• Hola ¿has publicado ya este tema para que lo descarguemos y probemos? Gracias

Igual

Igual que cuando llega, como ahora, esa sen­sa­ción de domingo por la tarde. Igual es por­que el ase­sino del libro de Paul Aus­ter se llama Paul Aus­ter o igual es por­que lo único que quise hacer con Dubli­ners de Joyce fue ter­mi­narlo. Igual hacía una década que no escu­chaba entero éste LP que suena. Igual es que nunca se me hubiera ocu­rrido decir que las man­gas de Blan­ca­nie­ves eran abo­llo­na­das hasta que me lo tuviste que expli­car. Igual es que me aca­ban de poner un Bogart y, la ver­dad, aún no he sabido bau­ti­zarlo. Igual el ‘timing’ de todo esto me está jodiendo la merienda, que es agua. Igual mi arte para lo creepy ya ha lle­gado a su más alto nivel. Igual es que me has hecho más Geko de lo que me sen­tía desde hace años. Igual es que mi egoísmo está a igual nivel que la maes­tría ante­rior. Igual que los agu­dos de este tema ins­tru­men­tal. Igual es que no he sabido agra­de­cer que no me cru­za­ras la cara cuando he pisado las hier­bas del jar­dín en el que nadie me ordenó meterme cua­tro veces, cinco, tal vez seis. Igual era la media son­risa acom­pa­ñada de un «¡Orozco!» las dos veces que me recogí el pelo. Igual Kit Haring­ton. Igual que el tem­blor en la mano al saber que su nom­bre era una flor que estaba… no recuerdo dónde y, él, Manuel. Igual que haber tenido que apren­der qué es un gera­nio. Igual es la para­doja de que habla­ras hasta tener sueño y todo ésto venía de una pesa­di­lla. Igual es tu repul­sión hacia esa por­que­ría lla­mada kali­mo­txo. Igual la cor­do­besa. Igual que cuando te atre­viste a sol­tar un no sé qué en el hom­bro y otro tal detrás de la oreja. Igual que cuando miras diciendo «Pues, tío, la has cagado.» y aga­rras un Tomahawk. Igual era Tai­lan­dia. Igual que taparme la cara con el pelo por­que me cono­ces tan bien. Igual por jugue­tear con un boli y una eti­queta de Mahou. Igual que enre­dar, pero era otra pala­bra. Igual es que nunca te puse «Cosas que hacer en Islan­dia» pero sí habla­mos de «Aman­tes del Círculo Polar», que sólo cono­cía por Amaia y Xabi, y tal. Igual es que la regla aque­lla que siem­pre me dijiste que no tenía sen­tido nunca tuvo sen­tido. Igual es una cami­seta de Jack Daniels. Igual que debí con­tes­tar todo, enton­ces. Igual que cuando pre­fe­riste el Rojo Fuego y yo no tenía favo­rito, pero con­fieso que el Ama­ri­llo, con Pika­chu detrás todo el rato me pare­cía el más mono. Igual es la esca­yola o igual es la sili­cona. Igual fue la cro­queta que quedó sola. Igual es el tiempo que hace que no pisas una playa. Igual las vie­jas de la cola de la esta­ción de buses. Igual tu cara de rechazo cuando te expli­caba la sen­sa­ción de velo­ci­dad desde el puño hasta el cue­llo. Igual la tela que tuvie­ron que cor­tar. Igual el semá­foro par­pa­deante indi­cando pre­fe­ren­cia o igual el inter­mi­tente que no puso el coche aquél y la son­risa de la madre aque­lla. Igual que todo esto te resulta impre­sen­ta­ble. Igual lo es. Igual es el reflejo de tu impac­tante melena. Igual es que te gustó el correo que para­fra­seaba a Heming­way y con­ti­nuaba diciendo que nunca me he acer­cado a «El viejo y el mar» y soy poquito de San Fer­mi­nes. Igual fue el momento en que dijiste que era una pena que tuviese esto tan aban­do­nado. Igual la son­risa con la que acom­pa­ñaste aque­lla firma, sí, justo, la de ahora. Igual «Lolita» de Nabo­kov. Igual Lulú. Igual las tor­ti­tas en lugar de crê­pes. Igual los gol­pes en el hom­bro por cada dis­culpa. Igual era aque­llo del amor pro­pio y no el otro que dijiste. Igual un huargo. Igual ‘tu’ Sara. Igual es una his­to­ria de las que oía Patri­cia. Igual lo bien que pones todo en su sitio. Igual lo que lo nece­si­ta­bas. Igual es que no me per­mito estar intere­sado si fuera fácil. Igual el ves­tido de prin­cesa que nunca ves­tiste. Igual que decir ‘pequeñaja’.

Visto en: @.

Domingo, 5 mayo, 2013
ElGekoNegro

El encanto de los guantes para conducir

Los que me cono­céis (ahm, a estas altu­ras apos­ta­reía que todos) sabéis que me acerco al mundo del auto­mo­vi­lismo y ‘la moto’ más desde un punto de vista román­tico y clá­sico que mera­mente fun­cio­nal: ir de un lugar a otro, es decir, ir de un lugar a otro pero inten­tando que sea de la manera más lovely que se pueda y til­dando de soso de los cojo­nes a cual­quier otro que no lo vea así.

Bien, pues no sólo sigo igual, ahora me han soli­ci­tado que vaya un pasito más. Pre­pa­rando el exa­men de cir­cu­la­ción del car­net A2 (última de las tres prue­bas) el pro­fe­sor se extrañó de que la moto se calase al ir a parar de manera que me pidió que con­du­jera sin guan­tes o pro­base con unos más finos a ver si era eso o el pro­pio vehículo. La moto está en el taller por un pro­blema con el embra­gue y yo salí con una idea que había tenido en la cabeza desde hacía años (pro­ba­ble­mente antes de con­du­cir coches) y que inex­pli­ca­ble­mente se había que­dado oculta en una caja hasta este ins­tante: hacerme con unos guan­tes para con­du­cir. Sé que suena extra­va­gante pero voy a hacer hin­ca­pié en que es algo de lo más natu­ral, más aún si, como decía, tene­mos una idea román­tica y boba­li­cona acerca de máqui­nas de más de una tone­lada que mal usa­das matan a gente. La cajita que se encuen­tra frente al copi­loto se llama guan­tera por algo, glo­ve­box.

Afor­tu­na­da­mente para mi enfer­mizo ego, tras la pelí­cula Drive sólo la cha­queta hor­tera se ha puesto de moda entre los hips­ters, pasando desa­per­ci­bido el deta­lle pre­cio­sista de la con­duc­ción de Ryan Gos­ling con el corte clá­sico de este tipo de guan­tes, ese que incluye un agu­jero justo en el dorso de la mano ade­más de los ori­fi­cios para los nudi­llos. Será cosa de Meteoro, que me esforcé en dejarlo gra­bado en la retina. Y eso que, yo, no soporto lle­var guan­tes. Nunca me ha gus­tado y no creo que nunca me guste. En invierno, si hace frío, me cruzo de bra­zos con las manos cerra­das muy fuerte o meto las manos y buena parte de la muñeca en los bol­si­llos tirando hacia abajo del pan­ta­lón, pero en una moto no soy tan gili­po­llas como para no tener miedo de caerme y rozarme hasta sangrar.

Los guan­tes de moto, así como toda la ingente can­ti­dad de ropa y acce­so­rios para moto­ris­tas es cual­quier cosa menos ele­gante. Es prác­tica por­que está pen­sada para un fin que cum­ple bas­tante bien: abriga y pro­tege, pero sus colo­res chi­llo­nes esco­gi­dos para mejo­rar la visi­bi­li­dad del piloto raras veces resul­tan ape­te­ci­bles al ojo, ape­nas las dos o tres oca­sio­nes que ponen a un famoso a ven­der algo (Ewan McGre­gor. Siem­pre.), que no es reflejo de la reali­dad. Algo simi­lar sucede con los cas­cos sólo que, al con­tra­rio, la sobrie­dad y la falta de dibu­jos y colo­res absur­dos hace que se coti­cen menos y su pre­cio baje con­si­de­ra­ble­mente siendo idén­tico modelo. Gracias.

Jinba ittai

Como era de espe­rar yo ya me he puesto en la bús­queda de unos guan­tes que me per­mi­tan cir­cu­lar en ambos vehícu­los a sabien­das de que, por mucho que se empeñe el per­so­naje de Ryan, con­du­cir un coche con guan­tes sólo queda bonito si éste es des­ca­po­ta­ble. Unos que no resul­ten muy can­to­sos mien­tras circulo, que me pro­te­jan la mano en caso de acci­dente y que no me cau­sen mucho calor. Muy pro­ba­ble­mente los ELMA de ciervo. Muy a juego con un casco Ruby y gafas.

Visto en: Le Mans. Por ejemplo.

Viernes, 12 abril, 2013
ElGekoNegro

¿Cuánto hace que no descubres una web molona?

Yo mucho, seguro. Tiene una expli­ca­ción muy sen­ci­lla: por un lado que navego a tiro fijo y, por otro, que noso­tros ya no crea­mos webs, crea­mos ser­vi­cios. Y, bueno, llega a moles­tarme bas­tante. La gente ya no se apa­siona igual, supongo. Todos somos unos dejados.

En mi caso, en casa, la única opción que he esco­gido para man­te­nerme al día de más o menos todo se limita a inter­net. Sin tele­vi­sión y sin radio o perió­di­cos. Quiero decir, paso mucho tiempo en este medio (que, al mismo tiempo, me per­mite pagar mis fac­tu­ri­llas de chico grande) y echo tre­men­da­mente en falta la sor­presa. Mucho. El hecho de que antes abrie­ras un nave­ga­dor y tuvie­ses una página de inicio como Goo­gle que te obli­gase a bus­car algo faci­li­taba que ter­mi­na­ses en gari­tos pixe­la­dos de lo más diver­ti­dos (o tris­tes, que podía ser incluso mejor). La visión gene­ral de las ocho webs más con­sul­ta­das está bien para acce­der a los cua­tro sitios de siem­pre y, al mismo tiempo, blo­quea esa radi­ca­li­za­ción del deseo de encon­trar algo mejor, algo que no esté en tu zona segura de navegación.

Hablo por mí (natu­ral­mente) y digo que la última vez que encon­tré una página cuyo con­te­nido me intere­sase de ver­dad, de pasar horas en ella y espe­rar con ganas las siguien­tes actua­li­za­cio­nes coin­cide con la última vez que notaba aque­llo de las mari­po­sas en el estó­mago y con­taba los minu­tos que habían pasado desde el último beep del móvil. Hay algo muy jodido en mi cabeza.

La rup­tura de la comu­ni­dad ha sido, tam­bién, clave en este asunto. Pues aun­que somos las mis­mas per­so­nas y tene­mos la opción de hablar­nos de cual­quier pijada como en aquél no tan lejano en el tiempo antaño, la comu­ni­ca­ción hace tiempo que no la cen­tra­mos en nada y, bueno, tam­poco com­par­ti­mos nues­tros pobres des­cu­bri­mien­tos más allá de apli­ca­cio­nes para móvi­les de moda durante una semana o tum­blrs infi­ni­tos sobre temas ya mas­ti­ca­dos y sabo­rea­dos hasta dejar­los líqui­dos e insípidos.

Las mari­po­sas y el beep mata­ron el dospuntocerismo.

Visto en: Un sábado a la noche.

Sábado, 9 marzo, 2013
ElGekoNegro

Cuando alcanzas y superas a tus héroes

Sí, aquí viene uno de esos post de hacerse mayor ya tan des­fa­sa­dos, como todo el asunto de blogs per­so­na­les, pero bueno, es mi cálido reducto. Y hoy ha sido un día ago­ta­dor en lo labo­ral pero moti­va­dor en lo per­so­nal. Me ha dado por lo ultra­sano, de repente, he com­prado mer­luza y me la he cenado. He com­prado vai­nas (judías ver­des que dicen de Vito­ria para abajo) y me he pre­pa­rado con ellas la comida de mañana. Y hasta he vuelto a correr (las agu­je­tas me harían ganar un con­curso de baile-robot). La culpa de esto último la tiene uno de los libros que estoy leyendo ahora por las maña­nas, y digo uno no por ir de guay (que eso ya lo debe­ríais dar por supuesto) sino por­que he desa­rro­llado, repen­ti­na­mente, la habi­li­dad para leer varios libros a la vez, algo que antes ni me hubiera plan­teado: Uno para el metro, uno para antes de dor­mir y otro para cuando tenga ratos vacíos que no sepa con qué relle­nar y me dé pereza hacer cual­quier otra cosa. El de por la noche es un tomo gran­dí­simo, entre­te­nido, curioso y pési­ma­mente tra­du­cido al cas­te­llano (una autén­tica pena), Nueva York de Rut­her­furd, que me rega­la­ron hace año y… bueno, ya tocaba. El de los ratos muer­tos empezó siendo la colec­ción de Corto Mal­tés (la que ven­den en cofres) pero ahora mismo es The Lan­guage of Mat­he­ma­tics (intenté comen­zar Moby Dick, una edi­ción chu­lí­sima que com­pré en la FNAC de Callao [PUTO PIJO (sí, pero está a dos minu­tos de mi casa)] en la sec­ción de libros gui­ris y me costó menos de trece pave­tes, pero la he dejado para cuando ter­mine Nueva York). Y, final­mente, el que ha dado pie a este post es un librito real­mente peque­ñajo, ideal para el trans­porte público, escrito por nues­tro amado Mura­kami, What I talk about when I talk about run­ning (siete euri­llos en la misma sec­ción de la misma tienda) y ni idea de la tra­duc­ción por­que el ori­gi­nal está en japo­nés y no conozco casi nada de ese len­guaje, pero podría hacerme aún más el molón y decir que han pati­nado con tal cosa o han abu­sado de tal otra. Pero tam­poco hay que mala­sa­ñear tanto, quiero seguir pare­ciendo adorable.

Ama­zon debe­ría pasarme unos cén­ti­mos por los enla­ces ante­rio­res, ¿ver­dad? No importa. Mura­kami habla de sí mismo en una situa­ción con­creta: correr. Sus moti­va­cio­nes, sus aspi­ra­cio­nes a lo largo de las mara­to­nes en las que ha par­ti­ci­pado o la música que pre­fiere escu­char mien­tras corre, de cómo cam­bia la carrera depen­diendo del estado de ánimo y otros asun­tos per­so­na­les que han acom­pa­ñado su vida para­le­la­mente a la escri­tura y a su afi­ción por las lar­gas dis­tan­cias y el triatlón. Vamos, el típico libro auto­bio­grá­fico que le impri­men al típico depor­tista de élite cuando está a dos tele­dia­rios de la reti­rada, pero expre­sado desde el punto de vista de un ama­teur de casi casi sesenta años que empezó a correr a los treinta y pico. Cada dos por tres recu­rre al tema de las metas per­so­na­les (cons­tan­te­mente, de hecho) pero tanto de las volun­ta­rias como de las que casi sin dar­nos cuenta alcan­za­mos y supe­ra­mos. Y aquí, bue­nas noches y bien­ve­ni­dos, es donde comienza el post.

Nues­tro pri­mer héroe, creo que para todos los tíos (con tíos me refiero a huma­nos con pilila) es nues­tro padre. Des­pués nues­tros pri­mos mayo­res y, final­mente algún pro­fe­sor. Para las tías no lo tengo tan claro, pero ima­gino que debe ser simi­lar. Hay gente que endio­sa­mos, que nos que­da­mos boquia­bier­tos cuando hacen tal o cual cosa, desde domi­nar un ins­tru­mento (algo que no estoy seguro que sea real­mente posi­ble, excepto las cas­ta­ñue­las, en serio, parad con eso), com­pe­tir en carre­ras de coches para afi­cio­na­dos (y ganar) o cosas mucho más mun­da­nas como arre­glar el molesto ruido de un elec­tro­do­més­tico, la ven­ta­ni­lla del coche o cual­quier otro recuerdo de infan­cia. Mi padre siem­pre será mi mayor héroe, no sólo por­que me gane al aje­drez, sino por­que es mi padre. Ya he comen­tado en más de una oca­sión que tengo autén­tica fas­ci­na­ción por mis padres y que, pese a haberlo vivido en pri­mera per­sona, me parece increí­ble lo que han hecho y la apa­rente faci­li­dad con la que nos dan todo a mi her­mana y a mí. Héroes los dos, natu­ral­mente. Pero, por lo que sea, llega un momento en el que dejas de fas­ci­narte por las habi­li­da­des de la gente, de que tam­poco es tan difí­cil coci­nar bien (y sano) de que aquél com­pa­ñero de ins­ti­tuto tan atlé­tico corría mucho pero que con esfuerzo no ves tan com­pli­cado alcan­zar sus mar­cas (de enton­ces), que reju­gando aque­lla pan­ta­lla no resulta tan difí­cil como la veías de enano, que esa per­sona que pare­cía un autén­tico fiera en tu pri­mer curro pro­ba­ble­mente ahora sea inca­paz de com­pren­der real­mente cómo fun­ciona tal o cual cosa.

Todo natu­ral, por supuesto, afor­tu­na­da­mente, a poco que hagas (bien) con tu vida, te pasas el día apren­diendo cosas y absor­biendo infor­ma­ción, datos, pro­ce­di­mien­tos y poniendo lava­do­ras. Y de repente viene el miedo. Cuando pien­sas en la gente para la que eres (si la hay) o para la que serás (si la hubiera) un héroe: críos que se fas­ci­nan por­que mar­cas desde la línea de tres y les expli­cas cómo fun­ciona un video­juego de ver­dad, por ejem­plo. Luego vie­nen las decep­cio­nes, cuando ese crío tenga fuerza y sepa colo­car la muñeca o com­prenda un sim­ple sis­tema de físi­cas à la Box2D o simi­lar. Enton­ces, en ese momento, lle­gará la decep­ción. Y será horrible.

Visto en: Todo aque­llo de Belle & Sebas­tian al principio.

Miércoles, 6 febrero, 2013
ElGekoNegro

La gente que se presenta al carnet de moto

A dife­ren­cia del car­net de coche, y feliz año nuevo a voso­tros tam­bién, que parece una impo­si­ción lógica por parte de la socie­dad y una fecha a enmar­car en la vida de todos (como tu pri­mer beso, tu boda, tu pri­mer polvo, la muerte de un ser que­rido, el naci­miento de alguien etc, etcé­tera, et cœtera, & y otros etce­te­rís­mos) el car­net de moto es algo a lo que uno se apunta por capri­cho, sal­vando el caso de los aspi­ran­tes a made­ros que lo hacen para tachar una casi­lla reque­rida en una opo­si­ción. Esto es jodido de enten­der en un momento en el que, sobre­todo a la gente joven, nos viene mal lo de gas­tar­nos los cuar­tos: o mi per­cep­ción de la reali­dad me engaña o hace unos 7 o 10 años la can­ti­dad de cha­va­li­tos en ciclo­mo­to­res y moto­ci­cle­tas de plas­ti­quete era mucho, mucho más lla­ma­tiva, por su vis­to­si­dad cutri­lla y por su sonido exa­ge­rado. Pero sí, capri­cho. Pues al fin y al cabo hay que seguir dando salida al esto­caje de nue­vos iPho­nes y nue­vos Gala­xies (pro­ba­ble­mente ‘Galaxys’) que es el único telé­fono que la gente que lo com­pra deci­di­da­mente y no por pro­mo­ción o des­carte, lo com­pra por des­pe­cho y aún no con­sigo que me entre en la cabeza, lo cual es com­pren­si­ble por­que, pri­mero, no te per­mi­ti­rán actua­li­zarlo de manera que su vida útil comienza con una sen­ten­cia de muerte y, segundo, los hacen exa­ge­ra­da­mente grandes.

Soy un capri­chi­tos y, per­do­nad que no me haya moles­tado en bus­carlo, pero ima­gino que todos sabéis que hace exac­ta­mente un año me apunté en una auto­es­cuela para sacarme el car­net A2, y tengo miedo de que cuando publi­que esto el car­net no se llame así. Con todo el aje­treo de mudanza, cam­bio de vida, prima de riesgo y robots en Marte lo fui dejando durante mucho tiempo. Allí, en Valla­do­lid, aprobé mila­gro­sa­mente y a la pri­mera el teó­rico (pues me limité a hacer un puñado de tests la noche ante­rior) y comencé con las prác­ti­cas hasta que empezó a hacer bueno y me vine a Madrid. Des­pués de un jaleo de pape­les, cuando dejó de hacer bueno en Madrid con­se­guí homo­lo­gar todo (las tasas y el exa­men, real­mente) y apun­tarme a la auto­es­cuela que está más cerca de la Man­sión Wayne de Pro­vin­cias según Goo­gle Maps. Fui a dos prác­ti­cas, me repa­teaba que tuviese una hora de metro por tra­yecto para lle­gar al cir­cuito y me dejé con­ven­cer por mi como­di­dad ale­gando que ya en noviem­bre tam­poco era plan ponerse a ver si lo saca­mos o no, que como capri­cho que es, prisa no hay nin­guna. Me voy dejando de rollos y os planto el tema direc­ta­mente. Ahora que tengo los aho­rri­llos para poder gas­tar en una moto (de segunda mano y apta para ser des­tro­zada con cierta ale­gría) sin rezar a todo el san­to­ral cris­tiano y a las dei­da­des hin­dúes por­que no haya nin­gún movi­miento extraño en el curro, me ha dado por vol­ver a pedir prác­ti­cas y qui­tarme de encima este asunto en cuanto pueda).

Vespa ss180 por mennyj

Curio­sa­mente, lo que más me pone ner­vioso del asun­ti­llo es el tipo de gente que va a prác­ti­cas de moto con­migo. Y es otra de las dife­ren­cias con el tema del coche, nadie está en la obli­ga­ción de con­du­cir motos (vale, coches, tam­poco, pero me enten­déis) por lo que la gente que viene a estas his­to­rias son per­so­nas que real­mente quie­ren estar en estas his­to­rias. Y se ale­jan, por mucho, de la clase de gente con la que a mí me gusta hablar de motos (que es un tema recu­rren­te­mente cani, y jode). Encon­tra­mos desde críos, segu­ra­mente mayo­res que yo, la ver­dad, de los de cami­seta inte­rior blanca de tiran­tes y casco pro­pio abierto que, por mucho que me joda, hace mil vir­gue­rías con la puta moto y te deja a ti y a tu pre­cau­ción a la altura del betún. Pen­sa­réis que no pasa nada por­que es la clase de per­sona que ter­mina abrién­dose en dos con­tra un guarda-raíl en cuanto te des­pis­tas en la carre­tera. Y lo peor es que no, para nada, pues, al final, lo que cuenta en el exa­men aparte de la habi­li­dad en parado es cómo mane­jas el vehículo cuando vas aco­jo­nan­te­mente rápido. Pero aco­jo­nante de aco­jo­nar, de peli­groso (es la parte que peor me sale). Los pro­pios pro­fe­so­res no hacen otra cosa que ani­mar a todas las per­so­nas a ‘dar gas’ sin miedo en la parte rápida y a fre­nar con brus­que­dad al final del ace­le­rón. Hay que reco­no­cer que estas movi­das de ruido y humo repen­tino son diver­ti­mento de manual para «los fitis», pero para mí y para un redu­ci­dí­simo grupo de per­so­nas más no.

Todo esto es algo que se nota cuando hablas de la moto que te gus­ta­ría que­rer (ya que, a dife­ren­cia del coche, de nuevo, no quie­res ‘un coche’, sino que aquí ya sue­ñas con el modelo con­creto o incluso el pre­pa­ra­dor al que le soli­ci­ta­rás tal o cual reto­que). Mi con­cepto del moto­ci­clismo se aleja mucho de las carre­ras de gran­des pre­mios, o Gran­des Pre­mios, como se escriba, aun­que se me escapa una son­ri­si­lla con esa ima­gen clá­sica de com­pe­ti­cio­nes que cul­mi­nan con un podio a pie de pista y un señor sudo­roso con gorra y bigote arro­pado por otros dos cafres que tam­bién se han jugado la vida, y que lleva en su cue­llo una corona de flo­res. Ya sabéis, aque­llas épocas donde la com­pe­ti­ción en sí era tan peli­grosa que nadie se plan­teaba en abso­luto el ridículo daño en com­pa­ra­ción que podían hacer las taba­ca­le­ras anun­cián­dose. Moto­ci­clismo de via­jes épicos entre con­ti­nen­tes per­pe­tra­dos por pilo­tos con una esca­sí­sima pre­pa­ra­ción y un pre­su­puesto nulo que ape­nas tie­nen ilu­sión y una llave inglesa con la que inten­tar repa­rar todos los peque­ños tran­ces que les sur­jan. Gla­mour den­tro de la sucie­dad de la grasa, sin tele­me­trías ni morirse de ganas de ‘tocar rodi­lla’ en cada curva. Moto­ci­clismo de manta enro­llada en el macuto. Puro dis­frute a mar­cha rela­jada en una com­pa­ñía redu­cida al máximo. Y, la ver­dad, pen­saba que en este mun­di­llo (den­tro de él) encon­tra­ría gente así, intere­sada por cosas así y no sólo en si Yamaha ha sacado ‘una mil nueva’.

Cafe Racer por Sam Zhang Photography

Y como por este pia­no­bar cada vez pasa menos gente, apro­ve­cho para lan­zar mis inquie­tu­des al aire, más pronto que tarde, y saber si, ya que esta­mos y hoy me toca escri­bir, alguno de los pocos pero exqui­si­tos lec­to­res apol­tro­na­dos que se dejan ver al fondo se ani­ma­ría, en el futuro, a una excur­sion­cita simi­lar. Ya me decís.

Visto en: Este sitio.

Lunes, 14 enero, 2013
ElGekoNegro

La pose de la etapa de los cereales de marca

Una de Capi­tán Obvio, pero que tiene su miga y es con­ve­niente (creo) recor­darlo. Esto de vivir por uno mismo es toda una expe­rien­cia, sobre­todo, por­que en el mayor de los casos tam­bién vives para ti mismo. ¡Es único! Sin duda es una etapa de mi vida que debo apro­ve­char y de la cual me he dado cuenta hace más bien poco tiempo, cosa de sema­nas. Yo lo he bau­ti­zado como «la etapa de los cerea­les de marca». El nom­bre lo dice abso­lu­ta­mente todo.

Cuando comencé a vivir de mí mismo y en mi pro­pio espa­cio quedé expec­tante inten­tando intuir por dónde podrían venir las balas y, durante los pri­me­ros dos o tres meses vivía lite­ral­mente den­tro de una hojita de cálculo e inten­tando ser lo más minu­cioso posi­ble en ella. No se puede decir que fuera algo enfer­mizo, pero sí le otor­gaba una gran­dí­sima impor­tan­cia. Tiempo des­pués, el sufi­ciente como para poder pre­ver los gas­tos veni­de­ros, cuando ya creía tener la sar­tén por el mango, comencé a sol­tarme poco a poco hasta lle­gar al momento actual. No hablo sólo de eco­no­mía (pues la eco­no­mía domés­tica, en la mayo­ría de los casos, no es más que sumar un mucho de una vez y res­tar un poco muchas veces hasta la siguiente suma), hablo de lo que se extiende de la eco­no­mía pues, una vez tenido sujeto el tema de las cua­tro perras de cada mes, si aña­di­mos la mez­cla ade­cuada de admi­nis­tra­ción y capri­chos alcan­za­re­mos un modo de vida desaho­gado y de lo más pla­cen­tero a la vez, ese en el que pue­des decan­tarte por los cerea­les en base a su renom­bre y no a su nom­bre. Todo esto, por supuesto, desde el punto de vista de un puñe­tero pijo de la hos­tia como apa­rento ser y, peor, soy.

Todo se basa en peque­ños tru­cos que, aparte de dar ambiente y hacerte sen­tir mejor por pura esté­tica, te suben un poquito en la escala social de tu vecin­dad (o algo así). Son cosas como darte cuenta de que tie­nes unas latas de cer­veza en el fri­go­rí­fico por tener, para cuando viene alguien y quie­res invi­tarle a que tome algo, lo mismo que el sur­tido Cué­tara que, de niño, sólo veías en la mesita del salón cuando venía algún fami­liar con­creto. ¿Tomas cer­veza en casa? Siguiendo con el ejem­plo. En mi caso con­creto veía que sólo bebía, como he dicho, cuando venía alguien o, en tres oca­sio­nes, viendo un par­tido de la Real Socie­dad por strea­ming. ¿Qué he hecho? Com­prar bote­lli­nes, ¿por qué? Por puro gla­mour, por pura ima­gen, por puro ego, por pura son­risa del que llega a la Man­sión Wayne de pro­vin­cias y le sale una chis­pita en los ojos al ver las jarras de cer­ve­zas siem­pre en el con­ge­la­dor y sen­tirse extra­ña­mente entre­te­nido y dis­fru­tando del sim­ple gesto de uti­li­zar un abri­dor en lugar de urgar con la uña en el tira­dor de la lata. Por supuesto que los bote­lli­nes son más caros que las latas, el vidrio (reci­clado) se paga mejor que el latón. ¿Qué pasó con mi adic­ción a la cafeína? Se sigue ali­men­tando de bara­tas latas de Coca-Cola Zero. Sin drama.

La magia de estos capri­chos, de que­darte con el queso bueno y no con el queso, de darte el gusto cada semana de coger dos o tres ingre­dien­tes de cocina que sabes que son de la máxima cali­dad por­que, por algún motivo, te has moles­tado en bus­car y cono­cer lo mejor, en cono­cer quién hace el queso del Auchan y cómo, de dis­fru­tar de las dife­ren­cias entre un embu­tido tra­di­cio­nal que te hace babear con el pri­mer aroma una vez abierto el envol­to­rio enva­sado al vacío y el sobre­cito de lon­chas de algo que cogía antes por cos­tum­bre. Son deta­lles, algo más caros, pero que ahora me puedo per­mi­tir, no sé si den­tro de otro medio año lo podré seguir haciendo, no sé cuándo me veré obli­gado a dar fin a esta etapa de Cho­ca­pic y pose. Capri­chos de ape­nas cinco euros más a la semana que no te hacen sen­tir des­gra­ciado cuando abres el frigo, el arma­rito de las espe­cias o la maleta por­que ahora pue­des per­mi­tirte visi­tar Lon­dres des­preo­cu­pa­da­mente con la excusa de tener un amigo allí.

Y, es que, manda cojo­nes, a ratos se nos olvida que todo este tin­glado que nos hemos mon­tado de la socie­dad, la vida y su con­vi­ven­cia, lo de pasar tiempo por aquí, de nada sirve si no dis­fru­ta­mos, y se dis­fruta mejor con lo mejor, y su dis­fruta mejor bus­cando lo mejor, apren­diendo a cono­cerlo, sor­pren­diendo a los demás. Sacu­dién­do­nos los com­ple­jos ridícu­los de pobre escon­di­dos bajo la caspa siem­pre que poda­mos per­mi­tir­nos deta­lles con noso­tros mis­mos, ya sea un sal­chi­chón exqui­sito, una edi­ción espe­cial de Moby Dick edi­tada por Pen­guin con un tacto extra­or­di­na­rio, la apli­ca­ción móvil de moda o sabiendo apre­ciar la alpaca en lugar de la lana. Cre­yén­dote un dandi.

Visto en: Mala­saña, Cam­den y alrededores.

Lunes, 26 noviembre, 2012
ElGekoNegro

La efe

La letra efe es rara. F. No llega a E. Ni a A. Tiene un glifo, con f, curioso. Llevo toda la tarde, en la ofi­cina, pen­sando en la dichosa letra. Efe, efe, efe. Ha sido una tarde ate­rra­dora, extra­ña­mente pro­duc­tiva, gra­cias al cielo. O algo. Efe. Cuando empe­za­mos a escri­bir todos inten­ta­mos tener la misma cali­gra­fía, la que nos ense­ñan en la escuela, la que man­tie­nen muchos abue­los, la de la A minús­cula, redon­dita, con cir­cu­lito. La de la O, minús­cula tam­bién, que, lejos de ser un sim­ple redon­del, se decora con un deta­lle en su parte supe­rior dere­cha. Natu­ral­mente, todos nos damos cuenta de que no se puede seguir el ritmo del dic­tado de tu seño de pri­ma­ria si te dedi­cas a ter­mi­nar cada letraja, por eso la o es un cículo y la i ter­mina siendo indis­tin­gui­ble del signo dos pun­tos. La efe cam­bia mucho. Desde un ocho incli­nado y algo abierto por el cen­tro a una te tum­bada, con un pequeño som­bre­rito. Ayer vi una efe pre­ciosa. Una efe minús­cula, ini­cial de la pala­bra feliz. Estaba a medio camino entre aquél ocho infan­til y esa te des­ga­nada que indica que ya somos dema­siado mayo­res como para preo­cu­par­nos por hacer cosas boni­tas, «y, bueno, sí, pero se entiende, ¿no?». Aque­lla nota de «[…] feliz no cum­plea­ños!» estaba escrita por una chica, gene­ral­mente tie­nen una cali­gra­fía más legi­ble y pre­cio­sista. Más coqueta. La letra efe destacaba.

Siem­pre me he inten­tado esfor­zar en hacer una efe fácil­mente enten­di­ble, quiero decir, cómoda de escri­bir pero que no requiera releer para saber qué pone. La efe tiene un sonido feo. Fffff­feo. La efe es la cul­pa­ble de que a los Fran­cis­cos se les llame Pacos. Y a las Jose­fas, Pepis. Sin per­so­na­li­dad como las bila­bia­les, sin fuerza como la Ce cuando es Ka. Feliz, feli­ci­dad, empie­zan por efe, por lo que se entiende que es una letra agra­da­ble. Pero tam­bién lo hace fur­cia. O follar. Esas, como pala­bras, no son boni­tas. Hace un tiempo, no sé, un año, dos, tres o incluso algo más, ado­raba la puta efe. La ado­raba de ver­dad. Sólo veía cosas bue­nas en ella, era sin­gu­lar, era bonita, era cer­cana, era com­pren­si­ble den­tro de su poli­mor­fismo. Era ale­gre. Ale­gre de gol de tu equipo de Fút­bol, ale­gre de diver­tido y agudo soplido equi­vo­cado de un crío en una Flauta, ale­gre de repen­tina luz que se enciende en una zona oscura al acer­carte a una Farola, ale­gre de ver las com­ple­ji­da­des y que ter­mi­na­ran resul­tando Fáci­les, ale­gre de recor­dar el viaje de Bachi­lle­rato en Flo­ren­cia, ale­gre de verano en un Fes­ti­val, ale­gre de soñar con vivir en San Fran­cisco, ale­gre del sonido que se escapa cuando pro­nun­cia­mos Triumph, ale­gre de Fan­tás­tico. Ale­gre de inun­darte con sus Fotos.

Ahora que vuelvo a echar un ojo a esa notita y des­cu­bro alguna efe más en ella me quedo pen­sando, no, con­ti­núo pen­sando, que a ver qué hago con esas ahora Fatí­di­cas Fotos. Que a ver cómo Fun­ciona. Jodida efe, estás en todas par­tes, que me expli­quen cómo te lo has mon­tado, por­que menuda Faena. Una pequeña chispa de espe­ranza que se vis­lum­bra al Final, y es que, antes, hace un tiempo, no sé, un año, dos, tres o incluso algo más, cuando ponía una dichosa efe en la barra de direc­cio­nes, ya ves tú qué ton­te­ría, el nave­ga­dor tiraba para Fli­ckr u otra con­creta web que me leía con Filo­so­fía. Será culpa de Ins­ta­gram, supongo, que ahora cuando me posi­ciono en esa misma barra y pulso esa misma tecla esto arrea hacia sus due­ños, Face­book. Dán­dome a enten­der que cual­quier otro lado sería malo, no, Fatal. Y esa es la chispa, tal vez no un cam­bio de sen­tido, pero sí un Freno. Al menos evita lo que pare­cía un des­ca­rado Funeral.

«¡Feliz, feliz no cum­plea­ños!». Qué cojo­nes. Eso es algo ale­gre. Tam­bién. Al menos ahora lo parece. Pues mira, oye, Feno­me­nal. A ver si dura así para siem­pre. Ay, per­dón, Forever.

Visto en: …D, E, F, G, H…

Martes, 2 octubre, 2012
ElGekoNegro

Me he leído el blog

Niños, el verano de 2012 fue un verano algo raro para vues­tro padre. No lle­vaba mucho tiempo en Madrid y su cabeza seguía inquieta, inten­tando ubi­carse, pre­gun­tán­dose qué es lo que real­mente que­ría. Y a lo largo de ese calu­roso agosto tuvo la idea de releer todo el mate­rial que ya había publi­cado. Tal cual. Yo, que nunca he sido un tío de crear ni man­te­ner borra­do­res, me encon­tré hace mes y algo con media docena de títu­los de post con su corres­pon­diente parra­fito intro­duc­to­rio. Sin nada más. Y me pre­gunté qué me pasaba y qué me había hecho des­pla­zarme a otros méto­dos de comu­ni­ca­ción más directa, rápida (inme­diata, de hecho) y tan esté­ti­ca­mente pobre como puede ser Face­book, Ins­ta­gram o Twit­ter. Ha sido fácil de cal­cu­lar, todo esto viene desde el momento en que empecé a uti­li­zar un telé­fono con tarifa de datos que me per­mite desa­rro­llar cier­tos temas on the fly sin la apa­rente pesa­dez de sen­tarte a pen­sar qué quie­res escri­bir. En resu­men, todo apun­taba a que no escri­bía nada decente desde agosto de 2010 (dos años, hijos).

Es cierto que ha habido un movi­miento simi­lar al que he lle­vado yo acabo por parte de todas las per­so­nas que me ani­ma­ban a seguir escri­biendo al menos tres veces por semana (algo que ahora me parece inal­can­za­ble). Tam­bién las empre­sas, pues desde que Goo­gle se ful­minó su ser­vi­cio de Reader (que per­ma­nece cata­tó­ni­ca­mente enca­mado hasta que el mata­rife dego­lle su cue­llo cual cochino en San Mar­tín) me des­pe­gué de otros blogs que solía leer hasta el extremo de entrar en única­mente dos sitios cada dos o tres días intro­du­ciendo los pri­me­ros carac­te­res de la URL en la barra de nave­ga­ción de Chrome. Y esto hace tiempo que dejó de ser frío para pare­cerme helador.

Ha habido moti­vos per­so­na­les, los reco­nozco, que me han lle­vado a sepa­rarme volun­ta­ria­mente tanto del blog como de cier­tas per­so­nas que conocí a tra­vés de él. A dife­ren­cia de un curso del cole­gio o incluso de la facul­tad, aquí no pasan nueve meses y con la lle­gada del verano no los vuel­ves a ver, sino que siem­pre vas teniendo refe­ren­cias y por pura como­di­dad he evi­tado bas­tan­tes… situa­cio­nes que podrían haberme moles­tado. Han sido unos meses jodi­dos. Varios meses. Y ni siquiera sé por qué hablo en pasado, la ver­dad, me estoy cre­yendo mejor de lo que soy en este aspecto, pero hos­tia, alguien se lo tiene que creer, ¿no?

Reto­me­mos. Agosto del 2010. Un Lagarto Abuhar­di­llado ya con­taba con unos lus­tro­sos cua­tro años a sus espal­das y un trá­fico que, si bien nunca ha des­pun­tado (y me con­si­dero afor­tu­nado por ello, cada vez más), resul­taba intere­sante. Aquí comenzó todo eso de que­dar con ami­gos y que cada uno, en cada uno de los cua­tro lados de la mesa, nos encon­trá­se­mos mirando nues­tros telé­fo­nos mien­tras las cañas y el ser­vi­lle­tero se pre­gun­ta­sen qué había­mos ido a hacer. Todo este pro­blema de la sobre­in­for­ma­ción, de que pode­mos ente­rar­nos en segun­dos de cual­quier cosa que suceda en Suma­tra o en La Rioja, con imá­ge­nes y vídeos en alta defi­ni­ción, pero una infor­ma­ción pésima, volá­til, extre­ma­da­mente caduca y meri­to­ria­mente olvi­da­ble. Con­suelo de ton­tos, pero no soy el único en esta situa­ción. Me tuve que encon­trar para saber cómo era yo antes de aque­llo. Y empecé por el prin­ci­pio. Mes a mes, post a post. Natu­ral­mente muchos me los he sal­tado del tirón. La mayo­ría de las entra­das del comienzo me han sacado más de una son­risa, «Tío, hay que ver lo equi­vo­cado que esta­bas» o, al con­tra­rio, «Tío, ojalá hubiese leído esto antes». Ha habido momen­tos com­pli­ca­dos, posts den­sos que ni siquiera recor­daba haber escrito y que me han sor­pren­dido muy gra­ta­mente. Ni siquiera sé cómo dian­tres fui capaz de escri­bir alguna de esas cosas, no por falta de valen­tía, sino por puro valor lite­ra­rio. Quiero decir, me ha tocado estu­diar poe­mas peo­res. Poe­mas de artis­tas que, supongo, en algún momento serían la hos­tia, pero poe­mas de mierda al fin y al cabo.

Con­tent is king

El con­te­nido es el rey. El rey. Y, en la mayo­ría de casos (excep­tuando citas, vídeos u otras cosas y cho­rra­das) el con­te­nido lo gene­raba yo. Pero de nada sirve esfor­zarte en crear el mejor perió­dico del mundo, con la tipo­gra­fía más legi­ble que pue­das impri­mir en ese papel que tiene el gro­sor per­fecto para ser mane­ja­ble pero no rom­perse ni ple­garse como los demás, con unas foto­gra­fías que ilus­tran las noti­cias real­mente impac­tan­tes sin lle­gar al morbo y unos cuer­pos de texto tan mági­ca­mente maque­ta­dos que en nin­gún momento te per­de­rás al cam­biar de una columna a la siguiente, unos artícu­los de opi­nión que des­pier­tan curio­si­dad e inte­rés en cual­quiera que ojee sus pági­nas y unas noti­cias con­tras­ta­das y vera­ces expre­sa­das en un len­guaje com­pren­si­ble a la par que pre­cio­sista y directo cuando ha de serlo (pero ante todo res­pe­tuoso) con una selec­ción de publi­ci­dad exqui­sita donde no encon­tra­rás ni ofer­tas de cru­ce­ros ni sór­di­dos bai­la­ri­nes… si nadie lee perió­di­cos ya. Si nadie va más allá del titu­lar y, en su ver­sión web, los comen­ta­rios gene­ra­dos que sir­ven como resu­men iró­nico y lacó­nico de lo que el arti­cu­lista que­ría expresar.

Y aquí entra­mos en el debate cen­te­na­rio de que no se lee por­que no se escribe o no se escribe por­que no se lee. Creo que, en mi caso, se jun­ta­ron ambas. Natu­ral­mente si yo no escribo nadie lee, por des­con­tado, pero ese salto hacia otras pla­ta­for­mas hizo que todos dejá­se­mos bas­tante de lado esto (me incluyo, de nuevo) por tanto el reto­marlo siem­pre pro­du­cía pereza, y aun­que se escri­biese (menos y alar­man­te­mente peor, ahora ya com­pro­bado) la gente ya se encon­traba dis­traída con otras cosas, y por tanto, no se leía, no se comen­taba, y yo no escri­bía. Nada repro­cha­ble y todo com­ple­ta­mente lógico pues, al final de cuen­tas, que esto es lo que cuenta, no éramos más que los mis­mos tíos hablando entre noso­tros sobre las mis­mas cosas, pero en otros medios. En otros sopor­tes. Del telé­grafo al telé­fono y de ahí a Skype, si que­réis. Curio­sa­mente, cuanto menos he escrito ha sido cuanto más con­tacto real he tenido con voso­tros. Se ha pro­du­cido un acer­ca­miento que, antes, hubiera sido impen­sa­ble o, al menos, alta­mente dudoso (por mi pro­pia men­ta­li­dad). Con algu­nos he cenado, con algu­nos he comido, con otros me he ido de cañas. Con otros… Ahora no importa, mien­tras sea feliz. No es que la culpa sea de Whats’App, pero casi, si hace un tiempo éste blog era prác­ti­ca­mente el único nexo entre varias per­so­nas y el tipo que escribe, poco a poco esa dis­tan­cia vir­tual ter­minó en apre­to­nes de manos y hasta en espe­ras en aero­puer­tos. Todo aque­llo que nece­si­taba escri­bir lo con­taba a las per­so­nas que sabía que iban a darme una solu­ción al pro­blema o sim­ple­mente a quie­nes pudiera intere­sar­les. Rapidez.

Des­pués de leer las mil qui­nien­tas entra­das (1501, con esta), se me hace recon­for­tante ver que, aun­que escriba peor, aun­que eche de menos a muchas per­so­nas (no sim­ples comen­ta­ris­tas) que solían leerme, reírse, cri­ti­carme, cues­tio­narme o hasta emo­cio­narse con mis tex­tos: la autén­tica recom­pensa de un blog que en su momento no supe apre­ciarlo pues siem­pre pare­cía que esta­ría ahí, des­pués de todo, lo que más añoro es escri­bir rela­ti­tos. Cuen­tos de algu­nas hojas. Más que eso, la capa­ci­dad para hacerlo. Recuerdo que varios de ellos, la mayo­ría, los escri­bía del tirón. Algo que me asom­bra. No me veo, ni me reco­nozco, capaz de hacer algo así ahora. Un cuento como el de San Valen­tín, que en aquél momento pare­cía una buena idea, lo escribí en cosa de dos o tres horas entre las doce de la madru­gada y las cua­tro. Recuerdo esa noche con cierta claridad.

Nunca antes había tenido tanta razón aque­llo de «Tú antes mola­bas». Pero, como en una serie de tele­vi­sión, la pri­mera tem­po­rada resultó lla­ma­tiva pero tam­poco extra­or­di­na­ria, las dos o tres siguien­tes man­tu­vie­ron un inte­rés nota­ble alcan­zando el sobre­sa­liente en epi­so­dios (posts) con­cre­tos y todo lo que vino des­pués lo ves (lees) por iner­cia y rutina, sin nin­gún inte­rés real, mirando el reloj cada poco tiempo, sin saber cuándo deja­rás de seguir el hilo de la trama, si ya sabéis que vues­tra madre es la her­mana del tío Barney.

Visto en: Un Lagarto Abuhar­di­llado (by CBS).

Domingo, 2 septiembre, 2012
ElGekoNegro

Las azoteas de Madrid y sus inexistentes gatos maullando a la luna llena

Hace más de mes y medio me mudé a Madrid. Es algo que la mayo­ría de voso­tros ya sabía, como siem­pre queda algún des­pis­tado que hace bien en no cono­cer mi vida al dedi­llo, lo pon­dré al día. Nunca he sido un admi­ra­dor de la villa Madri­leña, de hecho, siem­pre me ha pare­cido un pue­blo exa­ge­ra­da­mente extenso, nada más. En el tiempo que llevo viviendo aquí tam­poco ha cam­biado mucho mi per­cep­ción de ella, es una loca­li­dad mane­ja­ble pero falta de carisma. Quiero decir, no es icó­nica, si pen­sa­mos en el mapa de dibu­jos ani­ma­dos donde se ve Europa siem­pre pin­tan la Torre Eif­fel en París con el Arco del Triunfo, el Coli­seo en Roma, el Big Ben y el resto de West­mins­ter o el Lon­don Eye en Lon­dres o la Puerta de Bran­de­burgo en Ber­lín. Esta­tua de la Liber­tad, Times Square, Empire State Buil­ding, Chrys­ler… Gol­den Gate en San Fran­cisco, Capi­to­lio y Casa Blanca en Washing­ton, Opera House en Sid­ney. No hay nada visual­mente refe­ren­cial en la ciu­dad de Madrid, y es culpa de los mis­mos madri­le­ños, algo que afor­tu­na­da­mente lle­van unos poquí­si­mos años inten­tando cam­biar por­que a un guiri no le dice nada la ima­gen de Tío Pepe ni un car­te­lón de Sch­wep­pes. Final­mente pin­tan una plaza de toros (que ni siquiera es la de las Ven­tas) y san­gría y olé. San Sebas­tián y la baran­di­lla de La Con­cha, Sevi­lla y la Giralda, en La Coruña la Torre de Hér­cu­les, Agbar y la Sagrada Fami­lia en Bar­ce­lona, Artes y Cien­cias en Valen­cia o lo que fue Numan­cia en Soria. Aquí se reba­jan ellos mis­mos a un oso (que dicen que es osa) y un arbo­lito. Sobra decir que la can­ta­dí­sima mírala, mírala, pinta más bien poco. Carece de un sky­line reconocible.

Madrid Skyline  de Juroba en Flickr

Le falta chispa a Madrid. Sor­pren­den­te­mente le sobra mate­ria prima para encon­trarlo, entre Aus­trias, Debods, Reti­ros, torres de Flo­ren­tino, Kios… O, por ejem­plo, el mag­ní­fico ser­vi­cio de metro, que aun­que cueste más dinero que antes no me parece, y hay quien me matará por esto, caro. Caro es el de Nueva York, que cuesta dos dóla­res y medio y, como en las pelí­cu­las, gotea, humea, huele mal y tiene men­di­gos y bora­chos dor­mi­dos den­tro. Pero lo hacen todo a medias aquí, entre Prin­ce­sas, Goyas, Espa­ñas y Pre­cia­dos. Un buen ser­vi­cio a un pre­cio razo­na­ble con una oferta cul­tu­ral amplí­sima a mano que vive a la som­bra de un Corte Inglés. Y tal y como está la eco­no­mía, no es, para nada, algo malo.

Enca­mi­nando el post, sabéis que me gus­tan los áticos, buhar­di­llas (obvia­mente), y bási­ca­mente cual­quier vivienda que no tenga veci­nos encima. Por iner­cia y pijo­te­rismo intenté bus­car algo así en el cen­tro de Madrid. Y lo hay, sobre­todo de Sol para abajo, pero son cons­truc­cio­nes arcai­cas, sin aire acon­di­cio­nado y que no me daban sufi­ciente con­fianza (y las que sí, por supuesto, se me iban de pre­cio doblando o tri­pli­cando el máximo que me había mar­cado). Días des­pués de sumer­girme en la diver­tida y rápida rutina de Madrid y empe­zar a pau­sar mis pro­pios movi­mien­tos volví a ras­carme la barba medi­ta­bun­da­mente a sabien­das de que seguía echando en falta algo: la altura. Vivo en un chi­qui­tajo piso de 45 metros cua­dra­dos (cuando mi ante­rior habi­ta­ción, la año­rada y ori­gi­nal buhar­di­lla que da nom­bre a esto, alcan­zaba los 60) al que he bau­ti­zado «Man­sión Wayne de pro­vin­cias» y es un ter­cero con ascen­sor. No es sufi­cien­te­mente alto, hay dos más por encima. Afor­tu­nada y curio­sa­mente, la ofi­cina donde tra­bajo es un quinto y último piso con acceso a la terraza. Y no suben nada más que los fuma­do­res. Y no lo entiendo (salvo por el sol y el calor). Así que en mi cru­zada a favor del dis­frute de los fle­qui­llos y las canas de los edi­fi­cios me interesé por esos dos hote­les de al lado de mi calle que son famo­sos por dejarte subir a la azo­tea y tomarte algo. A mí me pare­ció un chiste, pero debe ser así, si vas a una azo­tea de Man­hat­tan, en la Quinta, pides un Fitz­ge­rald (que resulta estar bueno y da esa ima­gen de dis­tin­ción, de Gran Gatsby, lógi­ca­mente, que no es que apor­ten muchas bebi­das) y la pose te sale por 15 dóla­res más el 8% de impues­tos loca­les de la ciu­dad de Nueva York y la pro­pina que se entiende como obli­ga­to­ria. Quiero decir, estás pasando una velada viendo el Empire y el Chrys­ler, que son cosas molo­nas. En los hote­les de aquí, al pare­cer, los pre­cios son simi­la­res (algo más en Madrid des­pués del cam­bio Euro-Dólar) pero, sin embargo, y esto lo que me ha jodido, no hay oferta. Com­pa­rando, Nueva York es una ciu­dad más fría que Madrid, por lo que, a priori, la idea de subir a una vigé­sima o tri­gé­sima planta a que te dé el aire no parece muy atrac­tiva, tal vez, más al sur de Man­hat­tan, lo de uti­li­zar la esca­lera de incen­dios para mon­tar una fies­te­cita en lo que sería un sexto parezca míni­ma­mente más razo­na­ble. Pero aquí no hay nada de eso. Y me jode. Por­que es algo que mola.

Hace un par de sema­nas apro­ve­ché para meter el ger­men de la idea de dis­fru­tar de la última hora de la tarde en la azo­tea de la ofi­cina. Si son tan molo­nes como para tener las mesas de ping pong, no creo que les cueste mucho subir con una Coca-Cola ahí arriba en lugar de bajar al rui­doso bar de enfrente. Es una tarea difí­cil, sólo a dos per­so­nas les ha pare­cido bien de entrada. Lejos de desis­tir, al lle­gar al por­tal hablé con el por­tero para pre­gun­tarle si se podía subir. No. Y menos con gente. «Que si quie­res subir para hacer unas fotos, pues toda­vía, un ratito…». Y es que yo no sé qué peli­gro ven en ello, si los del bal­co­ning son los de los paí­ses ricos. Me llevé un chasco. Tanto sol des­apro­ve­chado, tanta melena recor­tada por los rayos de luz natu­ral a la basura, tanta chica son­riente haciendo mala­ba­res en taco­nes que nadie sabe por qué se ha puesto apo­yada en la baran­di­lla murién­dose de ganas por hacer como que baila.

Y voso­tros, que os lo vais a per­der, estáis todos invi­ta­dos. No pierdo la espe­ranza de poder dis­fru­tar de una brisa algo menos con­ta­mi­nada que la del nivel del suelo con música suave y una luna bri­llante al fondo. Le falta ese des­per­tar a la ciudad.

Visto en: Gran Vía.

Martes, 17 julio, 2012
ElGekoNegro

La vestimenta de los momentos cruciales que he vivido

Volva­mos a tomar esto como un recón­dito y pla­cen­tero refu­gio per­so­nal, como una cala en la costa gerun­dense a la que sólo pue­des acce­der nadando (si eres fuerte) o en kayak (si eres yo). Ah, algo muy apro­piado para com­ba­tir la seque­dad del ambiente y el ince­sante calor. Lo llevo muy mal, ima­gino que lo habré comen­tado un buen puñado de veces. No deja de ser cierto.

11/365: Pinstripes de bubbly toes en Flickr

Por diver­sas cues­tio­nes de la vida, todas ellas atri­bui­bles a mi per­tur­ba­ción men­tal, cró­nica, he desa­rro­llado una extraña obse­sión, un matiz enfer­mizo más pro­pio de demen­tes ence­rra­dos en oscu­ros cas­ti­llos refor­ma­dos como sana­to­rios men­ta­les de habi­ta­cio­nes acol­cha­das que de una per­sona con un mínimo de per­so­na­li­dad. ¿Qué le voy a hacer? Mi psi­có­logo dice que si lo digo muy fuerte y aprieto los puños, es pro­ba­ble que se cum­pla. Mi psi­quia­tra dice que no, y que me tome esa píl­dora antes de… Mierda. Luego, si eso. El tema, basta ya de rodeos absur­dos (que me chi­flan) es que tengo una mis­te­riosa (y cier­ta­mente inú­til) habi­li­dad que me per­mite recor­dar qué ropa lle­vaba puesta en los que con­si­dero los momen­tos más impor­tan­tes de mi vida. Diga­mos, desde los 15 hasta hoy, hasta los 23 y algo.

Tengo poquí­simo olfato (hay quien me dice que ya puedo empe­zar a fumar, por­que no puedo per­der más ese sen­tido), un oído acep­ta­ble y una vista real­mente buena que, lamen­ta­ble­mente, me esfuerzo en macha­car dia­ria­mente. Así que supongo que, a golpe de verme desde fuera en esas situa­cio­nes, diga­mos cum­bre, de mi vida, me he ter­mi­nado que­dando con qué camisa o cami­seta o qué pan­ta­lo­nes lle­vaba. Y hasta el cal­zado en algún caso con­creto. Hablo de cuando aprobé el prác­tico de coche, la pri­mera vez que firmé un con­trato «de mayor», el día en que quedé con aque­lla chica de quien andaba detrás durante tanto tiempo y que ter­minó dán­dome un beso o de la pri­mera vez que fo… Ups, casi lo digo. ¿Sí, que­réis que lo diga? Putos mor­bo­sos. Cómo os envi­dio en estos momen­tos, ahí todos, desde la barrera, sin expo­nerse a nada. Está bien, y la pri­mera vez que formé una banda de rock en un garage.

Decía antes que esto me parece algo inú­til debido a que, bueno, sí, nunca está de más saber que lle­vaba una cami­seta gra­nate con el dibujo de un robot el día que me ficha­ron por pri­mera vez en una empresa. O que, curio­sa­mente, la entre­vista que me hizo entrar en la ofi­cina (mag­ní­fica, ya os con­taré) donde tra­bajo ahora, la realicé con esa misma cami­seta por­que recor­daba per­fec­ta­mente la ves­ti­menta que lle­vaba aque­lla última semana de abril de 2010. Lo real­mente útil es acor­darse, ade­más, de la ropa de los demás. Del ves­tido de la recep­cio­nista que se reco­gía el pelo con un lápiz, el patrón de la cor­bata del pri­mero que se pre­senta, los dibu­jos de los cal­ce­ti­nes de ese otro que te estre­chó la mano, los tonos de los cua­dros de la camisa del tatua­dor con miedo a las agu­jas que apar­caba siem­pre su Sof­tail cerca del Clí­nico de Valla­do­lid o cada uno de los esca­sos com­ple­men­tos que ador­na­ban aquél jer­sey de lana gris dis­puesto a atro­nar bafles, o eso ponía en el men­saje escrito en negro. Cubierto con un ligero abrigo verde, aun­que luego se tapa­ría con mi caza­dora de cuero marrón. Apo­yada en un VW Golf. Esos son los putos deta­lles que real­mente molan. No abrir el arma­rio y ver la ame­ri­cana con la que saliste de fiesta (infor­mal) la noche que te cru­zaste con Igna­tius y que ni siquiera podía salu­dar por ir borra­cho. No. Lo diver­tido (y a ratos jodido) es cru­zarte con una per­sona a la salida del banco, en una tienda, sen­tada en una terraza, en el trans­porte público o que apa­rece de fondo en un plano del tele­dia­rio y que parece lle­var esa cha­queta negra que tuviste que car­gar durante un par de eter­nos kiló­me­tros, esca­pa­rate tras esca­pa­rate, o esos zapa­tos de ante verde que recuer­das haber des­cal­zado con cariño.

Visto en: ElGeko800/Inditex.

Martes, 26 junio, 2012
ElGekoNegro