ratatouille veinte veces y derrochad aceite. Frustraos y bajad al chino a por fideos o atacad las latas de atún de la despensa. O eres un triste desangelado que no gusta del comer, o te lo vas a pasar pipa sorprendiéndote de la de platos que intentas hacer y lo rico que está tu porquería. Yo voy a ir apuntando los ingredientes para hacer galletas de chocolate. Y que no os engañen, salvo en las tiendas de muebles, una cocina debe estar desordenada, como el cajón de las pilas del salón.

Visto en: Fogones.

Pájaros en las trenzas de serpiente

Ingresar en la San Telmo para gobernar el mundo. Mantener el brillo en la melena hasta que James Dean pierda la pose en el Spyder. Todas las Saras del mundo pendientes de una tiza blanca. Todas las monturas oscuras de las gafas que se limpian en una camiseta de Jack Daniel’s dos tallas más grande y tú. Tú, muerta de asco en la vida. Desgastando emepetrés y gifs de Lana del Rey, ‘flawless’. Y pájaros desdibujando trayectorias de colores por encima de cualquier princesa Disney. Imagino que sigue mirando a la pared aquél lobo. Un camarero en frac, secando las copas a mano no se compara en nada a una nevera portátil acomodada en el maletero de un descapotable americano que nunca condujiste. Un rayo de sol alumbra y hace destellar los cromados del parachoques. Apenas fueron 200 kilómetros en llanuras con un gran río y sin castores mordiendo troncos, haciendo diques, golpeando la presa con las colas. No, ni una sola nube, cosa extraña tanta tormenta. Siempre una sonrisa, una queja, una mirada, un golpe seco. De repente un brazo pintado, son mariposas, son revoltosas, son inquisitivas, son infinitas. Como de costumbre: paredes blancas, un gorrión apoyado en la barandilla del balcón y una copia ya avejentada de varios libros antaño prohibidos. Ahora café recién hecho en una taza de porcelana, junto a un lazo que estuvo sujeto al extremo de tu cabello. Y ojalá tener un caballo y que los vecinos no fumen y siempre a mano un abrebotellas. Cae un pétalo del florero sobre un folio donde tachaste un poema.

Una sequoia centenaria que nos dio sombra mientras fingías que tú leías. Todo en la costa opuesta a esa hermandad secreta que te pusieron. Una libreta repleta de dibujitos a pluma de troncos de árboles. Un Charlie Brown enfadado compite con Calvin por el último sandwich de Nocilla. Ruido de una bici, el ciclista con uno de esos estúpidos jerséis de portada de la Pitchfork. Y era ceniza.

Visto en: 2013.

Arriba

Back in business, bitches! Y los 25 me han sentado rematadamente mal. Lo peor de cumplir un cuarto de siglo, ay, es que se te acumulan las cosas pendientes del TO-DO antes de los 30 y, además, te das cuenta con mayor pavor que el tiempo se acorta. Porque no hace nada que cumplí 20 y eso significa que dentro de nada llegará el temido deadline psicológico. En fin, todos conocéis lo que me gustan las listas. (Mira a los oyentes esperando que alguno grite «¡Y las tontas!» para poder continuar.)

Si bien no he sido realmente consecuente con, fiel a y buen amigo del tío que antes escribía aquí, sí me parece que no ha ido del todo mal. Correcto, lo sé, no ha ido exactamente como mi subconsciente me quería ver. Pero no está todo perdido si me pongo manos a la obra. Ahora bien, como todo yo, mis circunstancias han condicionado el resultado. Que es una forma ‘ortegaygassetística’ de decir que, bueno, viendo el panorama algo jodido y a mí dentro de una apacible comodidad donde no me salpicaba mucho la mierda, me bajé el cuello del abrigo de Corto Maltés y eché el amarre en el puerto un poco más de lo que hubiese debido.

Girl from the North Country

Es asombroso cómo Bob Dylan ha compuesto una canción que semánticamente viene al pelo para casi cada momento. Después de cincuenta y pico años guitarreando y soplando armónicas debe estar acostumbrado a que vayan metiendo con calzador cualquier letra, título, ritmo o acorde en todo tipo de medio. Gracias, tío. En fin: Norte.

¿Qué mierdas quiero decir con esto? Ya va, pasa las palomitas. Decía que me faltan historias. Historias de las de contar. Historias de las de sentirte orgulloso, de las de salvar niños en un incendio, de construir tu propio artilugio raro que da vueltas y sirve para[…], de despertarse en Albacete y no recordar cómo se ha llegado allí ni porqué tu amigo va disfrazado de bebé. Supongamos algo que no de vergüenza ajena y que, realmente, tampoco mucha gente realiza. Yo he escogido ir arriba. Ir al Norte. Os dejo un dibujo.

Mapa con la ruta en Google Maps

Bonito, ¿verdad? Madrid – Irún – París – Luxemburgo – Copenhague – Estocolmo – Alta (Noruega). No es exactamente la ruta que aparece en el mapa, pero sirve para quedarse con la big picture. De Malasaña al Ártico. La vuelta querría hacerla descendiendo por el oeste, así que bajaría por Oslo. Algo menos de 5000km. Para que os hagáis una idea, la Ruta 66 son 4000 y no está asfaltada como debe ser. En diez días y si no se me ha olvidado tachar ceros, 500km al día. Una cifra asequible para cualquiera de nosotros si no tuvieses un depósito de 8 litros y una velocidad máxima de algo más de 95 km/h para no quemar el motor de dos tiempos que ya ha demostrado ser capaz de todo. Ya, ya, no lo había mencionado, quiero ir con The Townshend. ¡Ahora sí es una historia para contar!

Recorro aproximadamente 15 kilómetros al día con ella, si no estoy cansado y el tráfico ayuda I elongate[d] my lift home, pero nunca me he ido ‘de ruta’ que es como los [dichosos] moteros utilizan para decir que no van de casa al trabajo y fuera del núcleo urbano. En dos ocasiones, repito, dos ocasiones, la he paseado por autovía y reconozco que disminuía mi hombría cada vez que tenía que lidiar con un camión en una de esas radiales de la capital. Ah, sí, y un par de huesos rotos con caras visitas al taller decorando el regalo. No estoy preparado aún para una aventura semejante, pero tampoco pretendo zarpar mañana. (Se atusa el cuello del abrigo de Corto Maltés.)

La tontería (o hazaña si eres un periodista que me quiera entrevistar, pon hazaña) sale por unos cuantos fajos, empezando por poner en punto la moto, que aún le quedan unos detalles, y terminando por los peajes que guían al Círculo Polar. Para que esto no quede en palabras, en tinta electrónica sobre la pantalla de un Kindle, en LEDs iluminados de un MacBook Pro Retina o uno de esos Samsung desechables, me he creado una orden en el banco para reservar en otra cuenta, automáticamente, 60€ al mes. Eso hace, en 3 añitos, 2000 y pico euros. Habría que contar intereses que eso produjera, por supuesto. Y, si queréis colaborar, me lo decís. Además, en caso de que todo este plan se vaya a pique, podré dedicar ese dinero a financiar mis caprichos de runner de manera que acentúe el hecho de rondar la treintena. Espero que haya un club privado y hagan tarjetitas.

¿Por qué al Ártico? Empecé a interesarme por Kiruna (Suecia) hace algo más de dos años, sin motivo aparente, hablé con gente que había estado y todos respondían que era una pérdida de tiempo siquiera intentar llegar allí. En verano coincidí con dos suecos empleados de Spotify y les pregunté acerca de lo mismo, aparte de la comparación necesaria entre turismo en España de sol y cerveza en la playa y la poco apetecible idea de dar de comer a renos, tampoco me animaron a ir en ningún momento. «No es tan bonito.» Después, y siguiendo con mi cabezonería, llegó Medem y aunque yo no tenía mucha idea del origen del temazo (en serio) de La Oreja de Van Gogh, marca. Lo sé, una película española y tal, pero, confiad, ésta es buena. A eso hay que sumar que ya ha habido locos con cacharros más modestos que han accedido a la parte más septentrional de Europa. Originalmente planeaba conducir hasta Mongolia, no hay explicación, pero soñé repetidas veces que después de prepararlo y partir, moría. Además de una manera absurda y al poco de salir, recién arrancada la aventura. Retomé mi interés por el frío. Acojona demasiado plantearse realizar el trayecto en invierno aunque cuentes con la postal de la aurora boreal, habrá que coger cariño al sol de medianoche. Pensad en todos los momentos mágicos que regalaré al Instagram del momento.

Estaréis echando algo en falta, ¿y la chica? ¿De verdad pretendes hacerlo sin compañía? No es algo que tenga decidido, no es algo que tenga siquiera pensado, no es algo de lo que haya hablado con nadie, no es algo que haría si tuviese pareja.

Visto en: I ride a GS scooter with my hair cut neat.

Corredor [of a Dirty Old Man]

Acaba de comprar un pack ahorro de botellines de cerveza y no sabía qué dice ese gesto al resto del mundo de él. Suponía que era malo, suponía que era igualmente irrelevante lo que nadie pudiera llegar a imaginar, sobre él. «El litro sale bastante más barato, yo qué sé, si fuese suavizante nadie se extrañaría.» La gente que vive sola no debería beber, y la gente que bebe sola no debería vivir. Pero quién es alguien para juzgar. Si es que le sale más barato.

Hace chistes inaudibles, sobre cómo allí encima de aquél fregadero a rebosar, detrás de las cazuelas que dejó en inquilino anterior, en un agujero, vivía un hobbit. Tararea desvergonzado aquellos primeros pasajes de no sabe qué canción de los Pixies. Y escribe cuatro líneas, dibuja un bigote a la mujer del folleto de publicidad que dejaron en el buzón y habla por teléfono mientras coloca las botellitas y el resto de la compra. No sabía que al final se había llevado también aquél ridículo bote de salsa César. Se tira en la cama boca arriba, pensando a dónde iría aquél vecino. Aquél vecino. El del perro, el del otro lado del pasillo, a la izquierda saliendo del ascensor. Ese que también vive solo, con su perro, pero solo. Ese vecino que no se separa de su jersey rojo, gafas oscuras y un llavero dorado.

No sabe ni su nombre, ni cuál de esas tres de allí es su puerta. No sabe si trabaja o si algún día trabajó. No sabe ni si el perro es agradable o no. No se puede decir tampoco que el hombre se hubiese interesado por él, diría que ni tampoco por ningún otro vecino. Siempre le acompañaba un rastro extraño de olores nauseabundamente entrelazados, más fácil que fuera un quiste del perro, de esos que no levantan dos palmos del suelo. Es frío. Los vecindarios son fríos. Siempre le fue más cómodo ignorar a quienes vivían a su alrededor, igualmente fueran cálidos y sonrientes asiáticos o impávidos bielorrusos tatuados, como cualquier personaje malo de película de serie B de hace 25 años. Hace 25 años.

Los de arriba se quieren mucho. Se quieren tres veces al día, al menos. Aunque a ratos incómodo le es inevitable el acordarse de la señorita Poulain en el tejado. Sonreír cuando terminan, cuando se les oye reír y ella a veces llora. Y en la cabeza le aparecen cinco notas, doce acordes y los cipreses del delta. Ya ellos cierran sus vidas, no quieren compartir el resto: los espaguettis fríos, la pila de libros sueltos, el cargador del teléfono en el suelo. Pero, ríe, no cree que en la cabeza del vecino, detrás de las lentes de sol, bajo esa calva y en ese jersey haya habido sentimientos despertados por los golpes del cabecero en la pared de encima. Habría estado aporreando el techo, defendiendo a gritos su silencio, chocando contra sí dos tapas de sendas ollas mientras camina en círculos. O simplemente habría cogido aquél diminuto arnés marrón y habría salido, otra vez más, a la calle, cuesta arriba a ver el mundo desde su jubilada perspectiva mandando correr más al pobre bicho asfixiado.

Y se pregunta enferma y jocosamente si no sería él el asfixiado, si detrás de cada gélido saludo que comparte con el mundo no se esconde un suspiro de resquemor por una tragedia autoérotica. Un susto, un simple ‘casi’, las orejas del lobo, la vergüenza de imaginarte siendo encontrado muerto, días después, siendo comido por tu mascota inquieta y completamente desnudo. Pensamientos desviados que ayudaban a que él viese al viejo con ojos distintos cada día, siempre que de lejos le llamaba al ascensor y le decía que no esperaría, pero que ha tenido la bondad de pulsar el botón. Aquél hombre que sujeta la puerta entre suspiros de desagrado y farfulla cuando cruzas. Aquél hombre que tal vez un día hubo sido feliz. Entre caricias y almohadones, sábanas de seda. Entre risas de amigos, situaciones inverosímiles que se repetirán a cada nuevo conocido. La piel de gallina cuando el cantante alcanza y mantiene el tono de forma fascinante. La tristeza del llanto seco que produce el cerrar una maleta. La curvatura del tallo de la puta planta que ya nadie cuida. Los platos que estaba fregando cuando sonó el teléfono. El color del otro coche. Las cortinas del hospital. El mensaje en la cinta de la corona.

Se levanta de la cama para lavarse la cara. Sin muecas. Imaginarse abriendo el cajón sabiendo que no está a la vista el abridor y abrirlo para confirmar que cuesta encontrarlo. Tira dos calcetines sudados a la lavadora y abre, de hecho, una cerveza. Se pregunta si Dostoyevski hubiese escrito algo al respecto, si habría hueco en la crueldad de ‘Crimen y castigo’ para dar un marco a las ojeras de su vecino. Si hubo una princesa. Si para él habrá, si la perderá y decidirá vivir tras unas gafas de sol y dentro del jersey que tejió para él. Si bailará en las azoteas hasta que que el amanecer mire cauteloso los besos. Si es por eso por lo que este puto tipo sube siempre la cuesta cuando sale de casa. A lo mejor, pensaba, a lo mejor el viejo vecino vive amarrado a una colección de discos que ella le regaló. O a lo mejor malgasta la pensión en fideos chinos y dos chavalas que nunca se interesarán en hablar contigo mientras pagues.

Y él baja la basura con cierta esperanza de encontrarse con el vecino, con la mínima pista que le aclare algo, esforzándose en saber si se ha de ver reflejado en cada paso que da o es mejor que… ¿Qué?

Visto en: Rel #8.